lunes, 8 de abril de 2013

AQUELLA PLAYA



Volvíamos  a la playa en la que pasé los mejores años de la infancia, con miedo a encontrarnos con una decepción, asumiendo el riesgo de que los recuerdos no encajaran con la realidad. Era improbable que el ya entonces viejo chalet, construido en la misma playa, hubiera sobrevivido a leyes y especulaciones. Quince escalones separaban la terraza, protegida por las piteras, de la arena; quince escalones entre mi niñez y la felicidad.

Mi tío se empeñó en conducir su viejo Seat ranchera color marrón y mi hermana y yo protestamos cuando descubrió que el viejo radiocassette aún funcionaba. Desde siempre, la cinta de éxitos de Julio Iglesias había sido la sintonía incontestable de los viajes veraniegos, a pesar de las protestas de mi padre, aficionado a la música clásica, pero sin carnet de conducir y, por tanto, sin derecho a protestar demasiado. Observando con aire distraído el paisaje, empecé a recordar aquellos viajes tortuosos. Por precaución, mi madre aguardaba al acecho, bolsa en ristre y atenta a los mareos, porque  estábamos poco acostumbrados al coche y no aguantábamos las revueltas del Port de Gallinera. El olor a vómito y a bolsa de plástico era el olor de la vergüenza.

Pero ahora este retorno no admitía angustias o mareos. Me sentía exultante, bendecido por el sol que se filtraba por la ventanilla entreabierta. Habíamos crecido y mi hermana y yo habíamos alcanzado la edad que tenían nuestros padres en aquellos primeros veranos en la playa. Pero no era momento de quejarse por el paso del tiempo: la ilusión de encontrarnos todos juntos de nuevo podía más que la nostalgia. La carretera no tenía nada que ver con aquella otra que ponía a prueba neumáticos y amortiguación. Ahora tenía muchos túneles y menos curvas, estaba mejor asfaltada, descendía de forma imperceptible, como una alfombra extendida desde la sierra alicantina hasta la costa.

Llegamos a la playa de Santa Anna sin tránsito perceptible, como si el coche buscara descansar para siempre, blandamente varado en las dunas. Olía a mar, a ese mar al que siempre he tenido tan cerca y al que luego di la espalda, tal vez por miedo a enfrentarme a las palabras que se pueden escuchar cuando rompen las olas. Para asombro de todos, la casita seguía en pie. No sólo eso, sino que la habían reformado y mostraba mejor aspecto que hacía treinta años. Todos lucíamos la misma sonrisa en los labios, paladeábamos los recuerdos a la caza de todo aquello que hubiera sobrevivido al paso de los años, de cualquier detalle, de cualquier rincón encadenado a viejas fotografías. Por ejemplo, aquella mesa plegable en la que el abuelito me enseñó a jugar a las cartas, o el pequeño huerto que mi hermana, con apenas tres años,  regaba con la manguera.

Me reconfortaba la risa de mi madre, el humor ácido de mi tío que acabé heredando, mi padre cargando la sombrilla, fumando su pipa con aire satisfecho, con aire de marinero que acabó enredado en los telares de las fábricas, la sonrisa de mi hermana, idéntica a aquella foto en la que parecía lanzarse al vacío desde la pequeña motora de los vecinos. Yo observaba todo en silencio.

Tendimos las toallas bajo la sombrilla y mi madre sacó las tarteras. Ojo, había que dejar pasar dos horas antes de bañarse, como si fuéramos críos. El sabor dulce del pimiento asado, enramado de aceite de oliva, con el contrapunto de bacalao, la sempiterna tortilla, el sofrito de conejo con tomate. Yo protestando por la estampa casi folklórica de la familia pasando el día en la playa, por el inevitable grano de arena entre los dientes. Prefería ir al bar, pedir unas tellinas, como las que cogíamos con el rastrillo en aquellos años, cuando éramos pequeños expoliadores de las costas.

Hacía calor y al rato todos decidieron meterse en el agua. Me quedé leyendo un rato, pero había comido demasiado y no podía concentrarme. Eché un vistazo de nuevo a la casita, que estaba a pocos metros a nuestra espalda y vi que había gente en la terraza. La brisa me traía fragmentos de su conversación. Sonaba a francés. Nos miraban con curiosidad, con una pose de distanciamiento estudiado. No pegaban para nada en aquella playa olvidada por el turismo masivo, todos vestidos de negro, con pantalones largos y gafas de diseño. Esbocé un gesto de saludo, pero no debieron verme, o eran demasiado maleducados para devolvérmelo.

Al rato volvieron mi hermana y mi padre, resoplando de satisfacción por el baño. Se tendieron a mi lado y dirigí de nuevo la mirada al mar. Mi madre y mi tío seguían en el agua. No nadaban, simplemente estaban de pie, observándonos. Empezó a inquietarme que estuvieran tanto tiempo dentro del mar, pero mi padre y mi hermana parecían tranquilos, me miraban queriendo darme a entender. La arena sobre la que estaba tendido empezó a cobrar otra consistencia, la brisa era ahora de tela, eran colchón, sábanas, ahogo en el pecho al sentir de nuevo el punzante momento de lucidez, la consciencia que te arroja algas a los pies.