Seguimos con la ampliación del corpus léxico comercial del chino salesero. Ante el minimizado temporal de nieve que debía haber azotado la capital, y dado que la nieve se había transformado en aguachirli, el semifilólogo aficionado esperaba ser recibido a la salada salida del Metro con los ya entrañables pababas, pababas y el habitual aroma a orina.
Desde la puerta, vislumbró un par de piernecitas apostadas en uno de los laterales de las escaleras, una bolsa de plástico repleta colgada a modo de bolso, y una mano agitando un objeto negro retractilado.
- Bandes, uneuro. Bandeees, uneuro. Bandes, uneuro. Bandeees un euro. - rezaba el nuevo mantra de la vendedora.
(¿Bandes?)
El cerebro del investigador asoció el mal tiempo con grandes remedios, y pensó que lo que vendían eran pababas grandes, pero nada de eso. Con la habilidad que le caracteriza, simuló estar leyendo un mensaje del móvil, no sólo para percibir la composición fonética de la primera parte del mantra (ya que lo de uneuro era pronunciado con acento vallisoletano), sino para echar un vistazo al objeto de venta. Acabáramos. Se trataba de...
Anoche, con la precipitación y nocturnidad propias de la crisis que provoca la falta súbita de alcohol en toda fiesta que se precie, dos intrepidos aventureros se lanzaron a las calles de Lavapiés en busca de salesas. Volvieron con un pack de latas que, de tan frías, estaban congeladas. El granizado espumoso, grotescamente lascivo, que salía del interior de la lata me sumergió en una teoría conspiranoide, y no pude resistir la tentación de comtemplar el culo de la salesa para comprobar la fecha de caducidad. El mes era demasiado cercano para un producto con una vida perecedera media: octubre de 2010. Me pregunto varias cosas.
- ¿Por qué los chinos saleseros venden principalmente Mahou?
- ¿Cómo es que gozan de total impunidad para vender en las esquinas?
- ¿Existe alguna relación entre las estrellas que comparten la bandera china, la madrileña y las latas de salesa de Mahou?
- ¿Son los excedentes del stock de la madrileña fábrica de cerveza congelados para su distribución entre los salesa dealers?
- ¿Es Gallardón un chino con los ojos operados?
- ¿Bebería Mao Mahou?
- ¿Será esta la próxima campaña publicitaria de Mahou? (exijo los royalties)
Cuando las sombras se empozan, cuando las manchas de aceite empiezan a perseguirse sobre su retina y la escasa luz nocturna no es suficiente para seguir escribiendo, el falso poeta garabatea las últimas palabras sobre el papel, sabedor de que a la mañana siguiente resultarán ilegibles.
Nada importa que nadie, ni él mismo, pierda luego el tiempo tratando de interpretar aquellas líneas deslavazadas, de disponer ante un público sin rostro una autopsia de carcasas sin sentido. Hace mucho que no es capaz de cerrar un poema sin sentirse falso, y se limita a dejar que la tinta planee sobre una hoja derrotada. Aquel arte el en que llegó a creer lleva tiempo adormecido a la sombra de un lenguaje mutilado, que cojea alrededor de un aquelarre al que han sido convocados sus miedos y sus anhelos.
Ya a oscuras, su mano sujeta con suavidad el bolígrafo, y se guía al compás de una canción pretendidamente travestida de tristeza y melancolía, en la que todos los días son como el lunes. Su pensamiento baila sujeto al cebo de unos versos que no son tales, versos perfectos e irreales que parecen coquetear con los deseos que descuidó en el fondo del bolsillo, justo al lado de una muñeca de ojos de trapo, y una canica por la que nunca arriesgó a apostar. Adormecido, es capaz de sentir el impulso de las palabras, saltando como niñas caprichosas que tratan de alcanzar un racimo suspendido, que apenas se desgrana, como un dios jugando a la burla de la limosna.
Sabe que todo es irreal, pero no cómo probarlo. Sabe que la verdadera poesía discurre como un río subterráneo bajo un lecho de pizarra, lejos de su alcance. Así que asume la derrota, se recuesta sobre la cama, renuncia definitivamente a la comunión del verbo y tararea una melodía improvisada que parece encajarlo todo. Se abandona a un carrusel de imágenes y balbuceos en los que la realidad se confunde con el sueño, se aferra a la baranda del recuerdo y siente toda la sed. Toda la sed del mundo y ni una sola respuesta. Ninguna palabra bendita, pura, destilada, tan solo el ovillo de una torpeza por redimir, que mengua serpenteando en su garganta, trazando la trayectoria de un anzuelo capaz de rescatar del estómago de la ballena la desolada ficción de un amor que fue forjado con palabras, con la misma materia que deshace los sueños.
Como aclaración sobre el título, "Ni un mot endavant" (ni una palabra hacia adelante) es el último verso de un poema que escribí hace tiempo sobre el mismo tema.
A Ernest siempre le fascinaron las nubes. Cuando era pequeño, subía a la terraza y se pasaba horas contemplando su paso. Maldecía los días despejados, o aquellos otros plomizos ,entoldados con un gris monocorde y en los que los perfiles de su pasión se diluían. Con el paso del tiempo, intentó plasmar el cielo en forma de cuadros, pero descubrió que no había nacido para la pintura. Se veía incapaz de fijar bajo los trazos del pincel el lento movimiento de las masas de vapor de agua. La fotografía podría haber sido una opción, pero ésta tenía la asepsia y la frialdad del momento que se guarda en formol. No había nada como aquellas tardes de primavera en las que podía sentir el simple goce de la contemplación, de la soledad, el sol calentando su rostro, las nubes desfilando juguetonas. Pero eran tan intensas como efímeras y huidizas.
Sus pocos amigos le consideraban un misántropo sin cura. Para él, las personas eran como las nubes, demasiado distantes y volubles cuando se las quería alcanzar y demasiado cercanas y amenazantes cuando uno menos se lo esperaba.
Aprendió a fijar en sueños la expresión de un rostro, la forma caprichosa de la blancura cincelada por el viento. Y poco a poco descubrió que las palabras le ayudaban. La poesía puso a su alcance lo que no pudo conseguir con la pintura. De los versos, torpes y cargados de dudas en sus inicios, colgaba ideas, imágenes deshilachadas que se dejaban arrastrar por el prisma de cada lectura. Se creó amores bajo unas nubes perfectas, estáticas, con formas bellas y acogedoras. Acabó cayendo enfermo, por un exceso de melancolía. Se desvivía tanto por atrapar la belleza de las formas en sus versos, que descuidó la propia salud. Su madre descubrió una noche la obra que guardaba con celo en su habitación, mientras él deliraba por la fiebre. Aficionada a los clásicos románticos, descubrió alborozada la belleza de los versos que escribía su hijo. En secreto, hizo llevar los poemas a un editor que conocía en la capital, viejo amigo de su difunto marido. La acogida fue estupenda. Mientras el poeta se debatía entre la vida y la muerte en la cama, su futuro éxito se fraguaba en una modesta editorial a unos pocos kilómetros de distancia.
Cuando se recuperó, acabó dándose cuenta de que sus poemas habían desaparecido. Ciego de rabia, le preguntó a su madre por los manuscritos. Ésta le explicó la situación, que el editor al que se los había enviado le había contestado con una carta en la que mostraba su satisfacción por la calidad de la obra. Con un mínimo de promoción, se haría un hueco en el mundillo literario.
La idea no era muy del gusto de Ernest. El mero hecho de que leyeran sus poemas le parecía obsceno, un ejercicio de exhibicionismo innecesario. Además, ¿quién podría estar interesado en la forma en la que él miraba al cielo? Ignoraba que en el país reinaba por aquella época una corriente de neorromanticismo exacerbado. La moda, la música, la literatura, pretendían recuperar el espíritu desgarrado del artista que se sabe incomprendido y que busca la evasión y la juventud ardía en deseos de encontrar aquello que consideraban el sentimiento puro. Una obra tan hermética y elevada como la de Ernest mostraba para la crítica y el público las tribulaciones de un espíritu atormentado. Interpretaban como sufrimiento aquello que para él en realidad era plasmación del placer estético. Pero no les sacó del engaño. Por mucho que se dedicara a mirar al cielo y a escribir versos infumables, el ego de cualquier escritor es una esponja sedienta que ansía la humedad que le proporciona el halago en forma de lametones serviles. Además, las ofertas económicas que le ofrecían por las ediciones de libros que ni siquiera había escrito y la posibilidad de viajar para dar conferencias a lo largo del país era demasiado tentador. Se dejó llevar, arrastrado por un nuevo viento.
Pasados unos meses, el mundo se le presentó por primera vez ante los ojos y la mirada se le cargó de tierra. Tenía cada vez menos tiempo para la soledad y a duras penas podía reservarse un mínimo espacio en la agenda para seguir observando el cielo. Al fin y al cabo, seguía siendo aún su principal fuente de inspiración. Poco a poco, empezó a escribir poemas sobre sus numerosas amantes. Le vencieron nuevas pasiones, más al alcance de la mano y de los labios. Las nubes ahora cobraban para él un valor utilitario. Sabía que tenía que seguir escribiendo sobre ellas porque era lo que los lectores esperaban de él. Le resultaba una paradoja que algo que desde siempre había sido tan etéreo, le proporcionara, fama, dinero y sexo. Le encantaba acostarse con las jovencitas admiradoras que llegaban a su casa en busca de un autógrafo. Venían cargadas de idealismo, de una especie de admiración estúpida por la figura del artista. Él se aprovechaba de la situación, las seducía con unas pocas frases que colgaba alrededor de su cuello, lentamente, como si se tratara de collares hechos de besos y de falsas promesas. Pocas se resistían. Luego, en la cama, se dejaba de galanterías y se aprovechaba de su carne tersa, de la obediencia con la que le agasajaban. Se sentía como un sátiro que engatusaba a bellas nínfulas con la más falsa de las liras. Porque era falsedad lo que destilaba su pluma. Acabó por perder el interés por el cielo y las nubes, aunque guardaba las apariencias. Su poesía era cada vez más ensalzada y se rodeó de objetos simbólicos, para aumentar la leyenda de una idiosincrasia tan particular como admirada. Hizo pintar todas las habitaciones de azul cielo, sobre el que dibujar infinidad de nubes y mandó construir grandes ventanales desde los que se suponía que observaba el firmamento durante horas todos los días. Estas excentricidades no hacían sino aumentar su fama. En realidad, llevaba una vida tranquila, se dedicaba a escribir como un autómata y a recibir a sus amantes. No tenía queja ni de sus editores ni de las mujeres que pasaban por sus manos. Todas se sentían especiales, pero lo que decía sentir por ellas era tan falso como cada uno de los versos que componía. Lejos quedaban aquellos años de soledad voluntaria y de una estúpida admiración estética por algo que en realidad no era sino el reflejo de sus ansias de amar. Y ahora el amor le parecía un sentimiento tan inútil como la pretensión de escribir sobre conceptos tan abstractos como la belleza. Le quedaba, eso sí, el convencimiento de manejar los hilos, de saber usar las palabras en beneficio propio.
Pero le esperaba una paradoja final, aquella que le dejaría de nuevo a solas con las nubes. Con los años, las modas cambiaron. Volvió con fuerza el realismo y la gente pedía historias relacionadas con los problemas del día a día. Ernest había vivido demasiado absorto en su propio universo, tanto literario como social. No le había importado nunca el mundo, teniendo a la mano las herramientas necesarias con las que conseguir aquello que quería. Pero ahora las nubes, el cielo, las bellas metáforas que habían horadado en los corazones de los lectores, no interesaban a nadie. Poco a poco, fue relegado a un segundo plano. Dejó de dar conferencias y se encerró de nuevo en su vieja casa, rodeado por las estáticas nubes de las paredes. Su madre había muerto hacía años, así que sólo le acompañaba una vieja sirvienta de la casa. Todos los días le preguntaba si había llegado alguna carta o si se esperaba visita y la respuesta era siempre negativa. Fue entonces, ya viejo, cuando empezó a perder la vista. El glaucoma apareció de forma paulatina, en silencio, como si una niebla implacable se hubiera agazapado para velar sus ojos. No se pudo hacer nada. Acabó ciego, deambulando bajo una noche nublada, sin estrellas. Y supo al fin apreciar, en su ausencia, el exacto valor de la belleza.
La metáfora desvelada. Superados Rubén Darío, Octavio Paz, Neruda, Borges, los poetas que se cobijan bajo la sombra del lado oscuro del corazón, Gelman, Benedetti, Girondo & Co. Torpes malabaristas.
Hasta que choque el hueso: un único verso desvela el entramado metafórico de gran parte de la poesía tradicional y moderna. El denominado perreo chacalonero pone cumbre y remate, es la piedra de Rosseta de cualquier texto crítico. Por fin se desvela el auténtico significado de siglos de romances y canciones populares, la íntima ligazón entre el baile y el folgar. Con sutileza, con leves insinuaciones pélvicas y un sentido del ritmo envidiable.
Precavido por las advertencias de Circe, e impulsado por sus más bajos instintos, Ulises ordena a sus acompañantes que sellen sus oídos con cera derretida, y que le amarren al mástil como sólo a él le gusta, para poder escuchar sin peligro alguno el canto de las sirenas.
Los esforzados guerreros están hartos de los cambios en el programa de lo que se suponía que iba a ser un placentero periplo de saqueo y exterminio para mercenarios prejubilados. Recelosos del sospechoso tintineo metálico en el camarote de Ulises tras el extravío del botín facturado en Troya, aseguran con firmeza a su capitán, y cobran justa venganza, tarareando una y otra vez con voz lastimera, cual crueles Parcas, Viatge a Ítaca, de Lluís Llach. Propinan, entre grandes carcajadas, leves y humillantes tirones a las onduladas canas de la barba de Ulises, acarician su nariz con un arenque, derriten la cera que iban a utilizar para taponarse los oídos en sus monárquicos pezones y le recuerdan que ganó una guerra tras ser cagado por un caballo de madera.
Una de las sirenas, ajena a todo, picotea de forma lenta y aburrida la arena de la playa en busca de algún cangrejo, y es devorada en un santiamén por un oso polar que surge de la espesura.
DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
Cristóbal Colón hinca la rodilla en la arena de una playa de Guanahani, creyendo haber descubierto las Indias, y reza por salir vivo del aprieto en que se halla sumido. Si aquella tierra no confirma las promesas con las que logró enrolar a aquel hatajo de mentecatos, es hombre muerto. Los miembros de la tripulación que le acompañan en el desembarco parecen estudiar todos sus movimientos, se encogen de hombros, y empiezan a rezar en voz baja un avemaría, esforzándose por olvidar las pequeñas rencillas, latigazos, mutilaciones y conatos de canibalismo sufridos durante el largo trayecto desde Palos.
El Almirante sabe que ha llegado el momento de buscar una recompensa que apacigüe los ánimos, de optar por uno de los bandos que se han formado durante el largo paréntesis especulativo que ha supuesto la travesía transoceánica.
El grupo mayoritario no piensa sino en buscar prostíbulo, hembra, macho o animal de sangre caliente con el que desfogarse, hartos de compartir como objeto de alivio las acartonadas medias de la reina Isabel, graciosa prenda caballeresca que debería haber gozado lugar preeminente bajo la enseña de la nave capitana y cuyos potentes efluvios provocaron inmediato motín y exigencia de usufructo al Almirante para usos impropios.
Unos pocos, de afilada nariz y castellano fingido, consideran prioritaria la búsqueda inmediata de oro y piedras preciosas, conocedores de que el preciado metal les proporcionará futuros y más gratificantes placeres. Observan a su alrededor con expresión desconfiada y olfatean desconfiados los guijarros desperdigados por la playa, pues lugar tan llano y con tan abundante vegetación no parece apto para la minería.
Sopla el viento y un coco se desploma desde una palmera cercana. Está a punto de golpear la rodilla del descubridor, que contempla estupefacto el enorme huevo vegetal. Para desconcierto de todos, un hombre desnudo y cetrino, en cuyo cuello centellea un grueso colgante de oro, surge de la selva dando cortos y presurosos pasos, recoge el coco del suelo, da media vuelta sin apenas mirarles, y se dirige de regreso hacia la espesura. Unos contemplan sus nalgas desnudas, otros el dorado collar. Todos sonríen en silencio y Colón suspira aliviado.
BENIDORM
Una mole de carne enrojecida, desnuda, depositada sobre el hueco de una enorme rosquilla de goma de color negro. Una yema angloparlante que flota sobre la cámara de la rueda de un camión. Delira, balbucea, observa con curiosidad su barriga hinchada por la cerveza, el dolor premonitorio que anuncia su piel escaldada. No es consciente del lento empequeñecimiento de los rascacielos, da cabezadas, se ríe sin saber por qué, tal vez porque ha perdido el bañador, y agita de forma juguetona pies y manos mientras se aleja de la playa.
Sobre la parrilla de la arena, una salchicha más, expuesta al sol inclemente. Se hace la dormida y utiliza las gafas de sol para cazar imágenes que usará esa noche bajo el amparo de la luz apagada de la habitación del hotel, bajo el peso opresivo y sudoroso de su marido. Pelo engominado, gafas de diseño, cuerpos de italianos. De repente, los playistas se levantan de sus toallas y miran al horizonte, agitando los brazos.
Algo tapa el sol. Es consciente de ello, incluso en su estado. Las olas parecen haberla tomado con él, pero además… Logra dar la vuelta en redondo, poco a poco, con un torpe chapoteo. La rueda-flotador gira y le coloca de espaldas a la playa, cara a cara con el USS Forrestal.
Los marines del portaaviones estadounidense gritan enloquecidos desde la cubierta de babor, como si las putas del puerto pudieran escuchar la amenazante lujuria de sus alaridos, y aún y así, como si éstas pudieran entender lo que dicen. Gritan y blasfeman en inglés, ansiosos por llegar a tierra. Nadie escucha los gritos de socorro y posteriores blasfemias, ni es capaz de percibir la fatal y diminuta mancha rojiza que se confunde en la blanca estela del colosal navío de guerra.