domingo, 23 de junio de 2013

Canela



André Breton oye desde la butaca donde está leyendo las Confesiones de San Agustín que alguien sube por las escaleras. Vive en un ático y su único vecino es el del bajo, por lo que no hay posibilidad de confusión. Los pasos se dirigen hacia su apartamento y son el claro indicio de que sus invitados llegan fieles a la cita. Guarda el libro religioso en la estantería que hace las veces de librería y armario de cocina, con el lomo pegado contra la pared, asegurándose de que el título no está visible, se ajusta las gafas, carraspea, arroja a la pileta el té, ya frío, que había olvidado absorto en la lectura, y vuelca en la taza un buen chorro de absenta, con el que aclara la garganta y sus ideas.

Detesta el fuerte sabor del licor que le abrasa el paladar, tanto como que sus invitados hayan acudido a la hora acordada. La impuntualidad debería ser dogma de fe en cualquier artista que se precie y aquella lluviosa tarde de 1924 iba a pasar necesariamente a formar parte de las páginas de la historia de la literatura, por un acto programático, consciente, fundacional. A duras penas le da tiempo a colocar sobre la caja de madera que hace las veces de mesa su manoseado ejemplar de Trabajos sobre hipnosis y sugestión de Freud, antes de abrir la puerta. Se asegura de que la portada quede bien a la vista.

Le incomoda sentirse más nervioso de lo esperado, a pesar de que sus invitados le brindan desde hace tiempo una inquebrantable fidelidad intelectual. Éluard, Aragon, Soupault, todos grandes admiradores de Rimbaud, artistas con la clara intención de transformar el mundo desde la destrucción de los mecanismos psíquicos heredados por la tradición cultural. Antes de abrir la puerta, se da cuenta de que ha cometido un error fatal. Olvidó comprar canela para las galletas.

Aquel descuido fatal lo paraliza. Tenía perfectamente calculados los gestos, las pausas, las palabras que iba a utilizar. Pero, sobre todo, tenía preparada la mención de la canela en el momento adecuado.

No necesita agasajar con dulces a sus camaradas para moldear sus pensamientos, pero la canela iba a dar un toque original e irremplazable en su discurso.  La idea era servir, para acompañar el café de calcetín, las endurecidas galletas que su madre le había hacía ya un mes, temerosa de que desfalleciera en su inapetente intelectualidad. En ese momento, sacaría el sobrecito con la canela, que mejoraría sustancialmente no sólo el sabor de aquellas pastas, sino el futuro  de la insípida literatura vigente. Espolvorearía las galletas con canela, mientras comparaba a todos ellos con el revulsivo que necesitaba el mundo de las artes y las letras, un elemento transformador, revulsivo, resumido en una frase definitiva:

NOUS SOMMES L’AVENIR DE CANNELLE!

Ya no verá los rostros asombrados, las sonrisas cómplices de sus compañeros, el reconocimiento del espíritu del porvenir.  Sabe que está dándole demasiada importancia a una estupidez, que dispone de suficientes recursos oratorios para apoyar su discurso, pero le fastidia que un olvido tonto haya dado al traste con lo que iba a ser el símil perfecto, con la imagen que haría las veces de proemio a la redacción del Manifiesto surrealista. Aferrado al picaporte, su hasta ahora firme convicción trastabilla. No puede quitarse la canela de la cabeza, pensar que no va a disponer del condimento, del toque frívolo y exótico a la solemnidad de las frases que componen el borrador que ha preparado. Sabe que no goza de las dotes evocadoras de Élouard, pero la mención a la capacidad de transformación que el polvo de Ceilán puede tener sobre una materia tan pétrea e insípida como las galletas de su madre, se corresponde en su justa medida con la revolución literaria que todos ellos van a emprender.

 Sin la especia, sus intenciones se licuarán en otra tarde anodina de conversación sobre la necesidad de romper con la herencia del naturalismo,  mientras las lenguas de todos ellos tratarán en vano de resucitar algún vestigio de sabor de las galletas de su madre, que mascarán como los terrones cuarteados de un yermo del que nunca se atreverán a escapar, simples comedores de tierra soñando con arcilla mojada.

Cuando abre la puerta, sus amigos le sorprenden al borde de las lágrimas, pero logra contenerse. Sabe que por mucho que lleguen a un acuerdo, a un momento de comunión intelectual, la tarde, esa tarde que iba a ser, ha cambiado. Falta un detalle en el orden previsto, la canela en las galletas que iba a completar su discurso, el punto de inflexión por el que nunca podrán llegar a ser surrealistas puros. Se deja vencer por su auténtica naturaleza y mientras todos teorizan entusiasmados sobre el movimiento literario que va a romper con todo, ordena con disimulo las cuartillas en las que van escribiendo, coloca por grosor los cigarrillos liados de la pitillera de Soupault, se asegura de que todos los vasos contienen la misma cantidad de bebida y se traga las palabras de un caos que nunca será capaz de expulsar. 

viernes, 10 de mayo de 2013

DOLL



A Jilll le gusta imaginar que encoge hasta hacerse más pequeña de lo que ya es, para poder jugar de tú a tú con las amigas que imagina, las pequeñas habitantes de la casa de muñecas. Aunque nunca ha tomado té, conoce a la perfección el rito, las poses, las palabras breves y amables que ha ido pudiendo rescatar las pocas ocasiones en la que todo el mundo estaba en casa y aparentaban ser una familia.

Jill y su hermana mayor Margaret viven con su abuela en Brixton, un barrio obrero de Londres. Ella no entiende muy bien qué significa obrero, pero su padre siempre está con la palabra en la boca.  Al menos, cuando aparece por casa. Porque papá, según dice la abuela, tiene que trabajar para que ella crezca fuerte y sana y se convierta en toda una mujer. Por eso tiene que viajar a países de nombres extraños y pasa muchos meses fuera. Jill no quiere ser toda una mujer, quiere convertirse en muñeca y vivir en aquella hermosa casa en miniatura que tiene en la habitación que comparte con Margaret. Preferiría que papá dedicara menos tiempo al trabajo, que estuviera cerca y pudiera arroparla entre sus brazos, fuerte, bien fuerte hasta convertirla en un juguete de trapo. Margaret se ríe de sus ideas y le dice que eso no sucederá nunca. Se ríe, pero Jill a veces escucha por las noches cómo su hermana llora al poco de apagar la luz.

No siempre están solas en casa. Mamá a veces tiene que hacer compañía a los amigos de papá, para que no se enfaden con él por estar tan lejos. Jill no conoce el nombre de ninguno de ellos, pero no le importa, porque se quedan poco tiempo, algunos nada más que una noche. Margaret es maliciosa y no quiere a papá; le dijo una vez que él no estaba de viaje, que estaba en la cárcel por robar y que nunca más volvería a verle. Jill prefiere pensar que, si su padre ha robado algo, tal vez fuera la fantástica casa de muñecas que le regaló para su cumpleaños. Por eso parecía algo sucia y usada.


***

 A Jill le gusta imaginar que encoge hasta hacerse más pequeña de lo que ya es, para poder escurrirse como una salamandra, con suerte hacerse invisible a los ojos inquietos que a duras penas adivina bajo la luz de los focos. Algunas de sus compañeras se colocan con un a raya o dos antes de empezar el show, pero ella prefiere imaginar que está actuando en una película. Conoce las poses, las palabras suaves y amables de las comedias románticas que alquilan ella y Annie, su compañera de piso. Son películas pasadas de moda que las hacen llorar como tontas, no saben muy bien por qué.

Jill y Annie no pueden permitise un piso en Brixton, porque, por increíble que parezca, aquel barrio gris donde pasó su infancia se ha puesto de moda y los alquileres están por las nubes. Gentrificación, lo llamaban en un suplemento dominical, según le dice Jerome, su medio novio centroafricano que quiere siempre dárselas de listo y saber las palabras más raras, olvidando las sencillas. Jerome es un poco tonto, pero muy buena persona y la trata bien. Al menos siempre está en casa y la cuida como nadie nunca ha hecho, balanceándola entre sus fuertes brazos, como si no pesara nada, como si estuviera hecha de tela. No le importa que ella trabaje en el club, ni que se desnude delante de desconocidos porque, según él, el cuerpo no es más que la casa del alma y ella tiene alma de muñeca.

Jill sonríe cuando Jerome le dice estas cosas, pero llora cuando él no la ve y le oculta que hay meses que para pagar el alquiler tiene que irse a la cama con algún cliente. Por mucho que necesite ese dinero, siente que se está regalando, se siente sucia y usada, hueca y vacía como el recuerdo de aquella vieja casa de muñecas que arrastra como única herencia.

lunes, 8 de abril de 2013

AQUELLA PLAYA



Volvíamos  a la playa en la que pasé los mejores años de la infancia, con miedo a encontrarnos con una decepción, asumiendo el riesgo de que los recuerdos no encajaran con la realidad. Era improbable que el ya entonces viejo chalet, construido en la misma playa, hubiera sobrevivido a leyes y especulaciones. Quince escalones separaban la terraza, protegida por las piteras, de la arena; quince escalones entre mi niñez y la felicidad.

Mi tío se empeñó en conducir su viejo Seat ranchera color marrón y mi hermana y yo protestamos cuando descubrió que el viejo radiocassette aún funcionaba. Desde siempre, la cinta de éxitos de Julio Iglesias había sido la sintonía incontestable de los viajes veraniegos, a pesar de las protestas de mi padre, aficionado a la música clásica, pero sin carnet de conducir y, por tanto, sin derecho a protestar demasiado. Observando con aire distraído el paisaje, empecé a recordar aquellos viajes tortuosos. Por precaución, mi madre aguardaba al acecho, bolsa en ristre y atenta a los mareos, porque  estábamos poco acostumbrados al coche y no aguantábamos las revueltas del Port de Gallinera. El olor a vómito y a bolsa de plástico era el olor de la vergüenza.

Pero ahora este retorno no admitía angustias o mareos. Me sentía exultante, bendecido por el sol que se filtraba por la ventanilla entreabierta. Habíamos crecido y mi hermana y yo habíamos alcanzado la edad que tenían nuestros padres en aquellos primeros veranos en la playa. Pero no era momento de quejarse por el paso del tiempo: la ilusión de encontrarnos todos juntos de nuevo podía más que la nostalgia. La carretera no tenía nada que ver con aquella otra que ponía a prueba neumáticos y amortiguación. Ahora tenía muchos túneles y menos curvas, estaba mejor asfaltada, descendía de forma imperceptible, como una alfombra extendida desde la sierra alicantina hasta la costa.

Llegamos a la playa de Santa Anna sin tránsito perceptible, como si el coche buscara descansar para siempre, blandamente varado en las dunas. Olía a mar, a ese mar al que siempre he tenido tan cerca y al que luego di la espalda, tal vez por miedo a enfrentarme a las palabras que se pueden escuchar cuando rompen las olas. Para asombro de todos, la casita seguía en pie. No sólo eso, sino que la habían reformado y mostraba mejor aspecto que hacía treinta años. Todos lucíamos la misma sonrisa en los labios, paladeábamos los recuerdos a la caza de todo aquello que hubiera sobrevivido al paso de los años, de cualquier detalle, de cualquier rincón encadenado a viejas fotografías. Por ejemplo, aquella mesa plegable en la que el abuelito me enseñó a jugar a las cartas, o el pequeño huerto que mi hermana, con apenas tres años,  regaba con la manguera.

Me reconfortaba la risa de mi madre, el humor ácido de mi tío que acabé heredando, mi padre cargando la sombrilla, fumando su pipa con aire satisfecho, con aire de marinero que acabó enredado en los telares de las fábricas, la sonrisa de mi hermana, idéntica a aquella foto en la que parecía lanzarse al vacío desde la pequeña motora de los vecinos. Yo observaba todo en silencio.

Tendimos las toallas bajo la sombrilla y mi madre sacó las tarteras. Ojo, había que dejar pasar dos horas antes de bañarse, como si fuéramos críos. El sabor dulce del pimiento asado, enramado de aceite de oliva, con el contrapunto de bacalao, la sempiterna tortilla, el sofrito de conejo con tomate. Yo protestando por la estampa casi folklórica de la familia pasando el día en la playa, por el inevitable grano de arena entre los dientes. Prefería ir al bar, pedir unas tellinas, como las que cogíamos con el rastrillo en aquellos años, cuando éramos pequeños expoliadores de las costas.

Hacía calor y al rato todos decidieron meterse en el agua. Me quedé leyendo un rato, pero había comido demasiado y no podía concentrarme. Eché un vistazo de nuevo a la casita, que estaba a pocos metros a nuestra espalda y vi que había gente en la terraza. La brisa me traía fragmentos de su conversación. Sonaba a francés. Nos miraban con curiosidad, con una pose de distanciamiento estudiado. No pegaban para nada en aquella playa olvidada por el turismo masivo, todos vestidos de negro, con pantalones largos y gafas de diseño. Esbocé un gesto de saludo, pero no debieron verme, o eran demasiado maleducados para devolvérmelo.

Al rato volvieron mi hermana y mi padre, resoplando de satisfacción por el baño. Se tendieron a mi lado y dirigí de nuevo la mirada al mar. Mi madre y mi tío seguían en el agua. No nadaban, simplemente estaban de pie, observándonos. Empezó a inquietarme que estuvieran tanto tiempo dentro del mar, pero mi padre y mi hermana parecían tranquilos, me miraban queriendo darme a entender. La arena sobre la que estaba tendido empezó a cobrar otra consistencia, la brisa era ahora de tela, eran colchón, sábanas, ahogo en el pecho al sentir de nuevo el punzante momento de lucidez, la consciencia que te arroja algas a los pies.

domingo, 3 de marzo de 2013

CLÁSICOS 2.0

Aquí os dejo la recopilación de los tuits que he ido pariendo sobre escritores clásicos en la era de las nuevas tecnologías. Más o menos afortunados, espero haber arrancado alguna sonrisa, que es de lo que se trata.

Mi cuenta en Twitter: @robertllopis



Jorge Manrique gestionando la enésima web de remember ochentero y nostalgia para cuarentones.

Salvador Espriu escrivint una versió zombi de Cementiri de Sinera.

Gil de Biedma escondiendo barriga para la foto de perfil de una página de contactos gáyers.

Rosalía de Castro buscando cobertura para su smartphone, lamentándose entre pazos, ribas y vacas.

Sartre haciéndose autofotos con el móvil hasta salir guapo, agotando la batería sin conseguirlo.

Herman Hesse con una cuenta de Twitter blindada, sin seguir a nadie, sin seguidores, esteparia.

Lord Byron buscando ofertas para un crucero de singles por las islas griegas.

Julio César entrando en Foursquare nada más cruzar el Rubicón.

Góngora troleando a Quevedo, diciendo que su perfil no cabe en una pantalla plana por culpa de la nariz.

Galdós publicando en un periódico digital sobre la crisis, limitándose a cambiar las fechas y los nombres.

Faulkner ganando un festival online de cine independiente, plagiando Amanece que no es poco.

El autor de El Lazarillo de Tormes blindando la configuración de privacidad de su cuenta de Facebook.

Josep Pla... bueno, Josep Pla pasando hasta el culo de Internet y comiéndose una sardina a pellizcos.

Pablo Neruda entrando en un chat de poesía y abriéndole privado a todos los nicks acabados en -a, tratando de pillar cacho.

Jane Austen enganchada a vertenelovelas.net, sin escribir una puñetera línea en su vida, pero suspirando mucho.

El Marqués de Sade pasado de rosca, harto de ver vídeos de bondage, bajándose series españolas.

Santa Teresa de Jesús muy puesta en foros de cultivo de setas.

Hemingway comprando Viagra por Internet.

Homero buscando ofertas baratas para un crucero por el Mediterráneo

Tolkien horrorizado por las imitaciones de su obra, por todos los foros y juegos con elfitos; volviendo al pasado y quemando sus novelas.

Borges obsesionado con fabricar un servidor que aloje todo el PORNO de Internet y llamarlo Megaleph.

Oscar Wilde enganchado a un juego de vestir a las Monster High.

Ruben Darío componiendo canciones para Wendy Sulca y La Tigresa del Oriente.

Jorge Manrique entrando a webs macabras: fotos de accidentes, autopsias, fotos de niños antiguos muertitos en sus camas.

Gómez de la Serna siendo el puto amo de Twitter, comentando programas basura de TV y con un podcast de greguerías.

Maquiavelo leyendo todos los días la edición digital del BOE, frotándose las manos con satisfacción.

Virgilio contratado como webmaster para una cadena de pizzerías, inventándose la historia del fundador, poniéndolo por las nubes.

Lope de Vega un poco pesadito, creando 1800 eventos en FB para el estreno de cada una de sus obras de teatro.

Lovecraft mirando fotos de sepias, pulpos y calamares en Google Images, mientras se toca.

Valle Inclán venciendo con el estilismo de su barba en el mundillo de los Flickr hipsters.

Dostoievsky jugando al poker online, al casino virtual, enganchado a Betfair, al parchís, a lo que haga falta.

Larra presentando la declaración de la Renta por Internet.

Bram Stoker intercambiando mails subiditos de tono con una gótica, asegurándole que es todo un empalador.

Bukowski tecleando "asdfgghijjk" en un chat, a las cinco de la madrugada.

Virginia Woolf con una foto de una modelo australiana en su perfil de Meetic, poniéndose las botas.

Miguel Hernández picando cebolla sobre la tablet de García Lorca.

Kafka escribiendo un blog sobre material de oficina que no lee ni su madre. Que si las mejores grapadoras, que si los peligros del tóner.

Henry Miller enganchado todo el día a Xvideos, tomando nota con una libreta y un rollo de papel higiénico al lado.

Asimov trolleando en foros de Star Trek, soltando que Spock es un robot amanerado, que sus cejas son de fibra de vidrio.

Pérez Reverte entrando en Twitter los domingos, para soltar una diatriba política. Ups, que ya lo hace.

Nabokov haciéndose pasar por una colegiala en un chat de sexo de IRC.

David Foster Wallace editando entradas y añadiendo pies de página en la Wikipedia, siendo muy puñetero.

Poe colgando fotos de cementerios y de gatos en Instagram.

Bécquer dándole al me gusta a todas las publicaciones de tías a las que quiere tirarse, enganchado a FB, poniendo morritos en las fotos

Quevedo siendo un tuitstar, dándole fuerte, siendo el Puto Amo sin escribir un soneto en su vida.


jueves, 21 de febrero de 2013

AL MEJOR POSTOR




Xuang está apostado en la puerta de la diminuta tienda de venta de ropa al por mayor. Ha salido a fumar su trigésimo cuarto cigarro del día, que ha apurado con desesperación, como si con las hebras de tabaco pudiera arder también el aburrimiento que le adormece. A sus espaldas, se amontonan los fardos de ropa que ha recibido esta mañana, comprados  al peso y alineadas a ambos lados de la tienda, como un ejército de espectros adormecidos, hileras de perchas de las que cuelga una muestra de la peor moda de importación. Envolviéndolo todo, el aroma punzante y sintético del textil barato. Frente a él, la estatua de Cascorro, el héroe metálico detenido en su gallardo avance. Entre sus dedos, atrapada en la pinza de sus largas uñas, una bolita de moco.

A esas alturas del día ya no espera cerrar grandes ventas, pero cualquier negocio necesita mantenerse abierto el tiempo que sea necesario, por pequeño que sea el margen de ganancias que se pueda obtener en lo que queda de tarde. Los carretilleros ya han cargado en las furgonetas que aparcan en la plaza los pedidos más importantes, así que sólo tiene que esperar, un día más, a que sea la hora de bajar la persiana. Queda, como mucho, la posibilidad de que algún curioso despistado se atreva a entrar preguntando si venden al detalle.

Aunque las ventas de piezas sueltas no representan ni el uno por ciento de las ganancias del negocio, todo dinero es bien recibido, por escaso que sea. Un cinturón, una falda, siempre se logra colocar algo más de lo que busca el cazador de chollos de turno.  Además, conviene granjearse la amistad del vecindario. Desde la Operación Dragón, todos los comerciantes chinos se han vuelto más cuidadosos y sólo venden al detalle a gente que saben que es del barrio, por miedo a caer en alguna inspección trampa.

Xuang sabe que las ventas no son tan buenas como antes de la crisis, pero prefiere mil veces dejar pasar las horas muertas encerrado en la tienda, a apostarse por las zonas de ocio vendiendo cervezas a un euro. Lo hizo durante sus primeros meses en Madrid, hasta que aprendió los rudimentos básicos del lenguaje para poder llevar a cabo una transacción comercial que fuera más allá de intercambiar una lata por una moneda.

Por lo general, el trabajo está medio hecho y los compradores habituales, propietarios de tiendas de barrio y de puestos de mercadillos, acaban cayendo en la misma trampa, aunque les guste revolotear entre los distintos mayoristas que salpican el barrio. A Xuang le cuesta reprimir una carcajada cuando alguien rechaza su oferta y se mete en el establecimiento de al lado, que es también propiedad de su tío, como otras cinco que tiene repartidos en menos de cien metros a la redonda. Al final, los beneficios van a parar al mismo bolsillo, ya que los vendedores como él no son más que simples asalariados, que sólo están interesados en cumplir sus obligaciones con eficiencia, para seguir ahorrando con tenacidad.

Sólo echa de menos el periodo transcurrido entre las latas de cerveza y el textil, cuando trabajó en una verdulería. Aquel trabajo le recordaba al menos los tiempos en los que se ganaba la vida en el campo, al aire libre y además la tienda se llenaba de jovencitas vegetarianas de buen ver que le alegraban el día.


Domingo y su señora esposa están a la caza de nuevo género para su negocio de venta de ropa ambulante. Después de años dando tumbos por todos los mercadillos de la comunidad de Madrid, han conseguido instalarse en el Rastro y mantener un puesto fijo en la Plaza Vara del Rey. El negocio es redondo, porque ahorran en gasolina y además se relacionan con lo más florido de la raza calé, al menos en materia de venta de bragas, calzoncillos y calcetines. Saray, su mujer, es una experta en vocear las excelencias del género que venden, con una mezcla de salero y habilidad fenicia para el comercio que la convierte en el mejor reclamo para las amas de casa ávidas de gangas.

La pareja de gitanos entra en la tienda de Xuang como Pedro por su casa, toqueteando todo el género sin decir ni buenas, con un gesto de desagrado y escepticismo bien estudiado, como marcan los cánones del buen negociador. Nada de mostrar interés por lo expuesto, por mucho que les agrade. Entre ellos, se hacen señas para ponerse de acuerdo sobre lo que les interesa, pero sólo él lleva la voz cantante.

- Hola, Juan ¿a cuánto están las sudaderas?

Xuang, que no repara en la españolización de su nombre, contesta como un autómata, con una sonrisa a media asta.

- Seiselos, mínimo dies unidades.

- Claro, hombre, y yo soy la Duquesa de Alba – resopla Saray, que deja caer al suelo la enorme bolsa blanca cargada de género que arrastra como si fuera un satélite girando alrededor de su enorme corpachón.

- Anda Juan, no me jodas, te doy 50 euros si me llevo 20, ¿a que sí, payo chino?

- Seiselos, mínimo dies unidades.

Domingo estudia el rostro impertérrito del chino, enfadado por no poder interpretar el más leve atisbo de duda.

- Vámonos Saray, que seguro que encontramos algo mejor en la tienda de al lado.

En ese momento, entra en el diminuto establecimiento, ya hacinado por la rotunda presencia de los dos gitanos un joven delgaducho, luciendo la barba de rigor entre el sector masculino de Lavapiés. Se quita los auriculares del Ipod en el que está escuchando el último álbum de un grupo de trip-hop noruego y hace la pregunta de rigor.

- ¿Vendéis al detalle? ¿Qué valen estas sudaderas’ – pregunta, señalando las mismas que hasta hace un instante eran objeto de deseo.

Xuang de inmediato desvía la atención de Domingo y su esposa, para evaluar las probabilidades de vender al detalle a aquel sujeto. Le suena haberlo visto tomar cañas en la terraza de los Caracoles, con la suficiente asiduidad para considerarlo vecino de confianza.

- Quinseulos unidad.

- Genial, me quedo esa verde con la letra china estampada. ¿Qué significa?

- Dlagón – miente Xuang, que siempre responde lo mismo.

Domingo y el comerciante cruzan una mirada cómplice y guardan silencio, hasta que el joven sale a la calle.

- Venga, va, dame veinte sudaderas, aquí tienes cien euros y no se hable más, que seguro que las puedo vender a pardillos como ese.

Xuang asiente con la cabeza y, tras contar los billetes arrugados que le entrega el gitano, mete el pedido en una gran bolsa blanca que prepara para la satisfecha pareja, que piensa que ha hecho un buen negocio al rascar un euro a un chino. Cuando se queda solo en la tienda, sonríe por primera vez con ganas, mientras anota en la hoja de cuentas “20 sudaderas, 100 euros”. Sin soltar el dinero de la mano, pasa al almacén de al lado para encargar un nuevo fardo de 50 kg de sudaderas.

domingo, 10 de febrero de 2013

Puente

Escrito para el taller Bremen, con la premisa de escribir un relato sólo con diálogos y sin acotaciones.


―Otro cinco. Puente.
―¡Pues ya me estoy empezando a hartar de los puentecitos de los cojones!
―¿Y qué quieres que haga? Si saco un cinco, no puedo hacer otra cosa.
―¿Pero tú crees que tu madre se va a enterar de lo que has sacado? Ya no es que esté sorda, es que le tengo que mover yo las fichas, porque no ve ni los puntitos del dado.
―Tú a la tuya, a meterte con mi madre, que no tienes otra cosa mejor que hacer.
―Pues se me ocurren varias mejores que pasar la tarde del domingo jugando al parchís con una suegra medio muerta y con el pichafloja de mi marido.
―Paqui, no empecemos a faltar al respeto. Las reglas son las reglas y estoy obligado a sacar ficha de casa. A ver si ahora voy a tener yo la culpa de que sólo tengas una ficha en el tablero y que ahora te cierre yo el paso.
―La boca te voy a cerrar yo el día que me largue de casa, a ver si te vas a pensar yo que no tengo pretendientes, que aún me conservo bien, para mi edad.
―Claro que sí, te conservas mejor que el lomo de orza, perdona… que el lomo de lorza. Segurao que más de uno te iba a comer mojando pan.
―Mira, no digas más tonterías y dale el dado a tu madre. Pero por Dios, si se ha vuelto a dormir. ¡Maruja, despierte, que le toca!
―¡Ay, hija, estaba soñando con un novio que se me murió en la Batalla del Ebro!
―Usted ha tenido muchos novios y un hijo tonto. No se puede tener suerte en todo. Ea, tenga.
―Pero mamá, ¿qué haces? ¡Que no es un terrón de azúcar!
―Déjala, a ver si se atraganta y nos deja descansar en paz.
―Paqui, haz el favor de no faltarle al respeto a mi madre. Mamá, sácate el dado de la boca, déjame ver, abre. ¡Pero bueno!, ¿pues no se lo ha tragado?
―Capaz será, pero no te preocupes, que mientras no saque un cinco en el buche, no le hará tapón.
―Muy graciosa, pero ahora díme qué hacemos.
―Era un chico muy guapo, me dijeron que había muerto en el frente, pero luego me enteré de que le había caído un saco de arena en el cogote mientras montaban una trinchera y que se desnucó como si fuera un conejo. Con lo que me gustaba a mí el arroz caldoso con conejo y ahora no tengo buenos dientes para repelar la cabeza.
―¿Se puede?
―Mujer, Zuleida, ¡qué susto me has dado! Entra, entra, que a mi suegra se le ha ido la cabeza y es mejor que ver la novela de la tele.
―Ya será menos, si está fresca como una rosa… precisamente le traía a doña Maruja un encargo que me pidió.
―Muchas gracias, Zuleida, no sé que haríamos con mi madre si no fuera por ti. Si te apetece jugar un rato, a medio euro la partida.
―Gracias, Antonio, pero tengo el cocido en el fuego y me da miedo descuidarlo.
―Haces bien, el otro día salió en la tele que a una gitana le explotó la olla exprés y la encontraron con la cabeza abierta y llena de garbanzos. Y supongo que en el Caribe no estaréis acostumbrados a esos avances
―Pero qué bruta eres, cariño. ¿A qué viene asustar con esas historias a la pobre Zuleida? Quédate aunque sea un rato, que estas ollas modernas.
―¡Zule! No te había visto. Me has traído lo que te pedí?
―Sí, señora Maruja, no se preocupe que luego se lo doy.
―Anda, mira cómo resucita cuando le interesa. ¿Y a qué viene tanto misterio? Suegra, ¿se puede saber qué le has pedido que compre?
―Una cosa sin importancia, como un relicario. ¿Podemos seguir jugando, ¿hijo?
―Bueno, con el permiso de ustedes, yo me retiro. Aquí le dejo esto, doña Maruja…
―Gracias, cariño, le daré buen uso. ¿Está dentro de la cajita, verdad?
―Sí, tal y como me pidió. Que pasen una buena tarde, mañana vengo a repasar los baños.
***
―Oye, ¿seguro que a tu madre le has puesto descafeinado? Parece otra, mira cómo saca la lengua mientras mueve la ficha
―Mira que te tengo dicho que no me gusta que hables de ella como si no estuviera delante. Déjala jugar en paz.
―Y con este cuatro, te como la tercera ficha, y me cuento veinte, nuera. Yo de ti iría con cuidado, porque estoy en racha.
―Si es que parece otra. Ayer pensaba que íbamos a tener que sacar el testamento. Y hoy, ya ves. A mí me escama esa mucama, no me extrañaría que el diera buchitos de ron a escondidas, o vete a saber qué hierbas exóticas.
―Claro que sí, Paqui. Ahora resulta que Zuleida será una narcotraficante.
―Una bruja es lo que es, que me ha dicho la portera que todos los días preguntan por ella gente de su país, que se llena el portal de negritos y que un día uno de ellos llevaba hasta un gallo metido en un cesto.
―Serán familiares, mujer, a ver si no va a tener derecho a que la visiten. Bastante favor nos hace cobrándonos cuatro duros por limpiar la casa y entretener a mamá. ¿Verdad, que sí?
―A mi Zuleida no me la toquéis, que sabe lo que sufro en esta casa.
― Claro que sufre usted, porque ya no sabe cómo hacernos la vida imposible ¿Pero se puede saber qué tiene metido en el bolsillo de la bata que no saca la mano de dentro? Antonio, que yo creo que esta mujer nos toma el pelo.
―Mamá, venga, que te vuelve a tocar.
―¿Y ahora qué murmura? No entiendo lo que dice. Ya está, la embolia, le ha dado una embolia.
Muñumuñumuñumuñu... Un tres. Si saco un tres te como la última ficha…Todas las fichas reunidas en la casa de los muertos. ¡Tres!
― ¡No es justo, esta mujer va en mi contra, mírala como se ríe, será posi…
Muñumuñumuñumuñu.
― Paqui, ¿te ocurre algo? Estás blanca como la pared. ¡Paqui, que te caes!
― ¡Mamá, por favor, deja de reírte así, que me estás asustando! ¡Y deja ya de darle al cubilete!
― Que le dé recuerdos al soldadito desnucado, hijo. Yo cuento veinte y sigo jugando.