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miércoles, 28 de octubre de 2020

LA SOMBRA A LOS PIES


No me aterrorizan tanto las apariciones, como percibir que mi hasta hace poco férreo escepticismo se desmorona como una catedral hecha de barro. Hablo ya de apariciones, cuando hasta hace poco trataba de convencerme de que eran meras pesadillas, juegos del subconsciente para advertirme de algún quebranto en mi espíritu. Llevaba un par de años sumergido en mis estudios sobre psiquiatría, tras haber dejado el seminario, y había descubierto por mediación de un compañero la novedosa y polémica obra de Jung. El abandono de la vocación y el azoramiento que causaban los sentimientos que mi corazón albergaba por mi prima Nora tenían que ser necesariamente el origen de todo. Así que no pude más que atribuir mi agitación nocturna al impacto que me produjeron las ideas de aquel científico, que tanto distaban de mi recién abandonada fe.

Llevo tiempo preparado, para borrar la duda de si me encuentro en un estado de sueño o de vigilia. He conseguido un magnetófono para poder grabar mis impresiones de forma más cómoda. Trataré de describir de la forma más fiel posible lo que veo y haré preguntas a mi visitante, si soy capaz de deshacer el nudo en la garganta que atenaza el grito de terror, el ahogo eléctrico que me acaba despertando entre sudores. Hablo de despertar pero, ¡son tan reales estas visitas y tan evidente que muestran un mensaje que debo descifrar! Surgen, por supuesto, de la voluntad de dialogar conmigo mismo, de escrutar en el lado más oscuro de mi alma. No más circunloquios, trataré de ser lo más claro y descriptivo posible, pues estas palabras no tienen otro objetivo que dejar testimonio de mi cordura.

 

Me aparezco a los pies de la cama. Suena absurdo, pero de forma esporádica, al menos dos veces a la semana, me veo a mí mismo en la habitación, observándome en silencio. Me veo a mí mismo, de pie, en silencio y con una mirada que parece suplicar. La primera vez, seguramente la más terrorífica por inesperada, desperté o creí despertar con un escalofrío en la espalda al oír a alguien respirar en la oscuridad de mi alcoba. La primera reacción fue acogerme a la cordura, convencerme de que estaba sufriendo una pesadilla, en ese extraño estado de consciencia del que se reconoce soñando. Encendí la luz de la mesita de noche y pude ver en lo que serían pocas décimas de segundo, la imagen de un fotograma intermitente,  la silueta, el porte desgarbado, la extrema palidez del rostro, las ropas manchadas de sangre y el corte que atravesaba el cuello de lado a lado de alguien que era mi viva imagen.

Aunque fue la que más me asustó, esa primera aparición fue la más fácil de sobrellevar. Un mal sueño, quien sabe si causado por algo tan estúpido como una cena pesada, alguna inquietud atascada en mi subconsciente, el recuerdo de alguna noticia truculenta en el periódico, mi deseo carnal insatisfecho, o la insana fantasía de acabar con nuestras vidas que todos tenemos alguna vez. Mil explicaciones se me ofrecían para tratar de encajonar dentro de los parámetros de la razón aquella experiencia tan desasosegante. Aún no se había convertido en una tortura recurrente, aún no temía que llegara la noche y me venciera el sueño, aún no me aterrorizaba la espera, la angustia de no saber si aquella noche me iba a despertar de nuevo una respiración sibilante.

La segunda vez fue la peor. Por mucho que quise aferrarme a la idea extendida de que los sueños podían ser recurrentes si no se había resuelto de alguna manera la causa que los motivaba, a nadie le gusta reencontrarse con su propio cadáver. Esa vez no hubo sangre, me mostré con las ropas mojadas y el rostro abotargado, con unas profundas ojeras que eran la antesala de unas cuencas vaciadas por los peces. Ni una palabra, solo un gorgoteo húmedo,  como si aquel yo muerto ahogado se afanara por respirar de nuevo y el tamborileo de la ropa goteando contra el suelo. Como en la primera ocasión, aún no quise pensar en apariciones. Fue un relámpago de terror, apenas un fogonazo tras encender la luz, pero lo bastante nítido para que mi corazón se desbocara y no pudiera dormir el resto de la noche.

Desde ese momento, la experiencia se fue repitiendo de forma aleatoria y esporádica. Al menos no he logrado de encontrar un patrón. ¿Estaba mi subconsciente tratando de decirme algo? ¿Necesitaba un nuevo cambio en mi vida, morir de forma metafórica? Tal vez esas muertes simbolizaban la desaparición de mis creencias religiosas, la culpa por haber abandonado la espiritualidad. Tal vez eran un demonio interno hecho pesadilla

Decidí anotar los detalles de todos y cada uno de aquellos encuentros, para tratar de analizar sus causas y tratar de ser lo más racional posible. Porque no cesaron y fueron muchas las formas, algunas de ellas realmente espantosas, en las que se me presentaba mi propia muerte. Me despertó el olor a carne quemada, el silbido de una respiración tuberculosa o, peor aún, el olor nauseabundo de un cuerpo putrefacto, abandonado a una muerte en soledad de la que nadie se hacía cargo y que intuí que era el más posible de mis finales.

Hace una semana cesaron las apariciones y hoy ha cambiado todo. Anoche dormí profundamente y desperté sin saber muy bien dónde estaba, ni cuánto tiempo había transcurrido desde que el sueño me venció. Solo tenía el vago recuerdo de despertarme con la garganta reseca y deambular por la habitación a oscuras con una sed espantosa. Recordé que junto a la mesita de noche había dejado un vaso de agua y al girarme hacia la cama, me vi. Me vi durmiendo plácidamente, boca arriba, con las manos apoyadas en el pecho. Asustado, retrocedí un paso y la tarima crujió. Me vi fruncir el ceño, me vi abrir los ojos, me vi abriendo los ojos desorbitados y abrir la boca como si tratara de gritar. Me vi verme, y vi cómo ese grito sofocado se convertía en ahogo, cómo mi rostro enrojecía hasta amoratarse. Me vi ahogarme hasta la muerte. Y ahora espero sin saber qué, encadenado a un abandono que no puedo superar, convertido en mera sombra. Espero sentado a los pies de la cama y observo en silencio cómo pasan los días y las noches sin que nadie acuda a rescatar los despojos putrefactos de aquel que fui.

martes, 21 de julio de 2020

Caballo de Troya

Isabel llevaba toda la mañana dando vueltas por la casa, afanada en limpiar los rincones que por lo general la pereza le hacía olvidar, ordenando los cajones, murmurando en voz baja, resoplando de cansancio a modo de queja y evitando cruzarse ante un espejo. No quería verse como se adivinaba: pálida, con el labio inferior que se le torcía ligeramente cuando estaba nerviosa y con la mirada huidiza. Se conocía lo suficiente como para saber que toda aquella hiperactividad era una forma de postergar el momento en el que acabaría decidiendo abrir el paquete que había recibido el día anterior por la tarde. Del tamaño de una caja de zapatos, envuelto en papel de estraza, con un sobre pegado en uno de los laterales y tan imprevisto como poco deseado.  Por supuesto, el primer impulso había sido tirarlo a la basura sin más, pero un hilo de culpa que ella misma reconocía como paradójico le había impedido hacerlo.  Y de nuevo el quizás, el igual ahora, los tal vez, y el nunca se sabe si revolotearon a su alrededor y la convencieron de abrir la caja tras leer la nota en las que ignoró que nuevas palabras venían a decir lo mismo de siempre.  En el interior, fotografías de cuando tenían veinte años, la pulsera con las iniciales de los dos grabadas que ella le había arrojado a la cara la última vez, viejas cartas de amor ordenadas por fecha, como un viejo acordeón que periódicamente parecía inflarse de nuevo. Restos de un naufragio. Al mediodía, el timbre la cogió desprevenida y con el ánimo agitado por los recuerdos de tiempos mejores. Abrió la puerta de forma instintiva, quien sabe si esperanzada, y supo que había cometido un error fatal cuando él metió el pie en el quicio de la puerta  con la misma rapidez con la que Isabel reconoció la oscuridad embrutecida en la mirada del otro.

lunes, 29 de junio de 2020

Cárcel de amor


Aunque me falta sufrimiento para callar, no me fallece conocimiento para ver cuánto me estaría mejor preciarme de lo que callase que arrepentirme de lo que dijese. 
DIEGO DE SAN PEDRO, Cárcel de amor, 1492

CÁRCEL DE AMOR

Presten atención a mis humildes palabras, torpemente expresadas en vulgo romance, todos aquellos que quieran conocer acerca de los vericuetos del amor y permítanme la licencia de fingir antigüedad, tanto en el burdo estilo que en vano trata de adornar los hechos, como en las expresiones y vocablos que utilizaré a modo de marionetas para narrar la historia de mi desdicha. Ruego a la paciente audiencia que tenga presente la posibilidad de reclamar el auxilio de algún galeno que pueda asistirme en caso de ahogo debido a la lectura en voz alta de un texto como este sustentado por medio de largos periodos sintácticos sin comas que actúen a modo de remanso dialéctico y respiratorio. Perdónenme los doctos en letras y en Gramática histórica las incorrecciones y el castellano antiguo impostado, que en realidad no he llegado a utilizar com procede, porque no me he leído ni El Quijote y que seguramente abandonaré en breve por mero desconocimiento del mismo.
Hete aquí que me veo impelido por las sempiternas musas a…
— Es que no sé por qué te has empeñado en escribir así, no va a entender nada.
LAS SEMPITERNAS MUSAS, he dicho, me impelen a narrar la historia de mis desdichas en materia del corazón, de cómo fui hecho prisionero en cruel prisión por causa del desdén de aquella a la que más amé. Valga el viejo recurso a la alegoría carcelaria para plasmar las peripecias sentimentales que me amarraron sin remedio al corazón de mi amada desde la primera vez que vi su angelical rostro en la discoteca Makumba. Al igual que en la fecha de publicación de la obra que inspira estas palabras se descubrieron las Américas, di yo en hincar las rodillas y encomendarme a todos los santos cuando vi a Josselyn bailar con ritmo desaforado al ritmo de Daddy Yankee.
—Parece que ya empiezas a aterrizar. Al grano. Vaya, que volviste loco al ver cómo movía el culo.
Ceje su empeño en trasmudar mis palabras el ser diabólico que susurra a mi oído izquierdo. La narración debe proseguir por los floridos vericuetos del amor cortés. Hallábame pues, como venía diciendo, contemplando extasiado la exótica figura de Josselyn rindiendo justo homenaje a toda la sensualidad que doncella alguna hubiera atesorado.
—¿Doncella? ¿DONCELLA? Mejor no digo nada.
Doncella era a mis ojos embelesados, me cago en la hostia puta. Acabarás haciéndome perder la compostura y el discurso caballeresco.
— Disculpe usted, Don Florián del florido floripondio, San Floreal de los juegos florales. Loor eterno merecen sus palabras y buenas intenciones. ¿O debería decir cobardes? Si piensa que no puedo emular su estilo, anda desencaminado. Entiendo que sus intenciones sean castas y puras, pero no sus deseos. Las alimañas que reptan por la torre en la que vuecencia se halla prisionero traen la lujuria en la punta de sus lenguas.
¿Me quieres dejar en paz de una puñetera vez? Por no decir otra cosa. ¿Tanto te costaba dejarme fantasear con una realidad cortesana en la que pudiera hablar como en las novelas de caballerías? Ni siquiera sé quién eres, a quién corresponde tu voz llena de inquina.
—Contemple el improbable lector de estas palabras cómo las tornas se han girado y el román paladino se trueca en tosco farfullar. Yo, que era personaje secundario, amiga consejera, voz de la conciencia o cualquier malabarismo posible, convengo ahora en utilizar el castellano antiguo, falso e impostado. Nos hallamos inmersos en otro manido juego metaliterario, mera ficción narrativa, un torpe regate que es a la vez zancadilla a uno mismo.
Sí, vale, me pongo zancadillas, porque no tengo cojones de decirle a Josselyn lo mucho que me gusta, que me gustaría agarrarme a su grupa y cabalgar hasta el amanecer. Me vuelve loco la hija de puta.
—Cabalgar hasta el amanecer o, ya puestos,  hasta que la aurora de rosados dedos o el canto de las alondras despierte a los amantes, avergonzados no tanto por su desnudez, como por estar conformando un cuadro amoroso de lo más tópico. ¿Podemos hablar ya como las personas normales? ¿Sabes quién soy?
La vergüenza, la cobardía, el miedo, los complejos, la culpa. Mi diablo particular.
—No y cinco veces no. Esos son monstruos a los que ya deberías haber derrotado en esa aventura mental que te empeñas en recrear hasta la torre de la amada. Soy la lucidez de Don Quijote en el lecho de muerte. Abandona las palabras y afronta los hechos. Hay más sabiduría en un beso dado a tiempo, que en cien sonetos.
Entonces, ¿Josselyn es una sombra platónica, no es más que el fantasma de Dulcinea? ¿Seguirá atrapada para siempre en mi atormentada cabeza?
—No, y no empieces con requiebros, ahora que empezábamos a hablar como las personas. Josselyn es real, tan real como el mamporro que te atizó su novio cuando te acercaste borracho a ella. Ya te dijeron tus amigos que no era buena idea acabar la noche en el Makumba, porque los dominicanos llevan bastante mal que un estudiante de filología de menos de 70 kilos trate de bailar la conga con su novia. Te hubieras evitado acabar con la cabeza tronchada y hablando con alguien que ni existe dentro de la ambulancia, que mira qué cara pone la enfermera, que de esta acabas de verdad escribiendo novelas de caballerías en un jardincito soleado. Anda, desmáyate de una vez ya.




miércoles, 3 de junio de 2020

miércoles, 13 de mayo de 2020

Ritmo de la noche


Tú es que eres muy joven para entender lo que es el ritmo. El ritmo, no esta bazofia atronadora. Chunda, chunda, que no sé ni qué hago aquí metido. Lo que te decía. Mi primera exposición se llamó Swing, ahí es nada. ¿Cómo? Vale, vale, no me pego tanto.  Pero es que si no no me oyes, nena. No te preocupes, que no muerdo. Cuando yo tenía tu edad sonaba Benny Goodman en la radio y bailábamos caminando, como si el cuerpo silbara a cada paso. La calle era nuestra y todas las palabras eran esdrújulas, elásticas, rítmicas. Ahora os pasáis los días pegados al móvil, como estatuas de sal. Condenadas por haber girado el rostro para ver la mierda de vida que dejan atrás. Lot, mujer de Lot, flor de loto. ¿Te has fumado alguna vez tus miedos, te has atrevido a saltar de verdad al vacío? No pongas esa cara, es toda una experiencia. ¿Quieres otro cubata? Toda mujer tiene un trazo particular, por eso me gusta pintaros. No, no soy famoso. Yo era muy outsider,  pero pintaba a auténticas bellezas. Hubo una actriz de cine francesa, que… En fin, es de mal gusto hablar de esas cosas. Lo que te decía. El ritmo es lo más importante, mi auténtica obsesión. La pintura es música y viceversa.  No hace falta chascar los dedos para tener ritmo, ni subirse al podio a bailar como tu amiga. Menuda loca, se le ve todo. Una mujer recostada como una pantera puede tener más ritmo que un negro aullando a la luna. Ritmo, ritmo, ritmo. Me repito, lo sé. Todas querían que las pintara porque a ninguna le gustaba morirse poco a poco y arrugarse como una promesa olvidada. Mis cuadros acababan siendo inútiles. Es imposible atrapar belleza. Tú, ahora mismo, mirándome con esos ojos como platos, eres única. Todas las mujeres que he pintado se sentían dignas del arte, merecedoras del baile de mis pinceles. Todas como cabras, con sangre de pelirroja ¿Otra? Menudo saque tienes, pero es lo menos que puedo hacer por la turra que te estoy dando. Tienes unos ojos preciosos, me recuerdas aquella noche en la que mire a Medusa cara a cara. El ácido tiene esas cosas. Sí, ácido. ¿Ahora no te parezco un viejales, verdad? A ver si te das cuenta de que voy de buen rollo. Tom Wolfe tiene un libro cojonudo sobre… vale, lo he pillado, no es el momento de hablar de libros. Lo que menos quiero es aburrirte. Tú no te das cuenta, pero llevamos un buen rato bailando. No, no voy de listillo. Que sí, joder, que tomábamos ácido de verdad. L.S.D. Menudos viajes, algunos de mis mejores cuadros los pinté flotando a un palmo del suelo. No te oigo. ¿Cómo? Ah, sí, tengo guardado algo en casa para las ocasiones. Ojito, hay que tener cuidado con los malos viajes y nunca lo tomo solo. Para pintar es mucho mejor fumarse un buen canuto de hierba. Anda la pillina, mira como ahora sí me haces caso.  No tienes un pelo de tonta, mi querida Lolita. Ya, ya sé que no te llamas Lolita, déjalo estar. ¿Cómo? Claro que podemos ir a mi casa. Si te lo curras, puedo hasta hacerte un cuadro. No te rías, ya verás como al final te va a acabar gustando el swing.

martes, 21 de abril de 2020

Circo Surrender

El Maestro de Ceremonias se balancea como un punto rojo y sudado en medio de la pista central. Se pasa la mano por el rostro, como si buscara restos de tiempos mejores en los que lucía un bigote de rizo imposible y no desmochado como el que luce, da dos pasos torpes de pingüino hacia la luz de un foco que no se ha molestado en buscarle y se dirige a las gradas con voz engolada.

— ¡Damas y caballeros! Gracias por venir al Circo Surrender, donde podrán contemplar cuadros de extraordinario interés, escenas sin parangón en el arte de la derrota. Porque el entretenimiento no está reñido con la didáctica. Pasen y aprendan que el equilibrio es imposible y que las palabras son arañazos sobre el mármol.

Silencio entre el público, si es que hay alguien sentado en la oscuridad absoluta que reina más allá de los tres escenarios circenses.

El Maestro se retira y el haz de luz se dirige a la pista a su izquierda, más pequeña, en la que un joven de unos veinte años con gafas torcidas y greñas descuidadas garabatea un papel con el ceño fruncido.
Suena una voz más aguda que surge de la oscuridad. Es evidente que se trata del mismo Maestro de Ceremonias, único responsable de aquel lugar maldito, tratando de fingir que se trata de otra persona.

—Observen la completa dedicación del joven poeta a lo que él considera su necesidad más perentoria, cómo trata de radiografiar sonidos y palabras, cómo se le escapa de entre los dedos la palmaria evidencia de que el esfuerzo es inútil, cómo se mira al espejo y conforma una poética mil veces reinventada. Pero atención a sus pies desnudos, al suelo enfangado de la escena. Es el miedo, la inseguridad de no pisar sobre tierra firme. Trata de construir un bastión sobre unos cimientos fallidos. Escribe porque quiere ser amado, pero no sabe ni robar un beso. Escribirá 42 poemas a su particular musa y, de tanto idealizarla, no será capaz de pellizcarle las nalgas.

La escena queda en penumbra y se hace la luz en la pista central. La voz del Maestro de Ceremonias, esta vez grave y cavernosa, se dirige al supuesto público.

—Del pasado pasamos al presente, permítame nuestra querida audiencia el tosco juego de palabras. Vean, de nuevo inclinado ante un escritorio, a nuestro otrora poeta, con menos pelo y más panza, esforzarse ante la rima imposible de una hoja de cálculo. Disfruten de cómo achina sus ojos cansados entre ingresos y costes, cómo asume sin rechistar decisiones injustas, cómo se enseñorea con sus subalternos y se humilla ante sus superiores. Ya no escribe, ya no lee, solo consume y apenas patalea consumada la derrota. El vate abatido que ni siquiera se queja de su cautiverio, atrapado sin remedio en las celdas de un Excel. No perdamos más tiempo regodeándonos en la carroña al borde del camino, pues no somos Baudelaire, si me disculpan añadir una pedante referencia que no viene al caso. Pasemos a la última pista, la del futuro.

La luz de la pista central se apaga y la sala queda en tinieblas. El Maestro de Ceremonias guarda silencio. Solo se escucha el sonido de alguien que reniega por lo bajo y trata de manipular el foco para arreglarlo. Sigue reinando la oscuridad, pero la última pista queda oculta a los ojos del público. Solo se oye alguna que otra tos inquieta, única señal hasta ahora de la existencia de un público impaciente. Toses y más toses a la espera de un desenlace que en realidad ya se ha producido, pues no hay nada más que ver.


sábado, 8 de febrero de 2020

Pica

Recuerdo, muchos años después, la respiración agitada, la frente sudorosa y las mejillas ardiendo. La sangre era casi lo de menos. Primaba la excitación que producía haberme portado mal, haber trascendido el papel que me asignaban los demás.  

Dale más fuerte, no tengas miedo.

A Angelito, el niño que fui y al que ahora observo desde lejos, no le había quedado otra que ser el flojeras, el gordito bonachón de ciudad que pasaba el verano con sus padres en el pueblo, el bicho raro que leía a la hora de la siesta y que no pasaba de la categoría de acoplado. Por eso mismo, la herida que tenía abierta en la frente podía considerarse la mejor de las condecoraciones.
Mientras se dirigía con paso lento a la finca donde veraneaban, el remordimiento empezó a aparecer, arrastrándole de nuevo a su condición de niño apocado y timorato. Aún no tenía claro cómo se había dejado convencer para unirse a la batalla contra la panda del pueblo de al lado, desestimando la prudencia que le caracterizaba y que era el marchamo inconfundible de una crianza pegado a las faldas de su madre.  En realidad, no habían pesado tanto los ruegos de sus amigos veraniegos, como su naturaleza fantasiosa,  un soberano aburrimiento y la lectura reciente de  Las aventuras de Huckleberry Finn.

Al menos habían ganado la batalla y, lo mejor de todo, apenas había gritado cuando la piedra, furioso y certero proyectil rival, le alcanzó justo encima de la ceja derecha. Angelito el blandengue había peleado como el que más, compensando su falta de puntería con un arrojo imprudente que le había llevado a ser blanco fácil, a convertirle en mártir y héroe a la vez. El golpe había sido seco y duro y, como impulsados por un resorte que les devolvía a la realidad, todos los niños pararon la contienda, conscientes de que la pantomima bélica había ido demasiado lejos. La sangre tardó un poco en manar de su frente, como si no se atreviera a transformar el juego en tragedia. Todos callaron y, paradójicamente, los rivales huyeron despavoridos cuando Angelito, en vez de quejarse, cogió un palo del suelo y se abalanzó contra ellos, con el rostro manchado de sangre, gritando como una bestia acorralada por una jauría.

Te he dicho que no tengas miedo. Hemos venido aquí para esto. Átame bien fuerte y haz conmigo lo que quieras. No te preocupes, tenemos la palabra clave. Si no puedo más la usaré, pero quiero olvidarme de ella ahora, quiero sentirme totalmente a tu merced. Necesito que hagas de mí lo que quieras. Soy un trapo sucio al que no le importa que lo refriegues sobre la mierda.

Nunca había visto a mi madre así. Como si hubiera visto a un muerto andante. Su Angelito con la camiseta empapada de sangre, su hijo, su hijo, pero quién le había hecho eso. Seguramente lo que más la asustó fue que me se encogiera de hombros, que guardara silencio con una media sonrisa en la boca. Aquel no parecía su hijo, parecía un demonio,  que ya decía ella que nunca le había gustado aquel pueblo perdido de la mano de Dios, que iba a ser la última vez que venían, que qué panda de animales y se le escapó que no le extrañaba que papá hubiera salido de allí. Y a saber dónde estaba ahora, bebiendo y jugando a las cartas con sus amigachos en el bar. Dónde iba a ser.

No quiero tópicos, cera derretida con banda sonora de los ochenta o referencias eruditas a Sade. Aquí no somos el matrimonio de profesores universitarios que ha decidido pasar una noche picante en un hotel para parejas, habitación 50 sombras.  Hemos estudiado el tema, hemos hablado de los límites, pero también de la necesidad. Somos Castigo y Dolor. Tú una fusta y yo un trozo de carne que necesita ser expiado. Nada de operetas, hasta que salga la sangre.

Furiosa, pienso ahora que asustada por verme en aquel estado, pero también llena de odio por aquel pueblo embrutecido, tan ajeno a ella. Su hijo, al que le había inculcado la pasión por la lectura, convertido en salvaje herido. Me metió en la bañera, me quitó la ropa y empezó a limpiarme, pese a mis quejas de preadolescente. El agua caliente pareció despertar el dolor de la herida, pero reprimí el quejido, quise mantenerme adulto en aquella situación vergonzante. Ella maldiciendo mientras me frotaba con fuerza, como si quisiera arrancarme las malas ideas de la piel.

Así, no pares, no interpretes mi silencio como que no estoy disfrutando. Eres buena, los dos sabemos que aprovechas para desahogarte, para decirme a base de golpes todo aquello que callas. Las noches en las que llego tarde con excusas rocambolescas, los desprecios, los comentarios fuera de tono sobre tu trabajo, sobre lo poco que te cuidas, toda la basura que arrojo a tus pies y de la que me arrepiento.  La espalda me arde, puedo sentir la orografía del dolor, pero quiero más, solo un punto más.

No dejó ni que me secara yo solo. Frotaba y frotaba como si formara parte de un ritual. Más tranquila al ver que no brotaba más sangre de la herida, se centró en la reprimenda, en los porqués, en la salmodia de quejas y lamentos que cabía esperar. Cuando quise salir para vestirme, me cogió por la muñeca. Que a dónde iba, que eso se podía infectar, que ven aquí que te eche un poco de alcohol. Y eso sí que no, ahí ya no pude aguantar y me vino encima todo el dolor, toda la culpa por lo que había hecho. Que si no había agua oxigenada y ella que no, que el alcohol curaba más y que parecía mentira que no hubiera dicho ni mu hasta ahora y que si por un poco de alcohol, que no iba a ser para tanto. Y me puse a llorar todo lo que había reprimido hasta ese momento, me cayó la culpa como un fardo sobre el pecho,  pero no sirvió de nada que le suplicara, que me pusiera a gritar que picaba.

Ahora, justo ahora que estoy a punto, ha llegado el momento. Coge la botellita de alcohol y refriégame la espalda bien fuerte, como si me dieras un masaje, como si frotaras una toalla contra las heridas. No temas hacerme daño, para eso hemos venido. Solo quiero pediros perdón.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Tarifa Plana

—Me gusta apostar por la sinceridad. Podríamos seguir hablando toda la tarde y que fueran cayendo las cañas hasta que nos cayéramos bien, forzar  el conocimiento apresurado que implica este tipo de citas. Prefiero evitar las preguntas habituales, la gente las usa como si verse cara a cara no fuera más que una extensión de la aplicación y siguiéramos escaneando el atractivo del otro. Ya sabes, hemos hecho match, chateamos un par de días y quedamos. Pero quedar en persona siempre es violento, a no ser que se tengan las cosas muy claras. Estoy hablando demasiado, lo sé.

Ella ha perdido hace rato el hilo de la disertación de él. No está acostumbrada a la cerveza y el calor y los nervios han hecho que se la tomara demasiado rápido. Algo mareada, se recrea en un lunar que tiene el chico justo en el codo derecho, un pequeño pero visible refugio de la imperfección. Porque, por mucho que pensara que las fotos del perfil de él estuvieran retocadas, incluso que pudieran ser falsas, la realidad es mucho mejor de lo que se esperaba. Es perfecto, es perfecto, se imagina que corean sus amigas, las mismas que la empujaron a usar la aplicación en una tarde de aburrimiento y confesiones. Ella divaga, ella es una romántica empedernida fuera de lugar que tiene ante si a un chico más joven que ella, alto, atlético, con una sonrisa encantadora que va a juego con unos ojos verdes y traviesos, un rostro de rasgos felinos y una piel bronceada.

— ¿Cómo? No, no te preocupes. Tienes una voz muy agradable y me gusta escuchar.

Después de haberse convencido de tener una aventura frívola con la que oxigenarse y olvidar los problemas con su ex, ella se ha encontrado con la agradable sorpresa de un encuentro con alguien que no solo es muy atractivo, sino que es capaz de desarrollar un discurso irónico sobre la situación.

—No quiero sonar presuntuoso, pero lo que para otros es un reto en este tipo de citas, para mí es algo rutinario. No necesito usar aplicaciones para acostarme con alguien. No me malinterpretes, eres una chica muy atractiva y no soy tonto. Lo que quiero decir es que el sexo casual no es difícil de encontrar, si uno se lo propone.

Claro, será en tu caso, que eres un cerebrito parlanchín con cuerpo de gimnasta. Yo siempre he sido una mojigata que idealizaba a la persona equivocada.

Piensa ella, pero dice:

—Claro, llega  a cansar.
—Exacto, para mí es más excitante tratar de encontrar a gente que valga la pena en este tipo de citas. Supone todo un desafío revertir la situación y pasar de la frivolidad a un conocimiento más profundo. Es como encontrar la famosa aguja en el pajar.

Me la quiere dar con queso, se le ha visto el plumero al utilizar el topicazo de la aguja. Trata de ponerme delante un espejo con letras de neón en el marco: ERES EXCEPCIONAL. Voy a soltarle una.

—Bueno, las agujas suelen pincharte cuando se encuentran si rebuscas entre la paja.

Él esboza una sonrisa perfecta y a ella le tiemblan las rodillas. Es invencible.

—Obviaré el chiste fácil y grosero. No quería caer en los tópicos, acabamos de conocernos y parece que esté desplegando sobre la mesa un plano con mi particular cartografía sentimental. Hay picos y valles, pero lo importante es conocer el territorio.

Qué cabrón, qué bien habla. O tiene el guión muy bien aprendido, o es una joyita. Que no se te escape, no seas boba y pide otras dos cervezas, que vea que tienes interés.

—¿Otra ronda? Ya la hora que es, podríamos pedir un par de raciones para medio cenar.

Por supuesto, él acepta y parece relajarse. Durante los próximos minutos, deja que ella maneje la conversación y le hable de su trabajo, de los viajes que ha hecho, las series que ve y todo el habitual repertorio de la insustancialidad. Pasan al vino y rematan el postre con un licor de hierbas barato, que les rasca las gargantas y les afloja la lengua ya del todo. 

—Pues yo no he viajado fuera de España —afirma él.
—¿Y eso? Mira que al final sí que voy a pensar que eres un bicho raro. Si hoy en día viajar es lo más sencillo del mundo. Y por favor, no me sueltes el tópico rancio de que con la de cosas que hay que ver en España, no hace falta ir al extranjero.
—Te voy pillando el punto cañero, me gustas. No, no se trata de eso. Vivimos en la era de los vuelos baratos y no acaba de gustarme la idea.

¿Ecologista? ¿Miedo a volar? ¿Simplemente paleto? No puedo evitar seguir tirando del hilo. Lo importante, ha dicho “me gustas”. Se le ha escapado. Joder, creo que me estoy enamorando. ¿Ya estamos? Que no se te note.

—Bueno, la verdad es que tanto turisteo da asco y no, no voy a ser ahora yo la rancia que diga aquello tan manido de que yo no hago turismo, sino que viajo. Oye, cada cual tiene sus manías, si no te gusta volar…
—No es eso, es que los aviones precisamente son una de las pruebas de que nos engañan.
—¿Nos engañan?
—Sí, claro. Lo que te voy a decir te sorprenderá, pero no creo que vayas a salir disparada con lo que te voy a decir. Como te dije antes, prefiero ser sincero y creo que vales la pena.

Las mariposas, las jodidas mariposas en el estómago. Pero qué misterioso, a ver por dónde sale. Con lo seguro y un poco pedante que parecía al principio y ahora parece desarmado. Me gusta verle así. Le besaría ahora mismo. Espera, cuando salgamos a la calle, que siga hablando. Un sorbito a la copa para que se anime él a seguir, que vea que estás relajada.

—Gracias, tú también. Si no quieres, no hay necesidad de que me lo cuentes.
—Bueno, es que es una teoría que no es muy popular, la gente suele burlarse y somos pocos los que la defendemos, pero es una muestra más de lo gregaria que es la gente. Confío en que no saldrás corriendo, no eres una más.

Que lo suelte ya. Lo tengo en el bote, menudo pedazo de tío. Y ahora se muestra vulnerable, es ideal. Contigo hasta el fin del mundo, chato.

—Seguro que no huyo despavorida, no te preocupes. Venga, no será para tanto.
—Bueno, el caso es que, si lo piensas bien. ¿No te llama la atención que, teniendo en cuenta el movimiento de rotación de la Tierra, si un avión se quedara parado en el aire,  llegaría a su destino sin necesidad de moverse?

No digas nada, sigue sonriendo, las cejas quietas, muérdete la lengua si es necesario, no la cagues ahora.

—Pues la verdad, no me lo había planteado nunca.
—Es de cajón, ¿verdad? Pues es una de las pruebas más claras de que el planeta no es redondo. Y hay muchas más.

Excúsate si es necesario, ve al baño si no vas a aguantar la risa, pero mantén la calma. Terraplanista, el tío es terraplanista. Si ya lo decía yo, que no podía ser perfecto. Deja que hable. Así, muy bien, asiente de vez en cuando, sonríe. Mantén la función fática. Terraplanista. Qué cojones. Pero este no se me escapa, a la mierda las mariposas. Que siga hablando, da igual. Necesito un vodka, eso sí. O dos. Y dale con la matraca. Descartado por completo. Lleva ya media hora. Pero este no se me escapa vivo, aunque sea por cobrarme haber aguantado la mierda del terraplanismo.

—Ostras, pues sí que tienes argumentos, me estás haciendo dudar un poco. Oye, pero una cosa tengo clara, se ha hecho muy tarde y…
—Vaya, lo sabía, te he aburrido con el tema. Lo siento de veras.
—No, para nada. Mira, aunque seguro que vamos a quedar más veces, voy a ser directa. Me pide el cuerpo que te vengas a mi casa. Está aquí al lado, ¿te apetece?
—Claro, sería imbécil si te dijera que no.

Descuida, que imbécil eres un rato. Anda, te dejo pagar la cuenta para que te sientas todo un machote. Toma ya esos morrazos que tienes, ya tardabas en comerme la boca. Vámonos, alma de cántaro, si al final mis amigas tenían razón. Un polvo o dos en tarifa plana,  mira que soy graciosa, y ya puedes irte solito hasta el fin del mundo, cuidado no te caigas al llegar.




lunes, 28 de octubre de 2019

De rodillas



No quiero recurrir a los tópicos, pero he hecho todo lo posible por no caer en la tentación. Que me juzgue el único que puede hacerlo, pues con toda seguridad no será tan severo su juicio  como el que emana de mi propia conciencia. Me reconozco como el peor de los pecadores, uno más entre las reses condenadas de antemano que se balancean día a día hacia un destino conocido. Pero no soy solo la sombra que se agita por las noches entre sudor y temblores, el insomne  que se revuelve y amenaza con la mirada al cielo estrellado. Iluso, anhelo con equilibrar la balanza con la redención que otorgue mi buen hacer. Mi carácter se ha conformado en base a la disciplina y a la dedicación al prójimo. Humildad, sacrificio, bondad.

La tentación es diaria  y no conoce fiestas o  sacramentos, pero al margen del día a día, hay experiencias que dejan una huella indeleble pese al transcurrir de los años. El primer anzuelo es el que se clava de forma más firme en la carne y acaba integrándose en ella, como un huesecillo infecto y metálico que me recuerda una y otra vez el error cometido, ese primer momento en el que cedí a la tentación.

Fue un verano más de los que pasaba mi familia en un pequeño pueblo de Zamora que había visto nacer a mi madre. Apenas tendría yo trece años, pero me consideraba plenamente adulto y responsable. No caía en las diabluras propias de mi edad y ya mostraba querencia por la lectura y las disquisiciones filosóficas y religiosas, por lo que mis padres y los de mis amigos delegaban en mí la responsabilidad de cuidar de los más chicos que conformaban la pandilla estival. No era tarea complicada en aquellos tiempos de despreocupada felicidad, de un asueto rutinario en el que nos veíamos inmersos, como si el tiempo se hubiera detenido y no hubiera más existencia que la de bañarse en el río y jugar todo el día. Era bueno inventando historias, tramas heroicas o fantásticas en las que asignaba a cada uno el personaje que iba a interpretar.

Juan era mi mano derecha. Dos años menor que yo, andaba siempre con el pelo negro revuelto y con un gesto de pícaro robagallinas. Parecía estar tramando alguna travesura en todo momento, aunque estuviera simplemente sentado bajo la sombra de un pino. Aunque estuviera callado, tras los dos carboncillos inquietos de su mirada le adivinaba alguna fechoría. Me pasaba el día reprobando su lenguaje soez, cargado de vulgarismos y palabrotas. Aun y así, o tal vez por ello, era mi mejor amigo. 
Aquella tarde en la que subimos todos al viejo molino de agua a jugar a quijotes de río, empezó a girar para mí la maldición a la que sigo amarrado. Juan insistió en encaramarse a la vieja rueda de madera, sin más motivo que probar a todos que era el más ágil y fuerte. Era algo habitual en él, pero no contó con que la madera cedería bajo sus pies y acabó cayendo de bruces desde un par de metros de altura. Un susto, apenas unos rasguños y unas risas, pero me enfurecí de veras con él, porque podría haber sido mucho peor.

Mira cómo te has puesto. Como te vea tu madre, se lo dirá a la mía y no nos van a dejar salir en una semana. Ya, claro, no te has hecho nada, siempre dices lo mismo. Venga, vamos a la orilla, mejor te limpias esa herida.

Tenía un corte en la rodilla, por el que empezaba a manar la sangre. Poca cosa, pero era mejor limpiarla. Cojeaba un poco y se apoyó en mi hombro en dirección al río. Los otros quedaron atrás, inspeccionando el molino.

Ya ves, íbamos a jugar a quijotes y me da que esto va a parecerse al final a un bautismo. San Juan Bautista bautizado, San Juan el de la rodilla pelada. Aunque tú de santo tienes poco. Mira que estás loco, pero deja que lo haga yo, te va a doler, pero es mejor que te limpie esa sangre. Así, suave.  Ves como ya no te duele.

Y luego un silencio incómodo que me despertó de mis ensoñaciones, como si una puerta se cerrara de golpe. Un silencio que decía qué estás haciendo, déjalo ya, estoy bien, ya me curo yo la herida, deja de tocarme. Un silencio a punto de estallar en mi cabeza, un sofoco y unas ganas de seguir acariciando, hasta que Juan me apartó de un empujón y aquella orilla nos separó para siempre.

Aquel niño que fui yo sigue aquí, mirándote a los ojos, a ese tú que es mi espejo, que es conciencia del pecado. Yo que ahora absuelvo, que impongo penitencias, que sigo rodeado de niños, que imparto el más sagrado sacramento sobre sus lenguas temblorosas, sigo siendo aquel crío en la orilla del río, bautismo de sangre y tentación, pasado que vuelve una y otra vez. Yo te absuelvo, hijo, dos padrenuestros y un avemaría, que vuelva a girar la noria. Puedes levantarte, te acaricio el pelo y desvío la mirada, a mi pesar, hacia esas dos pequeñas rodillas enrojecidas por la genuflexión.

jueves, 29 de marzo de 2018

¡Adios, ríos!

Adios, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.





Un vagón de metro cualquiera. La consabida rutina, tantas veces retratada. Noche de sábado hacia la periferia, jugar a adivinar retratos e historias en los rostros, mirada esquiva de adolescente, rostro cansado de camarera, aliento a alcohol de un hombre adormecido, un niño chino, obeso, sonriente, come patatas de bolsa con ritmo de metrónomo, su madre absorta en el móvil, casi todas las miradas buscando no enmarañarse, fijándose en un punto concreto de la nada para no cruzarse entre ellas. Escena mil veces descrita, pasto de aspirantes a escritor, literatura del cansancio compartido. En la siguiente estación, sube un hombre andrajoso, un signo de exclamación serpenteando entre la muchedumbre, algunas fosas nasales se contraen tratando de enterrar el olor a muerte en vida característico. Nada nuevo, un mendigo cualquiera, de entre cincuenta años y mil derrotas de edad. Pide disculpas al resto de viajeros, ritual común del pedigüeño, no quiere molestar, como si alguien estuviera haciendo algo importante, como si la vida del resto del pasaje valiera más que la suya, captatio benevolentiae, parece avergonzado, puede que forme parte de un papel estudiado, del anzuelo que tiende para buscar el contacto, disculpen y buenas noches, no querría molestar, voy a recitar unos versos de Rosalía de Castro. Colgado en las paredes del vagón, un cartel pregona versos de un poeta relamido del 27, dentro de la campaña Ni un día sin poesía. En contraste, la turbiedad alcohólica de las palabras balbuceadas por el mendigo, apenas inteligibles, como si fuera consciente de que casi nadie sabe quién es Rosalia de Castro en aquel agujero lejos de cualquier río. Recita los cuatro primeros versos, no parece recordar más, y me tiende la mano, piel oscura, de ese color sin raza que tienen los mendigos con solera. Sé que esa moneda que le doy acabará en vino, pero el recurso a los versos me ha enternecido, su irrupción inesperada, un guiño cultural, frívolo, que bordea el ineludible continente de la tragedia, ese hombre ahora derrotado que, de niño, memorizó aquellos versos sin saber que serían un recurso desesperado, una espada de madera en una batalla perdida.

sábado, 13 de enero de 2018

P'alante




Doy por sentado que tienes en cuenta las repercusiones electorales de lo de Juan Ignacio. Que sí, que parece que de una forma u otra tu estrategia de segundo plano hace que salgas indemne, pero esta vez la has cagado bien. Y perdona que te sea tan franco y directo, pero son ya muchos años a tu lado como asesor y creo que pocas veces me he equivocado. No me gusta disfrazarme ahora de suegra gruñona, pero te lo dije, te dije una y mil veces que Juan Ignacio no era de fiar, que le tiraban más las ansias de figurar que la picha o la cartera. A los amiguetes políticos se les amarra por esas dos cosas y, si las rechazan, malo. Fíjate tú la que te ha jugado en esa puta conferencia de presa, con esos aires de superioridad moral que se da, el mentón bien alto y jugueteando con el rosario del bolsillo de su pantalón. No son de fiar, no son de fiar, sólo se ayudan entre ellos y si no eres de los suyos, de una u otra forma te acabas convirtiendo en su enemigo. Y ahora a ver cómo salimos del embrollo, que seguro que lo hacemos. Lo primero de todo es preparar una coartada, creo que sería bueno utilizar ese selfie que publicaste en año nuevo, cuando saliste a caminar con Pepe y Julián. Que no sé yo cómo mantienes la amistad con esos dos, después de que los defenestraras por lo del fondo agrario. ¿Qué cómo vas a utilizar ese selfie? Joder, está claro. Si estabas por el campo de paseíto con ellos, es materialmente imposible que estuvieras a la vez en Bruselas negociando con el catalán. Que sí, que ya sé que sí estabas en Bruselas y el selfi es de otro día, pero lo que nos ocupa ahora son dos cosas: averiguar cómo se han enterado los amigos de la sotana de lo del encuentro con el exiliado y cómo negar cualquier asomo de acercamiento con los indepes. Ahora no te oigo bien, creo que es la cobertura. Ah, que estás comiendo un polvorón. Qué cojones tienes. Yo recomendándote un logopeda para que pronuncies mejor y tú comiendo polvorones mientras te soluciono la vida. Que sí, que ya sé que para algo me pagas, así es imposible que tengas ni un mínimo de ansiedad. Menuda pachorra tienes, así te va. De bien, claro, que pareces inexpugnable, que yo no trabajo para cualquiera, presidente. Si es que siempre me acabas convenciendo, vale, no me preocupo. Perdona, es que voy conduciendo y he perdido cobertura. Sí, todo claro. No decimos nada, nada de nota de prensa y movemos algún tema en paralelo para dar de comer a los medios. Tenemos en la recámara que el fiscal les meta un buen capón a los subnormales esos del programa nocturno de La Ser. Sí, el gordo de la barba y los otros dos. Eso hará el suficiente ruido. Lo de siempre y p’alante,  presidente. Espera un momento, que me acaba de llegar un Whatsapp de Pepe. Joder. Hostia. Espera, que aparco. Te lo voy a reenviar. Sí, joder, me lo ha enviado Pepe. ¿Cómo no te diste cuenta de que te hizo esa foto? Tranquilízate y vamos a esperar qué quiere a cambio de no pasarla a la prensa. Porque algo va a querer ese hijo de puta. Ya, ya sé que no es delito, que por mear en el campo no has matado a nadie, pero… Joder, no sé cómo decirlo presidente, el cabrón ha sacado la foto en un ángulo de forma que parece que… Cómo que que hable claro. Pues que no sé cómo te pilló, desde dónde te hizo la foto, pero parece que… que la tengas diminuta, joder. Que seguro que es la perspectiva, pero piensa en el daño que puede hacer que esa foto empiece a rular por las redes. Lo entiendo, lo entiendo, no me grites. Lo que sea, le daré lo que sea, me cago en todo, pero por mis muertos que cuando te saque de esta me busco otro curro, que al menos a Clinton se la estaban chupando cuando se la sacó. Que sí, que te digo algo, que no me río, que esto es serio, pero seguro que minimizamos de alguna forma el impacto, en caso de que la foto salga a la luz. Que no, que no quería hacer un chiste. Cuelgo.

viernes, 13 de octubre de 2017

Álbum

Te llamas Bernardo Bernal y eres feo, gordo, calvo, raro. Echas la culpa de tu mala suerte con las mujeres a tu aspecto, pero no haces nada por remediarlo. Llevas casi siempre la misma ropa, apenas un recambio semanal para cada pieza. No haces ejercicio y comes mal y de forma descuidada.  Vives esperando a que muera tu madre y heredar el piso diminuto en el que convivís. De fondo, la foto enmarcada de tu padre, en el comedor, ese bigote reprochando tu mera existencia. Eres virgen a los 44, pero nadie diría que eres infeliz. Gozas de aparente buen humor, pareces buena persona y haces reír a los demás cuando te lo propones, a base de ocurrencias groseras y chistes de bar. Además, tienes un hobby con el que te sacas unas perras y que te ha hecho conocer gente. Si vas a justificar tu existencia con eso, mal vamos. Coleccionas cromos de fútbol y los vendes o intercambias en el Rastro, en la plaza del Campillo del Mundo Nuevo. Eres ya un personaje conocido allí. Los domingos te pones una camiseta demasiado ceñida de Hugo Sánchez, casi una reliquia, pero que te sirve para distinguirte entre la marabunta de coleccionistas que hormiguean  por la plaza. No fallas nunca, sonríes siempre, aunque te hagan las mismas peticiones, aunque te sepas ya de memoria qué cromos son difíciles de encontrar y la gente pregunte por ellos como si fueran uno más. No, ningún cromo es uno más, aunque muchos sean más fáciles de encontrar y estén repetidos hasta la extenuación. Fantaseas con ser algún día una de esas personas importantes que deciden cuál es la proporción exacta de cromos raros que van a salir en la colección de tal temporada. Señalar con el dedo a ese extremo izquierda del Valladolid al que nadie conoce. Darse el capricho de marcar la excepcionalidad. En la plaza, como los cromos, muchos rostros son repetidos, aunque parezcan distintos. Te permites hacer filosofía barata sobre los distintos tipos de personas que trapichean con las estampillas futbolísticas. Todos ellos se creen únicos, pero muchos responden a patrones que sabes diferenciar. Oportunistas, aburridos, ansiosos, inocentes, timadores, distintos equipos para alcanzar el trofeo de la colección completa, o para acumular cromos raros que puedan tener más valor. Lo que para unos es un intercambio provechoso para ambas partes, es un ejercicio de depredación contumaz para otros. Tú te sitúas en un término medio. Sabes mostrarte amable con los primeros y perspicaz con los segundos. Llevas muchos años frecuentando el lugar y pocos pueden decir que tengan una colección tan extensa y cuidada como la tuya. Llegas a primera hora, te sientas en ese banco que ya los habituales dan por hecho que es el tuyo y despliegas la mesita de camping sobre la que vas colocando minuciosamente tus álbumes. Teniendo en cuenta que hace tiempo que no buscas ningún cromo específico y que eres un proveedor experto, tu objetivo es otro y los medios para obtenerlo, muy básicos. Podría resumirse en que das esperanzas a la gente de obtener aquello que desean. No de forma inmediata, porque eso haría que el coleccionista de turno desapareciera una vez obtenida su presa, sino dando largas, prometiendo, mostrando primero una foto del cromo en el móvil, luego dar excusas para llevarlo una semana más tarde, llegada esa semana dirás que se te ha olvidado y acabas intercambiando móviles en vez de cromos para poder quedar algún día entre semana y cerrar la operación. Ese es el gran objetivo, el que sólo sabes tú: conseguir números de teléfono, agregarlos a tu agenda, abrir Whatsapp y guardar las fotos de perfil, las actualizaciones de estado, descartar las fotos anodinas y quedarte con los retazos de felicidad ajena, imprimir las mejores y guardarlas en un álbum que no llevarás nunca a la plaza, que no intercambiarías con nadie, repasar por las noches esas fotos en la playa, esos banquetes que no puedes permitirte, esos rostros sonrientes, con suerte acompañados de su familia, de sus hijos pequeños, tan tiernos ellos, tan inocentes. 

domingo, 13 de noviembre de 2016

Amor platónico

―Tía, pues yo no he roto nunca un plato, pero me va la república.
―Qué tendrá que ver eso con lo que estamos hablando. Te digo que no me voy al parking contigo.
―Ni que fuera a violarte, mira necesito hablar contigo de tranqui, me ha pasado una movida muy rara en ese garito.
― ¿Y qué tiene que ver la república con esa movida? A ti lo que te pasa es que me has visto con pinta de punkarra y te piensas que soy  una guarra.
― Toma rima. No sé de qué pintas me hablas, si eres una yogurina, se te ve a la legua, por mucha cresta que me lleves. Seguro que tus padres te pagan los vicios, la paguita para la niña.
―A mis padres ni los mentes, y la pasta me la saco yo currando entre semana cuidando a mocosos que tienen más cerebro que tú.
― ¡Qué hijaputa, cómo molas! Me gustan las chatis cañeras. ¿Nos partimos otro cuartito?
―Creo que has tenido ya bastante con librarte de que el cachas te abriera la cabeza cuando te has puesto a gritar que toda la peña eran sombras, en la entrada. Y yo tonta por hacerle caso a mi prima y acompañarte para que no te pidieran el DNI. Que si las parejitas entran del tirón y ahora a la mierda con esa paranoia que te ha entrado.
―Pero es que eran sombras que hablaban, más reales que tú y que yo ahora mismo. Se las veía al fondo de la pista, moviéndose como si fueran serpientes humanas, reptilianos, qué mal rollo. Y casi no se las veía, porque la luz de la pista las hacía cambiar, parecía que se escurrían para que no las tocara el láser. Todo mazo oscuro, pero se distinguían por encima de los pódiums, de las barras, de los altillos, como si fueran más negro que el color negro, con brazos y piernas normales, pero las cabezas alargadas, como un balón de rugby.
―Como el mito de la caverna, vaya.
―¡Exacto! Oye, tía, un momento, ¿conocesese mito?
―Pues como todo el mundo, porque he leído La República de Platón. No va a ser de oídas.
―Qué paranoia. Y yo antes hablando de la república, aunque no me refería ver con la obra del fundador de la Academia.
―Es un malentendido que le disculparé gustosa, ya que veo que conoce al insigne filósofo.
―¿Estamos entre pares, pues?
―Así parece, arranquémonos las máscaras, abandonemos este encorsetado papel de jóvenes incultos que quieren integrarse en la plebe.
―¿Qué nos está pasando, tía? Me entra un chine raro y noto de repente como un cosquilleo en la nuca que me hace soltar palabros, y usted me disculpará haber usado un término incorrecto, cambiando de género a tan común sustantivo. Me refería a un lenguaje que se me antoja inusitado entre gente de nuestra edad y condición. Mierda puta, ¿qué cojones?
―Es el tripi, esto  no es ni medio normal. Espero que sepa excusar esa burda expresión que ha salido de mis labios. Ni sé qué es un tripi, ni mucho menos qué puede ser algo “medio normal”. O algo es normal, o excepcional, no creo que haya término medio. Joder, mira, mira las sombras bailando entre los coches del parking. Tengo mazo ganas de gritar, pero no puedo, como si estuviera soñando.
―Aferrémonos a nuestro último recuerdo, querida, obviemos lo que nos rodea, ese ruido atronador que se asemeja a los timbales del averno. Yo… yo estaba experimentando los efectos de la absenta, he de reconocerlo, para explorar un nuevo discurso narrativo, ya que soy un poeta de avanguardia.
―Mi marido es médico y sustraje de su consulta un frasquito de éter. Me habían hablado de sus efectos beneficiosos, a la hora de aplacar el furor uterino que sufro, disculpe usted la cacofonía.
―Creo que me estoy cagando, no sé si de miedo, o porque me ha dado un chungo. Joder, voy y vengo, pero las sombras están ahí, como en el mito. Pero qué mierdas de mito, si no sé ni de lo que hablo. Ya regreso, trato de aferrarme a mi auténtica naturaleza. La palabra será el guiño definitivo, estas personas deleznables en las que parecemos estar atrapados emplean un lenguaje entre soez e incomprensible.
―Amémonos mientras podamos, siento que el éter se apodera por completo de mí, tal vez esté ya del todo desfallecida sobre la cama. No creo que tengamos acceso a una explicación de lo que sucede, somos sombras como las que bailan a nuestro alrededor, sombras en busca de una realidad. Tío, no sé qué me pasa, pero estoy tope cachonda, vamos al coche.
―Estoy de acuerdo, dejemos que fluyan nuestros espíritus y tal vez así logremos regresar. Estoy palote.
―¡Oh, dulce misterio de la vida, por fin te he encontrado! Dale cabrón, dale.


miércoles, 12 de octubre de 2016

La otra cara

Mario tiene cuarenta y dos años y vive con sus padres: la peor combinación. No es la peor combinación en sí misma, pero sí lo es si quieres conocer a una chica. Inmaduro, insolvente, tarado, o una combinación nefasta de todo ello; es lo primero que piensan sobre él. O lo que él piensa que piensan, esa su imagen proyectada en la sala de los espejos deformados que es siempre imaginar cómo te ven los otros.
Mario, además, no tiene bastante con suponer lo que opina la gente sobre él, sino que se considera feo, torpe e incapaz con las mujeres. Por eso se ha dado de alta en una web de contactos, un ecosistema cargado de poses y expectativas en el que el anonimato le da la suficiente confianza como para abordar a alguien que le guste.
Su perfil no tiene foto, pero con el tiempo ha ido ganando experiencia en el manejo de estas redes y compensa la falta de imagen con un trabajado misterio que levanta a su alrededor y con una entrada espectacular con la que obtiene respuesta en multitud de ocasiones. Si la primera imagen es muy importante, no lo son menos las primeras palabras, el anzuelo en el que espera pacientemente pescar la atención de alguna chica.

Creo que tu ficha no está completa. Tu foto dice mucho más que tu descripción…

Y aunque sea una fórmula impostada, un abrecartas con el que empezar una conversación, no deja de ser verdad. Hay días en los que se dedica simplemente a observar el carrusel de rostros que conforman el portal de contactos, una noria de aceptaciones o rechazos, en los que la frivolidad puede en ocasiones dar paso a la curiosidad y a un ir más allá. Le sucede esto último con Clara. A su foto le envuelve un halo de tristeza innegable. Está hecha en su casa, ante el espejo del recibidor. Vestida de noche, como si fuera a salir de fiesta, su sonrisa está algo vencida, con los labios prietos y la mirada entre triste y avergonzada. Sí, su foto dice mucho más que su descripción, muy escueta y genérica. Apenas menciona que le gusta salir a tomar algo, pero que también es amiga de pasarse una tarde de peli y mantita. Un clásico. Pero nada de viajar, de hacer deporte, ir a restaurantes o ir de compras.
          Mario deduce que Clara es una persona solitaria, ya que todas sus fotos son selfies sacados en su casa, una chica que por el aspecto de los muebles y por la ropa que lleva seguramente es de clase baja, con pocos medios y mucho lastre. Fantasea con alguna ruptura sentimental reciente que aumente su fragilidad, las ganas de encontrar alguien que la proteja, que sea bueno con ella. Le escribe y ella contesta. Un poco tarde, lo que ya le hace dudar sobre si estaría hablando con otro al que su inseguridad le atribuye automáticamente virtudes insuperables. Sin dudarlo, será más atractivo, ingenioso, decidido y sexual que él. Se conoce ya demasiado como para no reírse de su pusilanimidad, así que se sacude el miedo y sigue escribiendo. Tres horas más tarde, se acuesta con una sonrisa.


Al día siguiente, despierta con un mensaje de ella dándole los buenos días. Prueba superada, en un medio en el que la gente desaparece sin un mínimo de cortesía.  Siguen hablando, cada vez más a gusto, contándose intimidades que en persona les hubiera costado tal vez semanas en confesarse. Y aunque están de acuerdo en que lo importante es el interior, ese tópico absurdo que conviene decir para parecer sensible y que en realidad lo que hace es negar que la persona es un todo, Mario sabe que tarde o temprano tendrá que enviarle una foto, porque ella ya le ha soltado alguna indirecta al respecto. Es algo que nunca hace, porque su inseguridad acrecienta el temor a mostrarse, a descubrir su fealdad objetiva, contundente, ineludible. Se siente sucio al hacerlo, pero busca en Google la imagen de un Juan Nadie que le resulta atractivo. Es tan sencillo como teclear, por ejemplo, Javier González, un nombre corriente cualquiera y escoger cualquier imagen que resulte verosímil.
         Y ha acertado, porque en cuanto le envía la foto a Clara, nota en esta una reacción inmediata, de la que seguramente ella no sea consciente, pero que él percibe como una puñalada que debe asumir en silencio. La mentira, la imagen de aquel hombre de facciones viriles y ojos verdes, hace que ella se muestre mucho más interesada, que diga tonterías como si fuera una adolescente enamorada, irradiando una ilusión que a él empieza a parecerle tediosa y superficial. Siendo él un impostor, traslada el desprecio que siente por su propio cuerpo a las palabras de Clara y piensa para sus adentros que es una persona superficial, que sólo ha mostrado interés tras enviarle la fotografía. Desconoce que se engaña a sí mismo, que al ocultarse tras una máscara ha matado para siempre aquella relación que parecía basada en la sinceridad y la ilusión y cuando ella insiste en quedar, acepta sólo por hacerle daño, por dar una excusa de última hora y dejar plantada a otra niñata más que seguro que no tiene nada mejor que hacer en la vida. Entra en el portal, bloquea a Clara y sigue buscando otra derrota en la que sentirse vencedor.

martes, 20 de septiembre de 2016

Juego sobre negro

El personaje se halla de nuevo sentado en el suelo de una sala cúbica de color negro. No hay ninguna puerta, ninguna abertura en las paredes pero, a pesar de ello, una luz blanquecina ilumina la estancia tenuemente. Tiene ante sí un tablero. Parece una variante de parchís con un recorrido en forma de círculo, sin salidas, sin llegada. Una única ficha se dispone sobre el extraño juego, un pequeño prisma transparente. El personaje esconde un dado en una mano. Este dado tiene las seis caras totalmente negras, sin ningún número inscrito
.
Por pura crueldad del escritor, el personaje tiene un temperamento reflexivo, inclinado a las cavilaciones metafísicas y a las angustias existenciales. Como es de esperar, esta indeseable condición le provoca no pocos quebraderos de cabeza, teniendo en cuenta su naturaleza ficticia y la extraña situación en la que se encuentra inmerso. Como ente literario, se ve sometido a una perpetua reencarnación en las más diversas fisonomías: ahora es una mujer madura, ahora un anciano de rasgos orientales, un joven de cabellos rubios o algún personaje famoso. Su aspecto físico depende por completo del capricho y la capacidad recreadora de quien lee el cuento. En ocasiones su rostro es una mera neblina donde sólo se distinguen los ojos; en otras, las más, es un rostro anodino, o tiene los rasgos de algún actor o famoso. Pero todo es posible , hasta llegar a ser la figura marginal de un cuadro en una visita fugaz a un museo, quien sabe de qué ciudad, quién sabe por qué soterrado en el subconsciente del lector.

Lo que no cambia nunca es la sensación de desasosiego que le produce el hecho de formar parte de un relato de marcado carácter surrealista, en el sentido más amplio del término. Se ve abocado a la ya para él inevitable rutina de unas reflexiones que le aburren por completo. Muchas de ellas conducen a los dogmas de la filosofía de bolsillo, a la crítica literaria de andar por casa. La escena es absurda, garrapiñada de simbolismo y cada uno de los lectores no puede evitar especular sobre su significado.

A él, lo que en verdad le interesa es descubrir de una vez por todas las reglas del juego que tiene ante sí, entretenerse con aquel tablero circular. Así de simple. El pobre infeliz ignora que él mismo es objeto de juego entre al autor y el lector, un símbolo de difícil comprensión sobre el destino del ser humano, según la crítica más canónica o una simple broma sin valor literario alguno, según no pocas voces discrepantes.

Lo peor de todo es que las preocupaciones que le atormentan y le impiden averiguar las reglas del juego ni siquiera son suyas. Es más, por exigencias del guión, permanece todo el rato en silencio y en todo el cuento sólo se insinúan lacónicamente sus pensamientos en una oración: "se encontraba pensativo". Es esta indefinición la causa por la que se ve obligado a soportar todas las interpretaciones que hacen los lectores sobre lo que le ronda por la cabeza.

Ya sólo no es responsable de su propio aspecto, sino que ni siquiera puede llegar a una conclusión medianamente juiciosa que resuelva sus dudas. En el extraño purgatorio donde descansa entre lectura y lectura, se dedica a soñar destinos mejores. ¡Cómo desearía haber formado parte de uno de un  western de Marcial Lafuente Estefanía! Tampoco pide mucho, un sencillo papelillo de borracho, o ser un simple cactus tostándose al sol de Arizona, o un perro pulgoso, si una puta de saloon con aliento a whisky barato... Cualquier cosa menos no ser nada, ser una mera máscara en un escenario simbolista. ¡Es indignante! Ha de aguantar con estoicismo lecturas mecánicas y desinteresadas que provocan que no piense nada en absoluto, interpretaciones críticas que lo relacionan con un relato breve y primerizo de un catalán exiliado a Méxoico o con una corriente postsimbolista belga, comentarios de texto errabundos de adolescentes con más acné que neuronas y un largo etcétera de dislates similares.
 Así, tan pronto se encuentra, muy a su pesar, pensando en la muerte o en la noche eterna, como en la castración de un supuesto padre perdido a los quince años.

Pero ningún indicio sobre las reglas del juego, si es que se trata de un juego.
Reiteradamente, los elementos de su entorno cobran un significado que se metamorfosea hasta la exasperación: el prisma simboliza el relativismo perspectivo o es una joya de propiedades mágicas desconocidas; el tablero es una metáfora del eterno retorno o una suerte de artilugio espiritista; la habitación se relaciona con el dado y se convierte en un símbolo del azar al cual estamos condenados; la luz misteriosa no es sino el raciocinio. Lectura tras lectura, nuestro personaje parece alejarse de la cada vez más  deseada respuesta que resuelva sus dudas. Hay, eso sí, una excepción francamente inquietante. La desazón que le producen todas estas desafortunadas hipótesis interpretativas no es nada comparada con el pánico que le invade en cada reencuentro del propio autor con su cuento favorito, aquel que le ha hecho tan famoso como iniciador de la llamada narrativa pictórica minimalista. En esas ocasiones, el desdichado protagonista reconoce de inmediato que quien lee el cuento es su propio creador. Como un latigazo, centellea en su mente una carcajada cargada de desprecio que le hace desear haber sido una simple hoja arrugada, una nada verdadera, un silencio puesto en blanco.


domingo, 22 de mayo de 2016

Pelusas

Jaume Castelar era muy exigente a la hora de escoger un hotel, aunque no aplicaba los criterios acostumbrados a la hora de evaluar uno. El establecimiento tenía que reunir las mínimas comodidades para que la estancia no se hiciera insoportable, pero tenía que caracterizarse por cierto grado de descuido y relajación en la limpieza.

No buscaba alojarse en una pocilga, pero sí en un lugar cuya gestión fuera lo bastante relajada para que no extremara la limpieza,  para que al cerrar la puerta tras de sí no se encontrara con la asepsia perfumada  de la mayoría de hoteles, con esa ficción de un espacio a estrenar, impoluto y frío.
A Jaume lo que le gustaba era encontrar restos. Había rincones que no fallaban nunca, como la parte trasera de la taza del baño, o las juntas de las puertas y armarios, pero revisaba también debajo de los colchones y en los desagües, sacaba las cajoneras y levantaba los cojines. Su particular tesoro podía ser un cabello, el ticket arrugado de un parking, un pañuelo de papel reseco o el borde dentado del envoltorio de un preservativo, una nota con la lista de lugares que visitar: escamas desprendidas de unas vidas ajenas, sobre las cuales se complacía en fantasear.

 Tendido en la cama, trataba de concentrar todos sus sentidos para alimentar su imaginación, para tratar de recomponer y recrear lo que habría pasado en la habitación horas antes.  Amantes furtivos, comerciales amarrados al mueble bar, jóvenes parejas, quizás alguien con una enfermedad incurable de viaje en busca de un especialista que le diera una esperanza, niños saltando sobre la cama, centenares de vidas tangenciales con las que nunca se cruzaría, pero cuyas huellas podía percibir, absorber, asimilar. Sonreía, se emocionaba, se excitaba o hacía una mueca de disgusto, palpaba la superficie de los muebles, pegaba la oreja a la pared, se tendía en el suelo como un cadáver rodeado por una tiza, creía reconocer ecos del placer, una tos lejana, palabras provenientes de otras habitaciones que luego él repetía como la salmodia de un culto gris.

Cuando dejaba el hotel, salía a la calle con el ánimo encogido, abrumado por la desnudez de todo aquello que le rodeaba y volvía a caminar sobre el círculo de siempre con la esperanza de que alguien encontrara señales de su vida y le dejara una respuesta, algún mensaje en una habitación anónima que le confirmara que seguía estando vivo. 

sábado, 7 de mayo de 2016

Poema en tres actos

Seré la clau que obre tots els panys
Vicent Andrés Estellés






ACTO I

Llegó a casa eufórico, porque todo reflejo en la mirada de ella había flotado sobre una ensenada amable en la que enterrar para siempre sus miedos. Aquel beso a la salida de la cena de fin de curso, beso furtivo porque la chica de pelo rizado tenía un novio que él presumía adulto y experto, corroboró la precisa concordancia del universo.  No le costó nada escribir el poema, arrastrado por lo que él entendía como amor y no era más que deslumbramiento y afirmación. En apenas diez minutos, tenía ante sí la llave que abría  todas las cerraduras. Aquellas palabras encerraban sonidos que parecían concordar con el deseo, con la partitura balbuceada de un futuro demasiado tiempo postergado y que ahora era luz y presente, tacto y sueño encarnado.

A la mañana siguiente, releyó el poema y pensó que ella merecía mucho más. Repasó los apuntes de métrica y empezó a contar versos tamborileando con los dedos sobre la mesa de su habitación.

ACTO II

En la presentación de su primer poemario, mientras el editor diserta sobre las dificultades de publicar poesía, al poeta le da por recordar aquellos primeros versos dedicados a aquella chica cuyo rostro empieza a desvanecerse por el paso del tiempo y que marchó con su familia a la capital, para no volver jamás. Aquella bisoñez enternecedora con la que escribió sus primeras composiciones no tiene nada que ver con la densa maraña simbólica y conceptual que conforma el libro que tanto le ha costado pulir, en un laborioso y constante proceso de orfebrería textual. Cada palabra, cada combinación de sonidos, cada referencia soterrada tiene un peso molecular insustituible en el entramado del libro, que se muestra como un todo, como un constructo poético que a él le gusta imaginar como un erizo enroscado. Y no anda desacertada la imagen: es un poeta difícil, dicen de él. El mayor de los halagos.

A media noche, después de firmar algunos ejemplares y haber saludado a los corrillos, compuestos principalmente de poetas que no se leían entre ellos, decide volver a casa solo, un poco mareado por el vino. Ya en la calle, oye una voz femenina y se gira.

ACTO III

Su mujer murió hace ya cinco años y le queda la compañía de los libros. Rebuscando entre ellos, encuentra, dentro de un ejemplar de las Metamorfosis de Ovidio, el manuscrito de su primer poema: amarillento, con una letra redondeada que le resulta infantil, inocente. Entiende ahora por qué dejó de escribir poesía justo después de haber logrado publicar, el porqué de la consabida elección del silencio al que se ven abocados tantos poetas.  Las palabras son muletas insuficientes.

El índice tembloroso de su mano envejecida repasa el contorno de aquella caligrafía que le resulta tan ajena y cree sentir, por un instante, el tacto de los labios que crearon aquel primer poema.

sábado, 16 de abril de 2016

Enredos


―Pepe, no seas pesado, que me duele mucho.

―Eso es porque no estás respirando bien. Concéntrate en el diafragma, piensa que es una cama elástica que se tensa cuando llenas los pulmones.

―De momento estoy concentrándome en tu pie, para apartar la cara y que no me saques un ojo con la uña del pulgar, menudas garras.

―Clara, no me seas tiquismiquis y haz el favor de no decir tonterías, si me cortaste las uñas el mes pasado. Trata ahora de apoyar el vértice izquierdo de tu pelvis sobre mi lumbar.

― ¿El vértice de mi pelvis? Y yo sin saber que tenía eso.

―Me harás reír y al final perderemos el equilibrio. Estoy tratando de condensar la gravedad en mis ingles, para que la sangre se agolpe justo ahí donde necesitamos.

―¿Y para eso tengo que estar como la niña del Exorcista? Yo sé de una manera más sencilla, me la enseñó una amiga del club de lectura.

―Ya me imagino quién puede ser, creo que oposita para estar en otro tipo de clubs.

―Cariño, haré como que no he oído ese comentario. Parece mentira, en un hombre que propugna el culto al cuerpo como tú, que te escandalices de según qué cosas.

―Sólo me escandalizo de tu falta de flexibilidad, que pareces una columna dórica.

―Sí, la columna a la que me ha atado un torturador. Maldita la hora en la que tuviste la ocurrencia de practicar esto.

―¿Preferirías estar casada con un enclenque que no se cuidara? Anda, acerca el ombligo a tu espina dorsal.

―Bonita manera de decir que meta barriga.

―Así, muy bien, tú puedes. No te preocupes por el sudor, es señal de que lo estás haciendo como toca. Ahora suelta aire poco a poco, como si tuvieras un plumero a un palmo de tu cara y trataras de respirar sin que se moviera.

―El plumero es lo que se te empieza a ver a ti. Que te digo que no.

―Ya casi lo has conseguido querida, mantén la pelvis neutra, mientras conectas con el centro.

―¿Pero tú me estás escuchando? Con el único centro que voy a conectar es con el de salud, como sigas insistiendo. Si ya sabía yo que esto del Pilates era un rollo macabeo de los tuyos.

―¡Shhh…! Suelta vértebras mientras trato yo de cerrar las escápulas en V.

―No sé qué serán las escápulas, pero cerrar, te voy a cerrar la boca de un guantazo como no me hagas caso. Que no, Pepe, ¿es que no ves que tú tampoco puedes?

―Aparta el codo y déjame que pase la página del libro. Pues no.

―¿Y no será que el Pilates no sirve para lo que te dijo tu hermano? Mira que es un guasón y su mujer una flacucha que no le veo yo pinta de que pueda…

―Espera, que creo que ahora, si soy capaz de activar el núcleo de la línea D puede que…

―¡Ay! ¡Joder, Pepe, vete a la mierda ya tú, tu hermano, el Pilates y tu puta manía de metérmela por el culo!