Uno sube los escalones con cierto apremio, a pesar de la lluvia que le espera, embozado en ese aroma ligeramente pútrido del metro, un olor que no resulta del todo desagradable debido al acomodamiento diario, pero que no puede evitar asociar con pelusas arrinconadas en los escalones, flatulencias que vagan fantasmagóricas en busca de un culpable, barandillas y asientos de tacto pegajoso, periódicos vejados por mil manos que pagan su gratuidad y se reconoce empujando el gozne endurecido de la puerta plenamente ensimismado, imaginando una enorme axila, la monstruosa compilación de todos los sobacos de los viajeros, un monstruo quimérico, hirsuto, que arrastra su fetidez por los túneles.
Y sin saber cómo, pocos escalones más allá, stairway to heaven, la luz entra a su vida en forma de melodía dabadaba, le viene a la cabeza la banda sonora de Sor Citroën, y distingue a dos chinas saleseras apostadas a contraluz, como cancerberas comerciales que dan acceso al barrio de los mayoristas. Apostadas justo a la salida de la boca del metro, pronuncian unas palabras mágicas, un amable balbuceo cuya estructura fonética no se acaba de distinguir, pero que entiende cuando echa un vistazo al racimo de objetos desplegables que balancean entre sus manos.
- Pababas, pababas...
Y uno agacha la cabeza y sonríe bajo la bufanda, tarareando la palabra cazada con el sonsonete de la película de Gracita Morales, y no le importa no tener un pababas que le proteja de la lluvia, porque al fin y al cabo, bien vale la pena un día gris, si acaba uno riendo como un tonto por la calle.





