viernes, 30 de junio de 2017

La encimera


Confundí la tristeza con desidia y me entraba una rabia sorda cada vez que veía los restos de grasa en la rejilla de la encimera de la cocina. No entendía que mi madre, que siempre había sido escrupulosa con la limpieza, descuidara la presencia de signos de dejadez tan evidente. A mi padre le gustaba cocinar la paella de los domingos y ella recogía siempre el estropicio que dejaba a su paso, atento sólo al sofrito y al punto del arroz e ignorando salpicaduras, manchas y restos de comida. Era una función semanal con un guion ya asumido por todos. El único halago verdadero era el silencio que se producía cuando el arroz salía especialmente rico y todos engullíamos, horadando con afán en el recipiente, en busca del anhelado socarrat. Pero, quitando esa prerrogativa semanal, la cocina era territorio de mi madre. Aunque desde bien pequeña me mostraba dispuesta a ayudarla, ella siempre rehusaba, alegando que podía cortarme y que ni se me ocurriera acercarme a los fogones, aunque estuviera haciendo una simple pechuga a la plancha. Llegué a pensar que no cedía un ápice para justificar la sempiterna queja al acabar de recoger la cocina y echarse a descansar en el sofá a ver la novela de turno, con el privilegio acordado de que nadie osara sugerir que cambiara de canal. Cuando estaba especialmente enfadada, arremetía con la sosa cáustica y dejaba como los chorros del oro los fogones, repasando si hacía falta la rejilla con un cuchillo. Si la veíamos hacer eso, lo mejor era salir de casa sin hacer ruido al cerrar la puerta.

Mi padre murió de un infarto al poco de irme yo a vivir con Alberto, una muerte repentina y discreta, efectiva, sin grandes ruidos, como había sido toda su vida.  Y aunque ella nunca dejó escapar la más mínima insinuación de que se sentía sola, no pude evitar sentirme culpable y empecé a visitarla más a menudo. Ella, que siempre había sido de guisos de cuchara, de los de hervor paciente y sostenido, comentaba que ya no tenía sentido cocinar para ella sola  y no pocas veces me recibía impregnada en el olor inconfundible del pescado congelado. Me daba rabia verla ganar peso paulatinamente y le decía que no podía seguir así, que tenía que echar para adelante, que pensara en cambiar de casa, en viajar un poco, que necesitaba un cambio. Ni que decir tiene que no le interesaba nada de eso. Tenía un par de amigas de misa y café y poco más.  Sin darme cuenta, empecé a reñirla, como si fuera una cría. Me enfadaba por tonterías y un día le dije de todo por cómo tenía la cocina. Ella se encogió de hombros y volvió a decir que a ella le daba igual y que nadie iba a verlo. Yo no soportaba lo que interpretaba como un reproche velado y, harta ya de ver las gotas de grasa colgando como estalactitas de dejadez de los hierros, me puse a limpiar como una loca, refunfuñando entre dientes, sin darme cuenta de que no hacía sino replicar una conducta heredada.
A partir de ese día, me emperré en hablarle de la vitrocerámica, de sus ventajas, de la facilidad de limpieza, de que así se evitaba el peligro del gas, que de un descuido no nos salva nadie y que si conocía a un amigo de Alberto que trabajaba haciendo reformas de cocina y que nos podía hacer un presupuesto muy ajustado y que calla mamá, que de esto ya me encargo yo.
Ella alegaba que las amigas le decían que no era ni de lejos lo mismo que el fuego, que el arroz no se quedaba igual, que era más difícil conseguir el punto y yo, con esa crueldad que se muerde la lengua demasiado tarde, le recordaba que, como ella misma decía, apenas cocinaba y que de  hacía mucho que no comíamos paella, que como las de papá, ninguna. Así que ella calló y me dejó hacer.

                El primer día parecía ilusionada, expectante. La curiosidad parecía haberle hecho abandonar sus reticencias. Se mostró muy atenta a las instrucciones del técnico y la sorprendí leyendo detenidamente las del manual de la vitro. Ese día cociné yo y le enseñé los pequeños trucos, como manejar los niveles de intensidad y aprovechar el calor acumulado para apagar el fuego antes de tiempo. Así ahorras luz. Y este es el producto para limpiarla, verás qué fácil, nada de rascar.
Me sentía satisfecha, reconfortada por haber introducido una novedad en su vida. Tuvo que reconocer que aquella superficie plana y sin recovecos era mucho más práctica que la vieja cocina de gas. Me relajé. Poco a poco, empecé a espaciar las visitas de nuevo y acabaron siendo de nuevo semanales. Parecía haberle pillado el punto a la vitro y volvió a guisar como antes. Alberto, aunque era de buen comer,  iba un poco a regañadientes, cansado de que mi madre siempre nos preguntara que cuándo la íbamos a hacer abuela, que se sentía sola y ella se encargaría sin problema de cuidar de la criatura cuando estuviéramos trabajando. Hacía mucho que lo estábamos intentando y era un tema delicado, así que Alberto empezó a excusarse y, por no dejarle sola, acabamos yendo una vez al mes.
No fue un cambio repentino, pero al verla menos a menudo, noté que se estaba dejando llevar de nuevo. Se notaba en la cocina, mi obsesión adquirida. Olía de nuevo a frito requemado y los círculos blancos eran cada vez menos visibles y se iban ennegreciendo poco a poco. En cada visita, un poco más, hasta que se volvieron indistinguibles. Yo se lo reprochaba y Alberto me decía que la dejara en paz, que ya era mayor y que lo mejor era que contratara a una mujer que le limpiara una vez por semana. Ni siquiera cocinaba cuando íbamos a comer y encargaba un pollo asado.

Hemos decidido alquilar la casa.  Nadie va a querer comprarla y no tenemos suficiente dinero para reformarla de arriba abajo. Vendrá una chica a hacer la limpieza a fondo, antes de poner el anuncio, pero de la cocina quiero encargarme yo por última vez. Por mucho que ventile, no logro que el olor a refrito se desprenda de las paredes.  Mientras froto la placa con la rasqueta, sudando, enfurecida sin saber muy bien por qué, me parece ver el reflejo de mi madre en la negrura del vidrio, reprochándome por última vez que, aunque parezca lo contrario, hay recuerdos que no son tan fáciles de borrar. 

sábado, 10 de junio de 2017

Promoción


Julián Camarillo, oficinista vocacional,  no ha roto un plato en su vida. Hombre prudente y apocado, cuarentón de los de madre en casa y novia inexistente, se distingue por no distinguirse. Por eso, cuando su responsable le comunica que va a prejubilarse y que ha pensado en él para sustituirle, no puede evitar una mezcla de sorpresa y de disimulada satisfacción por lo que piensa que es la merecida recompensa por su gris pero impecable trayectoria profesional.

—Un puesto de esta responsabilidad debe desempeñarlo alguien que sepa discernir lo personal de lo laboral y creo que siempre has sabido mantenerte al margen de cualquier circunstancia ajena al trabajo.

Desde luego, Julián mantiene las distancias con sus compañeros, si bien no tanto por mérito suyo, como por decisión ajena, ya que siempre había sido considerado un bicho raro al que nadie se le ocurría hablar de nada que no fuera trabajo. No tiene afiliación política, deportiva o sexual conocida. Se limita a cumplir de forma escrupulosa sus tareas y no se le conoce ni una ausencia, ni un mísero retraso que eche a perder su impoluto expediente laboral. Ante todo, su actitud se debe a una educación a la vieja usanza, austera, basada en la importancia del cumplimiento del deber, del respeto a la autoridad, a sus superiores, en el sentido estricto de la palabra. Se siente inferior en un mundo en el que gente que no conoce su nombre puede un día tomar la decisión de borrarle, de mandarlo al pozo oscuro que supone el desempleo para alguien de su edad.
            Todo esto, que pudiera parecer el  retrato preciso de un individuo, no es más que el patrón de uno de tantos prototipos en los que se acomoda el ser humano, un marco en el que encajaba a la perfección una personalidad cincelada a base de necesidades y rutinas. Reconozcamos que Julián no es nadie especial y que apenas merece dos brochazos para esbozar el garabato de su avatar. Partiendo de esta premisa, nos podremos ahorrar detalles intrascendentes de su historia y centrarnos en la gradación del gris al negro, del anonimato laboral, al miedo a estar en el punto de mira y pasar de repente a la oscuridad por una mala decisión. Y es que, sin necesidad de caer en tópicos moralistas, la metamorfosis que sufrirá Julián es de una previsibilidad y rigor casi científicos. Inicialmente a su pesar, y de la mano de un innegable temor disfrazado de prudencia por el poco tiempo que lleva desempeñando sus nuevas funciones, acatará sin rechistar las directrices de sus superiores, aunque le parezcan ridículas. En una segunda fase, se acostumbra a la insensatez y evalúa tan solo las consecuencias de sus acciones en los sumatorios contables. Más tarde, se refina. Aprende rápido a tergiversar el lenguaje, llamando optimización a los recortes y plena disposición a la explotación. Espolvorea sus correos electrónicos con términos empresariales en inglés, aprendidos en formaciones de gente que asiente con la cabeza mientras dormita. Se complace al percibir cierto temblor en el tono de voz de sus hasta ahora compañeros cuando los llama a su despacho y los pone a prueba para comprobar sus capacidades, camuflando de urgencia y prioridad tareas del todo dispensables. Julián ya no es Julián, es el responsable, un cargo, una firma autorizada. El hombre promocionado, que ha pasado del gris al gris, se cree letra mayúscula en un mundo de números prescindibles.




domingo, 13 de noviembre de 2016

Amor platónico

―Tía, pues yo no he roto nunca un plato, pero me va la república.
―Qué tendrá que ver eso con lo que estamos hablando. Te digo que no me voy al parking contigo.
―Ni que fuera a violarte, mira necesito hablar contigo de tranqui, me ha pasado una movida muy rara en ese garito.
― ¿Y qué tiene que ver la república con esa movida? A ti lo que te pasa es que me has visto con pinta de punkarra y te piensas que soy  una guarra.
― Toma rima. No sé de qué pintas me hablas, si eres una yogurina, se te ve a la legua, por mucha cresta que me lleves. Seguro que tus padres te pagan los vicios, la paguita para la niña.
―A mis padres ni los mentes, y la pasta me la saco yo currando entre semana cuidando a mocosos que tienen más cerebro que tú.
― ¡Qué hijaputa, cómo molas! Me gustan las chatis cañeras. ¿Nos partimos otro cuartito?
―Creo que has tenido ya bastante con librarte de que el cachas te abriera la cabeza cuando te has puesto a gritar que toda la peña eran sombras, en la entrada. Y yo tonta por hacerle caso a mi prima y acompañarte para que no te pidieran el DNI. Que si las parejitas entran del tirón y ahora a la mierda con esa paranoia que te ha entrado.
―Pero es que eran sombras que hablaban, más reales que tú y que yo ahora mismo. Se las veía al fondo de la pista, moviéndose como si fueran serpientes humanas, reptilianos, qué mal rollo. Y casi no se las veía, porque la luz de la pista las hacía cambiar, parecía que se escurrían para que no las tocara el láser. Todo mazo oscuro, pero se distinguían por encima de los pódiums, de las barras, de los altillos, como si fueran más negro que el color negro, con brazos y piernas normales, pero las cabezas alargadas, como un balón de rugby.
―Como el mito de la caverna, vaya.
―¡Exacto! Oye, tía, un momento, ¿conocesese mito?
―Pues como todo el mundo, porque he leído La República de Platón. No va a ser de oídas.
―Qué paranoia. Y yo antes hablando de la república, aunque no me refería ver con la obra del fundador de la Academia.
―Es un malentendido que le disculparé gustosa, ya que veo que conoce al insigne filósofo.
―¿Estamos entre pares, pues?
―Así parece, arranquémonos las máscaras, abandonemos este encorsetado papel de jóvenes incultos que quieren integrarse en la plebe.
―¿Qué nos está pasando, tía? Me entra un chine raro y noto de repente como un cosquilleo en la nuca que me hace soltar palabros, y usted me disculpará haber usado un término incorrecto, cambiando de género a tan común sustantivo. Me refería a un lenguaje que se me antoja inusitado entre gente de nuestra edad y condición. Mierda puta, ¿qué cojones?
―Es el tripi, esto  no es ni medio normal. Espero que sepa excusar esa burda expresión que ha salido de mis labios. Ni sé qué es un tripi, ni mucho menos qué puede ser algo “medio normal”. O algo es normal, o excepcional, no creo que haya término medio. Joder, mira, mira las sombras bailando entre los coches del parking. Tengo mazo ganas de gritar, pero no puedo, como si estuviera soñando.
―Aferrémonos a nuestro último recuerdo, querida, obviemos lo que nos rodea, ese ruido atronador que se asemeja a los timbales del averno. Yo… yo estaba experimentando los efectos de la absenta, he de reconocerlo, para explorar un nuevo discurso narrativo, ya que soy un poeta de avanguardia.
―Mi marido es médico y sustraje de su consulta un frasquito de éter. Me habían hablado de sus efectos beneficiosos, a la hora de aplacar el furor uterino que sufro, disculpe usted la cacofonía.
―Creo que me estoy cagando, no sé si de miedo, o porque me ha dado un chungo. Joder, voy y vengo, pero las sombras están ahí, como en el mito. Pero qué mierdas de mito, si no sé ni de lo que hablo. Ya regreso, trato de aferrarme a mi auténtica naturaleza. La palabra será el guiño definitivo, estas personas deleznables en las que parecemos estar atrapados emplean un lenguaje entre soez e incomprensible.
―Amémonos mientras podamos, siento que el éter se apodera por completo de mí, tal vez esté ya del todo desfallecida sobre la cama. No creo que tengamos acceso a una explicación de lo que sucede, somos sombras como las que bailan a nuestro alrededor, sombras en busca de una realidad. Tío, no sé qué me pasa, pero estoy tope cachonda, vamos al coche.
―Estoy de acuerdo, dejemos que fluyan nuestros espíritus y tal vez así logremos regresar. Estoy palote.
―¡Oh, dulce misterio de la vida, por fin te he encontrado! Dale cabrón, dale.


miércoles, 12 de octubre de 2016

La otra cara

Mario tiene cuarenta y dos años y vive con sus padres: la peor combinación. No es la peor combinación en sí misma, pero sí lo es si quieres conocer a una chica. Inmaduro, insolvente, tarado, o una combinación nefasta de todo ello; es lo primero que piensan sobre él. O lo que él piensa que piensan, esa su imagen proyectada en la sala de los espejos deformados que es siempre imaginar cómo te ven los otros.
Mario, además, no tiene bastante con suponer lo que opina la gente sobre él, sino que se considera feo, torpe e incapaz con las mujeres. Por eso se ha dado de alta en una web de contactos, un ecosistema cargado de poses y expectativas en el que el anonimato le da la suficiente confianza como para abordar a alguien que le guste.
Su perfil no tiene foto, pero con el tiempo ha ido ganando experiencia en el manejo de estas redes y compensa la falta de imagen con un trabajado misterio que levanta a su alrededor y con una entrada espectacular con la que obtiene respuesta en multitud de ocasiones. Si la primera imagen es muy importante, no lo son menos las primeras palabras, el anzuelo en el que espera pacientemente pescar la atención de alguna chica.

Creo que tu ficha no está completa. Tu foto dice mucho más que tu descripción…

Y aunque sea una fórmula impostada, un abrecartas con el que empezar una conversación, no deja de ser verdad. Hay días en los que se dedica simplemente a observar el carrusel de rostros que conforman el portal de contactos, una noria de aceptaciones o rechazos, en los que la frivolidad puede en ocasiones dar paso a la curiosidad y a un ir más allá. Le sucede esto último con Clara. A su foto le envuelve un halo de tristeza innegable. Está hecha en su casa, ante el espejo del recibidor. Vestida de noche, como si fuera a salir de fiesta, su sonrisa está algo vencida, con los labios prietos y la mirada entre triste y avergonzada. Sí, su foto dice mucho más que su descripción, muy escueta y genérica. Apenas menciona que le gusta salir a tomar algo, pero que también es amiga de pasarse una tarde de peli y mantita. Un clásico. Pero nada de viajar, de hacer deporte, ir a restaurantes o ir de compras.
          Mario deduce que Clara es una persona solitaria, ya que todas sus fotos son selfies sacados en su casa, una chica que por el aspecto de los muebles y por la ropa que lleva seguramente es de clase baja, con pocos medios y mucho lastre. Fantasea con alguna ruptura sentimental reciente que aumente su fragilidad, las ganas de encontrar alguien que la proteja, que sea bueno con ella. Le escribe y ella contesta. Un poco tarde, lo que ya le hace dudar sobre si estaría hablando con otro al que su inseguridad le atribuye automáticamente virtudes insuperables. Sin dudarlo, será más atractivo, ingenioso, decidido y sexual que él. Se conoce ya demasiado como para no reírse de su pusilanimidad, así que se sacude el miedo y sigue escribiendo. Tres horas más tarde, se acuesta con una sonrisa.


Al día siguiente, despierta con un mensaje de ella dándole los buenos días. Prueba superada, en un medio en el que la gente desaparece sin un mínimo de cortesía.  Siguen hablando, cada vez más a gusto, contándose intimidades que en persona les hubiera costado tal vez semanas en confesarse. Y aunque están de acuerdo en que lo importante es el interior, ese tópico absurdo que conviene decir para parecer sensible y que en realidad lo que hace es negar que la persona es un todo, Mario sabe que tarde o temprano tendrá que enviarle una foto, porque ella ya le ha soltado alguna indirecta al respecto. Es algo que nunca hace, porque su inseguridad acrecienta el temor a mostrarse, a descubrir su fealdad objetiva, contundente, ineludible. Se siente sucio al hacerlo, pero busca en Google la imagen de un Juan Nadie que le resulta atractivo. Es tan sencillo como teclear, por ejemplo, Javier González, un nombre corriente cualquiera y escoger cualquier imagen que resulte verosímil.
         Y ha acertado, porque en cuanto le envía la foto a Clara, nota en esta una reacción inmediata, de la que seguramente ella no sea consciente, pero que él percibe como una puñalada que debe asumir en silencio. La mentira, la imagen de aquel hombre de facciones viriles y ojos verdes, hace que ella se muestre mucho más interesada, que diga tonterías como si fuera una adolescente enamorada, irradiando una ilusión que a él empieza a parecerle tediosa y superficial. Siendo él un impostor, traslada el desprecio que siente por su propio cuerpo a las palabras de Clara y piensa para sus adentros que es una persona superficial, que sólo ha mostrado interés tras enviarle la fotografía. Desconoce que se engaña a sí mismo, que al ocultarse tras una máscara ha matado para siempre aquella relación que parecía basada en la sinceridad y la ilusión y cuando ella insiste en quedar, acepta sólo por hacerle daño, por dar una excusa de última hora y dejar plantada a otra niñata más que seguro que no tiene nada mejor que hacer en la vida. Entra en el portal, bloquea a Clara y sigue buscando otra derrota en la que sentirse vencedor.

martes, 20 de septiembre de 2016

Juego sobre negro

El personaje se halla de nuevo sentado en el suelo de una sala cúbica de color negro. No hay ninguna puerta, ninguna abertura en las paredes pero, a pesar de ello, una luz blanquecina ilumina la estancia tenuemente. Tiene ante sí un tablero. Parece una variante de parchís con un recorrido en forma de círculo, sin salidas, sin llegada. Una única ficha se dispone sobre el extraño juego, un pequeño prisma transparente. El personaje esconde un dado en una mano. Este dado tiene las seis caras totalmente negras, sin ningún número inscrito
.
Por pura crueldad del escritor, el personaje tiene un temperamento reflexivo, inclinado a las cavilaciones metafísicas y a las angustias existenciales. Como es de esperar, esta indeseable condición le provoca no pocos quebraderos de cabeza, teniendo en cuenta su naturaleza ficticia y la extraña situación en la que se encuentra inmerso. Como ente literario, se ve sometido a una perpetua reencarnación en las más diversas fisonomías: ahora es una mujer madura, ahora un anciano de rasgos orientales, un joven de cabellos rubios o algún personaje famoso. Su aspecto físico depende por completo del capricho y la capacidad recreadora de quien lee el cuento. En ocasiones su rostro es una mera neblina donde sólo se distinguen los ojos; en otras, las más, es un rostro anodino, o tiene los rasgos de algún actor o famoso. Pero todo es posible , hasta llegar a ser la figura marginal de un cuadro en una visita fugaz a un museo, quien sabe de qué ciudad, quién sabe por qué soterrado en el subconsciente del lector.

Lo que no cambia nunca es la sensación de desasosiego que le produce el hecho de formar parte de un relato de marcado carácter surrealista, en el sentido más amplio del término. Se ve abocado a la ya para él inevitable rutina de unas reflexiones que le aburren por completo. Muchas de ellas conducen a los dogmas de la filosofía de bolsillo, a la crítica literaria de andar por casa. La escena es absurda, garrapiñada de simbolismo y cada uno de los lectores no puede evitar especular sobre su significado.

A él, lo que en verdad le interesa es descubrir de una vez por todas las reglas del juego que tiene ante sí, entretenerse con aquel tablero circular. Así de simple. El pobre infeliz ignora que él mismo es objeto de juego entre al autor y el lector, un símbolo de difícil comprensión sobre el destino del ser humano, según la crítica más canónica o una simple broma sin valor literario alguno, según no pocas voces discrepantes.

Lo peor de todo es que las preocupaciones que le atormentan y le impiden averiguar las reglas del juego ni siquiera son suyas. Es más, por exigencias del guión, permanece todo el rato en silencio y en todo el cuento sólo se insinúan lacónicamente sus pensamientos en una oración: "se encontraba pensativo". Es esta indefinición la causa por la que se ve obligado a soportar todas las interpretaciones que hacen los lectores sobre lo que le ronda por la cabeza.

Ya sólo no es responsable de su propio aspecto, sino que ni siquiera puede llegar a una conclusión medianamente juiciosa que resuelva sus dudas. En el extraño purgatorio donde descansa entre lectura y lectura, se dedica a soñar destinos mejores. ¡Cómo desearía haber formado parte de uno de un  western de Marcial Lafuente Estefanía! Tampoco pide mucho, un sencillo papelillo de borracho, o ser un simple cactus tostándose al sol de Arizona, o un perro pulgoso, si una puta de saloon con aliento a whisky barato... Cualquier cosa menos no ser nada, ser una mera máscara en un escenario simbolista. ¡Es indignante! Ha de aguantar con estoicismo lecturas mecánicas y desinteresadas que provocan que no piense nada en absoluto, interpretaciones críticas que lo relacionan con un relato breve y primerizo de un catalán exiliado a Méxoico o con una corriente postsimbolista belga, comentarios de texto errabundos de adolescentes con más acné que neuronas y un largo etcétera de dislates similares.
 Así, tan pronto se encuentra, muy a su pesar, pensando en la muerte o en la noche eterna, como en la castración de un supuesto padre perdido a los quince años.

Pero ningún indicio sobre las reglas del juego, si es que se trata de un juego.
Reiteradamente, los elementos de su entorno cobran un significado que se metamorfosea hasta la exasperación: el prisma simboliza el relativismo perspectivo o es una joya de propiedades mágicas desconocidas; el tablero es una metáfora del eterno retorno o una suerte de artilugio espiritista; la habitación se relaciona con el dado y se convierte en un símbolo del azar al cual estamos condenados; la luz misteriosa no es sino el raciocinio. Lectura tras lectura, nuestro personaje parece alejarse de la cada vez más  deseada respuesta que resuelva sus dudas. Hay, eso sí, una excepción francamente inquietante. La desazón que le producen todas estas desafortunadas hipótesis interpretativas no es nada comparada con el pánico que le invade en cada reencuentro del propio autor con su cuento favorito, aquel que le ha hecho tan famoso como iniciador de la llamada narrativa pictórica minimalista. En esas ocasiones, el desdichado protagonista reconoce de inmediato que quien lee el cuento es su propio creador. Como un latigazo, centellea en su mente una carcajada cargada de desprecio que le hace desear haber sido una simple hoja arrugada, una nada verdadera, un silencio puesto en blanco.


domingo, 22 de mayo de 2016

Pelusas

Jaume Castelar era muy exigente a la hora de escoger un hotel, aunque no aplicaba los criterios acostumbrados a la hora de evaluar uno. El establecimiento tenía que reunir las mínimas comodidades para que la estancia no se hiciera insoportable, pero tenía que caracterizarse por cierto grado de descuido y relajación en la limpieza.

No buscaba alojarse en una pocilga, pero sí en un lugar cuya gestión fuera lo bastante relajada para que no extremara la limpieza,  para que al cerrar la puerta tras de sí no se encontrara con la asepsia perfumada  de la mayoría de hoteles, con esa ficción de un espacio a estrenar, impoluto y frío.
A Jaume lo que le gustaba era encontrar restos. Había rincones que no fallaban nunca, como la parte trasera de la taza del baño, o las juntas de las puertas y armarios, pero revisaba también debajo de los colchones y en los desagües, sacaba las cajoneras y levantaba los cojines. Su particular tesoro podía ser un cabello, el ticket arrugado de un parking, un pañuelo de papel reseco o el borde dentado del envoltorio de un preservativo, una nota con la lista de lugares que visitar: escamas desprendidas de unas vidas ajenas, sobre las cuales se complacía en fantasear.

 Tendido en la cama, trataba de concentrar todos sus sentidos para alimentar su imaginación, para tratar de recomponer y recrear lo que habría pasado en la habitación horas antes.  Amantes furtivos, comerciales amarrados al mueble bar, jóvenes parejas, quizás alguien con una enfermedad incurable de viaje en busca de un especialista que le diera una esperanza, niños saltando sobre la cama, centenares de vidas tangenciales con las que nunca se cruzaría, pero cuyas huellas podía percibir, absorber, asimilar. Sonreía, se emocionaba, se excitaba o hacía una mueca de disgusto, palpaba la superficie de los muebles, pegaba la oreja a la pared, se tendía en el suelo como un cadáver rodeado por una tiza, creía reconocer ecos del placer, una tos lejana, palabras provenientes de otras habitaciones que luego él repetía como la salmodia de un culto gris.

Cuando dejaba el hotel, salía a la calle con el ánimo encogido, abrumado por la desnudez de todo aquello que le rodeaba y volvía a caminar sobre el círculo de siempre con la esperanza de que alguien encontrara señales de su vida y le dejara una respuesta, algún mensaje en una habitación anónima que le confirmara que seguía estando vivo. 

sábado, 7 de mayo de 2016

Poema en tres actos

Seré la clau que obre tots els panys
Vicent Andrés Estellés






ACTO I

Llegó a casa eufórico, porque todo reflejo en la mirada de ella había flotado sobre una ensenada amable en la que enterrar para siempre sus miedos. Aquel beso a la salida de la cena de fin de curso, beso furtivo porque la chica de pelo rizado tenía un novio que él presumía adulto y experto, corroboró la precisa concordancia del universo.  No le costó nada escribir el poema, arrastrado por lo que él entendía como amor y no era más que deslumbramiento y afirmación. En apenas diez minutos, tenía ante sí la llave que abría  todas las cerraduras. Aquellas palabras encerraban sonidos que parecían concordar con el deseo, con la partitura balbuceada de un futuro demasiado tiempo postergado y que ahora era luz y presente, tacto y sueño encarnado.

A la mañana siguiente, releyó el poema y pensó que ella merecía mucho más. Repasó los apuntes de métrica y empezó a contar versos tamborileando con los dedos sobre la mesa de su habitación.

ACTO II

En la presentación de su primer poemario, mientras el editor diserta sobre las dificultades de publicar poesía, al poeta le da por recordar aquellos primeros versos dedicados a aquella chica cuyo rostro empieza a desvanecerse por el paso del tiempo y que marchó con su familia a la capital, para no volver jamás. Aquella bisoñez enternecedora con la que escribió sus primeras composiciones no tiene nada que ver con la densa maraña simbólica y conceptual que conforma el libro que tanto le ha costado pulir, en un laborioso y constante proceso de orfebrería textual. Cada palabra, cada combinación de sonidos, cada referencia soterrada tiene un peso molecular insustituible en el entramado del libro, que se muestra como un todo, como un constructo poético que a él le gusta imaginar como un erizo enroscado. Y no anda desacertada la imagen: es un poeta difícil, dicen de él. El mayor de los halagos.

A media noche, después de firmar algunos ejemplares y haber saludado a los corrillos, compuestos principalmente de poetas que no se leían entre ellos, decide volver a casa solo, un poco mareado por el vino. Ya en la calle, oye una voz femenina y se gira.

ACTO III

Su mujer murió hace ya cinco años y le queda la compañía de los libros. Rebuscando entre ellos, encuentra, dentro de un ejemplar de las Metamorfosis de Ovidio, el manuscrito de su primer poema: amarillento, con una letra redondeada que le resulta infantil, inocente. Entiende ahora por qué dejó de escribir poesía justo después de haber logrado publicar, el porqué de la consabida elección del silencio al que se ven abocados tantos poetas.  Las palabras son muletas insuficientes.

El índice tembloroso de su mano envejecida repasa el contorno de aquella caligrafía que le resulta tan ajena y cree sentir, por un instante, el tacto de los labios que crearon aquel primer poema.