miércoles, 28 de octubre de 2020

LA SOMBRA A LOS PIES


No me aterrorizan tanto las apariciones, como percibir que mi hasta hace poco férreo escepticismo se desmorona como una catedral hecha de barro. Hablo ya de apariciones, cuando hasta hace poco trataba de convencerme de que eran meras pesadillas, juegos del subconsciente para advertirme de algún quebranto en mi espíritu. Llevaba un par de años sumergido en mis estudios sobre psiquiatría, tras haber dejado el seminario, y había descubierto por mediación de un compañero la novedosa y polémica obra de Jung. El abandono de la vocación y el azoramiento que causaban los sentimientos que mi corazón albergaba por mi prima Nora tenían que ser necesariamente el origen de todo. Así que no pude más que atribuir mi agitación nocturna al impacto que me produjeron las ideas de aquel científico, que tanto distaban de mi recién abandonada fe.

Llevo tiempo preparado, para borrar la duda de si me encuentro en un estado de sueño o de vigilia. He conseguido un magnetófono para poder grabar mis impresiones de forma más cómoda. Trataré de describir de la forma más fiel posible lo que veo y haré preguntas a mi visitante, si soy capaz de deshacer el nudo en la garganta que atenaza el grito de terror, el ahogo eléctrico que me acaba despertando entre sudores. Hablo de despertar pero, ¡son tan reales estas visitas y tan evidente que muestran un mensaje que debo descifrar! Surgen, por supuesto, de la voluntad de dialogar conmigo mismo, de escrutar en el lado más oscuro de mi alma. No más circunloquios, trataré de ser lo más claro y descriptivo posible, pues estas palabras no tienen otro objetivo que dejar testimonio de mi cordura.

 

Me aparezco a los pies de la cama. Suena absurdo, pero de forma esporádica, al menos dos veces a la semana, me veo a mí mismo en la habitación, observándome en silencio. Me veo a mí mismo, de pie, en silencio y con una mirada que parece suplicar. La primera vez, seguramente la más terrorífica por inesperada, desperté o creí despertar con un escalofrío en la espalda al oír a alguien respirar en la oscuridad de mi alcoba. La primera reacción fue acogerme a la cordura, convencerme de que estaba sufriendo una pesadilla, en ese extraño estado de consciencia del que se reconoce soñando. Encendí la luz de la mesita de noche y pude ver en lo que serían pocas décimas de segundo, la imagen de un fotograma intermitente,  la silueta, el porte desgarbado, la extrema palidez del rostro, las ropas manchadas de sangre y el corte que atravesaba el cuello de lado a lado de alguien que era mi viva imagen.

Aunque fue la que más me asustó, esa primera aparición fue la más fácil de sobrellevar. Un mal sueño, quien sabe si causado por algo tan estúpido como una cena pesada, alguna inquietud atascada en mi subconsciente, el recuerdo de alguna noticia truculenta en el periódico, mi deseo carnal insatisfecho, o la insana fantasía de acabar con nuestras vidas que todos tenemos alguna vez. Mil explicaciones se me ofrecían para tratar de encajonar dentro de los parámetros de la razón aquella experiencia tan desasosegante. Aún no se había convertido en una tortura recurrente, aún no temía que llegara la noche y me venciera el sueño, aún no me aterrorizaba la espera, la angustia de no saber si aquella noche me iba a despertar de nuevo una respiración sibilante.

La segunda vez fue la peor. Por mucho que quise aferrarme a la idea extendida de que los sueños podían ser recurrentes si no se había resuelto de alguna manera la causa que los motivaba, a nadie le gusta reencontrarse con su propio cadáver. Esa vez no hubo sangre, me mostré con las ropas mojadas y el rostro abotargado, con unas profundas ojeras que eran la antesala de unas cuencas vaciadas por los peces. Ni una palabra, solo un gorgoteo húmedo,  como si aquel yo muerto ahogado se afanara por respirar de nuevo y el tamborileo de la ropa goteando contra el suelo. Como en la primera ocasión, aún no quise pensar en apariciones. Fue un relámpago de terror, apenas un fogonazo tras encender la luz, pero lo bastante nítido para que mi corazón se desbocara y no pudiera dormir el resto de la noche.

Desde ese momento, la experiencia se fue repitiendo de forma aleatoria y esporádica. Al menos no he logrado de encontrar un patrón. ¿Estaba mi subconsciente tratando de decirme algo? ¿Necesitaba un nuevo cambio en mi vida, morir de forma metafórica? Tal vez esas muertes simbolizaban la desaparición de mis creencias religiosas, la culpa por haber abandonado la espiritualidad. Tal vez eran un demonio interno hecho pesadilla

Decidí anotar los detalles de todos y cada uno de aquellos encuentros, para tratar de analizar sus causas y tratar de ser lo más racional posible. Porque no cesaron y fueron muchas las formas, algunas de ellas realmente espantosas, en las que se me presentaba mi propia muerte. Me despertó el olor a carne quemada, el silbido de una respiración tuberculosa o, peor aún, el olor nauseabundo de un cuerpo putrefacto, abandonado a una muerte en soledad de la que nadie se hacía cargo y que intuí que era el más posible de mis finales.

Hace una semana cesaron las apariciones y hoy ha cambiado todo. Anoche dormí profundamente y desperté sin saber muy bien dónde estaba, ni cuánto tiempo había transcurrido desde que el sueño me venció. Solo tenía el vago recuerdo de despertarme con la garganta reseca y deambular por la habitación a oscuras con una sed espantosa. Recordé que junto a la mesita de noche había dejado un vaso de agua y al girarme hacia la cama, me vi. Me vi durmiendo plácidamente, boca arriba, con las manos apoyadas en el pecho. Asustado, retrocedí un paso y la tarima crujió. Me vi fruncir el ceño, me vi abrir los ojos, me vi abriendo los ojos desorbitados y abrir la boca como si tratara de gritar. Me vi verme, y vi cómo ese grito sofocado se convertía en ahogo, cómo mi rostro enrojecía hasta amoratarse. Me vi ahogarme hasta la muerte. Y ahora espero sin saber qué, encadenado a un abandono que no puedo superar, convertido en mera sombra. Espero sentado a los pies de la cama y observo en silencio cómo pasan los días y las noches sin que nadie acuda a rescatar los despojos putrefactos de aquel que fui.

martes, 21 de julio de 2020

Caballo de Troya

Isabel llevaba toda la mañana dando vueltas por la casa, afanada en limpiar los rincones que por lo general la pereza le hacía olvidar, ordenando los cajones, murmurando en voz baja, resoplando de cansancio a modo de queja y evitando cruzarse ante un espejo. No quería verse como se adivinaba: pálida, con el labio inferior que se le torcía ligeramente cuando estaba nerviosa y con la mirada huidiza. Se conocía lo suficiente como para saber que toda aquella hiperactividad era una forma de postergar el momento en el que acabaría decidiendo abrir el paquete que había recibido el día anterior por la tarde. Del tamaño de una caja de zapatos, envuelto en papel de estraza, con un sobre pegado en uno de los laterales y tan imprevisto como poco deseado.  Por supuesto, el primer impulso había sido tirarlo a la basura sin más, pero un hilo de culpa que ella misma reconocía como paradójico le había impedido hacerlo.  Y de nuevo el quizás, el igual ahora, los tal vez, y el nunca se sabe si revolotearon a su alrededor y la convencieron de abrir la caja tras leer la nota en las que ignoró que nuevas palabras venían a decir lo mismo de siempre.  En el interior, fotografías de cuando tenían veinte años, la pulsera con las iniciales de los dos grabadas que ella le había arrojado a la cara la última vez, viejas cartas de amor ordenadas por fecha, como un viejo acordeón que periódicamente parecía inflarse de nuevo. Restos de un naufragio. Al mediodía, el timbre la cogió desprevenida y con el ánimo agitado por los recuerdos de tiempos mejores. Abrió la puerta de forma instintiva, quien sabe si esperanzada, y supo que había cometido un error fatal cuando él metió el pie en el quicio de la puerta  con la misma rapidez con la que Isabel reconoció la oscuridad embrutecida en la mirada del otro.

lunes, 29 de junio de 2020

Cárcel de amor


Aunque me falta sufrimiento para callar, no me fallece conocimiento para ver cuánto me estaría mejor preciarme de lo que callase que arrepentirme de lo que dijese. 
DIEGO DE SAN PEDRO, Cárcel de amor, 1492

CÁRCEL DE AMOR

Presten atención a mis humildes palabras, torpemente expresadas en vulgo romance, todos aquellos que quieran conocer acerca de los vericuetos del amor y permítanme la licencia de fingir antigüedad, tanto en el burdo estilo que en vano trata de adornar los hechos, como en las expresiones y vocablos que utilizaré a modo de marionetas para narrar la historia de mi desdicha. Ruego a la paciente audiencia que tenga presente la posibilidad de reclamar el auxilio de algún galeno que pueda asistirme en caso de ahogo debido a la lectura en voz alta de un texto como este sustentado por medio de largos periodos sintácticos sin comas que actúen a modo de remanso dialéctico y respiratorio. Perdónenme los doctos en letras y en Gramática histórica las incorrecciones y el castellano antiguo impostado, que en realidad no he llegado a utilizar com procede, porque no me he leído ni El Quijote y que seguramente abandonaré en breve por mero desconocimiento del mismo.
Hete aquí que me veo impelido por las sempiternas musas a…
— Es que no sé por qué te has empeñado en escribir así, no va a entender nada.
LAS SEMPITERNAS MUSAS, he dicho, me impelen a narrar la historia de mis desdichas en materia del corazón, de cómo fui hecho prisionero en cruel prisión por causa del desdén de aquella a la que más amé. Valga el viejo recurso a la alegoría carcelaria para plasmar las peripecias sentimentales que me amarraron sin remedio al corazón de mi amada desde la primera vez que vi su angelical rostro en la discoteca Makumba. Al igual que en la fecha de publicación de la obra que inspira estas palabras se descubrieron las Américas, di yo en hincar las rodillas y encomendarme a todos los santos cuando vi a Josselyn bailar con ritmo desaforado al ritmo de Daddy Yankee.
—Parece que ya empiezas a aterrizar. Al grano. Vaya, que volviste loco al ver cómo movía el culo.
Ceje su empeño en trasmudar mis palabras el ser diabólico que susurra a mi oído izquierdo. La narración debe proseguir por los floridos vericuetos del amor cortés. Hallábame pues, como venía diciendo, contemplando extasiado la exótica figura de Josselyn rindiendo justo homenaje a toda la sensualidad que doncella alguna hubiera atesorado.
—¿Doncella? ¿DONCELLA? Mejor no digo nada.
Doncella era a mis ojos embelesados, me cago en la hostia puta. Acabarás haciéndome perder la compostura y el discurso caballeresco.
— Disculpe usted, Don Florián del florido floripondio, San Floreal de los juegos florales. Loor eterno merecen sus palabras y buenas intenciones. ¿O debería decir cobardes? Si piensa que no puedo emular su estilo, anda desencaminado. Entiendo que sus intenciones sean castas y puras, pero no sus deseos. Las alimañas que reptan por la torre en la que vuecencia se halla prisionero traen la lujuria en la punta de sus lenguas.
¿Me quieres dejar en paz de una puñetera vez? Por no decir otra cosa. ¿Tanto te costaba dejarme fantasear con una realidad cortesana en la que pudiera hablar como en las novelas de caballerías? Ni siquiera sé quién eres, a quién corresponde tu voz llena de inquina.
—Contemple el improbable lector de estas palabras cómo las tornas se han girado y el román paladino se trueca en tosco farfullar. Yo, que era personaje secundario, amiga consejera, voz de la conciencia o cualquier malabarismo posible, convengo ahora en utilizar el castellano antiguo, falso e impostado. Nos hallamos inmersos en otro manido juego metaliterario, mera ficción narrativa, un torpe regate que es a la vez zancadilla a uno mismo.
Sí, vale, me pongo zancadillas, porque no tengo cojones de decirle a Josselyn lo mucho que me gusta, que me gustaría agarrarme a su grupa y cabalgar hasta el amanecer. Me vuelve loco la hija de puta.
—Cabalgar hasta el amanecer o, ya puestos,  hasta que la aurora de rosados dedos o el canto de las alondras despierte a los amantes, avergonzados no tanto por su desnudez, como por estar conformando un cuadro amoroso de lo más tópico. ¿Podemos hablar ya como las personas normales? ¿Sabes quién soy?
La vergüenza, la cobardía, el miedo, los complejos, la culpa. Mi diablo particular.
—No y cinco veces no. Esos son monstruos a los que ya deberías haber derrotado en esa aventura mental que te empeñas en recrear hasta la torre de la amada. Soy la lucidez de Don Quijote en el lecho de muerte. Abandona las palabras y afronta los hechos. Hay más sabiduría en un beso dado a tiempo, que en cien sonetos.
Entonces, ¿Josselyn es una sombra platónica, no es más que el fantasma de Dulcinea? ¿Seguirá atrapada para siempre en mi atormentada cabeza?
—No, y no empieces con requiebros, ahora que empezábamos a hablar como las personas. Josselyn es real, tan real como el mamporro que te atizó su novio cuando te acercaste borracho a ella. Ya te dijeron tus amigos que no era buena idea acabar la noche en el Makumba, porque los dominicanos llevan bastante mal que un estudiante de filología de menos de 70 kilos trate de bailar la conga con su novia. Te hubieras evitado acabar con la cabeza tronchada y hablando con alguien que ni existe dentro de la ambulancia, que mira qué cara pone la enfermera, que de esta acabas de verdad escribiendo novelas de caballerías en un jardincito soleado. Anda, desmáyate de una vez ya.




miércoles, 3 de junio de 2020

miércoles, 13 de mayo de 2020

Ritmo de la noche


Tú es que eres muy joven para entender lo que es el ritmo. El ritmo, no esta bazofia atronadora. Chunda, chunda, que no sé ni qué hago aquí metido. Lo que te decía. Mi primera exposición se llamó Swing, ahí es nada. ¿Cómo? Vale, vale, no me pego tanto.  Pero es que si no no me oyes, nena. No te preocupes, que no muerdo. Cuando yo tenía tu edad sonaba Benny Goodman en la radio y bailábamos caminando, como si el cuerpo silbara a cada paso. La calle era nuestra y todas las palabras eran esdrújulas, elásticas, rítmicas. Ahora os pasáis los días pegados al móvil, como estatuas de sal. Condenadas por haber girado el rostro para ver la mierda de vida que dejan atrás. Lot, mujer de Lot, flor de loto. ¿Te has fumado alguna vez tus miedos, te has atrevido a saltar de verdad al vacío? No pongas esa cara, es toda una experiencia. ¿Quieres otro cubata? Toda mujer tiene un trazo particular, por eso me gusta pintaros. No, no soy famoso. Yo era muy outsider,  pero pintaba a auténticas bellezas. Hubo una actriz de cine francesa, que… En fin, es de mal gusto hablar de esas cosas. Lo que te decía. El ritmo es lo más importante, mi auténtica obsesión. La pintura es música y viceversa.  No hace falta chascar los dedos para tener ritmo, ni subirse al podio a bailar como tu amiga. Menuda loca, se le ve todo. Una mujer recostada como una pantera puede tener más ritmo que un negro aullando a la luna. Ritmo, ritmo, ritmo. Me repito, lo sé. Todas querían que las pintara porque a ninguna le gustaba morirse poco a poco y arrugarse como una promesa olvidada. Mis cuadros acababan siendo inútiles. Es imposible atrapar belleza. Tú, ahora mismo, mirándome con esos ojos como platos, eres única. Todas las mujeres que he pintado se sentían dignas del arte, merecedoras del baile de mis pinceles. Todas como cabras, con sangre de pelirroja ¿Otra? Menudo saque tienes, pero es lo menos que puedo hacer por la turra que te estoy dando. Tienes unos ojos preciosos, me recuerdas aquella noche en la que mire a Medusa cara a cara. El ácido tiene esas cosas. Sí, ácido. ¿Ahora no te parezco un viejales, verdad? A ver si te das cuenta de que voy de buen rollo. Tom Wolfe tiene un libro cojonudo sobre… vale, lo he pillado, no es el momento de hablar de libros. Lo que menos quiero es aburrirte. Tú no te das cuenta, pero llevamos un buen rato bailando. No, no voy de listillo. Que sí, joder, que tomábamos ácido de verdad. L.S.D. Menudos viajes, algunos de mis mejores cuadros los pinté flotando a un palmo del suelo. No te oigo. ¿Cómo? Ah, sí, tengo guardado algo en casa para las ocasiones. Ojito, hay que tener cuidado con los malos viajes y nunca lo tomo solo. Para pintar es mucho mejor fumarse un buen canuto de hierba. Anda la pillina, mira como ahora sí me haces caso.  No tienes un pelo de tonta, mi querida Lolita. Ya, ya sé que no te llamas Lolita, déjalo estar. ¿Cómo? Claro que podemos ir a mi casa. Si te lo curras, puedo hasta hacerte un cuadro. No te rías, ya verás como al final te va a acabar gustando el swing.

martes, 21 de abril de 2020

Circo Surrender

El Maestro de Ceremonias se balancea como un punto rojo y sudado en medio de la pista central. Se pasa la mano por el rostro, como si buscara restos de tiempos mejores en los que lucía un bigote de rizo imposible y no desmochado como el que luce, da dos pasos torpes de pingüino hacia la luz de un foco que no se ha molestado en buscarle y se dirige a las gradas con voz engolada.

— ¡Damas y caballeros! Gracias por venir al Circo Surrender, donde podrán contemplar cuadros de extraordinario interés, escenas sin parangón en el arte de la derrota. Porque el entretenimiento no está reñido con la didáctica. Pasen y aprendan que el equilibrio es imposible y que las palabras son arañazos sobre el mármol.

Silencio entre el público, si es que hay alguien sentado en la oscuridad absoluta que reina más allá de los tres escenarios circenses.

El Maestro se retira y el haz de luz se dirige a la pista a su izquierda, más pequeña, en la que un joven de unos veinte años con gafas torcidas y greñas descuidadas garabatea un papel con el ceño fruncido.
Suena una voz más aguda que surge de la oscuridad. Es evidente que se trata del mismo Maestro de Ceremonias, único responsable de aquel lugar maldito, tratando de fingir que se trata de otra persona.

—Observen la completa dedicación del joven poeta a lo que él considera su necesidad más perentoria, cómo trata de radiografiar sonidos y palabras, cómo se le escapa de entre los dedos la palmaria evidencia de que el esfuerzo es inútil, cómo se mira al espejo y conforma una poética mil veces reinventada. Pero atención a sus pies desnudos, al suelo enfangado de la escena. Es el miedo, la inseguridad de no pisar sobre tierra firme. Trata de construir un bastión sobre unos cimientos fallidos. Escribe porque quiere ser amado, pero no sabe ni robar un beso. Escribirá 42 poemas a su particular musa y, de tanto idealizarla, no será capaz de pellizcarle las nalgas.

La escena queda en penumbra y se hace la luz en la pista central. La voz del Maestro de Ceremonias, esta vez grave y cavernosa, se dirige al supuesto público.

—Del pasado pasamos al presente, permítame nuestra querida audiencia el tosco juego de palabras. Vean, de nuevo inclinado ante un escritorio, a nuestro otrora poeta, con menos pelo y más panza, esforzarse ante la rima imposible de una hoja de cálculo. Disfruten de cómo achina sus ojos cansados entre ingresos y costes, cómo asume sin rechistar decisiones injustas, cómo se enseñorea con sus subalternos y se humilla ante sus superiores. Ya no escribe, ya no lee, solo consume y apenas patalea consumada la derrota. El vate abatido que ni siquiera se queja de su cautiverio, atrapado sin remedio en las celdas de un Excel. No perdamos más tiempo regodeándonos en la carroña al borde del camino, pues no somos Baudelaire, si me disculpan añadir una pedante referencia que no viene al caso. Pasemos a la última pista, la del futuro.

La luz de la pista central se apaga y la sala queda en tinieblas. El Maestro de Ceremonias guarda silencio. Solo se escucha el sonido de alguien que reniega por lo bajo y trata de manipular el foco para arreglarlo. Sigue reinando la oscuridad, pero la última pista queda oculta a los ojos del público. Solo se oye alguna que otra tos inquieta, única señal hasta ahora de la existencia de un público impaciente. Toses y más toses a la espera de un desenlace que en realidad ya se ha producido, pues no hay nada más que ver.


sábado, 8 de febrero de 2020

Pica

Recuerdo, muchos años después, la respiración agitada, la frente sudorosa y las mejillas ardiendo. La sangre era casi lo de menos. Primaba la excitación que producía haberme portado mal, haber trascendido el papel que me asignaban los demás.  

Dale más fuerte, no tengas miedo.

A Angelito, el niño que fui y al que ahora observo desde lejos, no le había quedado otra que ser el flojeras, el gordito bonachón de ciudad que pasaba el verano con sus padres en el pueblo, el bicho raro que leía a la hora de la siesta y que no pasaba de la categoría de acoplado. Por eso mismo, la herida que tenía abierta en la frente podía considerarse la mejor de las condecoraciones.
Mientras se dirigía con paso lento a la finca donde veraneaban, el remordimiento empezó a aparecer, arrastrándole de nuevo a su condición de niño apocado y timorato. Aún no tenía claro cómo se había dejado convencer para unirse a la batalla contra la panda del pueblo de al lado, desestimando la prudencia que le caracterizaba y que era el marchamo inconfundible de una crianza pegado a las faldas de su madre.  En realidad, no habían pesado tanto los ruegos de sus amigos veraniegos, como su naturaleza fantasiosa,  un soberano aburrimiento y la lectura reciente de  Las aventuras de Huckleberry Finn.

Al menos habían ganado la batalla y, lo mejor de todo, apenas había gritado cuando la piedra, furioso y certero proyectil rival, le alcanzó justo encima de la ceja derecha. Angelito el blandengue había peleado como el que más, compensando su falta de puntería con un arrojo imprudente que le había llevado a ser blanco fácil, a convertirle en mártir y héroe a la vez. El golpe había sido seco y duro y, como impulsados por un resorte que les devolvía a la realidad, todos los niños pararon la contienda, conscientes de que la pantomima bélica había ido demasiado lejos. La sangre tardó un poco en manar de su frente, como si no se atreviera a transformar el juego en tragedia. Todos callaron y, paradójicamente, los rivales huyeron despavoridos cuando Angelito, en vez de quejarse, cogió un palo del suelo y se abalanzó contra ellos, con el rostro manchado de sangre, gritando como una bestia acorralada por una jauría.

Te he dicho que no tengas miedo. Hemos venido aquí para esto. Átame bien fuerte y haz conmigo lo que quieras. No te preocupes, tenemos la palabra clave. Si no puedo más la usaré, pero quiero olvidarme de ella ahora, quiero sentirme totalmente a tu merced. Necesito que hagas de mí lo que quieras. Soy un trapo sucio al que no le importa que lo refriegues sobre la mierda.

Nunca había visto a mi madre así. Como si hubiera visto a un muerto andante. Su Angelito con la camiseta empapada de sangre, su hijo, su hijo, pero quién le había hecho eso. Seguramente lo que más la asustó fue que me se encogiera de hombros, que guardara silencio con una media sonrisa en la boca. Aquel no parecía su hijo, parecía un demonio,  que ya decía ella que nunca le había gustado aquel pueblo perdido de la mano de Dios, que iba a ser la última vez que venían, que qué panda de animales y se le escapó que no le extrañaba que papá hubiera salido de allí. Y a saber dónde estaba ahora, bebiendo y jugando a las cartas con sus amigachos en el bar. Dónde iba a ser.

No quiero tópicos, cera derretida con banda sonora de los ochenta o referencias eruditas a Sade. Aquí no somos el matrimonio de profesores universitarios que ha decidido pasar una noche picante en un hotel para parejas, habitación 50 sombras.  Hemos estudiado el tema, hemos hablado de los límites, pero también de la necesidad. Somos Castigo y Dolor. Tú una fusta y yo un trozo de carne que necesita ser expiado. Nada de operetas, hasta que salga la sangre.

Furiosa, pienso ahora que asustada por verme en aquel estado, pero también llena de odio por aquel pueblo embrutecido, tan ajeno a ella. Su hijo, al que le había inculcado la pasión por la lectura, convertido en salvaje herido. Me metió en la bañera, me quitó la ropa y empezó a limpiarme, pese a mis quejas de preadolescente. El agua caliente pareció despertar el dolor de la herida, pero reprimí el quejido, quise mantenerme adulto en aquella situación vergonzante. Ella maldiciendo mientras me frotaba con fuerza, como si quisiera arrancarme las malas ideas de la piel.

Así, no pares, no interpretes mi silencio como que no estoy disfrutando. Eres buena, los dos sabemos que aprovechas para desahogarte, para decirme a base de golpes todo aquello que callas. Las noches en las que llego tarde con excusas rocambolescas, los desprecios, los comentarios fuera de tono sobre tu trabajo, sobre lo poco que te cuidas, toda la basura que arrojo a tus pies y de la que me arrepiento.  La espalda me arde, puedo sentir la orografía del dolor, pero quiero más, solo un punto más.

No dejó ni que me secara yo solo. Frotaba y frotaba como si formara parte de un ritual. Más tranquila al ver que no brotaba más sangre de la herida, se centró en la reprimenda, en los porqués, en la salmodia de quejas y lamentos que cabía esperar. Cuando quise salir para vestirme, me cogió por la muñeca. Que a dónde iba, que eso se podía infectar, que ven aquí que te eche un poco de alcohol. Y eso sí que no, ahí ya no pude aguantar y me vino encima todo el dolor, toda la culpa por lo que había hecho. Que si no había agua oxigenada y ella que no, que el alcohol curaba más y que parecía mentira que no hubiera dicho ni mu hasta ahora y que si por un poco de alcohol, que no iba a ser para tanto. Y me puse a llorar todo lo que había reprimido hasta ese momento, me cayó la culpa como un fardo sobre el pecho,  pero no sirvió de nada que le suplicara, que me pusiera a gritar que picaba.

Ahora, justo ahora que estoy a punto, ha llegado el momento. Coge la botellita de alcohol y refriégame la espalda bien fuerte, como si me dieras un masaje, como si frotaras una toalla contra las heridas. No temas hacerme daño, para eso hemos venido. Solo quiero pediros perdón.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Tarifa Plana

—Me gusta apostar por la sinceridad. Podríamos seguir hablando toda la tarde y que fueran cayendo las cañas hasta que nos cayéramos bien, forzar  el conocimiento apresurado que implica este tipo de citas. Prefiero evitar las preguntas habituales, la gente las usa como si verse cara a cara no fuera más que una extensión de la aplicación y siguiéramos escaneando el atractivo del otro. Ya sabes, hemos hecho match, chateamos un par de días y quedamos. Pero quedar en persona siempre es violento, a no ser que se tengan las cosas muy claras. Estoy hablando demasiado, lo sé.

Ella ha perdido hace rato el hilo de la disertación de él. No está acostumbrada a la cerveza y el calor y los nervios han hecho que se la tomara demasiado rápido. Algo mareada, se recrea en un lunar que tiene el chico justo en el codo derecho, un pequeño pero visible refugio de la imperfección. Porque, por mucho que pensara que las fotos del perfil de él estuvieran retocadas, incluso que pudieran ser falsas, la realidad es mucho mejor de lo que se esperaba. Es perfecto, es perfecto, se imagina que corean sus amigas, las mismas que la empujaron a usar la aplicación en una tarde de aburrimiento y confesiones. Ella divaga, ella es una romántica empedernida fuera de lugar que tiene ante si a un chico más joven que ella, alto, atlético, con una sonrisa encantadora que va a juego con unos ojos verdes y traviesos, un rostro de rasgos felinos y una piel bronceada.

— ¿Cómo? No, no te preocupes. Tienes una voz muy agradable y me gusta escuchar.

Después de haberse convencido de tener una aventura frívola con la que oxigenarse y olvidar los problemas con su ex, ella se ha encontrado con la agradable sorpresa de un encuentro con alguien que no solo es muy atractivo, sino que es capaz de desarrollar un discurso irónico sobre la situación.

—No quiero sonar presuntuoso, pero lo que para otros es un reto en este tipo de citas, para mí es algo rutinario. No necesito usar aplicaciones para acostarme con alguien. No me malinterpretes, eres una chica muy atractiva y no soy tonto. Lo que quiero decir es que el sexo casual no es difícil de encontrar, si uno se lo propone.

Claro, será en tu caso, que eres un cerebrito parlanchín con cuerpo de gimnasta. Yo siempre he sido una mojigata que idealizaba a la persona equivocada.

Piensa ella, pero dice:

—Claro, llega  a cansar.
—Exacto, para mí es más excitante tratar de encontrar a gente que valga la pena en este tipo de citas. Supone todo un desafío revertir la situación y pasar de la frivolidad a un conocimiento más profundo. Es como encontrar la famosa aguja en el pajar.

Me la quiere dar con queso, se le ha visto el plumero al utilizar el topicazo de la aguja. Trata de ponerme delante un espejo con letras de neón en el marco: ERES EXCEPCIONAL. Voy a soltarle una.

—Bueno, las agujas suelen pincharte cuando se encuentran si rebuscas entre la paja.

Él esboza una sonrisa perfecta y a ella le tiemblan las rodillas. Es invencible.

—Obviaré el chiste fácil y grosero. No quería caer en los tópicos, acabamos de conocernos y parece que esté desplegando sobre la mesa un plano con mi particular cartografía sentimental. Hay picos y valles, pero lo importante es conocer el territorio.

Qué cabrón, qué bien habla. O tiene el guión muy bien aprendido, o es una joyita. Que no se te escape, no seas boba y pide otras dos cervezas, que vea que tienes interés.

—¿Otra ronda? Ya la hora que es, podríamos pedir un par de raciones para medio cenar.

Por supuesto, él acepta y parece relajarse. Durante los próximos minutos, deja que ella maneje la conversación y le hable de su trabajo, de los viajes que ha hecho, las series que ve y todo el habitual repertorio de la insustancialidad. Pasan al vino y rematan el postre con un licor de hierbas barato, que les rasca las gargantas y les afloja la lengua ya del todo. 

—Pues yo no he viajado fuera de España —afirma él.
—¿Y eso? Mira que al final sí que voy a pensar que eres un bicho raro. Si hoy en día viajar es lo más sencillo del mundo. Y por favor, no me sueltes el tópico rancio de que con la de cosas que hay que ver en España, no hace falta ir al extranjero.
—Te voy pillando el punto cañero, me gustas. No, no se trata de eso. Vivimos en la era de los vuelos baratos y no acaba de gustarme la idea.

¿Ecologista? ¿Miedo a volar? ¿Simplemente paleto? No puedo evitar seguir tirando del hilo. Lo importante, ha dicho “me gustas”. Se le ha escapado. Joder, creo que me estoy enamorando. ¿Ya estamos? Que no se te note.

—Bueno, la verdad es que tanto turisteo da asco y no, no voy a ser ahora yo la rancia que diga aquello tan manido de que yo no hago turismo, sino que viajo. Oye, cada cual tiene sus manías, si no te gusta volar…
—No es eso, es que los aviones precisamente son una de las pruebas de que nos engañan.
—¿Nos engañan?
—Sí, claro. Lo que te voy a decir te sorprenderá, pero no creo que vayas a salir disparada con lo que te voy a decir. Como te dije antes, prefiero ser sincero y creo que vales la pena.

Las mariposas, las jodidas mariposas en el estómago. Pero qué misterioso, a ver por dónde sale. Con lo seguro y un poco pedante que parecía al principio y ahora parece desarmado. Me gusta verle así. Le besaría ahora mismo. Espera, cuando salgamos a la calle, que siga hablando. Un sorbito a la copa para que se anime él a seguir, que vea que estás relajada.

—Gracias, tú también. Si no quieres, no hay necesidad de que me lo cuentes.
—Bueno, es que es una teoría que no es muy popular, la gente suele burlarse y somos pocos los que la defendemos, pero es una muestra más de lo gregaria que es la gente. Confío en que no saldrás corriendo, no eres una más.

Que lo suelte ya. Lo tengo en el bote, menudo pedazo de tío. Y ahora se muestra vulnerable, es ideal. Contigo hasta el fin del mundo, chato.

—Seguro que no huyo despavorida, no te preocupes. Venga, no será para tanto.
—Bueno, el caso es que, si lo piensas bien. ¿No te llama la atención que, teniendo en cuenta el movimiento de rotación de la Tierra, si un avión se quedara parado en el aire,  llegaría a su destino sin necesidad de moverse?

No digas nada, sigue sonriendo, las cejas quietas, muérdete la lengua si es necesario, no la cagues ahora.

—Pues la verdad, no me lo había planteado nunca.
—Es de cajón, ¿verdad? Pues es una de las pruebas más claras de que el planeta no es redondo. Y hay muchas más.

Excúsate si es necesario, ve al baño si no vas a aguantar la risa, pero mantén la calma. Terraplanista, el tío es terraplanista. Si ya lo decía yo, que no podía ser perfecto. Deja que hable. Así, muy bien, asiente de vez en cuando, sonríe. Mantén la función fática. Terraplanista. Qué cojones. Pero este no se me escapa, a la mierda las mariposas. Que siga hablando, da igual. Necesito un vodka, eso sí. O dos. Y dale con la matraca. Descartado por completo. Lleva ya media hora. Pero este no se me escapa vivo, aunque sea por cobrarme haber aguantado la mierda del terraplanismo.

—Ostras, pues sí que tienes argumentos, me estás haciendo dudar un poco. Oye, pero una cosa tengo clara, se ha hecho muy tarde y…
—Vaya, lo sabía, te he aburrido con el tema. Lo siento de veras.
—No, para nada. Mira, aunque seguro que vamos a quedar más veces, voy a ser directa. Me pide el cuerpo que te vengas a mi casa. Está aquí al lado, ¿te apetece?
—Claro, sería imbécil si te dijera que no.

Descuida, que imbécil eres un rato. Anda, te dejo pagar la cuenta para que te sientas todo un machote. Toma ya esos morrazos que tienes, ya tardabas en comerme la boca. Vámonos, alma de cántaro, si al final mis amigas tenían razón. Un polvo o dos en tarifa plana,  mira que soy graciosa, y ya puedes irte solito hasta el fin del mundo, cuidado no te caigas al llegar.




lunes, 28 de octubre de 2019

De rodillas



No quiero recurrir a los tópicos, pero he hecho todo lo posible por no caer en la tentación. Que me juzgue el único que puede hacerlo, pues con toda seguridad no será tan severo su juicio  como el que emana de mi propia conciencia. Me reconozco como el peor de los pecadores, uno más entre las reses condenadas de antemano que se balancean día a día hacia un destino conocido. Pero no soy solo la sombra que se agita por las noches entre sudor y temblores, el insomne  que se revuelve y amenaza con la mirada al cielo estrellado. Iluso, anhelo con equilibrar la balanza con la redención que otorgue mi buen hacer. Mi carácter se ha conformado en base a la disciplina y a la dedicación al prójimo. Humildad, sacrificio, bondad.

La tentación es diaria  y no conoce fiestas o  sacramentos, pero al margen del día a día, hay experiencias que dejan una huella indeleble pese al transcurrir de los años. El primer anzuelo es el que se clava de forma más firme en la carne y acaba integrándose en ella, como un huesecillo infecto y metálico que me recuerda una y otra vez el error cometido, ese primer momento en el que cedí a la tentación.

Fue un verano más de los que pasaba mi familia en un pequeño pueblo de Zamora que había visto nacer a mi madre. Apenas tendría yo trece años, pero me consideraba plenamente adulto y responsable. No caía en las diabluras propias de mi edad y ya mostraba querencia por la lectura y las disquisiciones filosóficas y religiosas, por lo que mis padres y los de mis amigos delegaban en mí la responsabilidad de cuidar de los más chicos que conformaban la pandilla estival. No era tarea complicada en aquellos tiempos de despreocupada felicidad, de un asueto rutinario en el que nos veíamos inmersos, como si el tiempo se hubiera detenido y no hubiera más existencia que la de bañarse en el río y jugar todo el día. Era bueno inventando historias, tramas heroicas o fantásticas en las que asignaba a cada uno el personaje que iba a interpretar.

Juan era mi mano derecha. Dos años menor que yo, andaba siempre con el pelo negro revuelto y con un gesto de pícaro robagallinas. Parecía estar tramando alguna travesura en todo momento, aunque estuviera simplemente sentado bajo la sombra de un pino. Aunque estuviera callado, tras los dos carboncillos inquietos de su mirada le adivinaba alguna fechoría. Me pasaba el día reprobando su lenguaje soez, cargado de vulgarismos y palabrotas. Aun y así, o tal vez por ello, era mi mejor amigo. 
Aquella tarde en la que subimos todos al viejo molino de agua a jugar a quijotes de río, empezó a girar para mí la maldición a la que sigo amarrado. Juan insistió en encaramarse a la vieja rueda de madera, sin más motivo que probar a todos que era el más ágil y fuerte. Era algo habitual en él, pero no contó con que la madera cedería bajo sus pies y acabó cayendo de bruces desde un par de metros de altura. Un susto, apenas unos rasguños y unas risas, pero me enfurecí de veras con él, porque podría haber sido mucho peor.

Mira cómo te has puesto. Como te vea tu madre, se lo dirá a la mía y no nos van a dejar salir en una semana. Ya, claro, no te has hecho nada, siempre dices lo mismo. Venga, vamos a la orilla, mejor te limpias esa herida.

Tenía un corte en la rodilla, por el que empezaba a manar la sangre. Poca cosa, pero era mejor limpiarla. Cojeaba un poco y se apoyó en mi hombro en dirección al río. Los otros quedaron atrás, inspeccionando el molino.

Ya ves, íbamos a jugar a quijotes y me da que esto va a parecerse al final a un bautismo. San Juan Bautista bautizado, San Juan el de la rodilla pelada. Aunque tú de santo tienes poco. Mira que estás loco, pero deja que lo haga yo, te va a doler, pero es mejor que te limpie esa sangre. Así, suave.  Ves como ya no te duele.

Y luego un silencio incómodo que me despertó de mis ensoñaciones, como si una puerta se cerrara de golpe. Un silencio que decía qué estás haciendo, déjalo ya, estoy bien, ya me curo yo la herida, deja de tocarme. Un silencio a punto de estallar en mi cabeza, un sofoco y unas ganas de seguir acariciando, hasta que Juan me apartó de un empujón y aquella orilla nos separó para siempre.

Aquel niño que fui yo sigue aquí, mirándote a los ojos, a ese tú que es mi espejo, que es conciencia del pecado. Yo que ahora absuelvo, que impongo penitencias, que sigo rodeado de niños, que imparto el más sagrado sacramento sobre sus lenguas temblorosas, sigo siendo aquel crío en la orilla del río, bautismo de sangre y tentación, pasado que vuelve una y otra vez. Yo te absuelvo, hijo, dos padrenuestros y un avemaría, que vuelva a girar la noria. Puedes levantarte, te acaricio el pelo y desvío la mirada, a mi pesar, hacia esas dos pequeñas rodillas enrojecidas por la genuflexión.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Maiferleidi


―Es que es de cajón. Pocas sublimaciones ha habido tan claras en el mundo de la literatura como la de Borges cuando escribió El Aleph. Eso no me lo discutirás, aunque con la noche que me estás dando, no sé yo. Que mira que te encanta picarme y contradecirme. Me refiero al cuento en concreto, ¿eh? No me dirás que va a ser casual que Borges fuera ciego y que ideara ese fenómeno milagroso, ese remedo de mirada divina a través del cual poder observar la totalidad, convertirse en un dios tirado en el suelo del sótano de una casa vieja, observando una esfera diminuta que concentra y muestra toda la realidad. El ojo que todo lo ve, aquello que tantas interpretaciones ha tenido en la historia de la crítica y que claramente es un grito desesperado de Borges por recuperar la visión.
―Te dejaría seguir haciendo el ridículo, porque me resultas hasta tierno cuando te conviertes en mi pedantito de pies de barro, pero es que me  está costando aguantarme la risa.
―Me voy a acabar cabreando y te vas a quedar sin postre.
―Con lo que te gusta a ti darme el postre. Anda, no seas bobo. Si lo que quiero es que no metas la pata soltando esas barbaridades por ahí. En mala hora te convertí en Maiferleidi, con lo bien que estabas calladito en el gimnasio marcando pectorales.
―Yo seré Maiferleidi, pero tú eres un cabrón con todas las letras. Un cabrón juntaletras, a ver si voy a tener que pagar yo el pato porque te hayan rechazado otra vez la novela.
―Eso no tiene nada que ver.
―Todo tiene que ver con todo.
―Claro, como el aleph, ¿verdad? Que te vayas leyendo los libros de la lista que te hice, no te convierte en crítico literario por arte de birlibirloque. Que estamos hablando de Borges, de uno de los autores más estudiados de la literatura del siglo XX.
―Y como soy muy lerda, no puedo opinar sobre él. ¿Es eso lo que quieres decir?
―No, puedes opinar lo que te dé la gana. A mí me gusta que hagas el burro conmigo, pero no que sueltes burradas.
―Que sí, que tengo claro para qué me quieres, ya solo falta que me dibujes una polla en la servilleta.
―Eso también, pero cuando Borges escribió El Aleph…
―Estabas tú presente y te contó que lo había escrito para describir tu ojete infinito. Es eso, ¿verdad? Te hacía vieja, pero no tanto.
―Esa ha sido buena, pero no. Es algo más sencillo.
―Venga, ilumíname.
―Joder, que cuando Borges escribió el Aleph, aún no estaba ciego.
― ¿Y por qué no me lo has dicho antes?
―Como si hubiera servido para algo. Estás como un tomate, por cierto. Anda, toma un poco de vino.
―Bueno, entonces de postre…
―Algo con dulce de leche.



jueves, 4 de octubre de 2018

SIN RODEOS

Podría haber sido cauto, alegar cualquier excusa para hablar a solas, dejarse ver en las reuniones semanales de la parroquia, mostrar cierto desinterés interesado cuando había más personas presentes para picarla y atraer su atención, buscar aficiones comunes, anotar cuidadosamente sus gustos, los pequeños detalles que son la llave del triunfo, recordar sus lecturas de juventud, asimilar los pasajes más didácticos del Ars Amandi de Ovidio y fantasear con las escenas del Decameron de Boccaccio, hacerse el encontradizo, tantear con sumo cuidado qué tipo de humor le hacía gracia, encontrar sus puntos débiles, investigar sobre sus relaciones anteriores, entender qué habia fallado para mostrar la cara opuesta, definir qué podía estar ella buscando, pero Luciano Martín no era persona de rodeos y metió la mano por debajo del refajo de Jacinta, aprovechando que se había agachado a recoger el rosario que se le había caído al suelo, echando así al traste cualquier atusbo de romanticismo y recibiendo un bastonazo que lo dejó seco y cortejando a los gusanos.

jueves, 20 de septiembre de 2018

AHORA TE CUENTO YO


Ya veo que te lo has pasado genial. Me alegro, porque te lo mereces. Te lo has ganado después de todo un año currando a tope. No me mires así, que hablo en serio. Lo de la reducción de plantilla sabemos que no estaba en tus manos. Lo sé, eres un currante más, codo con codo. Qué menos que poder desconectar del marrón que hemos pasado este año en ese pedazo de crucero que te has pegado con tu novia. Enséñame de nuevo la foto de Capri. Qué bonito, sí que parece una postal.  Pues yo nada, en casa, tranquilo. Sí, a veces es lo mejor, simplemente descansar. Mucha gente me lo ha dicho. Pero espera, no te vayas, aún nos queda un cuarto de hora de comida y para una vez que te sientas conmigo, te cuento lo que he hecho estas dos semanas. Cuando te he dicho que he pasado las vacaciones en casa, quería decir que literalmente no he salido de casa en dos semanas. Odio el calor y sin aire acondicionado lo mejor es estar con las persianas bajadas durante el día y tratar de moverse lo menos posible. Tengo suerte porque la casa de mis padres es vieja, de las de techos altos. ¿No sabías que vivo en casa de mis padres? No, ellos murieron hace tiempo. Tuve que volver después del cambio de sede. En realidad me hicisteis un favor, porque el piso del centro no me lo podía permitir y me venía fatal la combinación de metro. Así que volví a Canillejas, el barrio más feo de Madrid, el culo de la calle Alcalá. Perdona que me ponga literario. Como me dijiste en la reunión de seguimiento de la semana pasada, tiendo a la dispersión. Volví al barrio con el rabo entre las piernas. El regreso de un becario de cincuenta años, acojonado por la posibilidad de perder el puesto de trabajo a esa edad tan jodida. Ya, ya sé que técnicamente no soy un becario, pero sabes a lo que me refiero. Pues lo que te decía, persianas bajadas, un saco de diez kilos de comida para el gato y salir sólo para bajar la basura por las noches y fumarme un piti en el portal. Vuelta a subir y a ver la tele, encadenar cabezadas hasta perder la noción del tiempo y calentarme algo en el microondas. Ahora puedes pedir que te traigan la compra a casa, siempre hay gente más puteada que uno, eso es verdad. Ya ves, he ganado cinco kilos en dos semanas a base de comer mierdas y estar tumbado en el sofá. Ya me hubiera gustado engordar por haberme puesto gocho en el buffet libre de un hotel, pero el sueldo no da para más. Y no te creas que no he disfrutado. Estaba la mar de a gusto. La mayor parte del tiempo me quedaba a oscuras y me dedicaba a escuchar. Nunca hay silencio en esta ciudad. Como mucho, con suerte, a partir de las cuatro de la noche pueden pasar unos minutos sin que pase un coche, pero siempre está ese murmullo de fondo del tráfico. En realidad Madrid tiene mar, una marea de humanidad que nunca cesa, que es apenas un zumbido a esas horas de la noche, pero que se convierte poco a poco en oleaje. ¿Ves? Si en el fondo soy un poeta. Hay postales que uno se monta en la cabeza. Me gustó estar sin hacer nada, inerte, pasivo, medio desnudo, disfrutando de la pérdida de tiempo, consciente de los millares de vidas que me rodeaban, cazando conversaciones, con suerte algún gemido de placer escurriéndose por alguna ventana. Mi gato, viejo y castrado, era el compañero perfecto de mi inactividad. Llámame cerdo, pero no me apetecía ni ducharme, a pesar del calor. No le veía utilidad. Los muertos no se duchan y yo jugaba a estarlo. El cadáver andante de un oficinista. En las noches de más calor, me pegaba a la pared como si fuera una salamanquesa. Escuchaba el sonido distorsionado de las conversaciones de los vecinos, el cotorreo metalizado de los televisores, el rumor de los grifos y las cisternas, resonando en la noche como un aparato digestivo. Me excitaba imaginar qué absorbía vidas ajenas ¿No dices nada? No, no he bebido. Sólo creo que tengo derecho a contarte mis vacaciones, aprovechar este break para confraternizar un poco. Quiero sentirme fidelizado, parte del proyecto. Pero no te vayas, hombre. Para una vez que te cuento las vacaciones, no me dejes con la palabra en la boca.

jueves, 29 de marzo de 2018

¡Adios, ríos!

Adios, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.





Un vagón de metro cualquiera. La consabida rutina, tantas veces retratada. Noche de sábado hacia la periferia, jugar a adivinar retratos e historias en los rostros, mirada esquiva de adolescente, rostro cansado de camarera, aliento a alcohol de un hombre adormecido, un niño chino, obeso, sonriente, come patatas de bolsa con ritmo de metrónomo, su madre absorta en el móvil, casi todas las miradas buscando no enmarañarse, fijándose en un punto concreto de la nada para no cruzarse entre ellas. Escena mil veces descrita, pasto de aspirantes a escritor, literatura del cansancio compartido. En la siguiente estación, sube un hombre andrajoso, un signo de exclamación serpenteando entre la muchedumbre, algunas fosas nasales se contraen tratando de enterrar el olor a muerte en vida característico. Nada nuevo, un mendigo cualquiera, de entre cincuenta años y mil derrotas de edad. Pide disculpas al resto de viajeros, ritual común del pedigüeño, no quiere molestar, como si alguien estuviera haciendo algo importante, como si la vida del resto del pasaje valiera más que la suya, captatio benevolentiae, parece avergonzado, puede que forme parte de un papel estudiado, del anzuelo que tiende para buscar el contacto, disculpen y buenas noches, no querría molestar, voy a recitar unos versos de Rosalía de Castro. Colgado en las paredes del vagón, un cartel pregona versos de un poeta relamido del 27, dentro de la campaña Ni un día sin poesía. En contraste, la turbiedad alcohólica de las palabras balbuceadas por el mendigo, apenas inteligibles, como si fuera consciente de que casi nadie sabe quién es Rosalia de Castro en aquel agujero lejos de cualquier río. Recita los cuatro primeros versos, no parece recordar más, y me tiende la mano, piel oscura, de ese color sin raza que tienen los mendigos con solera. Sé que esa moneda que le doy acabará en vino, pero el recurso a los versos me ha enternecido, su irrupción inesperada, un guiño cultural, frívolo, que bordea el ineludible continente de la tragedia, ese hombre ahora derrotado que, de niño, memorizó aquellos versos sin saber que serían un recurso desesperado, una espada de madera en una batalla perdida.

sábado, 13 de enero de 2018

P'alante




Doy por sentado que tienes en cuenta las repercusiones electorales de lo de Juan Ignacio. Que sí, que parece que de una forma u otra tu estrategia de segundo plano hace que salgas indemne, pero esta vez la has cagado bien. Y perdona que te sea tan franco y directo, pero son ya muchos años a tu lado como asesor y creo que pocas veces me he equivocado. No me gusta disfrazarme ahora de suegra gruñona, pero te lo dije, te dije una y mil veces que Juan Ignacio no era de fiar, que le tiraban más las ansias de figurar que la picha o la cartera. A los amiguetes políticos se les amarra por esas dos cosas y, si las rechazan, malo. Fíjate tú la que te ha jugado en esa puta conferencia de presa, con esos aires de superioridad moral que se da, el mentón bien alto y jugueteando con el rosario del bolsillo de su pantalón. No son de fiar, no son de fiar, sólo se ayudan entre ellos y si no eres de los suyos, de una u otra forma te acabas convirtiendo en su enemigo. Y ahora a ver cómo salimos del embrollo, que seguro que lo hacemos. Lo primero de todo es preparar una coartada, creo que sería bueno utilizar ese selfie que publicaste en año nuevo, cuando saliste a caminar con Pepe y Julián. Que no sé yo cómo mantienes la amistad con esos dos, después de que los defenestraras por lo del fondo agrario. ¿Qué cómo vas a utilizar ese selfie? Joder, está claro. Si estabas por el campo de paseíto con ellos, es materialmente imposible que estuvieras a la vez en Bruselas negociando con el catalán. Que sí, que ya sé que sí estabas en Bruselas y el selfi es de otro día, pero lo que nos ocupa ahora son dos cosas: averiguar cómo se han enterado los amigos de la sotana de lo del encuentro con el exiliado y cómo negar cualquier asomo de acercamiento con los indepes. Ahora no te oigo bien, creo que es la cobertura. Ah, que estás comiendo un polvorón. Qué cojones tienes. Yo recomendándote un logopeda para que pronuncies mejor y tú comiendo polvorones mientras te soluciono la vida. Que sí, que ya sé que para algo me pagas, así es imposible que tengas ni un mínimo de ansiedad. Menuda pachorra tienes, así te va. De bien, claro, que pareces inexpugnable, que yo no trabajo para cualquiera, presidente. Si es que siempre me acabas convenciendo, vale, no me preocupo. Perdona, es que voy conduciendo y he perdido cobertura. Sí, todo claro. No decimos nada, nada de nota de prensa y movemos algún tema en paralelo para dar de comer a los medios. Tenemos en la recámara que el fiscal les meta un buen capón a los subnormales esos del programa nocturno de La Ser. Sí, el gordo de la barba y los otros dos. Eso hará el suficiente ruido. Lo de siempre y p’alante,  presidente. Espera un momento, que me acaba de llegar un Whatsapp de Pepe. Joder. Hostia. Espera, que aparco. Te lo voy a reenviar. Sí, joder, me lo ha enviado Pepe. ¿Cómo no te diste cuenta de que te hizo esa foto? Tranquilízate y vamos a esperar qué quiere a cambio de no pasarla a la prensa. Porque algo va a querer ese hijo de puta. Ya, ya sé que no es delito, que por mear en el campo no has matado a nadie, pero… Joder, no sé cómo decirlo presidente, el cabrón ha sacado la foto en un ángulo de forma que parece que… Cómo que que hable claro. Pues que no sé cómo te pilló, desde dónde te hizo la foto, pero parece que… que la tengas diminuta, joder. Que seguro que es la perspectiva, pero piensa en el daño que puede hacer que esa foto empiece a rular por las redes. Lo entiendo, lo entiendo, no me grites. Lo que sea, le daré lo que sea, me cago en todo, pero por mis muertos que cuando te saque de esta me busco otro curro, que al menos a Clinton se la estaban chupando cuando se la sacó. Que sí, que te digo algo, que no me río, que esto es serio, pero seguro que minimizamos de alguna forma el impacto, en caso de que la foto salga a la luz. Que no, que no quería hacer un chiste. Cuelgo.

domingo, 3 de diciembre de 2017

El señor

El señor

Hoy hace justo un año que el señor de bigote se presentó en casa. Recuerdo que al principio pensé que era un comercial de seguros, uno de esos vendedores a puerta fría que provocan un inmediato fastidio en la cotidianidad interrumpida. Su aspecto era impecable, traje y corbata, permítame usted un momento, no quisiera molestar, pelo entrecano engominado, tosecilla nerviosa y nudo que se ajustaba de vez en cuando de forma compulsiva, para acto seguido acariciarse el bigote antes de proseguir su discurso. Tenía, eso sí, la frente perlada de sudor, así que le ofrecí un vaso de agua. Si no le importa, se lo agradecería mucho y ya estaba en la cocina, sonriéndome con los labios finos muy apretados. Como le decía, no es mi intención importunarle, no crea usted que hago yo esto todos los días, pero es que al levantarme esta mañana para ir al trabajo, he sentido la necesidad de desviar mi ruta habitual, que sigo con puntualidad prusiana desde hace cuarenta años y llamar a su puerta.
En un principio, pensé que estaría aquejado por algún tipo de mal pasajero que le ofuscaba la mente y que le había incitado el impulso repentino que le había llevado a nuestra casa, pero me di cuenta en seguida que aquel señor no sólo regía perfectamente, sino que daba clara muestra de una gran lucidez. Hábil conversador y en extremo educado, durante las tres horas que transcurrieron hasta la hora de la cena, me habló de un abanico de temas de lo más variopinto, divagando con la mayor precisión, si es que a eso se le puede llamar divagar, sobre temas artísticos, históricos y filosóficos de la ciudad. Cuando le pregunté si acaso se trataba del cronista municipal, se encogió de hombros y soltó lo más parecido a una risilla de lo que le oí nunca, apenas un graznido amortiguado bajo la cortina de su bigote. Los libros, los libros son la auténtica crónica, sólo hay que saber encontrarlos, para encontrarse a uno mismo. Y en esta casa hay un libro que me interesa en especial. Quiso excusarse en ese momento, pero no pude más que ofrecerle quedarse a cenar, para saciar mi curiosidad. Como sospechaba, era de apetito frugal y apenas probó el puré de verduras y la pechuga de pollo, agradeciendo mi hospitalidad, eso sí, a cada bocado. En cuanto pude, saqué a colación el tema del libro, alegando que, para mi vergüenza, pocos eran los ejemplares de los que disponía, ya que me había habituado al formato electrónico y apenas había dejado como decoración, los que encontré al adquirir la vivienda, además de unos pocos míos, principalmente ensayos de medicina. Rematamos a los postres la botella de vino que había descorchado y que sí apuró con fruición y le acompañé a la vieja biblioteca, que hacía las veces de estudio. Para mi sorpresa, el interés que hubiera podido suscitar su visita, parecía haberse disipado de golpe justo cuando lo tenía a la mano. A duras penas echó un vistazo huidizo a los lomos de los libros y se apoltronó en el sillón orejero junto al radiador de la sala, quedándose casi al instante roque. No quise despertarlo, así que busqué una manta y lo tapé, confiando en que al despertarse tuviera la prudencia de marcharse sin hacer ruido. Eran ya las dos de la madrugada y el vino  también me había adormecido, por lo que me acosté.

   A la mañana siguiente, tras ir al baño, lo primero que hice fue dirigirme al despacho. Encontré la manta perfectamente doblada sobre el sillón y el hueco de un libro desaparecido en la estantería. Me maldije para mis adentros, por haber sido tan confiado. Me molestaba no tanto el hurto, como haber sido engañado por alguien que había resultado ser un frescales disfrazado de señor. Hasta que sentí el aroma a café.
A la luz del día, parecía más pálido y demacrado, con ese aire espectral que desmentía la fruición con la que mojaba en el café las rosquillas que saqué para desayunar. No quise incomodarle de momento con premuras fingidas, ya que aquel día no me tocaba trabajar en la clínica hasta bien entrada la tarde. Cuando centré la mirada en el libro que había dejado sobre el taburete de la cocina, me comentó que se había equivocado, que no se trababa de ese. Dejando de lado que el principal misterio era cómo estaba tan convencido de que yo poseyera el libro que buscaba, me empezó a hablar sobre los orígenes del edificio, que había sido antigua casa de bomberos, a principios del siglo XX. Siempre tenía una historia interesante que contar y lo hacía de forma tal que el tiempo pasaba volando y uno apenas intervenía, enredado por completo en sus palabras. Aún no sé cómo fue que me ofreció sus servicios, de forma casi sibilina, con medias palabras, ligeramente avergonzado y apelando a sus penurias económicas, entre narración y narración. El caso es que, movido por la curiosidad de conocer más a fondo a aquel personaje, acepté. Para un observador externo, podría llegarse a la conclusión de que acababa de contratar a un mayordomo, un cargo desfasado, obsoleto y pretencioso para alguien con mis necesidades y posición social. Pero en ningún momento surgió esa palabra entre nosotros, no había relación de empleador y contratado, sino la de acompañante. De forma tácita, llegamos al acuerdo de que él seguiría contándome sus historias a cambio de techo y manutención. Sellamos el acuerdo compartiendo la última rosquilla.

   Supongo que lo del libro fue una excusa para justificar su presencia. Tal vez fue la única mentira que utilizó en su beneficio, esa y sospecho que su nombre, que no revelaré, porque me negué desde un inicio a contrastar la veracidad de todas las historias e ideaciones con las que me regalaba a diario. Pero si el libro nunca existió, se dispone a enmendarlo. Ya le he sorprendido varias veces escribiendo. En cuando me ve, esconde las cuartillas y finge no haber estado haciendo nada. Con los años, me he acostumbrado a no hacerle preguntas, a aceptar sin más su presencia, pero no puedo dejar de pensar en qué estará escribiendo, en si esa su última historia empezará con alguien llamando a la puerta de una casa cualquiera.

viernes, 13 de octubre de 2017

Álbum

Te llamas Bernardo Bernal y eres feo, gordo, calvo, raro. Echas la culpa de tu mala suerte con las mujeres a tu aspecto, pero no haces nada por remediarlo. Llevas casi siempre la misma ropa, apenas un recambio semanal para cada pieza. No haces ejercicio y comes mal y de forma descuidada.  Vives esperando a que muera tu madre y heredar el piso diminuto en el que convivís. De fondo, la foto enmarcada de tu padre, en el comedor, ese bigote reprochando tu mera existencia. Eres virgen a los 44, pero nadie diría que eres infeliz. Gozas de aparente buen humor, pareces buena persona y haces reír a los demás cuando te lo propones, a base de ocurrencias groseras y chistes de bar. Además, tienes un hobby con el que te sacas unas perras y que te ha hecho conocer gente. Si vas a justificar tu existencia con eso, mal vamos. Coleccionas cromos de fútbol y los vendes o intercambias en el Rastro, en la plaza del Campillo del Mundo Nuevo. Eres ya un personaje conocido allí. Los domingos te pones una camiseta demasiado ceñida de Hugo Sánchez, casi una reliquia, pero que te sirve para distinguirte entre la marabunta de coleccionistas que hormiguean  por la plaza. No fallas nunca, sonríes siempre, aunque te hagan las mismas peticiones, aunque te sepas ya de memoria qué cromos son difíciles de encontrar y la gente pregunte por ellos como si fueran uno más. No, ningún cromo es uno más, aunque muchos sean más fáciles de encontrar y estén repetidos hasta la extenuación. Fantaseas con ser algún día una de esas personas importantes que deciden cuál es la proporción exacta de cromos raros que van a salir en la colección de tal temporada. Señalar con el dedo a ese extremo izquierda del Valladolid al que nadie conoce. Darse el capricho de marcar la excepcionalidad. En la plaza, como los cromos, muchos rostros son repetidos, aunque parezcan distintos. Te permites hacer filosofía barata sobre los distintos tipos de personas que trapichean con las estampillas futbolísticas. Todos ellos se creen únicos, pero muchos responden a patrones que sabes diferenciar. Oportunistas, aburridos, ansiosos, inocentes, timadores, distintos equipos para alcanzar el trofeo de la colección completa, o para acumular cromos raros que puedan tener más valor. Lo que para unos es un intercambio provechoso para ambas partes, es un ejercicio de depredación contumaz para otros. Tú te sitúas en un término medio. Sabes mostrarte amable con los primeros y perspicaz con los segundos. Llevas muchos años frecuentando el lugar y pocos pueden decir que tengan una colección tan extensa y cuidada como la tuya. Llegas a primera hora, te sientas en ese banco que ya los habituales dan por hecho que es el tuyo y despliegas la mesita de camping sobre la que vas colocando minuciosamente tus álbumes. Teniendo en cuenta que hace tiempo que no buscas ningún cromo específico y que eres un proveedor experto, tu objetivo es otro y los medios para obtenerlo, muy básicos. Podría resumirse en que das esperanzas a la gente de obtener aquello que desean. No de forma inmediata, porque eso haría que el coleccionista de turno desapareciera una vez obtenida su presa, sino dando largas, prometiendo, mostrando primero una foto del cromo en el móvil, luego dar excusas para llevarlo una semana más tarde, llegada esa semana dirás que se te ha olvidado y acabas intercambiando móviles en vez de cromos para poder quedar algún día entre semana y cerrar la operación. Ese es el gran objetivo, el que sólo sabes tú: conseguir números de teléfono, agregarlos a tu agenda, abrir Whatsapp y guardar las fotos de perfil, las actualizaciones de estado, descartar las fotos anodinas y quedarte con los retazos de felicidad ajena, imprimir las mejores y guardarlas en un álbum que no llevarás nunca a la plaza, que no intercambiarías con nadie, repasar por las noches esas fotos en la playa, esos banquetes que no puedes permitirte, esos rostros sonrientes, con suerte acompañados de su familia, de sus hijos pequeños, tan tiernos ellos, tan inocentes. 

viernes, 30 de junio de 2017

La encimera


Confundí la tristeza con desidia y me entraba una rabia sorda cada vez que veía los restos de grasa en la rejilla de la encimera de la cocina. No entendía que mi madre, que siempre había sido escrupulosa con la limpieza, descuidara la presencia de signos de dejadez tan evidente. A mi padre le gustaba cocinar la paella de los domingos y ella recogía siempre el estropicio que dejaba a su paso, atento sólo al sofrito y al punto del arroz e ignorando salpicaduras, manchas y restos de comida. Era una función semanal con un guion ya asumido por todos. El único halago verdadero era el silencio que se producía cuando el arroz salía especialmente rico y todos engullíamos, horadando con afán en el recipiente, en busca del anhelado socarrat. Pero, quitando esa prerrogativa semanal, la cocina era territorio de mi madre. Aunque desde bien pequeña me mostraba dispuesta a ayudarla, ella siempre rehusaba, alegando que podía cortarme y que ni se me ocurriera acercarme a los fogones, aunque estuviera haciendo una simple pechuga a la plancha. Llegué a pensar que no cedía un ápice para justificar la sempiterna queja al acabar de recoger la cocina y echarse a descansar en el sofá a ver la novela de turno, con el privilegio acordado de que nadie osara sugerir que cambiara de canal. Cuando estaba especialmente enfadada, arremetía con la sosa cáustica y dejaba como los chorros del oro los fogones, repasando si hacía falta la rejilla con un cuchillo. Si la veíamos hacer eso, lo mejor era salir de casa sin hacer ruido al cerrar la puerta.

Mi padre murió de un infarto al poco de irme yo a vivir con Alberto, una muerte repentina y discreta, efectiva, sin grandes ruidos, como había sido toda su vida.  Y aunque ella nunca dejó escapar la más mínima insinuación de que se sentía sola, no pude evitar sentirme culpable y empecé a visitarla más a menudo. Ella, que siempre había sido de guisos de cuchara, de los de hervor paciente y sostenido, comentaba que ya no tenía sentido cocinar para ella sola  y no pocas veces me recibía impregnada en el olor inconfundible del pescado congelado. Me daba rabia verla ganar peso paulatinamente y le decía que no podía seguir así, que tenía que echar para adelante, que pensara en cambiar de casa, en viajar un poco, que necesitaba un cambio. Ni que decir tiene que no le interesaba nada de eso. Tenía un par de amigas de misa y café y poco más.  Sin darme cuenta, empecé a reñirla, como si fuera una cría. Me enfadaba por tonterías y un día le dije de todo por cómo tenía la cocina. Ella se encogió de hombros y volvió a decir que a ella le daba igual y que nadie iba a verlo. Yo no soportaba lo que interpretaba como un reproche velado y, harta ya de ver las gotas de grasa colgando como estalactitas de dejadez de los hierros, me puse a limpiar como una loca, refunfuñando entre dientes, sin darme cuenta de que no hacía sino replicar una conducta heredada.
A partir de ese día, me emperré en hablarle de la vitrocerámica, de sus ventajas, de la facilidad de limpieza, de que así se evitaba el peligro del gas, que de un descuido no nos salva nadie y que si conocía a un amigo de Alberto que trabajaba haciendo reformas de cocina y que nos podía hacer un presupuesto muy ajustado y que calla mamá, que de esto ya me encargo yo.
Ella alegaba que las amigas le decían que no era ni de lejos lo mismo que el fuego, que el arroz no se quedaba igual, que era más difícil conseguir el punto y yo, con esa crueldad que se muerde la lengua demasiado tarde, le recordaba que, como ella misma decía, apenas cocinaba y que de  hacía mucho que no comíamos paella, que como las de papá, ninguna. Así que ella calló y me dejó hacer.

                El primer día parecía ilusionada, expectante. La curiosidad parecía haberle hecho abandonar sus reticencias. Se mostró muy atenta a las instrucciones del técnico y la sorprendí leyendo detenidamente las del manual de la vitro. Ese día cociné yo y le enseñé los pequeños trucos, como manejar los niveles de intensidad y aprovechar el calor acumulado para apagar el fuego antes de tiempo. Así ahorras luz. Y este es el producto para limpiarla, verás qué fácil, nada de rascar.
Me sentía satisfecha, reconfortada por haber introducido una novedad en su vida. Tuvo que reconocer que aquella superficie plana y sin recovecos era mucho más práctica que la vieja cocina de gas. Me relajé. Poco a poco, empecé a espaciar las visitas de nuevo y acabaron siendo de nuevo semanales. Parecía haberle pillado el punto a la vitro y volvió a guisar como antes. Alberto, aunque era de buen comer,  iba un poco a regañadientes, cansado de que mi madre siempre nos preguntara que cuándo la íbamos a hacer abuela, que se sentía sola y ella se encargaría sin problema de cuidar de la criatura cuando estuviéramos trabajando. Hacía mucho que lo estábamos intentando y era un tema delicado, así que Alberto empezó a excusarse y, por no dejarle sola, acabamos yendo una vez al mes.
No fue un cambio repentino, pero al verla menos a menudo, noté que se estaba dejando llevar de nuevo. Se notaba en la cocina, mi obsesión adquirida. Olía de nuevo a frito requemado y los círculos blancos eran cada vez menos visibles y se iban ennegreciendo poco a poco. En cada visita, un poco más, hasta que se volvieron indistinguibles. Yo se lo reprochaba y Alberto me decía que la dejara en paz, que ya era mayor y que lo mejor era que contratara a una mujer que le limpiara una vez por semana. Ni siquiera cocinaba cuando íbamos a comer y encargaba un pollo asado.

Hemos decidido alquilar la casa.  Nadie va a querer comprarla y no tenemos suficiente dinero para reformarla de arriba abajo. Vendrá una chica a hacer la limpieza a fondo, antes de poner el anuncio, pero de la cocina quiero encargarme yo por última vez. Por mucho que ventile, no logro que el olor a refrito se desprenda de las paredes.  Mientras froto la placa con la rasqueta, sudando, enfurecida sin saber muy bien por qué, me parece ver el reflejo de mi madre en la negrura del vidrio, reprochándome por última vez que, aunque parezca lo contrario, hay recuerdos que no son tan fáciles de borrar. 

sábado, 10 de junio de 2017

Promoción


Julián Camarillo, oficinista vocacional,  no ha roto un plato en su vida. Hombre prudente y apocado, cuarentón de los de madre en casa y novia inexistente, se distingue por no distinguirse. Por eso, cuando su responsable le comunica que va a prejubilarse y que ha pensado en él para sustituirle, no puede evitar una mezcla de sorpresa y de disimulada satisfacción por lo que piensa que es la merecida recompensa por su gris pero impecable trayectoria profesional.

—Un puesto de esta responsabilidad debe desempeñarlo alguien que sepa discernir lo personal de lo laboral y creo que siempre has sabido mantenerte al margen de cualquier circunstancia ajena al trabajo.

Desde luego, Julián mantiene las distancias con sus compañeros, si bien no tanto por mérito suyo, como por decisión ajena, ya que siempre había sido considerado un bicho raro al que nadie se le ocurría hablar de nada que no fuera trabajo. No tiene afiliación política, deportiva o sexual conocida. Se limita a cumplir de forma escrupulosa sus tareas y no se le conoce ni una ausencia, ni un mísero retraso que eche a perder su impoluto expediente laboral. Ante todo, su actitud se debe a una educación a la vieja usanza, austera, basada en la importancia del cumplimiento del deber, del respeto a la autoridad, a sus superiores, en el sentido estricto de la palabra. Se siente inferior en un mundo en el que gente que no conoce su nombre puede un día tomar la decisión de borrarle, de mandarlo al pozo oscuro que supone el desempleo para alguien de su edad.
            Todo esto, que pudiera parecer el  retrato preciso de un individuo, no es más que el patrón de uno de tantos prototipos en los que se acomoda el ser humano, un marco en el que encajaba a la perfección una personalidad cincelada a base de necesidades y rutinas. Reconozcamos que Julián no es nadie especial y que apenas merece dos brochazos para esbozar el garabato de su avatar. Partiendo de esta premisa, nos podremos ahorrar detalles intrascendentes de su historia y centrarnos en la gradación del gris al negro, del anonimato laboral, al miedo a estar en el punto de mira y pasar de repente a la oscuridad por una mala decisión. Y es que, sin necesidad de caer en tópicos moralistas, la metamorfosis que sufrirá Julián es de una previsibilidad y rigor casi científicos. Inicialmente a su pesar, y de la mano de un innegable temor disfrazado de prudencia por el poco tiempo que lleva desempeñando sus nuevas funciones, acatará sin rechistar las directrices de sus superiores, aunque le parezcan ridículas. En una segunda fase, se acostumbra a la insensatez y evalúa tan solo las consecuencias de sus acciones en los sumatorios contables. Más tarde, se refina. Aprende rápido a tergiversar el lenguaje, llamando optimización a los recortes y plena disposición a la explotación. Espolvorea sus correos electrónicos con términos empresariales en inglés, aprendidos en formaciones de gente que asiente con la cabeza mientras dormita. Se complace al percibir cierto temblor en el tono de voz de sus hasta ahora compañeros cuando los llama a su despacho y los pone a prueba para comprobar sus capacidades, camuflando de urgencia y prioridad tareas del todo dispensables. Julián ya no es Julián, es el responsable, un cargo, una firma autorizada. El hombre promocionado, que ha pasado del gris al gris, se cree letra mayúscula en un mundo de números prescindibles.