miércoles, 5 de octubre de 2011

Álex


Hace más de quince años, entre el lapso de dos muertes maternas que iban a unirnos,  mi mejor amigo se suicidó. Cincuenta metros y una barandilla baja: una vieja tradición alcoyana. Era demasiada muerte para tanta juventud, apenas veintiún años madurados a fuerza de un nihilismo innato y destructivo, que se callaba entre risas. Se quedó atrás, fijado para siempre en su lacónica reserva, en su aridez de tímido reconvertido, parapetado tras la dureza de los grupos de heavy metal.  Algunos, aferrados a la nostalgia, seguimos compartiendo gustos con él y, como si prosiguiéramos una de aquellas interminables conversaciones entre cáscaras de pipas, muñequeras de clavos, elfos y baloncesto, pensamos en los acordes y en las discografías que  no debieron ir más allá, en las películas de aquel libro que nunca entendimos por qué no se llevaba a las pantallas, en españoles jugando como rusos y yugoslavos al baloncesto, en las risas que no llegamos a echarnos, en todo lo que se ha perdido el caminante que decide quedarse en casa, cerrar la puerta con llave y apagar las luces para siempre.

jueves, 8 de septiembre de 2011

DESGRAPADOS

—   Oye, la grapadora…
— Está donde la dejaste, sobre la caja de folios.
— Ya, pero no tiene grapas, ¿no tendrás unas pocas? Ya sabes que cuando hay que pedir material arriba, Joaquín no hace más que protestar.

Él rebusca en el cajón de su escritorio con una media sonrisa, que no es tal, sino músculos en acción, logrando una torsión adecuada de los labios, que codifican un gesto de complicidad rutinaria, pero que ella malinterpreta como una señal de amabilidad, una pista que traduce en su propio beneficio como un leve indicio de afecto. Se siente halagada por el hecho de que él haya estado atento, que sepa dónde había olvidado
la grapadora. Se lo imagina siguiendo sus movimientos distraídos, tal vez atento a lo bien que le sienta la nueva falda. Mira a su alrededor. La oficina es pequeña, pero todos parecen estar inmersos en su trabajo, atemorizados por la presencia del supervisor y por la precariedad de sus puestos. Tiene una ocurrencia. Todos ellos no son más que alevines en un mar revuelto, en el que escualos famélicos se ponen de acuerdo para alimentar a los grandes buques balleneros con la carne del más débil. Ella sonríe para sus adentros, sabe que la capacidad para fabular es una de sus grandes virtudes, oculta a los ojos más simples, a la espera de que alguien sepa valorarla, de descubrir el tesoro que guarda su corazón. Sus amistades le dicen que debería dar un paso adelante, atreverse a presentar a sus superiores alguna de las cosas que escribe. Ella teme que descubran que las escribe durante el trabajo, cuando finge que repasa de nuevo el trazado de filas y columnas de las tablas de Excel que componen su particular prisión. A ella no le importa medrar en la empresa, sino ser reconocida, valorada, estimada. En especial, por el chico alto y de anchas patillas.

Teme haber sido un poco descarada, que él se haya dado cuenta de que la pregunta sobre la grapadora era una excusa para entablar conversación. Especula y se atreve a deducir que bajo aquella sonrisa se oculta un interés auténtico. A ella no se le escapan esas cosas. Él fue el primero en aprender su nombre, en sentarse a su lado en el comedor, aunque luego no le dirigiera una sola palabra, con la mirada clavada en el tupper, ambos masticando en silencio.

Ella le ama, no es necesario alargar mucho más
la exposición. Considera que él merece un puesto mucho mejor, que está demasiado cualificado para ejercer un trabajo meramente administrativo. Por supuesto, piensa todas estas cosas porque es joven, porque es ingeniero, porque es atractivo. En el fondo, porque es el único hombre menor de cincuenta años de su departamento y porque nunca ha tenido novio.
Al otro extremo, él se columpia en su inseguridad, teme que ella se le acerque con alguna intención oculta. Le han ascendido recientemente y no quiere perder su posición por un lío de faldas. Sería algo impropio de él, tan seguro en su carrera profesional, y a la vez tan apocado en su vida privada; en su vida privada de afecto. La soledad le ha enseñado a colocar el exponente del deseo insatisfecho sobre la base de cualquier indicio de acercamiento, provenga de donde provenga, por muy leve que sea. En este caso, ella le pone nervioso, porque parece estar siempre en tensión, como si estuviera a la espera de que alguien diga algo desagradable sobre su aspecto o su forma de vestir. La ha observado y cuando cree que nadie la ve relaja el gesto, esa sonrisa reseca que luce a todas horas, y su rostro parece transformarse: durante un breve interludio dramático: se convierte en una mujer amargada, las patas de gallo se le acentúan como los pliegues de una sábana y parece conversar consigo misma en voz baja. La ve accesible en su brusquedad y él compone escenas de un sexo brusco y repentino por las noches, excitándose más por el aumento de probabilidades que por la carne que imagina.

La rutina diaria contrarresta cualquier fantasía, por mucho que ella busque el encuentro y construya destinos imposibles y él se masturbe por las noches recreándose en supuestas facilidades. Así que se acomodan en sus puestos de trabajo y dilatan sus quehaceres hasta el fin de la jornada, tratando de no molestar, para no ser molestados. El resto queda en manos de la iluminación fluorescente de la sala, del parpadeo imperceptible de los monitores, de la letanía de los correos electrónicos, de la carcasa del lenguaje corporativo, de las normas de protocolo y cobardía, de la seguridad laboral, de los estándares de calidad que se saben inútiles, del zumbido de la fotocopiadora, de las miradas desviadas hacia la única ventana, y del correteo del ciempiés que camina sobre todos los teclados, escribiendo un mensaje incomprensible de renuncia.

domingo, 7 de agosto de 2011

Las gárgaras del diablo

Por mucho que renuncie a la poesía, me persigue la idea de torcer el brazo al lenguaje, de conseguir esa fusión de imágenes, el balbuceo primigenio de los sueños. Balancearse sobre el filo de dos realidades.

El rumor del agua antes de empezar a hervir, las gárgaras del diablo.

Ayer escribí esas palabras y abrí de nuevo la puerta.
 
Sus bisagras son mandíbulas oxidadas, fauces  que custodian la humedad, que guardan el silencio que encorseta las palabras que nunca diré, el mismo silencio que trata de deshacer los huesos del cadáver con su lengua de sapo. La muerte está siempre acechando y las piruetas del bufón que acabará desnucado no sirven para mucho, tal vez como diversión de un hipotético espectador. La muerte es el silencio, como siempre.

No sé por qué me empeño en tratar de contar historias, en estar tras la cámara y la claqueta de la escritura. Todos queremos ser actores de nuestro propio guión, pero a veces hay que asumir el papel de espectador . Tal vez debería escribir menos, olvidarme de las palabras, tratar de vivir. Pienso en ello estos días.

jueves, 14 de julio de 2011

¡MIAU!


Andreu Casacuberta sabía excederse como nadie en el celo escrupuloso de sus funciones, hasta el punto de convertir en placer la denegación. Era sutil, taimado como un gato sarnoso al servicio de una vieja avara y solitaria que, para no perder la razón, necesitara profesar un cariño incondicional a un animal detestable. Esa vieja era la caja de ahorros para la que trabajaba y aunque él no sabía ronronear, hacía buen uso sus zarpas. No admitía caricias, halagos o lisonjas de ninguno de los infelices que se sentaban a su mesa, tratando de obtener su favor. Porque para Andreu Casacuberta no había clientes, sino suplicantes que merecían ser humillados.
         A la hora del café, permanecía en su puesto, leyendo complacido las necrológicas e imaginando qué cúmulo de desdichas se escondían tras aquellos responsos, flanqueados por los anuncios de contactos y los ecos de sociedad, a despecho del descanso eterno de los distinguidos difuntos. Imaginaba las hipotecas que penderían sobre los herederos, como una mortaja imposible de rechazar. A efectos prácticos, pensaba, daba igual comprarse una casa o un mausoleo, porque en ningún caso nadie iba a sobrevivir para cobijarse en un techo de su plena propiedad.

Sobre el escritorio de Andreu, organizado al milímetro en su austeridad, una vieja fotografía de su madre, que parecía reprender el carácter severo de su hijo con la mirada, un pequeño crucifijo que se había negado a retirar, pese a las continuas indirectas del director sobre el carácter laico de la entidad, y una edición vieja y manoseada de El Príncipe, de Maquiavelo. En el cajón superior de la mesa, ocultos a la vista de los curiosos, una pistola y otro libro. La pistola, de fogueo, con la que jugueteaba simulando suicidios y hacía bromas pesadas a sus compañeros. El libro, su único solaz, las obras completas del Marqués de Sade, para las tardes en las que decidía quedarse en la sucursal realizando tareas que postergaba con la intención de quedarse solo, de disfrutar del silencio sacro de aquel espacio en el que tantas esperanzas habían sido depositadas, para mayor ganancia de la entidad.
         La mañana en la que Andreu Casacuberta se dio la vuelta como un calcetín no tuvo nada de especial en su arranque. El desayuno frugal, como siempre, compuesto de café frío del día anterior y un par de galletas reblandecidas. La higiene personal, de mínimos, en la pila, apenas un leve repaso en el torso y las axilas con las manos humedecidas, tratando de desgastar lo menos posible la pastilla de jabón. La ducha era un lujo reservado a los domingos, cuando se ponía su único traje nuevo en su escaso uso, una negra antigualla heredada de su difunto padre, y que aún no había tenido que reforzar con coderas, como las que solía lucir en la sucursal.

         Salió de casa con el bocadillo bajo el brazo, sintiéndose un poco travieso por la perversa novedad que iba a permitirse. Él sí sabía qué era la austeridad y la contención de gastos. Cuando todos sus compañeros salieran disparados en busca de los hogares o las cantinas en las que despilfarraban su salario, él se quedaría a solas, con la única compañía de la mujer de la limpieza, que ya se había acostumbrado a tolerar su presencia y que a veces estaba tentada de pasarle por encima el plumero, como si se tratara de una estatua erigida al oficinista impenitente.
         Cuando todos salieron, Casacuberta abrió el bocadillo como si destapara el cofre que atesoraba su racanería alimenticia. El contenido parecía jugoso, pese a que había utilizado la cantidad justa para untar una leve pátina de aquel mejunje con olor a sardina. Aunque alguien hubiera podido observarle, estaba seguro de que no se habría percatado de que aquel tentempié no estaba hecho de paté al uso, sino que contenía comida de gato. Frunció un poco el ceño, cuando su paladar pareció rechazar aquel sabor a lonja, pero pensó en el ahorro que supondría aquella novedad dietética

         Tras dar buena cuenta del bocadillo, fue al lavabo y orinó en el aseo de las secretarias, una licencia morbosa que se permitía cuando se sentía dueño del edificio. Se enjuagó la boca y regresó a su puesto de trabajo, mordisqueando un palo de regaliz, sentado en su rectilínea silla de madera, repasando los datos de su siguiente víctima.
         Era el típico caso de un descerebrado en busca de otro crédito personal en el que seguir empantanándose. De poco más de treinta años, amigo de un amigo de un sobrino del director, que había accedido a que acudiera a la sucursal después del horario de atención al cliente. Por lo general, por las tardes sólo se recibía a los clientes con posiciones importantes, pero el director había querido dar una lección a su sobrino de forma indirecta, haciendo que la solicitud fuera tramitada por el más implacable de sus empleados.

         Andreu Casacuberta pulía sus colmillos con un mondadientes cuando oyó el timbre de la entrada. Salió a recibir a un joven pálido y sudoroso, vestido con una camisa mal planchada y unos pantalones vaqueros que empezaban a clarear por la zona de las rodillas. Tras el intercambio acostumbrado de fórmulas de cortesía, ambos se sentaron en el escritorio
         — He estado contrastando sus datos personales con los requerimientos que exige hoy en día la entidad, señor Valls. Me temo que estamos muy lejos de llegar a un punto de conciliación.
—    ¿Qué quiere decir con eso?
—    Verá, su contrato no es indefinido y el préstamo hipotecario lo mantiene con, digámoslo así, nuestra querida entidad rival, cuyo nombre omitiré.
—    No, desde luego que el contrato no es indefinido, pero si se fija en la fecha de contratación, llevo más de siete años trabajando por obra y servicio.
—    Lamentablemente, no está en nuestras manos resolver la precariedad del mercado laboral, señor Valls. Claro, que podría usted aportar algún tipo de aval bancario.
—    ¿Aval bancario? Pero si les estoy pidiendo un crédito de tan sólo seis mil euros para pagar las letras del coche y poder seguir trabajando.
—    ¿Tan sólo? Ya veo lo poco que valora usted el dinero, un crédito para pagar otro crédito, muy acorde con los tiempos que corren. Por suerte, las entidades financieras hemos vuelto a la cordura. — Casacuberta sintió un ligero picor tras la oreja y se rascó con un gesto rápido. El bocadillo de Friskas le estaba repitiendo un poco y además notaba un calorcillo intenso que le nacía en el pecho y empezaba a expandirse por todo su cuerpo.
—    Ustedes, los jóvenes, se piensan que las peras caen del olmo y que ni siquiera hay que pedirlas. — prosiguió — Pues no, el olmo como mucho da sombra, y ésta no es gratuita.

El banquero bostezó de forma estentórea, asomando la lengua de manera grotesca, mientras arqueaba la espalda y alargaba todas sus extremidades, hasta sentir un placentero crujido. El joven, mientras, había enrojecido, furioso por aquellas muestras de falta de respeto.

—    Mire, yo seré joven, pero usted no ha aprendido a tener una pizca de humanidad en todos sus años de trabajo indefinido. Necesito ese coche para seguir trabajando, para dar de comer a mi familia. Tengo esposa y dos hijos.
—    Si tuviera usted mascota, podríamos reconsiderar la oferta. —Dijo Casacuberta, entre risitas.
—    Cabronazo…
El joven trató de sujetar al oficinista por las solapas, pero éste subió con un ágil e inesperado salto sobre la mesa, tumbando el crucifijo y el retrato materno. Tenía el pelo erizado, como si estuviera bajo el efecto de la electricidad estática.
—    Atrévete iluso, atrévete a tocarme a mí o a un solo céntimo de esta santa casa y te marcaré la cara para toda la vida. Estúpido despilfarrador, huelo desde aquí tu olor a perro holgazán.
—    Esto no quedará así, presentaré una reclamación al Banco de España. ¡No se puede tratar de esta manera a un cliente!

El joven, espantado, salió sin dar la espalda a aquel viejo loco. Andreu Casacuberta se lamió las manos, bajó de un salto de la mesa, abrió su archivador y esparció todos los expedientes por el suelo, añadiendo el del joven Valls a la pila de legajos. Aún a cuatro patas, inclinó la pelvis hacia adelante, bajó la cremallera de su pantalón y orinó sobre el montón de papeles, maullando de placer.

martes, 5 de julio de 2011

SEPIA

Aquella mañana, su madre tomó una de sus acostumbradas decisiones irrefutables: irían a comer a una fonda de la vecina población pesquera. No había lugar para pataletas o lloriqueos. Una infancia encorsetada por la disciplina y el sometimiento le había enseñado que no servirían de nada, así que se ahorró cualquier muestra de descontento. Mientras se dejaba vestir como un pelele de tres años, intentaba convencerse de que la idea no era del todo mala.

Al fin y al cabo, le apetecía salir de la oscuridad de la casa, de aquel denso silencio surcado por el frufrú de los faldones maternos atravesando las aguas estancadas de su juventud. Su espíritu era tan romántico como cohibido, y trataba de evadirse imaginando viajes imposibles. Pero la realidad era otra. Aquella misma noche había soñado que se ahogaba en los senos perfumados de su madre, mientras su padre, muerto hacía ya más de ocho años, les observaba indiferente, tumbado en un butacón. Era un sueño recurrente y familiar en todos los sentidos, que le dejaba un regusto dulzón en la garganta que parecía perdurar unos instantes tras despertar. Era el empalagoso sabor de la sumisión. Así pues, aquella mañana no le quedaba más remedio que obedecer a su madre, y hoy se le había antojado comer en el puerto.

La principal amenaza de la inopinada excursión era que el pescado le resultaba repugnante. Pero su madre se aferraba a los tópicos alimenticios: insistía en que tenía que comer de todo y que el pescado era bueno para mantenerse ágil y despierto. El pobre desdichado tenía el firme convencimiento de que su madre se deleitaba torturándole, consciente del pavor que le provocaba la ingesta de cualquier ser dotado de espinas. A los seis años, creyó cruzar el umbral de la muerte tras sufrir el ataque de una traidora espina de bacalao en el gaznate. Los años habían pasado y la venganza se aproximaba. Aún tenía dieciséis años, pero pronto la abandonaría, como a un mueble viejo.


Pasaron el día en el pueblo, de tienda en tienda y visitando a los pocos familiares que tenían allí. Al mediodía, estaban hambrientos y cansados. Como era de esperar, acabaron yendo a una posada con vistas al puerto, coronada por un rótulo que anunciaba con orgullo que servían el pescado más fresco de la región.


El joven palideció. ¡Con el hambre que tenía y le esperaba el temido y aborrecido pescado! Una vez dentro, intentó convencer a su madre de que le pidiera un filete de ternera poco hecho, pero ésta se mostraba ágil en el uso de los esperados argumentos. Fue entonces cuando la camarera le sugirió a su madre algo que él no llegó a oír. La que era la sombra de sus días asintió con la cabeza con una media sonrisa en los labios. ¿Habría cambiado de opinión?


- Está bien, hijo. No quieres espinas, pues no las tendrás. – inquietante sonrisa


-Gracias, madre. – murmullo desconfiado


No se lo podía creer. ¡Por fin había cedido! ¿Se estaría dando cuenta de que había crecido, de que ya no era ningún niño? La respuesta llegó emplatada. Unas rodajas de salmón con guarnición de patatas para su madre, y para él….


-¿Qué es esto?


Sobre un plato de borde mellado, se disponía un ser blancuzco, de estructura oval, que se curvaba sobre si mismo, dejando una obscena oquedad en el centro. Uno de los extremos terminaba en un racimo de pequeños tentáculos ennegrecidos, que parecían retorcerse agarrotados por la muerte.


- ¿Me he de comer esto? ¡Madre, se lo suplico! En la vida he visto algo tan repugnante.

- Es sepia a la plancha, no seas tonto. ¿No querías algo sin espinas? Pues aquí tienes. Y quiero ver como no dejas ni una sola pata. – le contestó mientras iba cortando finas tiras de monstruo,  con la ayuda del cuchillo y el tenedor. – Anda, cómete esto


Pese a las protestas, ella misma le obligó a tomar del tenedor que enarbolaba amenazadoramente medio manojo de patas, introduciéndoselo de forma brusca en la boca. Casi al instante supo que iba a vomitar. No pudo hacer nada por evitarlo. Se levantó tan apresuradamente que estuvo a punto de tumbar la mesa, ante la estupefacción de todos los comensales del local. Cuando el joven salió a la calle, no llegó a dar ni dos pasos, antes de arrojar lo poco que había engullido. Aún tenía la cabeza agachada cuando oyó a sus espaldas la voz de su madre.


- ¡Howard Phillips Lovecraft, vuelve inmediatamente y acábate el resto del plato!

Aquella noche, soñó que unos tentáculos le envolvían en un olor dulzón.

jueves, 30 de junio de 2011

NADIE RECIBE POSTALES



Hannah se hartó de esperar la frase adecuada, así que desmadejó la supuesta trascendencia con la que había tratado de investir a aquel acto de psicomagia barata y dejó la pluma sobre la mesa. No valía la pena seguir con aquella idea. Ni siquiera iba a ser una carta definitiva y tenía que admitir que iba a seguir trazando círculos en torno a los puntos suspensivos de siempre. La intención se había disfrazado de cierto aire romántico del que nunca se veía capaz de escapar: escribir unas pocas frases, unas palabras clave, a la espera de que se adhirieran como el velcro a la mordaza de silencio que se había impuesto la persona que amaba.  El anzuelo era una vieja postal rescatada del olvido apilado en una tienda de El Rastro. Un recurso absurdo pero, al fin y la cabo, un asidero como otro cualquiera al que echar mano ahora que le hacía falta creer en algo.

En la fotografía de la postal, una chica de rasgos ambiguos, casi un chico crecido, dentro de un tonel colgado de los hombros mediante unas cintas a modo de tirantes. La imagen tenía el aliento de la nostalgia, matizado por un leve toque de cinismo, muy del gusto de Álex. En el tonel, alguien había escrito TAX PAYER, pagadora de impuestos, y estaba siupuestamente tomada en Massachussets en 1935, como rezaba el reverso. Posiblemente, una pantomima sobre una superviviente del gran Crack del 29. O una simple broma entre amigos, en una época en la que tomar una fotografía como aquella sólo podía ser obra de esnobs adinerados o de artistas aburridos. La imagen era adecuada para los tiempos que corrían y para la desnudez que empezaba ella misma a sentir, despojada poco a poco de los afectos de Álex, que se mostraba cada vez mas ausente, cobrándole los intereses de una relación deficitaria.

Así que Hanna recurrió a su más viejo recurso: verse desde fuera, reconocer la ridiculez de su actitud, de sus ensoñaciones. Y cuando pudo arrancarse una media sonrisa, se dijo para sus adentros que no todo estaba perdido que, al fin y al cabo, no era más que otro hombre en su vida. Cogió la postal y bajó las escaleras de la finca. Cuando llegó a la entrada, abandonó a la chica del barril a su suerte, sobre un pequeño saliente de la pared. Había llegado la hora de renunciar a la mendicidad, a las migajas de afecto. Si alguien quería escribir sobre el amor, que lo hiciera en aquella postal, porque no iba a ser ella quien trazara la primera letra, quien esperara esta vez una respuesta.


***


R disfrutaba de su caparazón. Se imaginaba asomando la cabeza por la puerta de su pequeño estudio, brazos y piernas atravesando las ventanas, mientras jugaba a sacar la lengua a su pasado, meciéndose como una tortuga inexpugnable que incubaba una soledad buscada. No pensaba en visitas, se complacía andando por la casa medio en cueros, haciendo lo que quería, agarrándose con calma a su tabla de salvación. Escribía. Escribía, como siempre y como nunca, y por mucho que pudiera negarlo a un hipotético incauto, interesado en preguntar por sus motivaciones, escribía para encontrarla. A Ella, a aquel ideal amoroso que siempre se le había escapado como el huidizo rayo de luna de Bécquer.

R era bastante estúpido. Incauto, al menos, en su inocencia trasnochada. Padecía cierta tendencia a la ensoñación, a murmurar diálogos entre sueños que  se le escapaban como un hilo de baba de la boca y acababan cayendo en papel muerto. Se recreaba en las infinitas historias que podían entrecruzarse en aquel viejo edificio al que se había mudado. No había más que echar cuentas. Cincuenta portales. Habría por lo menos diez pisos ocupados por chicas. Tal vez alguno más en el que suspirara alguna loca solitaria, romántica, pálida y delgada. Por las noches, R se asomaba a la ventana de su habitación y permanecía atento a las conversaciones que rebotaban en el patio de luces, a la espera de escuchar una voz joven y femenina que le ayudara a esculpir una imagen. Y cuando podía arrancarse una media sonrisa, se decía para sus adentros que no todo estaba perdido que, al fin y al cabo, la soledad no era eterna.

 La mañana que volvió a ver a la chica extranjera, con la que apenas había cruzado unos días antes unas pocas palabras, farfulladas en su mal inglés, se sorprendió al ver como ella dejaba de forma distraída aquella vieja postal en la frescura del portal y la recogió con el corazón desbocado, como si alguien pudiera sorprenderle. Asumió, como recreo, una nueva certeza de amor, esbozó los fantasmas adecuados y conformó un carnaval de intenciones. Sentado, ante el papel en blanco que le daba la espalda a la chica del tonel, esperó la frase adecuada, el momento preciso, el anzuelo perfecto que nunca se atrevería a lanzar.
 

miércoles, 29 de junio de 2011

DOS PERLAS MUSICALES

. 
Nuestro amigo Delfín Quispe se nos ha espabilado. Con el dinero que sacó del anuncio aceitoso, se dedica a sublimar otras inquietudes


Un nuevo fichaje, El Potro Salvaje, nos demuestra que los movimientos sincopados producidos tras lamer toxinas batracias pueden reconducirse en forma de composición musical. Imprescindible no perderse la aparición de la ranita.