miércoles, 30 de noviembre de 2011

CASI LAVAPIÉS


Que no, que por mucho que trates de convencerme, no voy a salir del barrio. Mi idea es buscar piso por la zona. Tampoco en Lavapiés- Lavapiés, porque necesito que sea una calle tranquila y prefiero pagar algo más por una habitación en condiciones. Los caseros están flipados y tratan de colártela por un cuchitril que hace cien años estaría lleno de gallinas y que da a la típica corrala en la que hay casi tanta ropa tendida, como gente hablando a gritos. Y ya no es cuestión de acostumbrarse a la mierda, que la hay, sino que llega un momento en el que uno ha conseguido formar parte de la comunidad y puede empezar a elegir. Si es que llevo ya casi dos años en el barrio. Hace tiempo que no me miran mal por la calle, como al principio y he superado mis neuras, como cuando metía la mano cada dos por tres en el bolsillo para ver si la cartera seguía ahí, trataba de no pasar demasiado cerca de los negros que apostaban en un banco de Tirso u olfateaba el costo culero, para reconocer que los moros de la plaza me habían tangado otra vez. Pero eso era antes. Desde que me mudé al centro, mi objetivo era adaptarme, ser uno más y está claro que lo he conseguido. Supongo que sabes de qué hablo, porque vienes de un barrio obrero, aunque nadie lo diría, con esa carita que me tiene loco ¿Era Vallecas, o Carabanchel? Nunca me acuerdo, aunque al caso, viene a ser lo mismo. Porque supongo que cuando vivías por esos barrios habrás tenido que disimular tus inquietudes artísticas, hacerte la dura con los chicos y pintar algún que otro cercanías para no mostrarte débil. Pintar trenes, ya ves. Y ahora hasta has expuesto en el pub del Chato. Buen colega, El Chato. ¿Te dije que me dejó que expusieras a cambio de un par de entradas en un palco del Bernabeu que sisé a mi viejo? Ni se dio cuenta, con la ilusión que le hubiera hecho pensar que iba a ver una mierda de partido de fútbol con él. Ya ves que mi caso es distinto, sólo opuesto. Pero también soy un desarraigado, también tuve que renunciar a muchas cosas. Eh, no te rías. Mi padre casi se muere del disgusto cuando se enteró de que yo llevaba tres años sin pisar la Facultad de Medicina, y que compartía estudio con Laura en Lavapiés. ¿Te acuerdas de Laura, la que pintaba gatos mutilados? Cómo no te vas a acordar, si creo que llegasteis a coincidir alguna vez en La Tabacalera. Muy guapa, pero bipolar de verdad. No tanto como tú. De guapa, de guapa. Pues mi padre me dijo que la abuela había escupido en el suelo cuando dejó la casa de la calle del Olmo, que juró que nunca más iba a pisar aquel barrio. Y que qué disgusto le iba a dar a mi madre si se enteraba, así que trató de enderezarme como siempre ha hecho, con dinero. En vez de darme cariño, de dejar que yo me expresara. El viejo Vincent Price. Mira, creo que tengo una foto de él en el Ipad, ahora que caigo. ¿Ves? Clavao. Pues eso, que yo no hubiera aceptado aquel chantaje paterno, pero la pasta me vino genial para montar la instalación del año pasado en la plaza de Cabestreros. Que bueno, que al final no acabó cuajando porque los del taller de creación multicultural no acabaron de entender la ironía del mensaje, así que tuve que tragarme con patatas las antorchas, las cadenas y los putos capirotes. Menos mal que pude vender parte del material a una cofradía. No, de pescadores no, de las de Semana Santa. Perdona, se me va la pinza. Córtate un poco, que aquí hacen la vista gorda, pero tampoco es cuestión de dar el cante y que rule, que al final siempre soy yo el que compra y estás la mar de apalancada, que casi no hablas. ¿Otro tinto de verano, no? Solecito y buen rollo, cómo me mola Argumosa. Bueno, lo que decía, que no voy a dejar el barrio por nada del mundo. Justo ahora que el tendero paki de debajo de casa sabe mi nombre, o que los hassanes de la plaza me pasan mandanga de la buena o, joder, claro, eso también, justo ahora que te he conocido. Me daría palo volver al piso que me dejó mi abuela al palmar, el de Recoletos. Que sí, que está de puta madre la zona, pero sólo si vas con bastón. Me aplatanaría, acabaría siendo un pijo, como mis otros amigos. Seguro que acabaría trabajando en la clínica de Vincent Price. Mi vida se habría acabado, caput. En cambio, contigo me siento feliz, reconfortado. Nunca he tenido una novia tan natural. Casi podría decir que te… ¿Perdona? Sí, puedes coger los cacahuetes. Joder, es que uno no puede charlar cinco minutos seguidos sin que le interrumpa alguien vendiendo chorradas o pidiendo limosna. Qué palabra más fea, limosna. Suena a otra época, ¿verdad? Bueno, al menos éste tipo comerá algo con sustancia, aparte del brick de vino de turno. Te iba a decir que te quiero, pero mejor no, porque al final te lo vas a creer. No pongas esa cara, que es broma, mujer. Sabes que te aprecio. Me has ayudado mucho a meterme en el mundillo. Así que ahora no tiene sentido  que me digas que debería buscar algo lejos del barrio. Lo importante es que desarrollemos juntos nuestras ideas, que convirtamos nuestra relación en algo más profundo. Igual hay que dar otro paso, no sé qué te parece algo en plan estudio abuhardillado, lo decoraríamos a nuestro gusto. Y del alquiler, ni te preocupes. Has pillado un buen partido. Joder, no te pongas así, es coña. A medias, como quieras. ¿Pero cómo vas a preferir quedarte en esa mierda de habitación sin ventana? No seas tonta. Además, si La Latina es casi Lavapiés.

viernes, 18 de noviembre de 2011

HEADSHOT



No es necesario que me ponga a estas alturas en plan proselitista con The Wire. Accedí a la serie demasiado tarde, o tal vez en el momento justo para que se me bajaran los humos como narrador, y la mayor parte de vosotros la conocéis, aunque no seais íntimos de Vargas Llosa o no lleguéis a dominar el slang de los negratas de Baltimore.

Tampoco tengo ganas y memoria para empezar a analizar una serie que se da a conocer por si misma, como una medusa espatarrada sobre la arena, esperando a que alguien la pinche con un palo o recoja uno de sus tentáculos con unas pinzas de detective.

Tan solo vengo a decir que estoy fascinado por la estética del headshot, el tiro en la cabeza repentino que acaba con todo en un instante, como una aguja que pincha la precisa piel de globo que da forma a los personajes. Es el engranaje que ajusta la balanza en un ecosistema en el que los roles cambian para que nada cambie. El police work se compensa con la mordaza de las estadísticas, los peldaños muestran su juguetona ambivalencia y uno puede ascender o defenestrarse sin consecuencias funestas para el decorado que enmarca la escena. No hay héroes sobre pedestales, ni malvados sin corazón en West Baltimore y todo puede acabar con un tiro en la cabeza en una tienda con cristal acorazado o en una confesión redentora en una reunión de drogadictos. No hay más, la vida seguirá tragando el humo de los coches que pasan por una autovía demasiado atestada y no cabe más esperanza que la de buscar un momento de coherencia, una cabeza apoyada sobre el hombro, lejos del impostado libreto del drama.
La locura de Ajax arrojándose sobre su propia espada clavada en la arena no es más digna que el turbio desistimiento de los yonkis mordidos por sus agujas. 

jueves, 10 de noviembre de 2011

EL DESIERTO NO TIENE AUTOCINES



La culpa la tuvo aquella película, en la que dos locas se suicidaban en su coche, despeñándose sin motivo por el Gran Cañón. El cine nunca daba buenas ideas y nuestras mujeres empezaron a hacerse ilusiones, pensaron que podían pensar, que no estaban condenadas, como nosotros, a buscarse la vida en la carretera. Nadie en su sano juicio podía creerse la historia de aquellas dos bolleras reprimidas, pero a medida que nos acercábamos hacia el sur, me di cuenta de que aquella noche en el autocine las había cambiado de alguna forma. El sol parecía que les estaba agrietando la poca sensatez que les quedaba y no me hacía puñetera gracia sorprenderlas hablando de la película, cuchicheando a nuestras espaldas y soltando estúpidas risitas. Empecé a vigilarlas en silencio. El desayuno se quemaba sobre la sartén, la suciedad se acumulaba en los rincones y mientras ellas miraban al techo de las caravanas, tratando de descubrir en sus manchas aceitosas alguna señal que las empujara a dejarnos tirados.
 Yo trataba de advertir a mi hermano Herb, en las pocas ocasiones en las que nos quedábamos solos, del peligro que corríamos. El pobre pecaba de inocente, pero ahí estaba yo para cuidar de él. Porque yo era el único de los dos que había ido a escuela, el tiempo suficiente para reconocer que existía otra realidad y que todos estábamos jodidos en aquella tierra. Pero también para saber que aunque no podíamos aspirar a nada, nos quedaba aquel instinto primario de supervivencia, aquel echarse al asfalto y buscarse la vida como fuera. A ambos lados de la carretera, el desierto nos recordaba que nuestra vida no era como aquellas con las que trataban de engañarnos, aquellos espejismos que tanto fascinaban a nuestras mujeres, embobadas con la tele portátil que sintonizaban al llegar a un pueblo, con las novelas de mierda que releían una y otra vez, o las pocas películas que les llenaban la cabeza de pájaros. Ilusas. En el corazón de América no había personajes, ni historias, ni finales felices;  nos envolvía el hambre, la miseria y una ignorancia que nos libraba de soñar un futuro mejor.

Pero mi mujer y mi cuñada nunca se conformaban, echaban pestes de la estrechez de las caravanas, por tener que remendar la ropa y, sobre todo, por no tener una casa en la que poder anclarse y criar  un hijo. No entendían nada, no les entraba en la cabeza que nuestra función era recoger las migas y rogar que no nos faltara trabajo como jornaleros. Me daba rabia que no valoraran lo que habíamos hecho por ellas, sacándolas del pueblo de mala muerte en el que todos nos habíamos criado, aquella tierra de polvo, sol y borrachos deambulando como muertos vivientes. Les habíamos dado la oportunidad de salir del fango, de traspasar el mapa recortado que nos daban al nacer. Eran unas desagradecidas que se montaban sus putas historias de princesitas de manos delicadas, en vez de admitir que al final del viaje no había puestas de sol en la playa, que nos esperaba trabajar todo el día, hasta deslomarnos, como temporeros en los campos de naranjos de Florida, para tener al menos una oportunidad.

Herb pecaba de confiado y me decía que ninguna de las dos podía arreglárselas sin nosotros, que no sabían hacer nada más que cocinar, trabajar en el campo y abrir las piernas cuando nos podían las ganas. Yo me reía, para disimular que hacía mucho tiempo que Lu y yo no lo hacíamos, porque me daba asco ver la desgana en su cara y porque se había abandonado y parecía una vieja de treinta años. Ya no era la jovencita incauta que había desvirgado, a fuerza de prometerle una vida llena de viajes, lejos del pueblo perdido en el corazón de Arizona, en el que habíamos aprendido a huir.
Cuando las enviábamos a comprar cerveza y algo de comida o cuando les decíamos que esperaran vigilando los trastos hasta que volviéramos de algún bar de carretera, trataba de convencer a Herb del peligro que corríamos. Cualquier noche en la que nos emborracháramos más de la cuenta, podían aprovechar para huir con todo y dejarnos tirados en medio del desierto.

Maldita la hora en las que se nos ocurrió darles el capricho de entrar en aquel autocine, donde vieron la peli de las bolleras. Mi hermano y yo  pensamos que podría ser divertido, que sería como volver a los viejos tiempos, en los que ellas trataban de ver la película y nosotros de acceder a sus bragas, bajo el chorro de luz del proyector. Hacía tiempo que habíamos perdido la vergüenza, a fuerza de vivir en un espacio tan reducido y yo tuve que conformarme con mirar de reojo cómo la mano de Herb se hundía bajo la falda de su Mary, mientras ella miraba absorta la pantalla, indiferente a sus caricias. Lu ni siquiera me dejó que le pasara el brazo por encima de los hombros. Más tarde, me tuve que quedar a solas con mi rabia excitada, escuchando los gemidos al fondo de la caravana, tras la cortina que nos separaba de los otros dos, tumbado espalda contra espalda junto a Lu, sabiendo que se hacía la dormida.

Por mucho que me doliera, tuve que mentir a Herb. Se pasó varios días llorando, pero al final le pude convencer de que era mejor así, que los dos solos nos las apañaríamos mejor, que en el fondo las dos eran un lastre y que no valía la pena perder el tiempo buscándolas. En cierto modo, habían tomado una decisión y había que respetarla, porque tenían tanto derecho como nosotros a decidir qué hacer con sus vidas. Y sí, era una mala jugarreta que se hubieran largado en mitad de la noche, aprovechando que los dos dormíamos la borrachera, aparcados a las afueras de aquel pueblo fronterizo. Y que  de nada servía salir en su busca, porque a esas alturas debían estar a bordo del primer autobús que las hubiera llevado lejos de nosotros, abrazaditas, las muy putas. Que yo lo veía venir, pero que no debía preocuparse, que no valía la pena. Y trataba de disimular que yo no había bebido tanto como él, que había aprovechado la ocasión para ahorrarnos un disgusto, que le había dado buen uso a aquella pala oxidada que nos habíamos encontrado un día junto a la cuneta. Un trasto que no servía para nada, dijeron ellas, sin entender que aquel desprecio marcaba su final. Fue entonces cuando supe que tenía que darles lo que pedían, cavar un hoyo en el desierto y dejarlas atrás. Al fin y al cabo, las dos soñaban en caer por un precipicio y acabar de una vez con todo.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Álex


Hace más de quince años, entre el lapso de dos muertes maternas que iban a unirnos,  mi mejor amigo se suicidó. Cincuenta metros y una barandilla baja: una vieja tradición alcoyana. Era demasiada muerte para tanta juventud, apenas veintiún años madurados a fuerza de un nihilismo innato y destructivo, que se callaba entre risas. Se quedó atrás, fijado para siempre en su lacónica reserva, en su aridez de tímido reconvertido, parapetado tras la dureza de los grupos de heavy metal.  Algunos, aferrados a la nostalgia, seguimos compartiendo gustos con él y, como si prosiguiéramos una de aquellas interminables conversaciones entre cáscaras de pipas, muñequeras de clavos, elfos y baloncesto, pensamos en los acordes y en las discografías que  no debieron ir más allá, en las películas de aquel libro que nunca entendimos por qué no se llevaba a las pantallas, en españoles jugando como rusos y yugoslavos al baloncesto, en las risas que no llegamos a echarnos, en todo lo que se ha perdido el caminante que decide quedarse en casa, cerrar la puerta con llave y apagar las luces para siempre.

jueves, 8 de septiembre de 2011

DESGRAPADOS

   Oye, la grapadora…
— Está donde la dejaste, sobre la caja de folios.
— Ya, pero no tiene grapas, ¿no tendrás unas pocas? Ya sabes que cuando hay que pedir material arriba, Joaquín no hace más que protestar.

Él rebusca en el cajón de su escritorio con una media sonrisa, que no es tal, sino músculos en acción, logrando una torsión adecuada de los labios, que codifican un gesto de complicidad rutinaria, pero que ella malinterpreta como una señal de amabilidad, una pista que traduce en su propio beneficio como un leve indicio de afecto. Se siente halagada por el hecho de que él haya estado atento, que sepa dónde había olvidado
la grapadora. Se lo imagina siguiendo sus movimientos distraídos, tal vez atento a lo bien que le sienta la nueva falda. Mira a su alrededor. La oficina es pequeña, pero todos parecen estar inmersos en su trabajo, atemorizados por la presencia del supervisor y por la precariedad de sus puestos. Tiene una ocurrencia. Todos ellos no son más que alevines en un mar revuelto, en el que escualos famélicos se ponen de acuerdo para alimentar a los grandes buques balleneros con la carne del más débil. Ella sonríe para sus adentros, sabe que la capacidad para fabular es una de sus grandes virtudes, oculta a los ojos más simples, a la espera de que alguien sepa valorarla, de descubrir el tesoro que guarda su corazón. Sus amistades le dicen que debería dar un paso adelante, atreverse a presentar a sus superiores alguna de las cosas que escribe. Ella teme que descubran que las escribe durante el trabajo, cuando finge que repasa de nuevo el trazado de filas y columnas de las tablas de Excel que componen su particular prisión. A ella no le importa medrar en la empresa, sino ser reconocida, valorada, estimada. En especial, por el chico alto y de anchas patillas.

Teme haber sido un poco descarada, que él se haya dado cuenta de que la pregunta sobre la grapadora era una excusa para entablar conversación. Especula y se atreve a deducir que bajo aquella sonrisa se oculta un interés auténtico. A ella no se le escapan esas cosas. Él fue el primero en aprender su nombre, en sentarse a su lado en el comedor, aunque luego no le dirigiera una sola palabra, con la mirada clavada en el tupper, ambos masticando en silencio.

Ella le ama, no es necesario alargar mucho más
la exposición. Considera que él merece un puesto mucho mejor, que está demasiado cualificado para ejercer un trabajo meramente administrativo. Por supuesto, piensa todas estas cosas porque es joven, porque es ingeniero, porque es atractivo. En el fondo, porque es el único hombre menor de cincuenta años de su departamento y porque nunca ha tenido novio.
Al otro extremo, él se columpia en su inseguridad, teme que ella se le acerque con alguna intención oculta. Le han ascendido recientemente y no quiere perder su posición por un lío de faldas. Sería algo impropio de él, tan seguro en su carrera profesional, y a la vez tan apocado en su vida privada; en su vida privada de afecto. La soledad le ha enseñado a colocar el exponente del deseo insatisfecho sobre la base de cualquier indicio de acercamiento, provenga de donde provenga, por muy leve que sea. En este caso, ella le pone nervioso, porque parece estar siempre en tensión, como si estuviera a la espera de que alguien diga algo desagradable sobre su aspecto o su forma de vestir. La ha observado y cuando cree que nadie la ve relaja el gesto, esa sonrisa reseca que luce a todas horas, y su rostro parece transformarse: durante un breve interludio dramático: se convierte en una mujer amargada, las patas de gallo se le acentúan como los pliegues de una sábana y parece conversar consigo misma en voz baja. La ve accesible en su brusquedad y él compone escenas de un sexo brusco y repentino por las noches, excitándose más por el aumento de probabilidades que por la carne que imagina.

La rutina diaria contrarresta cualquier fantasía, por mucho que ella busque el encuentro y construya destinos imposibles y él se masturbe por las noches recreándose en supuestas facilidades. Así que se acomodan en sus puestos de trabajo y dilatan sus quehaceres hasta el fin de la jornada, tratando de no molestar, para no ser molestados. El resto queda en manos de la iluminación fluorescente de la sala, del parpadeo imperceptible de los monitores, de la letanía de los correos electrónicos, de la carcasa del lenguaje corporativo, de las normas de protocolo y cobardía, de la seguridad laboral, de los estándares de calidad que se saben inútiles, del zumbido de la fotocopiadora, de las miradas desviadas hacia la única ventana, y del correteo del ciempiés que camina sobre todos los teclados, escribiendo un mensaje incomprensible de renuncia.

domingo, 7 de agosto de 2011

Las gárgaras del diablo

Por mucho que renuncie a la poesía, me persigue la idea de torcer el brazo al lenguaje, de conseguir esa fusión de imágenes, el balbuceo primigenio de los sueños. Balancearse sobre el filo de dos realidades.

El rumor del agua antes de empezar a hervir, las gárgaras del diablo.

Ayer escribí esas palabras y abrí de nuevo la puerta.
 
Sus bisagras son mandíbulas oxidadas, fauces  que custodian la humedad, que guardan el silencio que encorseta las palabras que nunca diré, el mismo silencio que trata de deshacer los huesos del cadáver con su lengua de sapo. La muerte está siempre acechando y las piruetas del bufón que acabará desnucado no sirven para mucho, tal vez como diversión de un hipotético espectador. La muerte es el silencio, como siempre.

No sé por qué me empeño en tratar de contar historias, en estar tras la cámara y la claqueta de la escritura. Todos queremos ser actores de nuestro propio guión, pero a veces hay que asumir el papel de espectador . Tal vez debería escribir menos, olvidarme de las palabras, tratar de vivir. Pienso en ello estos días.

jueves, 14 de julio de 2011

¡MIAU!


Andreu Casacuberta sabía excederse como nadie en el celo escrupuloso de sus funciones, hasta el punto de convertir en placer la denegación. Era sutil, taimado como un gato sarnoso al servicio de una vieja avara y solitaria que, para no perder la razón, necesitara profesar un cariño incondicional a un animal detestable. Esa vieja era la caja de ahorros para la que trabajaba y aunque él no sabía ronronear, hacía buen uso sus zarpas. No admitía caricias, halagos o lisonjas de ninguno de los infelices que se sentaban a su mesa, tratando de obtener su favor. Porque para Andreu Casacuberta no había clientes, sino suplicantes que merecían ser humillados.
         A la hora del café, permanecía en su puesto, leyendo complacido las necrológicas e imaginando qué cúmulo de desdichas se escondían tras aquellos responsos, flanqueados por los anuncios de contactos y los ecos de sociedad, a despecho del descanso eterno de los distinguidos difuntos. Imaginaba las hipotecas que penderían sobre los herederos, como una mortaja imposible de rechazar. A efectos prácticos, pensaba, daba igual comprarse una casa o un mausoleo, porque en ningún caso nadie iba a sobrevivir para cobijarse en un techo de su plena propiedad.

Sobre el escritorio de Andreu, organizado al milímetro en su austeridad, una vieja fotografía de su madre, que parecía reprender el carácter severo de su hijo con la mirada, un pequeño crucifijo que se había negado a retirar, pese a las continuas indirectas del director sobre el carácter laico de la entidad, y una edición vieja y manoseada de El Príncipe, de Maquiavelo. En el cajón superior de la mesa, ocultos a la vista de los curiosos, una pistola y otro libro. La pistola, de fogueo, con la que jugueteaba simulando suicidios y hacía bromas pesadas a sus compañeros. El libro, su único solaz, las obras completas del Marqués de Sade, para las tardes en las que decidía quedarse en la sucursal realizando tareas que postergaba con la intención de quedarse solo, de disfrutar del silencio sacro de aquel espacio en el que tantas esperanzas habían sido depositadas, para mayor ganancia de la entidad.
         La mañana en la que Andreu Casacuberta se dio la vuelta como un calcetín no tuvo nada de especial en su arranque. El desayuno frugal, como siempre, compuesto de café frío del día anterior y un par de galletas reblandecidas. La higiene personal, de mínimos, en la pila, apenas un leve repaso en el torso y las axilas con las manos humedecidas, tratando de desgastar lo menos posible la pastilla de jabón. La ducha era un lujo reservado a los domingos, cuando se ponía su único traje nuevo en su escaso uso, una negra antigualla heredada de su difunto padre, y que aún no había tenido que reforzar con coderas, como las que solía lucir en la sucursal.

         Salió de casa con el bocadillo bajo el brazo, sintiéndose un poco travieso por la perversa novedad que iba a permitirse. Él sí sabía qué era la austeridad y la contención de gastos. Cuando todos sus compañeros salieran disparados en busca de los hogares o las cantinas en las que despilfarraban su salario, él se quedaría a solas, con la única compañía de la mujer de la limpieza, que ya se había acostumbrado a tolerar su presencia y que a veces estaba tentada de pasarle por encima el plumero, como si se tratara de una estatua erigida al oficinista impenitente.
         Cuando todos salieron, Casacuberta abrió el bocadillo como si destapara el cofre que atesoraba su racanería alimenticia. El contenido parecía jugoso, pese a que había utilizado la cantidad justa para untar una leve pátina de aquel mejunje con olor a sardina. Aunque alguien hubiera podido observarle, estaba seguro de que no se habría percatado de que aquel tentempié no estaba hecho de paté al uso, sino que contenía comida de gato. Frunció un poco el ceño, cuando su paladar pareció rechazar aquel sabor a lonja, pero pensó en el ahorro que supondría aquella novedad dietética

         Tras dar buena cuenta del bocadillo, fue al lavabo y orinó en el aseo de las secretarias, una licencia morbosa que se permitía cuando se sentía dueño del edificio. Se enjuagó la boca y regresó a su puesto de trabajo, mordisqueando un palo de regaliz, sentado en su rectilínea silla de madera, repasando los datos de su siguiente víctima.
         Era el típico caso de un descerebrado en busca de otro crédito personal en el que seguir empantanándose. De poco más de treinta años, amigo de un amigo de un sobrino del director, que había accedido a que acudiera a la sucursal después del horario de atención al cliente. Por lo general, por las tardes sólo se recibía a los clientes con posiciones importantes, pero el director había querido dar una lección a su sobrino de forma indirecta, haciendo que la solicitud fuera tramitada por el más implacable de sus empleados.

         Andreu Casacuberta pulía sus colmillos con un mondadientes cuando oyó el timbre de la entrada. Salió a recibir a un joven pálido y sudoroso, vestido con una camisa mal planchada y unos pantalones vaqueros que empezaban a clarear por la zona de las rodillas. Tras el intercambio acostumbrado de fórmulas de cortesía, ambos se sentaron en el escritorio
         — He estado contrastando sus datos personales con los requerimientos que exige hoy en día la entidad, señor Valls. Me temo que estamos muy lejos de llegar a un punto de conciliación.
    ¿Qué quiere decir con eso?
    Verá, su contrato no es indefinido y el préstamo hipotecario lo mantiene con, digámoslo así, nuestra querida entidad rival, cuyo nombre omitiré.
    No, desde luego que el contrato no es indefinido, pero si se fija en la fecha de contratación, llevo más de siete años trabajando por obra y servicio.
    Lamentablemente, no está en nuestras manos resolver la precariedad del mercado laboral, señor Valls. Claro, que podría usted aportar algún tipo de aval bancario.
    ¿Aval bancario? Pero si les estoy pidiendo un crédito de tan sólo seis mil euros para pagar las letras del coche y poder seguir trabajando.
    ¿Tan sólo? Ya veo lo poco que valora usted el dinero, un crédito para pagar otro crédito, muy acorde con los tiempos que corren. Por suerte, las entidades financieras hemos vuelto a la cordura. — Casacuberta sintió un ligero picor tras la oreja y se rascó con un gesto rápido. El bocadillo de Friskas le estaba repitiendo un poco y además notaba un calorcillo intenso que le nacía en el pecho y empezaba a expandirse por todo su cuerpo.
    Ustedes, los jóvenes, se piensan que las peras caen del olmo y que ni siquiera hay que pedirlas. — prosiguió — Pues no, el olmo como mucho da sombra, y ésta no es gratuita.

El banquero bostezó de forma estentórea, asomando la lengua de manera grotesca, mientras arqueaba la espalda y alargaba todas sus extremidades, hasta sentir un placentero crujido. El joven, mientras, había enrojecido, furioso por aquellas muestras de falta de respeto.

    Mire, yo seré joven, pero usted no ha aprendido a tener una pizca de humanidad en todos sus años de trabajo indefinido. Necesito ese coche para seguir trabajando, para dar de comer a mi familia. Tengo esposa y dos hijos.
    Si tuviera usted mascota, podríamos reconsiderar la oferta. —Dijo Casacuberta, entre risitas.
    Cabronazo…
El joven trató de sujetar al oficinista por las solapas, pero éste subió con un ágil e inesperado salto sobre la mesa, tumbando el crucifijo y el retrato materno. Tenía el pelo erizado, como si estuviera bajo el efecto de la electricidad estática.
    Atrévete iluso, atrévete a tocarme a mí o a un solo céntimo de esta santa casa y te marcaré la cara para toda la vida. Estúpido despilfarrador, huelo desde aquí tu olor a perro holgazán.
    Esto no quedará así, presentaré una reclamación al Banco de España. ¡No se puede tratar de esta manera a un cliente!

El joven, espantado, salió sin dar la espalda a aquel viejo loco. Andreu Casacuberta se lamió las manos, bajó de un salto de la mesa, abrió su archivador y esparció todos los expedientes por el suelo, añadiendo el del joven Valls a la pila de legajos. Aún a cuatro patas, inclinó la pelvis hacia adelante, bajó la cremallera de su pantalón y orinó sobre el montón de papeles, maullando de placer.

martes, 5 de julio de 2011

SEPIA

Aquella mañana, su madre tomó una de sus acostumbradas decisiones irrefutables: irían a comer a una fonda de la vecina población pesquera. No había lugar para pataletas o lloriqueos. Una infancia encorsetada por la disciplina y el sometimiento le había enseñado que no servirían de nada, así que se ahorró cualquier muestra de descontento. Mientras se dejaba vestir como un pelele de tres años, intentaba convencerse de que la idea no era del todo mala.

Al fin y al cabo, le apetecía salir de la oscuridad de la casa, de aquel denso silencio surcado por el frufrú de los faldones maternos atravesando las aguas estancadas de su juventud. Su espíritu era tan romántico como cohibido, y trataba de evadirse imaginando viajes imposibles. Pero la realidad era otra. Aquella misma noche había soñado que se ahogaba en los senos perfumados de su madre, mientras su padre, muerto hacía ya más de ocho años, les observaba indiferente, tumbado en un butacón. Era un sueño recurrente y familiar en todos los sentidos, que le dejaba un regusto dulzón en la garganta que parecía perdurar unos instantes tras despertar. Era el empalagoso sabor de la sumisión. Así pues, aquella mañana no le quedaba más remedio que obedecer a su madre, y hoy se le había antojado comer en el puerto.

La principal amenaza de la inopinada excursión era que el pescado le resultaba repugnante. Pero su madre se aferraba a los tópicos alimenticios: insistía en que tenía que comer de todo y que el pescado era bueno para mantenerse ágil y despierto. El pobre desdichado tenía el firme convencimiento de que su madre se deleitaba torturándole, consciente del pavor que le provocaba la ingesta de cualquier ser dotado de espinas. A los seis años, creyó cruzar el umbral de la muerte tras sufrir el ataque de una traidora espina de bacalao en el gaznate. Los años habían pasado y la venganza se aproximaba. Aún tenía dieciséis años, pero pronto la abandonaría, como a un mueble viejo.


Pasaron el día en el pueblo, de tienda en tienda y visitando a los pocos familiares que tenían allí. Al mediodía, estaban hambrientos y cansados. Como era de esperar, acabaron yendo a una posada con vistas al puerto, coronada por un rótulo que anunciaba con orgullo que servían el pescado más fresco de la región.


El joven palideció. ¡Con el hambre que tenía y le esperaba el temido y aborrecido pescado! Una vez dentro, intentó convencer a su madre de que le pidiera un filete de ternera poco hecho, pero ésta se mostraba ágil en el uso de los esperados argumentos. Fue entonces cuando la camarera le sugirió a su madre algo que él no llegó a oír. La que era la sombra de sus días asintió con la cabeza con una media sonrisa en los labios. ¿Habría cambiado de opinión?


- Está bien, hijo. No quieres espinas, pues no las tendrás. – inquietante sonrisa


-Gracias, madre. – murmullo desconfiado


No se lo podía creer. ¡Por fin había cedido! ¿Se estaría dando cuenta de que había crecido, de que ya no era ningún niño? La respuesta llegó emplatada. Unas rodajas de salmón con guarnición de patatas para su madre, y para él….


-¿Qué es esto?


Sobre un plato de borde mellado, se disponía un ser blancuzco, de estructura oval, que se curvaba sobre si mismo, dejando una obscena oquedad en el centro. Uno de los extremos terminaba en un racimo de pequeños tentáculos ennegrecidos, que parecían retorcerse agarrotados por la muerte.


- ¿Me he de comer esto? ¡Madre, se lo suplico! En la vida he visto algo tan repugnante.

- Es sepia a la plancha, no seas tonto. ¿No querías algo sin espinas? Pues aquí tienes. Y quiero ver como no dejas ni una sola pata. – le contestó mientras iba cortando finas tiras de monstruo,  con la ayuda del cuchillo y el tenedor. – Anda, cómete esto


Pese a las protestas, ella misma le obligó a tomar del tenedor que enarbolaba amenazadoramente medio manojo de patas, introduciéndoselo de forma brusca en la boca. Casi al instante supo que iba a vomitar. No pudo hacer nada por evitarlo. Se levantó tan apresuradamente que estuvo a punto de tumbar la mesa, ante la estupefacción de todos los comensales del local. Cuando el joven salió a la calle, no llegó a dar ni dos pasos, antes de arrojar lo poco que había engullido. Aún tenía la cabeza agachada cuando oyó a sus espaldas la voz de su madre.


- ¡Howard Phillips Lovecraft, vuelve inmediatamente y acábate el resto del plato!

Aquella noche, soñó que unos tentáculos le envolvían en un olor dulzón.

jueves, 30 de junio de 2011

NADIE RECIBE POSTALES



Hannah se hartó de esperar la frase adecuada, así que desmadejó la supuesta trascendencia con la que había tratado de investir a aquel acto de psicomagia barata y dejó la pluma sobre la mesa. No valía la pena seguir con aquella idea. Ni siquiera iba a ser una carta definitiva y tenía que admitir que iba a seguir trazando círculos en torno a los puntos suspensivos de siempre. La intención se había disfrazado de cierto aire romántico del que nunca se veía capaz de escapar: escribir unas pocas frases, unas palabras clave, a la espera de que se adhirieran como el velcro a la mordaza de silencio que se había impuesto la persona que amaba.  El anzuelo era una vieja postal rescatada del olvido apilado en una tienda de El Rastro. Un recurso absurdo pero, al fin y la cabo, un asidero como otro cualquiera al que echar mano ahora que le hacía falta creer en algo.

En la fotografía de la postal, una chica de rasgos ambiguos, casi un chico crecido, dentro de un tonel colgado de los hombros mediante unas cintas a modo de tirantes. La imagen tenía el aliento de la nostalgia, matizado por un leve toque de cinismo, muy del gusto de Álex. En el tonel, alguien había escrito TAX PAYER, pagadora de impuestos, y estaba siupuestamente tomada en Massachussets en 1935, como rezaba el reverso. Posiblemente, una pantomima sobre una superviviente del gran Crack del 29. O una simple broma entre amigos, en una época en la que tomar una fotografía como aquella sólo podía ser obra de esnobs adinerados o de artistas aburridos. La imagen era adecuada para los tiempos que corrían y para la desnudez que empezaba ella misma a sentir, despojada poco a poco de los afectos de Álex, que se mostraba cada vez mas ausente, cobrándole los intereses de una relación deficitaria.

Así que Hanna recurrió a su más viejo recurso: verse desde fuera, reconocer la ridiculez de su actitud, de sus ensoñaciones. Y cuando pudo arrancarse una media sonrisa, se dijo para sus adentros que no todo estaba perdido que, al fin y al cabo, no era más que otro hombre en su vida. Cogió la postal y bajó las escaleras de la finca. Cuando llegó a la entrada, abandonó a la chica del barril a su suerte, sobre un pequeño saliente de la pared. Había llegado la hora de renunciar a la mendicidad, a las migajas de afecto. Si alguien quería escribir sobre el amor, que lo hiciera en aquella postal, porque no iba a ser ella quien trazara la primera letra, quien esperara esta vez una respuesta.


***


R disfrutaba de su caparazón. Se imaginaba asomando la cabeza por la puerta de su pequeño estudio, brazos y piernas atravesando las ventanas, mientras jugaba a sacar la lengua a su pasado, meciéndose como una tortuga inexpugnable que incubaba una soledad buscada. No pensaba en visitas, se complacía andando por la casa medio en cueros, haciendo lo que quería, agarrándose con calma a su tabla de salvación. Escribía. Escribía, como siempre y como nunca, y por mucho que pudiera negarlo a un hipotético incauto, interesado en preguntar por sus motivaciones, escribía para encontrarla. A Ella, a aquel ideal amoroso que siempre se le había escapado como el huidizo rayo de luna de Bécquer.

R era bastante estúpido. Incauto, al menos, en su inocencia trasnochada. Padecía cierta tendencia a la ensoñación, a murmurar diálogos entre sueños que  se le escapaban como un hilo de baba de la boca y acababan cayendo en papel muerto. Se recreaba en las infinitas historias que podían entrecruzarse en aquel viejo edificio al que se había mudado. No había más que echar cuentas. Cincuenta portales. Habría por lo menos diez pisos ocupados por chicas. Tal vez alguno más en el que suspirara alguna loca solitaria, romántica, pálida y delgada. Por las noches, R se asomaba a la ventana de su habitación y permanecía atento a las conversaciones que rebotaban en el patio de luces, a la espera de escuchar una voz joven y femenina que le ayudara a esculpir una imagen. Y cuando podía arrancarse una media sonrisa, se decía para sus adentros que no todo estaba perdido que, al fin y al cabo, la soledad no era eterna.

 La mañana que volvió a ver a la chica extranjera, con la que apenas había cruzado unos días antes unas pocas palabras, farfulladas en su mal inglés, se sorprendió al ver como ella dejaba de forma distraída aquella vieja postal en la frescura del portal y la recogió con el corazón desbocado, como si alguien pudiera sorprenderle. Asumió, como recreo, una nueva certeza de amor, esbozó los fantasmas adecuados y conformó un carnaval de intenciones. Sentado, ante el papel en blanco que le daba la espalda a la chica del tonel, esperó la frase adecuada, el momento preciso, el anzuelo perfecto que nunca se atrevería a lanzar.
 

miércoles, 29 de junio de 2011

DOS PERLAS MUSICALES

Nuestro amigo Delfín Quispe se nos ha espabilado. Con el dinero que sacó del anuncio aceitoso, se dedica a sublimar otras inquietudes


Un nuevo fichaje, El Potro Salvaje, nos demuestra que los movimientos sincopados producidos tras lamer toxinas batracias pueden reconducirse en forma de composición musical. Imprescindible no perderse la aparición de la ranita.

jueves, 16 de junio de 2011

FEEDBACK


1 El editor (tú)

Tú lo que tienes que hacer, Martín, es follar de vez en cuando, ya está bien de escribir novelas sobre gente solitaria que acaba peor que empieza, o rollos generacionales que aburren a las marmotas. Ha llegado la hora de romper con toda tu producción anterior. Te lo digo como amigo, más que como editor.  Amigo, a pesar de la pasta que me debes, tenlo en cuenta. Es hora de que afrontes la necesidad que tiene todo autor de romper con su background y encontrarse a si mismo, porque tu bagaje es demasiado amplio y lleno de referentes. No desdeño la base que proporciona una formación sólida y queda de fuera duda que todo gran escritor necesariamente tiene que ser un buen lector. Tú eres ambas cosas. Pero para escribir, aparte de leer, hay que vivir. Te has ganado el respeto entre la crítica, y eso bien sabes que ha costado tiempo y esfuerzos. Pero ahora es cuando tienes que ganarte al gran público. No sé, se me ocurre que podrías hacer un viajecito a México, estoy convencido de que es un país que te encantaría. No, no me mires con esa cara, ya sé que odias viajar. Pero  hay que romper moldes, Martín. En tiempos de crisis, la gente espera un cambio, una evolución, abrir la mente para escapar a la realidad. Allá en el DF tengo buenos contactos, un editor amigo mío, un viejo cascarrabias que llevaba a Rulfo, nada menos. Te podría llevar al pueblo que inspiró Pedro Páramo, pasar una temporada, nuevos aires, nuevas ideas. Abrir la mente. ¿Has probado el mezcal?


2 El Escritor (yo)

Yo, Martín Tusets, el novelista más aclamado por la crítica especializada, marco ahora traza y distinción sobre el dosel de la literatura. Anuncio mi paso a una gloria que los burdos considerarán grotesca. Quien no lea estas palabras, no merecerá vivir; quien las lea, no tolerará una vida sin cambios.  Allá donde otros no han visto más que humo, yo he logrado acceder a la cara oscura del laurel. He visto a la Serpiente Alada sobrevolar los altos muros de la ignorancia. Por encima de la ágil precisión de los hexámetros de Ovidio, de la zarza estilística del dublinés que acabó cegado por su propia locura, o del ciego argentino condenado por encerrar el universo en su propio ombligo, os traigo la palabra pura, aquella que intuís entre sueños, justo al margen de la razón y de la muerte.

Esto no es un simple prólogo, es la antesala a una nueva concepción de la literatura. Las palabras que hallaréis más allá no responden al dictado de ninguna norma, ni se ajustan al corsé de ningún género literario. Algunos querrán limitarme bajo un concepto errado, intuirán que lo que escribo es una variante innovadora de poesía, pero mi afán no es ni transgresor, ni continuista. Obedece al dictado de la voz hallada, aquella que he estado persiguiendo como un gato a la caza de su propia cola. He superado el dolor del hallazgo, la consumación del arte. Y os entrego mi vida, con la que será la última obra de la historia del arte de escribir.


3 El público (ellos)

De repente, el nombre de Tusets empezó a sonar en los medios. Un escritor loco que se había arrojado al estanque del Templo de Debod, con el mérito de lograr ahogarse en menos de treinta centímetros de profundidad. El morbo les llevó a leer su obra y muchos encontraron en ella un atajo a la locura. Empezaron a quemar las librerías por mera diversión, como un pequeño homenaje a la magna y aberrante obra de Martín Tusets, la misma que les había cambiado la vida y la muerte. Destrozaban las viejas estatuas malinterpretando órdenes ocultas en símbolos de papel de estraza, falsos códigos que algunos trataban de captar en las torcidas palabras de aquel texto infecto. Al final, acabaron asumiendo que no había sentido alguno en aquella Biblia invertida, canon abstruso de cualquier estética o voluntad programática. Les arrastró la ira, la rabia al entender que habían estado perdiendo el tiempo, que toda la literatura universal no había sido más que un fuego de artificio pintado en una acuarela, mera presunción humana, miedo al olvido. Ahora sabían qué gritaban todos en sueños, cómo aullaban los colores. Y todo, al ser explicado, perdió sentido. Muchos se esforzaron por olvidar todo lo leído, pero era inútil, así que iniciaron complicados ritos en los que ejercitaban la amnesia. Se golpeaban hasta la muerte, abandonaban a los niños en los bosques. Con el paso de los años, no quedó más que un ejemplar chamuscado de la obra de Tusets. Nadie sobre la faz de la tierra era ya capaz de leerlo. Un disidente trató de invocar al fantasma de Borges. Éste se hizo el tonto, bajo su tumba.

Robert Llopis, 2011

lunes, 6 de junio de 2011

jueves, 2 de junio de 2011

ME CAGO EN EL AMOR



ÉL


Me cago en el amor. Tonino Carotone proclama tamaña estupidez con falso acento italiano, mientras imagino a su mujer estrujando a  un chihuahua contra su pecho ambarino, camino de Saint Tropez, oh, c’est l’amour, en un descapotable conducido por un pakistaní, dueño de una cadena de supermercados y de un bigote inquietante y horizontal. Pero esta imagen no me ayuda, no consigo alcanzar el karma irónico que tantas veces me ha redimido. Empieza a cansarme jugar con las imágenes, con las putas palabras. El cantante atrapado en el radiodespertador no se llama Tonino Carotone, sino Antonio de la Cuesta, y es burgalés, según averiguo en Internet. Todo es falso, salvo mi amor, y en estos momentos de sufrimiento y ausencia soy capaz de recrear a  mi domina, musa digna de una genuflexión trovadoresca, aquella que ignora mi sufrimiento, que cree ser feliz sin saber que yo lo podría compartir todo con ella. Me he bajado todos los discos de Chris Isaac y sufro. Me he comprado un póster de Audrey Hepburn para rezar por las noches. Todo me hace digno de sus besos. Clic, apago la radio y me tiendo sobre la cama.

¡Ah, los besos, mágico contacto el de la almohada empapada en saliva! Ayer soñé de nuevo que la besaba y mi erección matutina no me ha parecido tan grotesca y molesta como ocurría en el seminario. Ahora es un signo de exclamación, un grito desesperado que busca un eco húmedo y acogedor que lo justifique.

Soy especial, y ella lo notará. Tan solo queda esperar un momento de sincronía, una mirada que no se desvíe al compás de un gesto torcido. Poseo las armas, la trataré como una reina. Pondré a sus pies metáforas que conformarán un nuevo idioma. La miraré a los ojos y brotarán los versos. Disimularé en lo posible las imperfecciones de mi anatomía. Creeré que todos los espejos han sido robados de una feria. Usaré verbos en modo indicativo y pisaré con fuerza las baldosas amarillas cuando me acerque a su cuerpo.

ELLA

Espera no encontrarlo en el rellano. Lleva un rato pegada a la mirilla, pero la mala suerte se rige por leyes funestas. Los recortes de revistas que adornan su carpeta serán la salvaguarda de sus pechos. Justin Bieber, no me falles, protege mis curvas con tu flequillo. Está convencida de que él espera a oír el cierre de la puerta de casa para asomar de su caverna con aquella sonrisa tan desagradable que sólo su boca de rape puede esbozar. Lo peor de todo es aquel aroma empalagoso y rancio, a habitación cerrada, a humo y pañuelos sucios de esperma reseco. Apesta a ansiedad, por mucho que se empape en Nenuco. Le odia.

No puede esperar más, llegará tarde a clase. Son sólo cuatro pasos hasta el ascensor, se arma de valor, abre la puerta, sube el volumen de su Ipod y empieza a mascar chicle a ritmo de siete octavas.

ÉL

Soy consciente de mi locura, me recreo en ella. Ayer me dejé llevar por mi espíritu travieso. Bebí más anís de lo acostumbrado y entré al chat de poesía con un nick falso. Ojalá hubiera descubierto antes la red, me entretiene, me relaja. Me reí de todo aquel pelotón de mediocres, les demostré el patetismo de sus versos. Ensoñaciones de marujas que veían reflejada la luna en el fondo de sus fregaderos. Despojos masculinos que se envestían de una aureola de dureza urbana, en contraste con la flacidez de sus barrigas, mientras se masturbaban en charlas privadas. Frustraciones practicando esgrima sobre la delgada tabla del miedo.

 Sólo yo sé qué es el amor, más allá de los versos, de las convenciones heredadas. Conozco los referentes, no me habléis de Nabokov, es demasiado obvio. Esperaré la caída de Dido con los brazos abiertos. Pedante de mierda…

ELLA

Hijo de perra me esperabas lo sé no tienes nada mejor que hacer no pienso mirarte me das asco como te acerques te escupo a la cara cerdo puta mierda de ascensor no puede ser más lento mañana bajo por las escaleras aún quedan cinco pisos qué asco hueles cerdo no me mires Bisbal defiéndeme.
ÉL

Es una situación tan tópica que no puedo evitar sonreír. Imagino la avería, el ascensor varado entre dos pisos, la escena recreada tantas veces bajo las sábanas. Su sonrisa nerviosa, el calor sofocante. Inevitable, todo se desencadena, el tacto de sus labios carnosos, mi miembro erecto, los jadeos sofocados  con una mano temblorosa, las bragas tensas entre sus tobillos, como una bandera blanca.

            ― Qué, ¿de exámenes?

ELLA

Examen el que me estás haciendo cerdo vete a tu casa a meneártela.
           
            ― Sí.

Las puertas se abren. Planta baja. Dante y Beatriz han bajado a los infiernos. Se despiden brevemente. Ella sale presurosa a la calle. Él la sigue hasta la esquina, enciende un cigarro, da media vuelta y vuelve al edificio. Entra en casa. Se dirige a la cocina y coge un cuchillo. Con él, pela una patata y, poco a poco, la talla hasta conseguir una figura toscamente antropomorfa. La besa en la cabeza y arranca a llorar.

Ningún corifeo proclama tamaña tragedia.








 

jueves, 5 de mayo de 2011

DE ANO, ANILLO

(Una chorrada tolkineana para el taller de El Bremen)


Cuando Ferdinando Soto acabó de vomitar, le pareció que las carcajadas de los enanos seguían resonando en las entrañas de la montaña a  la que estos le habían conducido para abandonarle a su suerte. Parecía una mala jugarreta del destino que alguien como él, aferrado a las tradiciones de los medianos, que convertían en imprudencia traspasar la frontera invisible que marcaba la vista desde la plaza central de Hobbiton, fuera a acabar sus días en el mismo lugar en el que el legendario Bilbo Bolsón había corrido tantas aventuras.

Y aunque su naturaleza era resistente y sufrida como la curtida planta de sus pies cubiertos de pelo, Ferdinando no podía dejar de pensar que sobrevivir a aquella experiencia no había sido más que un espantoso interludio, una broma de mal gusto antes de desfallecer por completo, perdido en la oscuridad de aquella garganta laberíntica, en la que iba a encontrar una muerte estúpida y humillante.

Hasta ahora no se le había pasado por la cabeza la posibilidad de estar siendo víctima de la trapacería de los enanos. Y lo que más le costaba asumir era el hecho de haber desatendido las advertencias de sus amigos y familiares, que le habían rogado encarecidamente que prestara oídos sordos a las proposiciones comerciales de aquella raza dura y artera. Se reconocía ridículo en su pretensión de trascender, de alcanzar la fama legendaria de los Bolsón. Y sospechaba que todos los objetos que le habían hecho recopilar para llevar a cabo su proyectada gesta habían sido producto de las retorcidas ocurrencias de aquellos malditos barbudos.

Porque no tenía sentido alguno que para viajar hasta la Montaña Solitaria, ahora que los hombres campaban a sus anchas por la Tierra Media y habían aplicado con eficacia las técnicas de deforestación de los orcos para construir calzadas intercomarcales, tuviera uno que ir ataviado con atavíos élficos, bastones mágicos, y aquellas insípidas lembas de imitación que ni sabían, ni saciaban.

Aquel tipo de viajes, ahora lo tenía claro, servían para poner a prueba la viabilidad de las transacciones comerciales entre las distintas partes del mundo conocido. Los hombres, avezados en el uso de la espada, pero torpes en el campo de las letras o los negocios, dependían de la estrategia de los enanos para establecer un sistema satisfactorio de distribución de las riquezas que creían atesorar. Porque los auténticos vencedores tras la caída de Sauron habían sido los usureros. Desaparecidos los elfos en las lejanas orillas del Oeste del Mundo, y con ellos su lánguida altivez de raza antigua, los humanos quedaron a expensas de la codicia de la fornida raza de Balin. La reconstrucción de las grandes ciudades como Minas Tirith exprimió las arcas del reino, exiguas tras décadas de una guerra que había asolado los campos y por el temor a un posible resurgimiento del Señor Oscuro, que convirtió en peligrosos todos los caminos.

Pero Ferdinando Soto sospechaba que no sólo había existido un propósito comercial en el periplo que acababa de protagonizar, sino una sed de venganza tan cruel como infantil por parte de los enanos, que odiaban a los hobbits no sólo por ser más altos que ellos, con el odio que se reservan los mediocres entre si, sino por haber sido los grandes protagonistas de la gesta del Anillo.

Las sugerentes promesas que le habían formulado los enanos en sus visitas a la  vieja taberna del Pony Pisador habían girado en torno a las posibilidades de recuperar fama y renombre para La Comarca, y para su linaje, con la consecución de una nueva proeza, en la que el manjar prometido era el gran tesoro del descendiente del Gran Gusano, el dragón Smaug. Raza de titánicos reptiles alados, el último dragón sobrevivía en el corazón de la Montaña Solitaria, a expensas de que el enésimo héroe o ladrón consiguiera traspasar sus laberínticas entrañas y la coraza escamosa de la fiera.

Acabó haciéndoles caso y fueron largas y numerosas las peripecias hasta lograr su objetivo. La peste. Fue la peste la que le devolvió a la realidad. Tenía la sensación de que nunca iba a poder librarse de aquel olor nauseabundo, que le iba a cubrir de forma indeleble, convirtiéndose en la prueba irrefutable de la ignominia que acababa de cometer. Los enanos le habían convencido de entrar a solas en la cueva del tesoro, bajo la penumbra rojiza que producía el resuello del dragón. Las indicaciones habían sido claras. Según ellos, el reptil era incapaz de percibir el olor corporal que desprendían los medianos, una falacia que creyó a pies juntillas y que le infundió el coraje suficiente para colarse en el cubil de la fiera. El gran anillo de oro. El objetivo de todo aquel viaje era buscar y traspasar gran anillo de oro membranoso, que daba acceso a la sala en la que se encontraba el último de los Silmarils, el cristal que el mismo Beren había llevado sobre la frente, portador de la luz del Oeste… Pero encontrado y ultrapasado el dorado umbral que daba acceso a aquella joya de otro mundo, nacida de la luz del Árbol Blanco, Ferdinando Soto no encontró más que una oscuridad nauseabunda que le envolvió y de la que no pudo escapar hasta pasadas varias horas.

Inmerso en aquel encierro carnoso, pudo oír no sólo los gemidos de placer de la bestia, que aumentaban cada vez que el mediano se esforzaba por salir braceando como si tratara de evitar ahogarse en las aguas del río Brandovino, sino las amortiguadas carcajadas de los enanos, que irrumpieron al instante en la sala para empezar a cargar los numerosos tesoros que se encontraban esparcidos por doquier.

―Te conseguimos el juguete que buscabas para saciar tu placer insatisfecho, lagarto afeminado, es justo ahora que recaudemos lo convenido. Como te profetizamos, tan solo tenías que mostrar tus accesibles posaderas, doradas por el polvo de oro que te sirve de lecho y esperar el advenimiento del mediano.

― Justo es que obtengan los señores enanos lo acordado ― rugió la voz del dragón, con un leve tono de satisfacción.
Cuando, muchos años más tarde, los jóvenes hobbits le pedían a Ferdinando que les contara la historia de cómo había conocido al último dragón, les reprendía por creer en viejas leyendas y seguía envuelto en el humo de su pipa, asegurando que él jamás había salido de los amables confines de La Comarca.





Robert Llopis, 2011


viernes, 29 de abril de 2011

La Noche de los Libros en La Independiente



O cómo recitar poemas en polaco en el centro de Madrid, mientras Messi hace de las suyas y salir indemne del evento. Creo que me salvó de la quema la rubia presencia de Aroa Moreno.

sábado, 23 de abril de 2011

INSOMNE



La cama está deshecha por este insomnio inesperado de 1 x 0, mientras las procesiones duermen el sueño de los justos, a resguardo de una lluvia vencedora. Madrid sigue vivo a pesar de todo, en el sonido brusco de una persiana que quebranta la quietud del deslunado, en los tacones sonando indecisos en el piso de arriba y unas voces amortiguadas que preludian el pecado de la carne. Trato de fingir desinterés, concentrarme en la imagen imposible de Lauren Bacall  mendigando silbidos por las calles de Lavapiés.Sueño con fijar un momento de belleza, pensar en su blancura para fundirme en negro. Empapado por el sonido de la lluvia, alcanzo a escuchar el gemido de una mujer.

viernes, 15 de abril de 2011

ACÚSTICO CÁUSTICO

Sin ella, no me queda nada más que la mortaja de algodón en la que me arropo todas las noches, la búsqueda inerte de una analgesia que entorpezca los engranajes del remordimiento. Me envuelvo sin rechistar en las hebras deshechas de las partituras que nunca escribiré, con la sensación de que nunca he sido capaz de postergar, de transmitir la tensión de la fibra que une mi estómago y mi garganta. Por mucho que se empeñen otros en afirmar lo contrario, el arte se me quedó corto. Así que no entiendo su insistencia, ese empeño en que siga actuando.
Marga murió hace un par de meses, sin avisar, con la crueldad con la que nos abandonan las personas queridas, arrojándome al absurdo de una vida llena de palabras que no llegué a sacar del bolsillo. Recuerdo cuando le canturreaba en voz baja los viejos temas, los que algunos piensan que aún resuenan en el Penta y que ahora quisiera olvidar. Cantaba a mi amada con un disfraz ajado de trovador, hecho de retales, como si buscara en su mirada la confirmación de que yo aún no estaba acabado, de que era capaz de dar la cara sobre un escenario, o peor aún, de asumir que las letras de mis canciones me resultaban extrañas, ajenas, parte de un pasado del que nunca supe desprenderme. Le cantaba como el niño moribundo que siempre he sido, el mismo que se ha negado a crecer, aferrado a una liana desde la que nunca se ha atrevido a saltar. Ahora no tengo dudas: sin ella estoy acabado.
El último concierto no tuvo otra motivación que el dinero, no voy ahora a embozarme en un orgullo que nunca he tenido. El reconocimiento halaga a cualquiera, pero bajo aquel repentino interés de los medios podía percibir el tufo dulzón de las flores del cementerio. Acostumbrado a estudiar el miedo en mi propia mirada, nadie era capaz de engañarme. Reconocía en los ojos de la gente que trataba de apoyarme una pena que me humillaba, o peor aún, esa mezcla de ignorancia y admiración con la que muchos se conducen, tan propia del ser humano.
Aparqué el lirismo y al final encontré fuerzas para enfrentarme al público, a esa bestia amalgamada en un único rostro complaciente, satisfecha por mi presencia sobre las tablas. Y pude percibir en cada acorde el amargo regusto de la lástima en sus sonrisas. Abandonada la poesía, tuve que renunciar a la dignidad y pensar sólo en los beneficios, en retomar mi más eficaz huída hacia adelante. No todos eran viejos camaradas. Había gente joven, que reivindicaba la libertad de un Madrid maniatado, la nostalgia imposible de una Movida que tenía poco de romántica. Han abandonado los esqueletos de los vampiros sobre las calles y soy el último superviviente de una raza, expuesto sobre el altar del buen rollo. De nada me ha servido ser un chico frágil y quebradizo que componía himnos generacionales. Estoy solo ante la multitud, quien sabe si ante la historia. Y esta noche, de regreso a una casa vacía, no pienso más que en envolverme de nuevo en el algodón, en acelerar el proceso, envidiando la facilidad con la que estallan los globos bajo la leve presión de la aguja.