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martes, 25 de enero de 2011
DICEN QUE ESTÁS MUERTA, de María Zaragoza
Por mucho que pretenda afirmar lo contrario, siempre me ha resultado difícil criticar con objetividad las creaciones de personas a las que, por suerte, conozco. O me puede la absoluta confianza y acabo cayendo en una frivolidad que puede resultar hiriente, o me invade un pudor ceremonial al descubrir en el texto los intrincados mecanismos que mueven sus resortes internos.
Desprender autor y obra, un ejercicio que suele ser tan sano como recomendable por regla general, se me antojaba harto difícil cuando encaré la lectura de la novela de María Zaragoza. He coincidido con ella en demasiadas pocas ocasiones, pero siempre a resguardo de una simpatía mútua que nació bajo extrañas circunstancias. Y pese a conocer sólo de pasada sus andanzas, venturas y desventuras, no pude dejar de ligar la historia narrada con el particular universo de su autora.
Como ella mismo insiste en recordarnos, a poco que prestemos atención, estamos ante una falsa novela negra. La trama policial, las circunstancias del crimen y su resolución, importan poco o nada a la autora, al menos en su armazón. La explicación del crimen puede o no resultar satisfactoria para el amante del género negro, pero lo que importa en esta obra es el mensaje que subyace: que todos y cada uno de nosotros escondemos una bestia (o habría que decir un tigre) en nuestro interior, una fiera que pasea a la sombra del fantasma del amor.
El carácter simbólico de algunos personajes, los juegos de réplica y duplicación, de espejos y moscas a uno y otro lado del cristal, nos hablan de los mecanismos básicos que rigen el amor y el odio, la vida y la muerte. Unas reglas a los que todos estamos sujetos invariablemente. Y una de ellas es que para construir, suele ser necesario destruir, conformar una tábula rasa desde la que empezar alejando los fantasmas del pasado, asesinándolos si hace falta.
martes, 27 de abril de 2010
Crimen y Castigo
Decir que esta tarde me he estremecido al acabar de leer Crimen y castigo en el tren, tras salir del trabajo, es poco. He tenido que disimular las lágrimas, extrañamente emocionado por el epílogo. O es la primavera, o estoy acabado. La sensación de satisfacción, de reencuentro con la literatura, ha sido inmediata. No recuerdo cuándo lo leí por primera vez, pero calculo que hará unos veinte años, así que al pasar la última página había dado por finalizada una de esas relecturas que uno encara con el miedo a la decepción, bien sea por los cambios que uno mismo ha sufrido, o por la perspectiva más amplia que le da a uno ir hurgando en la literatura, hasta darse cuenta de que no puede con ella.
Recuerdo que mi primera lectura de la novela de Dostoyevski fue en una vieja edición de mi abuelo, uno de esos libros que me rodeaban en mi habitación a modo de iconos, dejados allí quién sabe si por falta de espacio en la casa, o como un cebo puesto por mi padre para encauzar mis lecturas hacia autores de más allá de los Urales. Fuera como fuera, al cabo de los años el genial escritor ruso es el autor que más he leido, aunque no sea con el que más he disfrutado. Porque tenía que solventar el encontronazo con unas traducciones farragosas y decimonónicas, en las que uno tenía que destilar el temperamento de los personajes, la fuerza de las pasiones, que parecían semienterradas entre tanta parafernalia retórica.
Aun y así, guardaba un grato recuerdo, sobre todo de Crimen y castigo, El jugador y Los hermanos Karamazov o Humillados y ofendidos, un recuerdo que se ha visto reconfortado con la lectura que acabo de finalizar de la primera de las novelas. Las tribulaciones del atormentado Raskolnikov, la miseria confrontada a la vileza, el tratamiento de temas que resultarían más que escabrosos en su momento (prostitución, asesinato, corrupción, ateísmo, o incluso pederastia), hacen de esta novela un clásico que considero aún contemporáneo. Un personaje como el decadente Svidrigailov, tal vez un alter ego del propio escritor, por poner un ejemplo, es impagable.
Hay libros con los que es mejor quedarse con el recuerdo de la ilusión de la primera lecura. Seguramente, si releyera (por décima vez) la saga de Tolkien, me echaría las manos a la cabeza o me aburriría soberanamente. Pero Dostoyevski ha ganado muchos enteros con el paso de los años, o tal vez yo he perdido demasiado...
Recuerdo que mi primera lectura de la novela de Dostoyevski fue en una vieja edición de mi abuelo, uno de esos libros que me rodeaban en mi habitación a modo de iconos, dejados allí quién sabe si por falta de espacio en la casa, o como un cebo puesto por mi padre para encauzar mis lecturas hacia autores de más allá de los Urales. Fuera como fuera, al cabo de los años el genial escritor ruso es el autor que más he leido, aunque no sea con el que más he disfrutado. Porque tenía que solventar el encontronazo con unas traducciones farragosas y decimonónicas, en las que uno tenía que destilar el temperamento de los personajes, la fuerza de las pasiones, que parecían semienterradas entre tanta parafernalia retórica.
Aun y así, guardaba un grato recuerdo, sobre todo de Crimen y castigo, El jugador y Los hermanos Karamazov o Humillados y ofendidos, un recuerdo que se ha visto reconfortado con la lectura que acabo de finalizar de la primera de las novelas. Las tribulaciones del atormentado Raskolnikov, la miseria confrontada a la vileza, el tratamiento de temas que resultarían más que escabrosos en su momento (prostitución, asesinato, corrupción, ateísmo, o incluso pederastia), hacen de esta novela un clásico que considero aún contemporáneo. Un personaje como el decadente Svidrigailov, tal vez un alter ego del propio escritor, por poner un ejemplo, es impagable.
Hay libros con los que es mejor quedarse con el recuerdo de la ilusión de la primera lecura. Seguramente, si releyera (por décima vez) la saga de Tolkien, me echaría las manos a la cabeza o me aburriría soberanamente. Pero Dostoyevski ha ganado muchos enteros con el paso de los años, o tal vez yo he perdido demasiado...
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