sábado, 9 de noviembre de 2019

Tarifa Plana

—Me gusta apostar por la sinceridad. Podríamos seguir hablando toda la tarde y que fueran cayendo las cañas hasta que nos cayéramos bien, forzar  el conocimiento apresurado que implica este tipo de citas. Prefiero evitar las preguntas habituales, la gente las usa como si verse cara a cara no fuera más que una extensión de la aplicación y siguiéramos escaneando el atractivo del otro. Ya sabes, hemos hecho match, chateamos un par de días y quedamos. Pero quedar en persona siempre es violento, a no ser que se tengan las cosas muy claras. Estoy hablando demasiado, lo sé.

Ella ha perdido hace rato el hilo de la disertación de él. No está acostumbrada a la cerveza y el calor y los nervios han hecho que se la tomara demasiado rápido. Algo mareada, se recrea en un lunar que tiene el chico justo en el codo derecho, un pequeño pero visible refugio de la imperfección. Porque, por mucho que pensara que las fotos del perfil de él estuvieran retocadas, incluso que pudieran ser falsas, la realidad es mucho mejor de lo que se esperaba. Es perfecto, es perfecto, se imagina que corean sus amigas, las mismas que la empujaron a usar la aplicación en una tarde de aburrimiento y confesiones. Ella divaga, ella es una romántica empedernida fuera de lugar que tiene ante si a un chico más joven que ella, alto, atlético, con una sonrisa encantadora que va a juego con unos ojos verdes y traviesos, un rostro de rasgos felinos y una piel bronceada.

— ¿Cómo? No, no te preocupes. Tienes una voz muy agradable y me gusta escuchar.

Después de haberse convencido de tener una aventura frívola con la que oxigenarse y olvidar los problemas con su ex, ella se ha encontrado con la agradable sorpresa de un encuentro con alguien que no solo es muy atractivo, sino que es capaz de desarrollar un discurso irónico sobre la situación.

—No quiero sonar presuntuoso, pero lo que para otros es un reto en este tipo de citas, para mí es algo rutinario. No necesito usar aplicaciones para acostarme con alguien. No me malinterpretes, eres una chica muy atractiva y no soy tonto. Lo que quiero decir es que el sexo casual no es difícil de encontrar, si uno se lo propone.

Claro, será en tu caso, que eres un cerebrito parlanchín con cuerpo de gimnasta. Yo siempre he sido una mojigata que idealizaba a la persona equivocada.

Piensa ella, pero dice:

—Claro, llega  a cansar.
—Exacto, para mí es más excitante tratar de encontrar a gente que valga la pena en este tipo de citas. Supone todo un desafío revertir la situación y pasar de la frivolidad a un conocimiento más profundo. Es como encontrar la famosa aguja en el pajar.

Me la quiere dar con queso, se le ha visto el plumero al utilizar el topicazo de la aguja. Trata de ponerme delante un espejo con letras de neón en el marco: ERES EXCEPCIONAL. Voy a soltarle una.

—Bueno, las agujas suelen pincharte cuando se encuentran si rebuscas entre la paja.

Él esboza una sonrisa perfecta y a ella le tiemblan las rodillas. Es invencible.

—Obviaré el chiste fácil y grosero. No quería caer en los tópicos, acabamos de conocernos y parece que esté desplegando sobre la mesa un plano con mi particular cartografía sentimental. Hay picos y valles, pero lo importante es conocer el territorio.

Qué cabrón, qué bien habla. O tiene el guión muy bien aprendido, o es una joyita. Que no se te escape, no seas boba y pide otras dos cervezas, que vea que tienes interés.

—¿Otra ronda? Ya la hora que es, podríamos pedir un par de raciones para medio cenar.

Por supuesto, él acepta y parece relajarse. Durante los próximos minutos, deja que ella maneje la conversación y le hable de su trabajo, de los viajes que ha hecho, las series que ve y todo el habitual repertorio de la insustancialidad. Pasan al vino y rematan el postre con un licor de hierbas barato, que les rasca las gargantas y les afloja la lengua ya del todo. 

—Pues yo no he viajado fuera de España —afirma él.
—¿Y eso? Mira que al final sí que voy a pensar que eres un bicho raro. Si hoy en día viajar es lo más sencillo del mundo. Y por favor, no me sueltes el tópico rancio de que con la de cosas que hay que ver en España, no hace falta ir al extranjero.
—Te voy pillando el punto cañero, me gustas. No, no se trata de eso. Vivimos en la era de los vuelos baratos y no acaba de gustarme la idea.

¿Ecologista? ¿Miedo a volar? ¿Simplemente paleto? No puedo evitar seguir tirando del hilo. Lo importante, ha dicho “me gustas”. Se le ha escapado. Joder, creo que me estoy enamorando. ¿Ya estamos? Que no se te note.

—Bueno, la verdad es que tanto turisteo da asco y no, no voy a ser ahora yo la rancia que diga aquello tan manido de que yo no hago turismo, sino que viajo. Oye, cada cual tiene sus manías, si no te gusta volar…
—No es eso, es que los aviones precisamente son una de las pruebas de que nos engañan.
—¿Nos engañan?
—Sí, claro. Lo que te voy a decir te sorprenderá, pero no creo que vayas a salir disparada con lo que te voy a decir. Como te dije antes, prefiero ser sincero y creo que vales la pena.

Las mariposas, las jodidas mariposas en el estómago. Pero qué misterioso, a ver por dónde sale. Con lo seguro y un poco pedante que parecía al principio y ahora parece desarmado. Me gusta verle así. Le besaría ahora mismo. Espera, cuando salgamos a la calle, que siga hablando. Un sorbito a la copa para que se anime él a seguir, que vea que estás relajada.

—Gracias, tú también. Si no quieres, no hay necesidad de que me lo cuentes.
—Bueno, es que es una teoría que no es muy popular, la gente suele burlarse y somos pocos los que la defendemos, pero es una muestra más de lo gregaria que es la gente. Confío en que no saldrás corriendo, no eres una más.

Que lo suelte ya. Lo tengo en el bote, menudo pedazo de tío. Y ahora se muestra vulnerable, es ideal. Contigo hasta el fin del mundo, chato.

—Seguro que no huyo despavorida, no te preocupes. Venga, no será para tanto.
—Bueno, el caso es que, si lo piensas bien. ¿No te llama la atención que, teniendo en cuenta el movimiento de rotación de la Tierra, si un avión se quedara parado en el aire,  llegaría a su destino sin necesidad de moverse?

No digas nada, sigue sonriendo, las cejas quietas, muérdete la lengua si es necesario, no la cagues ahora.

—Pues la verdad, no me lo había planteado nunca.
—Es de cajón, ¿verdad? Pues es una de las pruebas más claras de que el planeta no es redondo. Y hay muchas más.

Excúsate si es necesario, ve al baño si no vas a aguantar la risa, pero mantén la calma. Terraplanista, el tío es terraplanista. Si ya lo decía yo, que no podía ser perfecto. Deja que hable. Así, muy bien, asiente de vez en cuando, sonríe. Mantén la función fática. Terraplanista. Qué cojones. Pero este no se me escapa, a la mierda las mariposas. Que siga hablando, da igual. Necesito un vodka, eso sí. O dos. Y dale con la matraca. Descartado por completo. Lleva ya media hora. Pero este no se me escapa vivo, aunque sea por cobrarme haber aguantado la mierda del terraplanismo.

—Ostras, pues sí que tienes argumentos, me estás haciendo dudar un poco. Oye, pero una cosa tengo clara, se ha hecho muy tarde y…
—Vaya, lo sabía, te he aburrido con el tema. Lo siento de veras.
—No, para nada. Mira, aunque seguro que vamos a quedar más veces, voy a ser directa. Me pide el cuerpo que te vengas a mi casa. Está aquí al lado, ¿te apetece?
—Claro, sería imbécil si te dijera que no.

Descuida, que imbécil eres un rato. Anda, te dejo pagar la cuenta para que te sientas todo un machote. Toma ya esos morrazos que tienes, ya tardabas en comerme la boca. Vámonos, alma de cántaro, si al final mis amigas tenían razón. Un polvo o dos en tarifa plana,  mira que soy graciosa, y ya puedes irte solito hasta el fin del mundo, cuidado no te caigas al llegar.




lunes, 28 de octubre de 2019

De rodillas



No quiero recurrir a los tópicos, pero he hecho todo lo posible por no caer en la tentación. Que me juzgue el único que puede hacerlo, pues con toda seguridad no será tan severo su juicio  como el que emana de mi propia conciencia. Me reconozco como el peor de los pecadores, uno más entre las reses condenadas de antemano que se balancean día a día hacia un destino conocido. Pero no soy solo la sombra que se agita por las noches entre sudor y temblores, el insomne  que se revuelve y amenaza con la mirada al cielo estrellado. Iluso, anhelo con equilibrar la balanza con la redención que otorgue mi buen hacer. Mi carácter se ha conformado en base a la disciplina y a la dedicación al prójimo. Humildad, sacrificio, bondad.

La tentación es diaria  y no conoce fiestas o  sacramentos, pero al margen del día a día, hay experiencias que dejan una huella indeleble pese al transcurrir de los años. El primer anzuelo es el que se clava de forma más firme en la carne y acaba integrándose en ella, como un huesecillo infecto y metálico que me recuerda una y otra vez el error cometido, ese primer momento en el que cedí a la tentación.

Fue un verano más de los que pasaba mi familia en un pequeño pueblo de Zamora que había visto nacer a mi madre. Apenas tendría yo trece años, pero me consideraba plenamente adulto y responsable. No caía en las diabluras propias de mi edad y ya mostraba querencia por la lectura y las disquisiciones filosóficas y religiosas, por lo que mis padres y los de mis amigos delegaban en mí la responsabilidad de cuidar de los más chicos que conformaban la pandilla estival. No era tarea complicada en aquellos tiempos de despreocupada felicidad, de un asueto rutinario en el que nos veíamos inmersos, como si el tiempo se hubiera detenido y no hubiera más existencia que la de bañarse en el río y jugar todo el día. Era bueno inventando historias, tramas heroicas o fantásticas en las que asignaba a cada uno el personaje que iba a interpretar.

Juan era mi mano derecha. Dos años menor que yo, andaba siempre con el pelo negro revuelto y con un gesto de pícaro robagallinas. Parecía estar tramando alguna travesura en todo momento, aunque estuviera simplemente sentado bajo la sombra de un pino. Aunque estuviera callado, tras los dos carboncillos inquietos de su mirada le adivinaba alguna fechoría. Me pasaba el día reprobando su lenguaje soez, cargado de vulgarismos y palabrotas. Aun y así, o tal vez por ello, era mi mejor amigo. 
Aquella tarde en la que subimos todos al viejo molino de agua a jugar a quijotes de río, empezó a girar para mí la maldición a la que sigo amarrado. Juan insistió en encaramarse a la vieja rueda de madera, sin más motivo que probar a todos que era el más ágil y fuerte. Era algo habitual en él, pero no contó con que la madera cedería bajo sus pies y acabó cayendo de bruces desde un par de metros de altura. Un susto, apenas unos rasguños y unas risas, pero me enfurecí de veras con él, porque podría haber sido mucho peor.

Mira cómo te has puesto. Como te vea tu madre, se lo dirá a la mía y no nos van a dejar salir en una semana. Ya, claro, no te has hecho nada, siempre dices lo mismo. Venga, vamos a la orilla, mejor te limpias esa herida.

Tenía un corte en la rodilla, por el que empezaba a manar la sangre. Poca cosa, pero era mejor limpiarla. Cojeaba un poco y se apoyó en mi hombro en dirección al río. Los otros quedaron atrás, inspeccionando el molino.

Ya ves, íbamos a jugar a quijotes y me da que esto va a parecerse al final a un bautismo. San Juan Bautista bautizado, San Juan el de la rodilla pelada. Aunque tú de santo tienes poco. Mira que estás loco, pero deja que lo haga yo, te va a doler, pero es mejor que te limpie esa sangre. Así, suave.  Ves como ya no te duele.

Y luego un silencio incómodo que me despertó de mis ensoñaciones, como si una puerta se cerrara de golpe. Un silencio que decía qué estás haciendo, déjalo ya, estoy bien, ya me curo yo la herida, deja de tocarme. Un silencio a punto de estallar en mi cabeza, un sofoco y unas ganas de seguir acariciando, hasta que Juan me apartó de un empujón y aquella orilla nos separó para siempre.

Aquel niño que fui yo sigue aquí, mirándote a los ojos, a ese tú que es mi espejo, que es conciencia del pecado. Yo que ahora absuelvo, que impongo penitencias, que sigo rodeado de niños, que imparto el más sagrado sacramento sobre sus lenguas temblorosas, sigo siendo aquel crío en la orilla del río, bautismo de sangre y tentación, pasado que vuelve una y otra vez. Yo te absuelvo, hijo, dos padrenuestros y un avemaría, que vuelva a girar la noria. Puedes levantarte, te acaricio el pelo y desvío la mirada, a mi pesar, hacia esas dos pequeñas rodillas enrojecidas por la genuflexión.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Maiferleidi


―Es que es de cajón. Pocas sublimaciones ha habido tan claras en el mundo de la literatura como la de Borges cuando escribió El Aleph. Eso no me lo discutirás, aunque con la noche que me estás dando, no sé yo. Que mira que te encanta picarme y contradecirme. Me refiero al cuento en concreto, ¿eh? No me dirás que va a ser casual que Borges fuera ciego y que ideara ese fenómeno milagroso, ese remedo de mirada divina a través del cual poder observar la totalidad, convertirse en un dios tirado en el suelo del sótano de una casa vieja, observando una esfera diminuta que concentra y muestra toda la realidad. El ojo que todo lo ve, aquello que tantas interpretaciones ha tenido en la historia de la crítica y que claramente es un grito desesperado de Borges por recuperar la visión.
Te dejaría seguir haciendo el ridículo, porque me resultas hasta tierno cuando te conviertes en mi pedantito de pies de barro, pero es que me  está costando aguantarme la risa.
Me voy a acabar cabreando y te vas a quedar sin postre.
Con lo que te gusta a ti darme el postre. Anda, no seas bobo. Si lo que quiero es que no metas la pata soltando esas barbaridades por ahí. En mala hora te convertí en Maiferleidi, con lo bien que estabas calladito en el gimnasio marcando pectorales.
Yo seré Maiferleidi, pero tú eres un cabrón con todas las letras. Un cabrón juntaletras, a ver si voy a tener que pagar yo el pato porque te hayan rechazado otra vez la novela.
Eso no tiene nada que ver.
Todo tiene que ver con todo.
Claro, como el aleph, ¿verdad? Que te vayas leyendo los libros de la lista que te hice, no te convierte en crítico literario por arte de birlibirloque. Que estamos hablando de Borges, de uno de los autores más estudiados de la literatura del siglo XX.
Y como soy muy lerda, no puedo opinar sobre él. ¿Es eso lo que quieres decir?
No, puedes opinar lo que te dé la gana. A mí me gusta que hagas el burro conmigo, pero no que sueltes burradas.
Que sí, que tengo claro para qué me quieres, ya solo falta que me dibujes una polla en la servilleta.
Eso también, pero cuando Borges escribió El Aleph…
―Estabas tú presente y te contó que lo había escrito para describir tu ojete infinito. Es eso, ¿verdad? Te hacía vieja, pero no tanto.
Esa ha sido buena, pero no. Es algo más sencillo.
Venga, ilumíname.
Joder, que cuando Borges escribió el Aleph, aún no estaba ciego.
¿Y por qué no me lo has dicho antes?
―Como si hubiera servido para algo. Estás como un tomate, por cierto. Anda, toma un poco de vino.
―Bueno, entonces de postre…
Algo con dulce de leche.



jueves, 4 de octubre de 2018

SIN RODEOS

Podría haber sido cauto, alegar cualquier excusa para hablar a solas, dejarse ver en las reuniones semanales de la parroquia, mostrar cierto desinterés interesado cuando había más personas presentes para picarla y atraer su atención, buscar aficiones comunes, anotar cuidadosamente sus gustos, los pequeños detalles que son la llave del triunfo, recordar sus lecturas de juventud, asimilar los pasajes más didácticos del Ars Amandi de Ovidio y fantasear con las escenas del Decameron de Boccaccio, hacerse el encontradizo, tantear con sumo cuidado qué tipo de humor le hacía gracia, encontrar sus puntos débiles, investigar sobre sus relaciones anteriores, entender qué habia fallado para mostrar la cara opuesta, definir qué podía estar ella buscando, pero Luciano Martín no era persona de rodeos y metió la mano por debajo del refajo de Jacinta, aprovechando que se había agachado a recoger el rosario que se le había caído al suelo, echando así al traste cualquier atusbo de romanticismo y recibiendo un bastonazo que lo dejó seco y cortejando a los gusanos.

jueves, 20 de septiembre de 2018

AHORA TE CUENTO YO


Ya veo que te lo has pasado genial. Me alegro, porque te lo mereces. Te lo has ganado después de todo un año currando a tope. No me mires así, que hablo en serio. Lo de la reducción de plantilla sabemos que no estaba en tus manos. Lo sé, eres un currante más, codo con codo. Qué menos que poder desconectar del marrón que hemos pasado este año en ese pedazo de crucero que te has pegado con tu novia. Enséñame de nuevo la foto de Capri. Qué bonito, sí que parece una postal.  Pues yo nada, en casa, tranquilo. Sí, a veces es lo mejor, simplemente descansar. Mucha gente me lo ha dicho. Pero espera, no te vayas, aún nos queda un cuarto de hora de comida y para una vez que te sientas conmigo, te cuento lo que he hecho estas dos semanas. Cuando te he dicho que he pasado las vacaciones en casa, quería decir que literalmente no he salido de casa en dos semanas. Odio el calor y sin aire acondicionado lo mejor es estar con las persianas bajadas durante el día y tratar de moverse lo menos posible. Tengo suerte porque la casa de mis padres es vieja, de las de techos altos. ¿No sabías que vivo en casa de mis padres? No, ellos murieron hace tiempo. Tuve que volver después del cambio de sede. En realidad me hicisteis un favor, porque el piso del centro no me lo podía permitir y me venía fatal la combinación de metro. Así que volví a Canillejas, el barrio más feo de Madrid, el culo de la calle Alcalá. Perdona que me ponga literario. Como me dijiste en la reunión de seguimiento de la semana pasada, tiendo a la dispersión. Volví al barrio con el rabo entre las piernas. El regreso de un becario de cincuenta años, acojonado por la posibilidad de perder el puesto de trabajo a esa edad tan jodida. Ya, ya sé que técnicamente no soy un becario, pero sabes a lo que me refiero. Pues lo que te decía, persianas bajadas, un saco de diez kilos de comida para el gato y salir sólo para bajar la basura por las noches y fumarme un piti en el portal. Vuelta a subir y a ver la tele, encadenar cabezadas hasta perder la noción del tiempo y calentarme algo en el microondas. Ahora puedes pedir que te traigan la compra a casa, siempre hay gente más puteada que uno, eso es verdad. Ya ves, he ganado cinco kilos en dos semanas a base de comer mierdas y estar tumbado en el sofá. Ya me hubiera gustado engordar por haberme puesto gocho en el buffet libre de un hotel, pero el sueldo no da para más. Y no te creas que no he disfrutado. Estaba la mar de a gusto. La mayor parte del tiempo me quedaba a oscuras y me dedicaba a escuchar. Nunca hay silencio en esta ciudad. Como mucho, con suerte, a partir de las cuatro de la noche pueden pasar unos minutos sin que pase un coche, pero siempre está ese murmullo de fondo del tráfico. En realidad Madrid tiene mar, una marea de humanidad que nunca cesa, que es apenas un zumbido a esas horas de la noche, pero que se convierte poco a poco en oleaje. ¿Ves? Si en el fondo soy un poeta. Hay postales que uno se monta en la cabeza. Me gustó estar sin hacer nada, inerte, pasivo, medio desnudo, disfrutando de la pérdida de tiempo, consciente de los millares de vidas que me rodeaban, cazando conversaciones, con suerte algún gemido de placer escurriéndose por alguna ventana. Mi gato, viejo y castrado, era el compañero perfecto de mi inactividad. Llámame cerdo, pero no me apetecía ni ducharme, a pesar del calor. No le veía utilidad. Los muertos no se duchan y yo jugaba a estarlo. El cadáver andante de un oficinista. En las noches de más calor, me pegaba a la pared como si fuera una salamanquesa. Escuchaba el sonido distorsionado de las conversaciones de los vecinos, el cotorreo metalizado de los televisores, el rumor de los grifos y las cisternas, resonando en la noche como un aparato digestivo. Me excitaba imaginar qué absorbía vidas ajenas ¿No dices nada? No, no he bebido. Sólo creo que tengo derecho a contarte mis vacaciones, aprovechar este break para confraternizar un poco. Quiero sentirme fidelizado, parte del proyecto. Pero no te vayas, hombre. Para una vez que te cuento las vacaciones, no me dejes con la palabra en la boca.

jueves, 29 de marzo de 2018

¡Adios, ríos!

Adios, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.





Un vagón de metro cualquiera. La consabida rutina, tantas veces retratada. Noche de sábado hacia la periferia, jugar a adivinar retratos e historias en los rostros, mirada esquiva de adolescente, rostro cansado de camarera, aliento a alcohol de un hombre adormecido, un niño chino, obeso, sonriente, come patatas de bolsa con ritmo de metrónomo, su madre absorta en el móvil, casi todas las miradas buscando no enmarañarse, fijándose en un punto concreto de la nada para no cruzarse entre ellas. Escena mil veces descrita, pasto de aspirantes a escritor, literatura del cansancio compartido. En la siguiente estación, sube un hombre andrajoso, un signo de exclamación serpenteando entre la muchedumbre, algunas fosas nasales se contraen tratando de enterrar el olor a muerte en vida característico. Nada nuevo, un mendigo cualquiera, de entre cincuenta años y mil derrotas de edad. Pide disculpas al resto de viajeros, ritual común del pedigüeño, no quiere molestar, como si alguien estuviera haciendo algo importante, como si la vida del resto del pasaje valiera más que la suya, captatio benevolentiae, parece avergonzado, puede que forme parte de un papel estudiado, del anzuelo que tiende para buscar el contacto, disculpen y buenas noches, no querría molestar, voy a recitar unos versos de Rosalía de Castro. Colgado en las paredes del vagón, un cartel pregona versos de un poeta relamido del 27, dentro de la campaña Ni un día sin poesía. En contraste, la turbiedad alcohólica de las palabras balbuceadas por el mendigo, apenas inteligibles, como si fuera consciente de que casi nadie sabe quién es Rosalia de Castro en aquel agujero lejos de cualquier río. Recita los cuatro primeros versos, no parece recordar más, y me tiende la mano, piel oscura, de ese color sin raza que tienen los mendigos con solera. Sé que esa moneda que le doy acabará en vino, pero el recurso a los versos me ha enternecido, su irrupción inesperada, un guiño cultural, frívolo, que bordea el ineludible continente de la tragedia, ese hombre ahora derrotado que, de niño, memorizó aquellos versos sin saber que serían un recurso desesperado, una espada de madera en una batalla perdida.

sábado, 13 de enero de 2018

P'alante




Doy por sentado que tienes en cuenta las repercusiones electorales de lo de Juan Ignacio. Que sí, que parece que de una forma u otra tu estrategia de segundo plano hace que salgas indemne, pero esta vez la has cagado bien. Y perdona que te sea tan franco y directo, pero son ya muchos años a tu lado como asesor y creo que pocas veces me he equivocado. No me gusta disfrazarme ahora de suegra gruñona, pero te lo dije, te dije una y mil veces que Juan Ignacio no era de fiar, que le tiraban más las ansias de figurar que la picha o la cartera. A los amiguetes políticos se les amarra por esas dos cosas y, si las rechazan, malo. Fíjate tú la que te ha jugado en esa puta conferencia de presa, con esos aires de superioridad moral que se da, el mentón bien alto y jugueteando con el rosario del bolsillo de su pantalón. No son de fiar, no son de fiar, sólo se ayudan entre ellos y si no eres de los suyos, de una u otra forma te acabas convirtiendo en su enemigo. Y ahora a ver cómo salimos del embrollo, que seguro que lo hacemos. Lo primero de todo es preparar una coartada, creo que sería bueno utilizar ese selfie que publicaste en año nuevo, cuando saliste a caminar con Pepe y Julián. Que no sé yo cómo mantienes la amistad con esos dos, después de que los defenestraras por lo del fondo agrario. ¿Qué cómo vas a utilizar ese selfie? Joder, está claro. Si estabas por el campo de paseíto con ellos, es materialmente imposible que estuvieras a la vez en Bruselas negociando con el catalán. Que sí, que ya sé que sí estabas en Bruselas y el selfi es de otro día, pero lo que nos ocupa ahora son dos cosas: averiguar cómo se han enterado los amigos de la sotana de lo del encuentro con el exiliado y cómo negar cualquier asomo de acercamiento con los indepes. Ahora no te oigo bien, creo que es la cobertura. Ah, que estás comiendo un polvorón. Qué cojones tienes. Yo recomendándote un logopeda para que pronuncies mejor y tú comiendo polvorones mientras te soluciono la vida. Que sí, que ya sé que para algo me pagas, así es imposible que tengas ni un mínimo de ansiedad. Menuda pachorra tienes, así te va. De bien, claro, que pareces inexpugnable, que yo no trabajo para cualquiera, presidente. Si es que siempre me acabas convenciendo, vale, no me preocupo. Perdona, es que voy conduciendo y he perdido cobertura. Sí, todo claro. No decimos nada, nada de nota de prensa y movemos algún tema en paralelo para dar de comer a los medios. Tenemos en la recámara que el fiscal les meta un buen capón a los subnormales esos del programa nocturno de La Ser. Sí, el gordo de la barba y los otros dos. Eso hará el suficiente ruido. Lo de siempre y p’alante,  presidente. Espera un momento, que me acaba de llegar un Whatsapp de Pepe. Joder. Hostia. Espera, que aparco. Te lo voy a reenviar. Sí, joder, me lo ha enviado Pepe. ¿Cómo no te diste cuenta de que te hizo esa foto? Tranquilízate y vamos a esperar qué quiere a cambio de no pasarla a la prensa. Porque algo va a querer ese hijo de puta. Ya, ya sé que no es delito, que por mear en el campo no has matado a nadie, pero… Joder, no sé cómo decirlo presidente, el cabrón ha sacado la foto en un ángulo de forma que parece que… Cómo que que hable claro. Pues que no sé cómo te pilló, desde dónde te hizo la foto, pero parece que… que la tengas diminuta, joder. Que seguro que es la perspectiva, pero piensa en el daño que puede hacer que esa foto empiece a rular por las redes. Lo entiendo, lo entiendo, no me grites. Lo que sea, le daré lo que sea, me cago en todo, pero por mis muertos que cuando te saque de esta me busco otro curro, que al menos a Clinton se la estaban chupando cuando se la sacó. Que sí, que te digo algo, que no me río, que esto es serio, pero seguro que minimizamos de alguna forma el impacto, en caso de que la foto salga a la luz. Que no, que no quería hacer un chiste. Cuelgo.