domingo, 22 de mayo de 2016

Pelusas

Jaume Castelar era muy exigente a la hora de escoger un hotel, aunque no aplicaba los criterios acostumbrados a la hora de evaluar uno. El establecimiento tenía que reunir las mínimas comodidades para que la estancia no se hiciera insoportable, pero tenía que caracterizarse por cierto grado de descuido y relajación en la limpieza.

No buscaba alojarse en una pocilga, pero sí en un lugar cuya gestión fuera lo bastante relajada para que no extremara la limpieza,  para que al cerrar la puerta tras de sí no se encontrara con la asepsia perfumada  de la mayoría de hoteles, con esa ficción de un espacio a estrenar, impoluto y frío.
A Jaume lo que le gustaba era encontrar restos. Había rincones que no fallaban nunca, como la parte trasera de la taza del baño, o las juntas de las puertas y armarios, pero revisaba también debajo de los colchones y en los desagües, sacaba las cajoneras y levantaba los cojines. Su particular tesoro podía ser un cabello, el ticket arrugado de un parking, un pañuelo de papel reseco o el borde dentado del envoltorio de un preservativo, una nota con la lista de lugares que visitar: escamas desprendidas de unas vidas ajenas, sobre las cuales se complacía en fantasear.

 Tendido en la cama, trataba de concentrar todos sus sentidos para alimentar su imaginación, para tratar de recomponer y recrear lo que habría pasado en la habitación horas antes.  Amantes furtivos, comerciales amarrados al mueble bar, jóvenes parejas, quizás alguien con una enfermedad incurable de viaje en busca de un especialista que le diera una esperanza, niños saltando sobre la cama, centenares de vidas tangenciales con las que nunca se cruzaría, pero cuyas huellas podía percibir, absorber, asimilar. Sonreía, se emocionaba, se excitaba o hacía una mueca de disgusto, palpaba la superficie de los muebles, pegaba la oreja a la pared, se tendía en el suelo como un cadáver rodeado por una tiza, creía reconocer ecos del placer, una tos lejana, palabras provenientes de otras habitaciones que luego él repetía como la salmodia de un culto gris.

Cuando dejaba el hotel, salía a la calle con el ánimo encogido, abrumado por la desnudez de todo aquello que le rodeaba y volvía a caminar sobre el círculo de siempre con la esperanza de que alguien encontrara señales de su vida y le dejara una respuesta, algún mensaje en una habitación anónima que le confirmara que seguía estando vivo. 

sábado, 7 de mayo de 2016

Poema en tres actos

Seré la clau que obre tots els panys
Vicent Andrés Estellés






ACTO I

Llegó a casa eufórico, porque todo reflejo en la mirada de ella había flotado sobre una ensenada amable en la que enterrar para siempre sus miedos. Aquel beso a la salida de la cena de fin de curso, beso furtivo porque la chica de pelo rizado tenía un novio que él presumía adulto y experto, corroboró la precisa concordancia del universo.  No le costó nada escribir el poema, arrastrado por lo que él entendía como amor y no era más que deslumbramiento y afirmación. En apenas diez minutos, tenía ante sí la llave que abría  todas las cerraduras. Aquellas palabras encerraban sonidos que parecían concordar con el deseo, con la partitura balbuceada de un futuro demasiado tiempo postergado y que ahora era luz y presente, tacto y sueño encarnado.

A la mañana siguiente, releyó el poema y pensó que ella merecía mucho más. Repasó los apuntes de métrica y empezó a contar versos tamborileando con los dedos sobre la mesa de su habitación.

ACTO II

En la presentación de su primer poemario, mientras el editor diserta sobre las dificultades de publicar poesía, al poeta le da por recordar aquellos primeros versos dedicados a aquella chica cuyo rostro empieza a desvanecerse por el paso del tiempo y que marchó con su familia a la capital, para no volver jamás. Aquella bisoñez enternecedora con la que escribió sus primeras composiciones no tiene nada que ver con la densa maraña simbólica y conceptual que conforma el libro que tanto le ha costado pulir, en un laborioso y constante proceso de orfebrería textual. Cada palabra, cada combinación de sonidos, cada referencia soterrada tiene un peso molecular insustituible en el entramado del libro, que se muestra como un todo, como un constructo poético que a él le gusta imaginar como un erizo enroscado. Y no anda desacertada la imagen: es un poeta difícil, dicen de él. El mayor de los halagos.

A media noche, después de firmar algunos ejemplares y haber saludado a los corrillos, compuestos principalmente de poetas que no se leían entre ellos, decide volver a casa solo, un poco mareado por el vino. Ya en la calle, oye una voz femenina y se gira.

ACTO III

Su mujer murió hace ya cinco años y le queda la compañía de los libros. Rebuscando entre ellos, encuentra, dentro de un ejemplar de las Metamorfosis de Ovidio, el manuscrito de su primer poema: amarillento, con una letra redondeada que le resulta infantil, inocente. Entiende ahora por qué dejó de escribir poesía justo después de haber logrado publicar, el porqué de la consabida elección del silencio al que se ven abocados tantos poetas.  Las palabras son muletas insuficientes.

El índice tembloroso de su mano envejecida repasa el contorno de aquella caligrafía que le resulta tan ajena y cree sentir, por un instante, el tacto de los labios que crearon aquel primer poema.

sábado, 16 de abril de 2016

Enredos


―Pepe, no seas pesado, que me duele mucho.

―Eso es porque no estás respirando bien. Concéntrate en el diafragma, piensa que es una cama elástica que se tensa cuando llenas los pulmones.

―De momento estoy concentrándome en tu pie, para apartar la cara y que no me saques un ojo con la uña del pulgar, menudas garras.

―Clara, no me seas tiquismiquis y haz el favor de no decir tonterías, si me cortaste las uñas el mes pasado. Trata ahora de apoyar el vértice izquierdo de tu pelvis sobre mi lumbar.

― ¿El vértice de mi pelvis? Y yo sin saber que tenía eso.

―Me harás reír y al final perderemos el equilibrio. Estoy tratando de condensar la gravedad en mis ingles, para que la sangre se agolpe justo ahí donde necesitamos.

―¿Y para eso tengo que estar como la niña del Exorcista? Yo sé de una manera más sencilla, me la enseñó una amiga del club de lectura.

―Ya me imagino quién puede ser, creo que oposita para estar en otro tipo de clubs.

―Cariño, haré como que no he oído ese comentario. Parece mentira, en un hombre que propugna el culto al cuerpo como tú, que te escandalices de según qué cosas.

―Sólo me escandalizo de tu falta de flexibilidad, que pareces una columna dórica.

―Sí, la columna a la que me ha atado un torturador. Maldita la hora en la que tuviste la ocurrencia de practicar esto.

―¿Preferirías estar casada con un enclenque que no se cuidara? Anda, acerca el ombligo a tu espina dorsal.

―Bonita manera de decir que meta barriga.

―Así, muy bien, tú puedes. No te preocupes por el sudor, es señal de que lo estás haciendo como toca. Ahora suelta aire poco a poco, como si tuvieras un plumero a un palmo de tu cara y trataras de respirar sin que se moviera.

―El plumero es lo que se te empieza a ver a ti. Que te digo que no.

―Ya casi lo has conseguido querida, mantén la pelvis neutra, mientras conectas con el centro.

―¿Pero tú me estás escuchando? Con el único centro que voy a conectar es con el de salud, como sigas insistiendo. Si ya sabía yo que esto del Pilates era un rollo macabeo de los tuyos.

―¡Shhh…! Suelta vértebras mientras trato yo de cerrar las escápulas en V.

―No sé qué serán las escápulas, pero cerrar, te voy a cerrar la boca de un guantazo como no me hagas caso. Que no, Pepe, ¿es que no ves que tú tampoco puedes?

―Aparta el codo y déjame que pase la página del libro. Pues no.

―¿Y no será que el Pilates no sirve para lo que te dijo tu hermano? Mira que es un guasón y su mujer una flacucha que no le veo yo pinta de que pueda…

―Espera, que creo que ahora, si soy capaz de activar el núcleo de la línea D puede que…

―¡Ay! ¡Joder, Pepe, vete a la mierda ya tú, tu hermano, el Pilates y tu puta manía de metérmela por el culo!

sábado, 12 de marzo de 2016

Caducidad

Hasta que mi sexta pareja me dejó, no caí en la cuenta de que todas mis relaciones habían durado exactamente 347 días. 

Constatada la veracidad de la extraña rutina temporal, tengo ahora al menos el tacto de declinar por defecto cualquier sugerencia de matrimonio, compra de vivienda o proyectos vitales que incluyan tener descendencia, para evitar futuros malentendidos y disgustos.

Me guardo, eso sí, el derecho de no comentar la existencia de la maldición a mis novias con fecha de caducidad, pues una cosa es sufrir los efectos de la fatalidad y otra muy distinta renunciar por ello a los placeres de la vida. Amo y trato de hacer feliz a quien está conmigo, tratando de ajustar siempre los tiempos hasta el desenlace inevitable, aunque la tensión que provoca la cercanía de la cifra maldita hace que empiece a comportarme de forma impropia desde mucho antes de lo que quisiera.

Ahora mismo, por ejemplo, no hace ni diez días que he empezado a salir con mi actual novia, que es un cielo de ojos grises que me adora y ya le he puesto los cuernos tres veces, lamentando en todo momento no tener la oportunidad de aspirar a una relación feliz y duradera que evite que me comporte de forma tan reprobable.


Pero aunque me duela hacer daño, no puedo evitar enamorarme. Puede que siga repitiendo este patrón durante toda mi vida, quejándome a mis amistades de que ninguna mujer me dure un mísero año. O puede que algún día me relaje y deje de condicionarme la numérica certeza, la misma que me hizo contar los días en el calendario cuando Martita, mi primera novia de la universidad, me dejó por el profesor de Estadística.

domingo, 28 de febrero de 2016

La nueva

Fue un error fatal fijarse sólo en su aspecto inocente. En un grupo de aficionados a la escritura, se presuponía que uno tenía que abstraerse de todo aquello que no fuera el gran acto de crear, la Literatura en mayúsculas que escribíamos con letra torcida en aquel taller de Malasaña. Pero no, era simpática, tenía ese maldito acento cautivador y cayó bien.

A ojos de las esquivas musas del escritor aficionado, éramos todos iguales. Pero nos hizo ilusión aceptar a una nueva participante del otro lado del charco, una chica argentina de mirada curiosa que apareció una noche cualquiera, sin saber muy bien de dónde, poco importaba. Se llamaba Laura.
Argentina siempre ha sido la prima culta y espabilada de Sudamérica, con el añadido de ese toque italiano que les da un atractivo especial. Y claro, aunque la arrogancia española se defienda afirmando que nadie va a hacerle sombra al Siglo de Oro español, había que reconocer que Argentina había sido una de las grandes dominadoras, sonrisa impecable, mágica frescura, de la literatura del siglo XX.

Para qué vamos a detenernos en absurdas rivalidades, cuando desde hace años pueden machacarnos, citando sólo a Borges y Cortázar. La erudición del cieguito le arrea un bastonazo justiciero a cualquier rival. Por no hablar del daño que ha hecho Cortázar. Bueno, no él, sino sus imitadores y los cientos de desequilibradas que han pretendido ser La Maga. Así que cómo no íbamos a aceptar con alborozo a una porteña en el taller y más teniendo en cuenta que éramos cuatro gatos, cansados ya de vernos las caras. Rece hasta aquí este remedo de justificación para tratar de eximirnos de todo lo que sucedió después.

Fue en el tercer o cuarto taller en el que participó. Hasta entonces, había alegado las habituales excusas para participar tan solo como oyente. Falta de tiempo o inspiración, la carga de trabajo que la absorbía, que éramos demasiado buenos y le daba vergüenza escribir. Patrañas. Ahora sé que nos estudiaba fríamente, que silenciaba sus intenciones tras esa sonrisa de Gioconda bonaerense cuando la animábamos a que escribiera algo para la próxima reunión. Nos halagaba, mientras tomaba nota mental de nuestros recursos de aficionado, de las erratas de principiante encalladas en nuestra torpeza, de las taras y defectos del estilo de cada uno.

Ojalá hubiera sido sólo eso. Como ya he dicho, tardó un poco en empezar a participar, pero cuando sacó de su bolso las cuartillas y empezó a leer, nos dejó a todos boquiabiertos. Su prosa te hacía olvidar que había sido escrita, las palabras empleadas lanzaban al aire un luminoso espectro de remembranzas, como si descubriéramos por primera vez las palabras. Nos olvidamos pronto de cuál había sido el tema propuesto, ni siquiera importaba lo que estaba contando, era el cómo. Era otra liga, era Maradona en sus mejores tiempos convertido en escritora. Cuando acabó de leer, se hizo un silencio ceremonial. Apuramos nuestras cervezas dirigiéndonos miradas nerviosas, sin saber qué decir, sospechando que habíamos muerto de alguna forma como escritores. Necesitaba un trago de algo más fuerte.

Por lo general, tomábamos algo al acabar el taller, pero todos dieron alguna excusa para retirarse antes de tiempo, salvo Laura y yo. Cenamos algo ligero en el bar en el que nos reuníamos y traté de desviar el tema de conversación a asuntos más triviales, temeroso de que me preguntara directamente que qué me había parecido su relato y no tener palabras para describirlo. Se excusó un momento para ir al baño y fue entonces cuando vi aquello que aún me horroriza recordar y tuve que reprimir un grito. De su bolso entreabierto, asomaba un dedo humano.

En el intervalo de tiempo en el que ella tardó en volver, mi cerebro se esforzó en crear una explicación lógica para aquel hallazgo tan macabro. Aquella a la que me hubiera gustado amarrarme, que se tratara de la mano de un maniquí que por alguna excéntrica razón portara con ella la escritora argentina, la tuve que desestimar, porque aquel dedo macilento parecía pertenecer a un hombre de cierta edad, con algo de vello canoso alrededor de los nudillos y una uña larga y amoratada que para nada respondía a los patrones de la moda, sino a los de la práctica forense.  Psicópata, sólo podía tratarse de una asesina psicópata que llevara consigo uno de sus atroces trofeos de asesina en serie. O quizá me había equivocado con la imagen culta y amble que ella trasmitía y se trataba de una acólita de celebraciones satánicas, de una hechicera austral que se hubiera infiltrado entre nosotros para arrancarme el corazón y entregárselo a los dioses de las letras.

Cuando regresó del baño, tuve que esforzarme por actuar con naturalidad, consciente en todo momento de la presencia de aquel dedo acusador, que parecía señalarme.  Ella no pareció percatarse del descuido y siguió hablando de una película que había visto hacía poco en casa de un amigo que hablaba del libre albedrío y del destino, temas que a mí en ese momento me interesaban solo a la hora de especular sobre qué cúmulo de circunstancias habían tenido que concurrir para que yo tuviera ante mí a aquella asesina que llevaba una mano en el bolso. Traté de rebatir débilmente la tesis que defendía la película, por distraer su atención, ya que la realidad me demostraba que no imperaba tanto el destino, como la mala suerte. Por hallar una escapatoria, se me ocurrió que hablar de lo que había escrito en el taller podría distraer su atención, apaciguarla y luego alegar cualquier excusa para huir.

―Me gustó mucho tu relato, ¿sabes?
―Pura basura ―me contestó, de forma brusca ―Vos sí que escribís de maravilla, me gustaría asimilar la habilidad que tenés con las palabras.


Ambos sabíamos que era mentira, jugábamos al consabido baile del halago invertido, tan en boga en el mundillo literario. Me di cuenta demasiado tarde de que en el taller anterior la había visto comentar los relatos con Rafa, que hoy no había venido. Esa mano ya tenía dueño. Tragué saliva. Por mucho que traté de dar muestras de la más sincera de las modestias, aunque argumenté con todas las razones habidas y por haber que mi prosa era endeble y así mostrarme servil y derrotado, ella tenía la mirada perdida en mis manos, decidiendo la vitrina en la que iba a colocar el último trofeo de su colección.  

miércoles, 10 de febrero de 2016

Arroz pasado



―Pon la Tres, anda.

―Espera, que quiero ver si gana el bote.

―Pero si el programa está grabado. Es como la otra vez, si gana el bote lo anuncian hasta en el telediario, para que la gente lo vea y suba la audiencia.

―Me da igual, a ver si me sé las preguntas.

―Pues preséntate, al menos te serviría de algo saberlas.

―Como si fuera tan fácil. Hacen una preselección y estoy seguro de que si ven que tienes demasiado nivel, no te cogen.

―Entonces, no deberías tener problema.

―Tú siempre tan graciosa.

―Va, pon la Tres, que quiero ver a la Infanta yendo a declarar.

―Mira, esa la sabía, hay que ser burro. Los poemas de Petrarca estaban dedicados a Laura.

―Y los tuyos a mí, cuando me querías.

―Lo dices como si ya no te quisiera.

―Lo digo como si no fueras la misma persona.

―Eso no es verdad, lo que pasa es que sabes que el trabajo me absorbe y…

―Claro, y a mí no, por eso he sacado tiempo para hacerte tu arroz favorito.

―Porque has querido, ya te he dicho si te apetecía ir al chino.

―Tú lo has dicho, porque he querido.

―No sé qué tiene que ver el arroz con los poemas. Mira, me da igual, tú ganas, las noticias.

―Nada tiene que ver con nada si uno no le pone ganas.

―Y ahora por qué apagas la tele. ¿La vamos a tener?

―Dime por qué has dejado de escribir poemas.

―¿Podemos acabar de comer en paz? El arroz está muy rico y se va a enfriar.

―Tarde. Dime por qué.

―Qué quieres que te diga, uno no escribe poesía como quien fríe un huevo. Tiene que surgir. No pasa como con los relatos, con la prosa piensa uno en un tema y se pone.

―Claro, los poemas no tienen tema, los cagan las musas sobre el papel, sin más.

―No estoy diciendo eso. Sólo que uno tiene que tener determinado estado de ánimo para escribirlos.

―Sabes que la estás fastidiando cada vez más a medida que hablas, ¿verdad?

―Entonces, mejor me callo.

―Tú mismo te delatas. Me estás diciendo que ya no me escribes poemas, porque ya no me quieres.

―Pero vamos a ver, ¿qué tienen que ver los poemas con el amor? Creo que a estas alturas no tengo que demostrarte que te quiero. Las palabras son eso, palabras. Están muy bien en un momento dado, pero lo que importa…

―Lo que importa es el tema, tener algo que decir. Y me da que te has quedado sin tema.

Él enciende la televisión de nuevo, con un gesto contrariado, dando por finalizada la conversación. Ella recoge los platos, medio llenos, y sale de la habitación en dirección a la cocina. En el cubo de basura, los restos del arroz cubren una bola de papel arrugada. En ella, con mala letra, como furtiva, unas líneas que no llegaron a ser poema por miedo a afrontar la realidad.

domingo, 31 de enero de 2016

ÓCULOS


No quiero alargarme en demasía, porque mis allegados conocen de sobra mi condición y no creo que este escrito llegue a manos de ningún extraño. Empezaré con una declaración: desde lo que el todo el mundo viene a denominar tierna infancia, conservo claros recuerdos de tener cuatro ojos. No en el sentido anatómico, ni en el figurado. Mi madre me abandonó nada más nacer en un convento,  así que, de haber sido un monstruo deforme, me hubiera arrojado con toda la seguridad a la basura o me hubiera vendido a un circo.

Tampoco uso lentes correctivas. Tengo un par de globos oculares de lo más corrientes, ensombrecidos por la notable presencia de una nariz que emerge de mi rostro como la aleta de un tiburón varado, pero sin tara alguna. Castaños, pequeños y brillantes, tuve la temprana desgracia de ser bautizado como El Rata por algún niño cruel del orfanato a quien no puedo guardar rencor por no acordarme de él y porque no hizo nada más que seguir el natural y profiláctico impulso de discriminar al raro o al débil. Obviemos la anécdota, mi aspecto físico no importa.

No, yo lo que tengo son dos ojos de poeta y dos ojos de prosista. Ambos en sentido plenamente figurado, porque ni me dedico a la escritura, ni mucho menos tengo aspiraciones artísticas. Esta afirmación, que parece contradecirse con el estilo algo ampuloso del presente escrito, quiero que le quede bien clara al lector. Aprendí a escribir leyendo a hurtadillas novelas románticas que a su vez escondían las monjas de la furia inquisitiva de la Madre Superiora y no puedo desprenderme cuando redacto del lenguaje decimonónico, empalagoso y sin fuste de aquellos librillos calientabeatas.

No hablo, pues, de dos facetas literarias, sino de dos formas de ver la realidad coincidentes en el tiempo, pero totalmente divergentes, que me han llevado a las puertas de la locura y que me suponen una desazón constante. Por evitar enojosas reiteraciones en el texto, distinguiré entre óculos (poéticos) y ojos (prosaicos).
A modo de ejemplo, imaginemos una escena de lo más sencilla. Yo, sentado a la mesa, me dispongo a comer una manzana. Lo que para cualquier persona sería un acto rutinario, se convierte en una auténtica tortura.

Con mis óculos veo un corazón expectante que espera el mordisco certero, la más primitiva de las religiones iniciando una y otra vez el rito de la destrucción, un símbolo del amor que siento por una mujer que evoco, que ni siquiera conozco, que me ofrenda la pura imagen de una fruta en la que aún resuena el gemido que nació bajo la sierpe, el placer primigenio de Eva.

Con mis ojos, sin embargo, veo la piel arrugada de la manzana, sopeso los días que quedan para acabar el mes, paso lista a los alimentos que me quedan en la nevera y puedo sentir el escaso vacío que llenará la fruta en mi estómago, que apenas engañará el hambre que siento.

Valga esta simple escena para que el lector pueda hacerse una idea de la constante tortura que supone cualquier actividad rutinaria que trate de llevar a cabo. El más simple acto se convierte en sublime por culpa de mis oculos y es por ello que he sido denostado por mis semejantes, al estar dotado de un carácter extravagante, pero de posibles o de la influencia necesaria para conseguir aprobación. Puede que, de haber nacido en una familia de alta alcurnia y despreocupado, por tanto, de cuestiones pecuniarias, mi naturaleza me hubiera llevado, en una grácil pirueta, de la carne mortal al arte inmarcesible. Hubiera llegado a ser, sin duda alguna, un Lord Byron redivivo, capaz de convertir mi propia vida en una constante lucha por la poesía en todas sus formas.

Pero como ya he dicho, me arrojaron al fango de la pobreza desde el momento de nacer, un lastre del que nunca he sido capaz de desprenderme. Acaso debería haberme arrancado los ojos hace tiempo, como un Edipo desconcertado que descubre que es el hijo bastardo de unos padres que le dan la espalda. Verso y Prosa, imaginación y realidad, óculos espirales y ojos poliédricos. Entiéndase la manida referencia clásica, pues mi único amigo es ciego, cree entender mi auténtica naturaleza y se preocupa por las consecuencias derivadas de ella.

Conocí a Germán en un recital de poesía, uno de tantos que se celebraban por aquel entonces en… Pero no, he dicho ya que no quiero hacer perder el tiempo al lector. De nada vale ahora describir el cuándo y el dónde, simples coordenadas del encuentro de dos personas que descubrieron necesitarse. Valga decir que yo asistía a aquellas sesiones porque me producía un vago placer enfrentarme a los versos ajenos con mis ojos, despellejarlos y mostrar su hueca estructura. Al contrario de lo que cabía esperar, mis óculos  parecían oscurecerse ante versos y estrofas, tal vez por un innato mecanismo de defensa, por protección ante lo que no era sino un remedo de la auténtica poesía, aquella que sólo yo conozco. No veía más que toscos brochazos, palabras encadenadas a un sentido deslavazado, meros gimoteos en torno a los temas de siempre. Divago.

A Germán le gusta decirme que soy tan ciego como él, que daría el brazo que sujeta su bastón por poder tener mis ojos, que no tengo más que dos y un corazón demasiado grande como para no ver más allá de la realidad. Sé que sus palabras son bienintencionadas, pero sospecho que en el fondo me envidia, porque escribe unos versos que, aunque se aproximan bastante, no llegan a atisbar el escenario que contemplan mis oculos. Al final, acabamos riendo y haciendo elementales paralelismos entre nuestra amistad y el libro aquel del portugués, obvio decir cuál.

A estas alturas, el improbable lector de estas palabras puede que haya enarcado una ceja de forma cómica, no tenga claro en qué época vive este narrador tetraoculado. La referencia al abandono en un convento, tan de novela decimonúnica (nun  es monja en inglés, tomémoslo como apunte para una gracia de salón de té), parece contrastar con la referencia a Saramago.  Edipo, Saramago: presupongo cierto nivel cultural, de juego de mesa y disfraz de sabio. Tampoco creo que haya pasado inadvertida la torpe patraña de introducir a un ciego a modo de simbólico partenaire. Símbolos, óculos, bazofia.

La falacia de escribir al principio que no creo que esto lo lea nadie. Necesito que alguien lo lea, que me entienda.

 Soy incapaz de escribir nada auténtico. Tengo hambre, me siento solo. 

Apenas dos frases como un enorme S.O.S al final de mi relato y me veo al instante impelido al adorno, a encadenar mi desesperación, mi realidad, con ocurrencias, sugerencias, florescencias, excrecencias.

Ni una palabra más.