Te llamas Bernardo Bernal y eres feo, gordo, calvo, raro.
Echas la culpa de tu mala suerte con las mujeres a tu aspecto, pero no haces
nada por remediarlo. Llevas casi siempre la misma ropa, apenas un recambio
semanal para cada pieza. No haces ejercicio y comes mal y de forma descuidada. Vives esperando a que muera tu madre y heredar
el piso diminuto en el que convivís. De fondo, la foto enmarcada de tu padre,
en el comedor, ese bigote reprochando tu mera existencia. Eres virgen a los 44,
pero nadie diría que eres infeliz. Gozas de aparente buen humor, pareces buena
persona y haces reír a los demás cuando te lo propones, a base de ocurrencias
groseras y chistes de bar. Además, tienes un hobby con el que te sacas unas
perras y que te ha hecho conocer gente. Si vas a justificar tu existencia con
eso, mal vamos. Coleccionas cromos de fútbol y los vendes o intercambias en el
Rastro, en la plaza del Campillo del Mundo Nuevo. Eres ya un personaje conocido
allí. Los domingos te pones una camiseta demasiado ceñida de Hugo Sánchez, casi
una reliquia, pero que te sirve para distinguirte entre la marabunta de
coleccionistas que hormiguean por la
plaza. No fallas nunca, sonríes siempre, aunque te hagan las mismas peticiones,
aunque te sepas ya de memoria qué cromos son difíciles de encontrar y la gente
pregunte por ellos como si fueran uno más. No, ningún cromo es uno más, aunque
muchos sean más fáciles de encontrar y estén repetidos hasta la extenuación.
Fantaseas con ser algún día una de esas personas importantes que deciden cuál
es la proporción exacta de cromos raros que van a salir en la colección de tal
temporada. Señalar con el dedo a ese extremo izquierda del Valladolid al que
nadie conoce. Darse el capricho de marcar la excepcionalidad. En la plaza, como
los cromos, muchos rostros son repetidos, aunque parezcan distintos. Te
permites hacer filosofía barata sobre los distintos tipos de personas que
trapichean con las estampillas futbolísticas. Todos ellos se creen únicos, pero
muchos responden a patrones que sabes diferenciar. Oportunistas, aburridos,
ansiosos, inocentes, timadores, distintos equipos para alcanzar el trofeo de la
colección completa, o para acumular cromos raros que puedan tener más valor. Lo
que para unos es un intercambio provechoso para ambas partes, es un ejercicio
de depredación contumaz para otros. Tú te sitúas en un término medio. Sabes
mostrarte amable con los primeros y perspicaz con los segundos. Llevas muchos
años frecuentando el lugar y pocos pueden decir que tengan una colección tan
extensa y cuidada como la tuya. Llegas a primera hora, te sientas en ese banco
que ya los habituales dan por hecho que es el tuyo y despliegas la mesita de
camping sobre la que vas colocando minuciosamente tus álbumes. Teniendo en
cuenta que hace tiempo que no buscas ningún cromo específico y que eres un
proveedor experto, tu objetivo es otro y los medios para obtenerlo, muy
básicos. Podría resumirse en que das esperanzas a la gente de obtener aquello
que desean. No de forma inmediata, porque eso haría que el coleccionista de
turno desapareciera una vez obtenida su presa, sino dando largas, prometiendo,
mostrando primero una foto del cromo en el móvil, luego dar excusas para
llevarlo una semana más tarde, llegada esa semana dirás que se te ha olvidado y
acabas intercambiando móviles en vez de cromos para poder quedar algún día entre
semana y cerrar la operación. Ese es el gran objetivo, el que sólo sabes tú:
conseguir números de teléfono, agregarlos a tu agenda, abrir Whatsapp y guardar
las fotos de perfil, las actualizaciones de estado, descartar las fotos
anodinas y quedarte con los retazos de felicidad ajena, imprimir las mejores y
guardarlas en un álbum que no llevarás nunca a la plaza, que no intercambiarías
con nadie, repasar por las noches esas fotos en la playa, esos banquetes que no
puedes permitirte, esos rostros sonrientes, con suerte acompañados de su
familia, de sus hijos pequeños, tan tiernos ellos, tan inocentes.
viernes, 13 de octubre de 2017
viernes, 30 de junio de 2017
La encimera
Confundí la tristeza con desidia y me entraba una rabia sorda cada vez
que veía los restos de grasa en la rejilla de la encimera de la cocina. No
entendía que mi madre, que siempre había sido escrupulosa con la limpieza,
descuidara la presencia de signos de dejadez tan evidente. A mi padre le
gustaba cocinar la paella de los domingos y ella recogía siempre el estropicio
que dejaba a su paso, atento sólo al sofrito y al punto del arroz e ignorando
salpicaduras, manchas y restos de comida. Era una función semanal con un guion
ya asumido por todos. El único halago verdadero era el silencio que se producía
cuando el arroz salía especialmente rico y todos engullíamos, horadando con
afán en el recipiente, en busca del anhelado socarrat. Pero, quitando esa prerrogativa semanal, la cocina era
territorio de mi madre. Aunque desde bien pequeña me mostraba dispuesta a
ayudarla, ella siempre rehusaba, alegando que podía cortarme y que ni se me
ocurriera acercarme a los fogones, aunque estuviera haciendo una simple pechuga
a la plancha. Llegué a pensar que no cedía un ápice para justificar la
sempiterna queja al acabar de recoger la cocina y echarse a descansar en el
sofá a ver la novela de turno, con el privilegio acordado de que nadie osara
sugerir que cambiara de canal. Cuando estaba especialmente enfadada, arremetía
con la sosa cáustica y dejaba como los chorros del oro los fogones, repasando
si hacía falta la rejilla con un cuchillo. Si la veíamos hacer eso, lo mejor
era salir de casa sin hacer ruido al cerrar la puerta.
Mi padre murió de un infarto al poco de irme yo a vivir con Alberto, una
muerte repentina y discreta, efectiva, sin grandes ruidos, como había sido toda
su vida. Y aunque ella nunca dejó
escapar la más mínima insinuación de que se sentía sola, no pude evitar
sentirme culpable y empecé a visitarla más a menudo. Ella, que siempre había
sido de guisos de cuchara, de los de hervor paciente y sostenido, comentaba que
ya no tenía sentido cocinar para ella sola
y no pocas veces me recibía impregnada en el olor inconfundible del
pescado congelado. Me daba rabia verla ganar peso paulatinamente y le decía que
no podía seguir así, que tenía que echar para adelante, que pensara en cambiar
de casa, en viajar un poco, que necesitaba un cambio. Ni que decir tiene que no
le interesaba nada de eso. Tenía un par de amigas de misa y café y poco
más. Sin darme cuenta, empecé a reñirla,
como si fuera una cría. Me enfadaba por tonterías y un día le dije de todo por
cómo tenía la cocina. Ella se encogió de hombros y volvió a decir que a ella le
daba igual y que nadie iba a verlo. Yo no soportaba lo que interpretaba como un
reproche velado y, harta ya de ver las gotas de grasa colgando como estalactitas
de dejadez de los hierros, me puse a limpiar como una loca, refunfuñando entre
dientes, sin darme cuenta de que no hacía sino replicar una conducta heredada.
A partir de ese
día, me emperré en hablarle de la vitrocerámica, de sus ventajas, de la facilidad
de limpieza, de que así se evitaba el peligro del gas, que de un descuido no
nos salva nadie y que si conocía a un amigo de Alberto que trabajaba haciendo
reformas de cocina y que nos podía hacer un presupuesto muy ajustado y que
calla mamá, que de esto ya me encargo yo.
Ella alegaba que
las amigas le decían que no era ni de lejos lo mismo que el fuego, que el arroz
no se quedaba igual, que era más difícil conseguir el punto y yo, con esa
crueldad que se muerde la lengua demasiado tarde, le recordaba que, como ella
misma decía, apenas cocinaba y que de hacía mucho que no comíamos paella, que como
las de papá, ninguna. Así que ella calló y me dejó hacer.
El primer día parecía
ilusionada, expectante. La curiosidad parecía haberle hecho abandonar sus reticencias.
Se mostró muy atenta a las instrucciones del técnico y la sorprendí leyendo
detenidamente las del manual de la vitro. Ese día cociné yo y le enseñé los
pequeños trucos, como manejar los niveles de intensidad y aprovechar el calor
acumulado para apagar el fuego antes de tiempo. Así ahorras luz. Y este es el
producto para limpiarla, verás qué fácil, nada de rascar.
Me sentía
satisfecha, reconfortada por haber introducido una novedad en su vida. Tuvo que
reconocer que aquella superficie plana y sin recovecos era mucho más práctica
que la vieja cocina de gas. Me relajé. Poco a poco, empecé a espaciar las
visitas de nuevo y acabaron siendo de nuevo semanales. Parecía haberle pillado
el punto a la vitro y volvió a guisar como antes. Alberto, aunque era de buen
comer, iba un poco a regañadientes,
cansado de que mi madre siempre nos preguntara que cuándo la íbamos a hacer
abuela, que se sentía sola y ella se encargaría sin problema de cuidar de la
criatura cuando estuviéramos trabajando. Hacía mucho que lo estábamos
intentando y era un tema delicado, así que Alberto empezó a excusarse y, por no
dejarle sola, acabamos yendo una vez al mes.
No fue un cambio
repentino, pero al verla menos a menudo, noté que se estaba dejando llevar de
nuevo. Se notaba en la cocina, mi obsesión adquirida. Olía de nuevo a frito
requemado y los círculos blancos eran cada vez menos visibles y se iban
ennegreciendo poco a poco. En cada visita, un poco más, hasta que se volvieron
indistinguibles. Yo se lo reprochaba y Alberto me decía que la dejara en paz,
que ya era mayor y que lo mejor era que contratara a una mujer que le limpiara
una vez por semana. Ni siquiera cocinaba cuando íbamos a comer y encargaba un
pollo asado.
Hemos decidido
alquilar la casa. Nadie va a querer
comprarla y no tenemos suficiente dinero para reformarla de arriba abajo. Vendrá
una chica a hacer la limpieza a fondo, antes de poner el anuncio, pero de la
cocina quiero encargarme yo por última vez. Por mucho que ventile, no logro que
el olor a refrito se desprenda de las paredes. Mientras froto la placa con la rasqueta, sudando,
enfurecida sin saber muy bien por qué, me parece ver el reflejo de mi madre en la
negrura del vidrio, reprochándome por última vez que, aunque parezca lo
contrario, hay recuerdos que no son tan fáciles de borrar.
sábado, 10 de junio de 2017
Promoción
Julián Camarillo, oficinista vocacional, no ha roto un plato en su vida. Hombre prudente y apocado, cuarentón de los de madre en casa y novia inexistente, se distingue por no distinguirse. Por eso, cuando su responsable le comunica que va a prejubilarse y que ha pensado en él para sustituirle, no puede evitar una mezcla de sorpresa y de disimulada satisfacción por lo que piensa que es la merecida recompensa por su gris pero impecable trayectoria profesional.
—Un puesto de esta responsabilidad debe desempeñarlo alguien que sepa discernir lo personal de lo laboral y creo que siempre has sabido mantenerte al margen de cualquier circunstancia ajena al trabajo.
Desde luego, Julián mantiene las distancias con sus compañeros, si bien no tanto por mérito suyo, como por decisión ajena, ya que siempre había sido considerado un bicho raro al que nadie se le ocurría hablar de nada que no fuera trabajo. No tiene afiliación política, deportiva o sexual conocida. Se limita a cumplir de forma escrupulosa sus tareas y no se le conoce ni una ausencia, ni un mísero retraso que eche a perder su impoluto expediente laboral. Ante todo, su actitud se debe a una educación a la vieja usanza, austera, basada en la importancia del cumplimiento del deber, del respeto a la autoridad, a sus superiores, en el sentido estricto de la palabra. Se siente inferior en un mundo en el que gente que no conoce su nombre puede un día tomar la decisión de borrarle, de mandarlo al pozo oscuro que supone el desempleo para alguien de su edad.
Todo esto, que pudiera parecer el retrato preciso de un individuo, no es más que el patrón de uno de tantos prototipos en los que se acomoda el ser humano, un marco en el que encajaba a la perfección una personalidad cincelada a base de necesidades y rutinas. Reconozcamos que Julián no es nadie especial y que apenas merece dos brochazos para esbozar el garabato de su avatar. Partiendo de esta premisa, nos podremos ahorrar detalles intrascendentes de su historia y centrarnos en la gradación del gris al negro, del anonimato laboral, al miedo a estar en el punto de mira y pasar de repente a la oscuridad por una mala decisión. Y es que, sin necesidad de caer en tópicos moralistas, la metamorfosis que sufrirá Julián es de una previsibilidad y rigor casi científicos. Inicialmente a su pesar, y de la mano de un innegable temor disfrazado de prudencia por el poco tiempo que lleva desempeñando sus nuevas funciones, acatará sin rechistar las directrices de sus superiores, aunque le parezcan ridículas. En una segunda fase, se acostumbra a la insensatez y evalúa tan solo las consecuencias de sus acciones en los sumatorios contables. Más tarde, se refina. Aprende rápido a tergiversar el lenguaje, llamando optimización a los recortes y plena disposición a la explotación. Espolvorea sus correos electrónicos con términos empresariales en inglés, aprendidos en formaciones de gente que asiente con la cabeza mientras dormita. Se complace al percibir cierto temblor en el tono de voz de sus hasta ahora compañeros cuando los llama a su despacho y los pone a prueba para comprobar sus capacidades, camuflando de urgencia y prioridad tareas del todo dispensables. Julián ya no es Julián, es el responsable, un cargo, una firma autorizada. El hombre promocionado, que ha pasado del gris al gris, se cree letra mayúscula en un mundo de números prescindibles.
domingo, 13 de noviembre de 2016
Amor platónico
―Tía, pues yo no he roto nunca un
plato, pero me va la república.
―Qué tendrá que ver eso con lo
que estamos hablando. Te digo que no me voy al parking contigo.
―Ni que fuera a violarte, mira necesito hablar contigo de
tranqui, me ha pasado una movida muy rara en ese garito.
― ¿Y qué tiene que ver la república con esa movida? A ti lo
que te pasa es que me has visto con pinta de punkarra y te piensas que soy una guarra.
― Toma rima. No sé de qué pintas me hablas, si eres una yogurina,
se te ve a la legua, por mucha cresta que me lleves. Seguro que tus padres te
pagan los vicios, la paguita para la niña.
―A mis padres ni los mentes, y la pasta me la saco yo
currando entre semana cuidando a mocosos que tienen más cerebro que tú.
― ¡Qué hijaputa, cómo
molas! Me gustan las chatis cañeras. ¿Nos partimos otro cuartito?
―Creo que has tenido ya bastante con librarte de que el
cachas te abriera la cabeza cuando te has puesto a gritar que toda la peña eran
sombras, en la entrada. Y yo tonta por hacerle caso a mi prima y acompañarte
para que no te pidieran el DNI. Que si las parejitas entran del tirón y ahora a
la mierda con esa paranoia que te ha entrado.
―Pero es que eran sombras que hablaban, más reales que tú y
que yo ahora mismo. Se las veía al fondo de la pista, moviéndose como si fueran
serpientes humanas, reptilianos, qué mal rollo. Y casi no se las veía, porque
la luz de la pista las hacía cambiar, parecía que se escurrían para que no las
tocara el láser. Todo mazo oscuro, pero se distinguían por encima de los
pódiums, de las barras, de los altillos, como si fueran más negro que el color
negro, con brazos y piernas normales, pero las cabezas alargadas, como un balón
de rugby.
―Como el mito de la caverna, vaya.
―¡Exacto! Oye, tía, un momento, ¿conocesese mito?
―Pues como todo el mundo, porque he leído La República de Platón.
No va a ser de oídas.
―Qué paranoia. Y yo antes hablando de la república, aunque no me
refería ver con la obra del fundador de la Academia.
―Es un malentendido que le disculparé gustosa, ya que veo que
conoce al insigne filósofo.
―¿Estamos entre pares, pues?
―Así parece, arranquémonos las máscaras, abandonemos este
encorsetado papel de jóvenes incultos que quieren integrarse en la plebe.
―¿Qué nos está pasando, tía? Me entra un chine raro y noto de
repente como un cosquilleo en la nuca que me hace soltar palabros, y usted me
disculpará haber usado un término incorrecto, cambiando de género a tan común
sustantivo. Me refería a un lenguaje que se me antoja inusitado entre gente de
nuestra edad y condición. Mierda puta, ¿qué cojones?
―Es el tripi, esto no es ni
medio normal. Espero que sepa excusar esa burda expresión que ha salido de mis
labios. Ni sé qué es un tripi, ni mucho menos qué puede ser algo “medio normal”.
O algo es normal, o excepcional, no creo que haya término medio. Joder, mira,
mira las sombras bailando entre los coches del parking. Tengo mazo ganas de
gritar, pero no puedo, como si estuviera soñando.
―Aferrémonos a nuestro último recuerdo, querida, obviemos lo que
nos rodea, ese ruido atronador que se asemeja a los timbales del averno. Yo… yo
estaba experimentando los efectos de la absenta, he de reconocerlo, para
explorar un nuevo discurso narrativo, ya que soy un poeta de avanguardia.
―Mi marido es médico y sustraje de su consulta un frasquito de
éter. Me habían hablado de sus efectos beneficiosos, a la hora de aplacar el
furor uterino que sufro, disculpe usted la cacofonía.
―Creo que me estoy cagando, no sé si de miedo, o porque me ha dado
un chungo. Joder, voy y vengo, pero las sombras están ahí, como en el mito.
Pero qué mierdas de mito, si no sé ni de lo que hablo. Ya regreso, trato de
aferrarme a mi auténtica naturaleza. La palabra será el guiño definitivo, estas
personas deleznables en las que parecemos estar atrapados emplean un lenguaje
entre soez e incomprensible.
―Amémonos mientras podamos, siento que el éter se apodera por
completo de mí, tal vez esté ya del todo desfallecida sobre la cama. No creo
que tengamos acceso a una explicación de lo que sucede, somos sombras como las
que bailan a nuestro alrededor, sombras en busca de una realidad. Tío, no sé
qué me pasa, pero estoy tope cachonda, vamos al coche.
―Estoy de acuerdo, dejemos que fluyan nuestros espíritus y tal vez
así logremos regresar. Estoy palote.
―¡Oh, dulce misterio de la vida, por fin te he encontrado! Dale
cabrón, dale.
miércoles, 12 de octubre de 2016
La otra cara
Mario tiene cuarenta y dos años y vive con sus padres:
la peor combinación. No es la peor combinación en sí misma, pero sí lo es si
quieres conocer a una chica. Inmaduro, insolvente, tarado, o una combinación
nefasta de todo ello; es lo primero que piensan sobre él. O lo que él piensa
que piensan, esa su imagen proyectada en la sala de los espejos deformados que
es siempre imaginar cómo te ven los otros.
Mario, además, no tiene bastante con
suponer lo que opina la gente sobre él, sino que se considera feo, torpe e incapaz
con las mujeres. Por eso se ha dado de alta en una web de contactos, un
ecosistema cargado de poses y expectativas en el que el anonimato le da la
suficiente confianza como para abordar a alguien que le guste.
Su perfil no tiene foto, pero con el
tiempo ha ido ganando experiencia en el manejo de estas redes y compensa la
falta de imagen con un trabajado misterio que levanta a su alrededor y con una
entrada espectacular con la que obtiene respuesta en multitud de ocasiones. Si
la primera imagen es muy importante, no lo son menos las primeras palabras, el
anzuelo en el que espera pacientemente pescar la atención de alguna chica.
Creo que tu ficha no está completa. Tu foto dice mucho más que tu descripción…
Y aunque sea una fórmula impostada, un
abrecartas con el que empezar una conversación, no deja de ser verdad. Hay días
en los que se dedica simplemente a observar el carrusel de rostros que
conforman el portal de contactos, una noria de aceptaciones o rechazos, en los
que la frivolidad puede en ocasiones dar paso a la curiosidad y a un ir más
allá. Le sucede esto último con Clara. A su foto le envuelve un halo de
tristeza innegable. Está hecha en su casa, ante el espejo del recibidor.
Vestida de noche, como si fuera a salir de fiesta, su sonrisa está algo
vencida, con los labios prietos y la mirada entre triste y avergonzada. Sí, su
foto dice mucho más que su descripción, muy escueta y genérica. Apenas menciona
que le gusta salir a tomar algo, pero que también es amiga de pasarse una tarde
de peli y mantita. Un clásico. Pero nada de viajar, de hacer deporte, ir a
restaurantes o ir de compras.
Mario deduce que Clara es una persona solitaria, ya
que todas sus fotos son selfies
sacados en su casa, una chica que por el aspecto de los muebles y por la ropa
que lleva seguramente es de clase baja, con pocos medios y mucho lastre.
Fantasea con alguna ruptura sentimental reciente que aumente su fragilidad, las
ganas de encontrar alguien que la proteja, que sea bueno con ella. Le escribe y
ella contesta. Un poco tarde, lo que ya le hace dudar sobre si estaría hablando
con otro al que su inseguridad le atribuye automáticamente virtudes
insuperables. Sin dudarlo, será más atractivo, ingenioso, decidido y sexual que
él. Se conoce ya demasiado como para no reírse de su pusilanimidad, así que se
sacude el miedo y sigue escribiendo. Tres horas más tarde, se acuesta con una
sonrisa.
Al día siguiente, despierta con un mensaje de ella
dándole los buenos días. Prueba superada, en un medio en el que la gente
desaparece sin un mínimo de cortesía.
Siguen hablando, cada vez más a gusto, contándose intimidades que en
persona les hubiera costado tal vez semanas en confesarse. Y aunque están de
acuerdo en que lo importante es el interior, ese tópico absurdo que conviene
decir para parecer sensible y que en realidad lo que hace es negar que la
persona es un todo, Mario sabe que tarde o temprano tendrá que enviarle una
foto, porque ella ya le ha soltado alguna indirecta al respecto. Es algo que
nunca hace, porque su inseguridad acrecienta el temor a mostrarse, a descubrir
su fealdad objetiva, contundente, ineludible. Se siente sucio al hacerlo, pero
busca en Google la imagen de un Juan Nadie que le resulta atractivo. Es tan
sencillo como teclear, por ejemplo, Javier
González, un nombre corriente cualquiera y escoger cualquier imagen que
resulte verosímil.
Y ha acertado, porque en cuanto le envía
la foto a Clara, nota en esta una reacción inmediata, de la que seguramente
ella no sea consciente, pero que él percibe como una puñalada que debe asumir
en silencio. La mentira, la imagen de aquel hombre de facciones viriles y ojos
verdes, hace que ella se muestre mucho más interesada, que diga tonterías como
si fuera una adolescente enamorada, irradiando una ilusión que a él empieza a
parecerle tediosa y superficial. Siendo él un impostor, traslada el desprecio
que siente por su propio cuerpo a las palabras de Clara y piensa para sus
adentros que es una persona superficial, que sólo ha mostrado interés tras
enviarle la fotografía. Desconoce que se engaña a sí mismo, que al ocultarse
tras una máscara ha matado para siempre aquella relación que parecía basada en
la sinceridad y la ilusión y cuando ella insiste en quedar, acepta sólo por
hacerle daño, por dar una excusa de última hora y dejar plantada a otra niñata
más que seguro que no tiene nada mejor que hacer en la vida. Entra en el
portal, bloquea a Clara y sigue buscando otra derrota en la que sentirse
vencedor.
martes, 20 de septiembre de 2016
Juego sobre negro
El personaje se halla de nuevo sentado en el suelo
de una sala cúbica de color negro. No hay ninguna puerta, ninguna abertura en
las paredes pero, a pesar de ello, una luz blanquecina ilumina la estancia
tenuemente. Tiene ante sí un tablero. Parece una variante de parchís con un
recorrido en forma de círculo, sin salidas, sin llegada. Una única ficha se
dispone sobre el extraño juego, un pequeño prisma transparente. El personaje
esconde un dado en una mano. Este dado tiene las seis caras totalmente negras,
sin ningún número inscrito
.
Por pura crueldad del escritor, el personaje tiene un temperamento reflexivo, inclinado a las cavilaciones metafísicas y a las angustias existenciales. Como es de esperar, esta indeseable condición le provoca no pocos quebraderos de cabeza, teniendo en cuenta su naturaleza ficticia y la extraña situación en la que se encuentra inmerso. Como ente literario, se ve sometido a una perpetua reencarnación en las más diversas fisonomías: ahora es una mujer madura, ahora un anciano de rasgos orientales, un joven de cabellos rubios o algún personaje famoso. Su aspecto físico depende por completo del capricho y la capacidad recreadora de quien lee el cuento. En ocasiones su rostro es una mera neblina donde sólo se distinguen los ojos; en otras, las más, es un rostro anodino, o tiene los rasgos de algún actor o famoso. Pero todo es posible , hasta llegar a ser la figura marginal de un cuadro en una visita fugaz a un museo, quien sabe de qué ciudad, quién sabe por qué soterrado en el subconsciente del lector.
Por pura crueldad del escritor, el personaje tiene un temperamento reflexivo, inclinado a las cavilaciones metafísicas y a las angustias existenciales. Como es de esperar, esta indeseable condición le provoca no pocos quebraderos de cabeza, teniendo en cuenta su naturaleza ficticia y la extraña situación en la que se encuentra inmerso. Como ente literario, se ve sometido a una perpetua reencarnación en las más diversas fisonomías: ahora es una mujer madura, ahora un anciano de rasgos orientales, un joven de cabellos rubios o algún personaje famoso. Su aspecto físico depende por completo del capricho y la capacidad recreadora de quien lee el cuento. En ocasiones su rostro es una mera neblina donde sólo se distinguen los ojos; en otras, las más, es un rostro anodino, o tiene los rasgos de algún actor o famoso. Pero todo es posible , hasta llegar a ser la figura marginal de un cuadro en una visita fugaz a un museo, quien sabe de qué ciudad, quién sabe por qué soterrado en el subconsciente del lector.
Lo que no cambia nunca es la sensación de desasosiego que le produce el hecho de formar parte de un relato de marcado carácter surrealista, en el sentido más amplio del término. Se ve abocado a la ya para él inevitable rutina de unas reflexiones que le aburren por completo. Muchas de ellas conducen a los dogmas de la filosofía de bolsillo, a la crítica literaria de andar por casa. La escena es absurda, garrapiñada de simbolismo y cada uno de los lectores no puede evitar especular sobre su significado.
A él, lo que en verdad le interesa es descubrir de
una vez por todas las reglas del juego que tiene ante sí, entretenerse con
aquel tablero circular. Así de simple. El pobre infeliz ignora que él mismo es
objeto de juego entre al autor y el lector, un símbolo de difícil comprensión
sobre el destino del ser humano, según la crítica más canónica o una simple
broma sin valor literario alguno, según no pocas voces discrepantes.
Lo peor de todo es que las preocupaciones que le atormentan y le impiden averiguar las reglas del juego ni siquiera son suyas. Es más, por exigencias del guión, permanece todo el rato en silencio y en todo el cuento sólo se insinúan lacónicamente sus pensamientos en una oración: "se encontraba pensativo". Es esta indefinición la causa por la que se ve obligado a soportar todas las interpretaciones que hacen los lectores sobre lo que le ronda por la cabeza.
Ya sólo no es responsable de su propio aspecto,
sino que ni siquiera puede llegar a una conclusión medianamente juiciosa que
resuelva sus dudas. En el extraño purgatorio donde descansa entre lectura y
lectura, se dedica a soñar destinos mejores. ¡Cómo desearía haber formado parte
de uno de un western de Marcial Lafuente Estefanía! Tampoco pide mucho, un
sencillo papelillo de borracho, o ser un simple cactus tostándose al sol de
Arizona, o un perro pulgoso, si una puta de saloon
con aliento a whisky barato... Cualquier cosa menos no ser nada, ser una mera
máscara en un escenario simbolista. ¡Es indignante! Ha de aguantar con
estoicismo lecturas mecánicas y desinteresadas que provocan que no piense nada
en absoluto, interpretaciones críticas que lo relacionan con un relato breve y
primerizo de un catalán exiliado a Méxoico o con una corriente postsimbolista belga,
comentarios de texto errabundos de adolescentes con más acné que neuronas y un
largo etcétera de dislates similares.
Así, tan
pronto se encuentra, muy a su pesar, pensando en la muerte o en la noche
eterna, como en la castración de un supuesto padre perdido a los quince años.
Pero ningún indicio sobre las reglas del juego, si
es que se trata de un juego.
Reiteradamente, los elementos de su entorno cobran un significado que se metamorfosea hasta la exasperación: el prisma simboliza el relativismo perspectivo o es una joya de propiedades mágicas desconocidas; el tablero es una metáfora del eterno retorno o una suerte de artilugio espiritista; la habitación se relaciona con el dado y se convierte en un símbolo del azar al cual estamos condenados; la luz misteriosa no es sino el raciocinio. Lectura tras lectura, nuestro personaje parece alejarse de la cada vez más deseada respuesta que resuelva sus dudas. Hay, eso sí, una excepción francamente inquietante. La desazón que le producen todas estas desafortunadas hipótesis interpretativas no es nada comparada con el pánico que le invade en cada reencuentro del propio autor con su cuento favorito, aquel que le ha hecho tan famoso como iniciador de la llamada narrativa pictórica minimalista. En esas ocasiones, el desdichado protagonista reconoce de inmediato que quien lee el cuento es su propio creador. Como un latigazo, centellea en su mente una carcajada cargada de desprecio que le hace desear haber sido una simple hoja arrugada, una nada verdadera, un silencio puesto en blanco.
Reiteradamente, los elementos de su entorno cobran un significado que se metamorfosea hasta la exasperación: el prisma simboliza el relativismo perspectivo o es una joya de propiedades mágicas desconocidas; el tablero es una metáfora del eterno retorno o una suerte de artilugio espiritista; la habitación se relaciona con el dado y se convierte en un símbolo del azar al cual estamos condenados; la luz misteriosa no es sino el raciocinio. Lectura tras lectura, nuestro personaje parece alejarse de la cada vez más deseada respuesta que resuelva sus dudas. Hay, eso sí, una excepción francamente inquietante. La desazón que le producen todas estas desafortunadas hipótesis interpretativas no es nada comparada con el pánico que le invade en cada reencuentro del propio autor con su cuento favorito, aquel que le ha hecho tan famoso como iniciador de la llamada narrativa pictórica minimalista. En esas ocasiones, el desdichado protagonista reconoce de inmediato que quien lee el cuento es su propio creador. Como un latigazo, centellea en su mente una carcajada cargada de desprecio que le hace desear haber sido una simple hoja arrugada, una nada verdadera, un silencio puesto en blanco.
domingo, 22 de mayo de 2016
Pelusas
Jaume Castelar era muy exigente a la hora de escoger un hotel, aunque no aplicaba los criterios acostumbrados a la hora de evaluar uno. El establecimiento tenía que reunir las mínimas comodidades para que la estancia no se hiciera insoportable, pero tenía que caracterizarse por cierto grado de descuido y relajación en la limpieza.
No buscaba alojarse en una pocilga, pero sí en un lugar cuya gestión fuera lo bastante relajada para que no extremara la limpieza, para que al cerrar la puerta tras de sí no se encontrara con la asepsia perfumada de la mayoría de hoteles, con esa ficción de un espacio a estrenar, impoluto y frío.
A Jaume lo que le gustaba era encontrar restos. Había rincones que no fallaban nunca, como la parte trasera de la taza del baño, o las juntas de las puertas y armarios, pero revisaba también debajo de los colchones y en los desagües, sacaba las cajoneras y levantaba los cojines. Su particular tesoro podía ser un cabello, el ticket arrugado de un parking, un pañuelo de papel reseco o el borde dentado del envoltorio de un preservativo, una nota con la lista de lugares que visitar: escamas desprendidas de unas vidas ajenas, sobre las cuales se complacía en fantasear.
Tendido en la cama, trataba de concentrar todos sus sentidos para alimentar su imaginación, para tratar de recomponer y recrear lo que habría pasado en la habitación horas antes. Amantes furtivos, comerciales amarrados al mueble bar, jóvenes parejas, quizás alguien con una enfermedad incurable de viaje en busca de un especialista que le diera una esperanza, niños saltando sobre la cama, centenares de vidas tangenciales con las que nunca se cruzaría, pero cuyas huellas podía percibir, absorber, asimilar. Sonreía, se emocionaba, se excitaba o hacía una mueca de disgusto, palpaba la superficie de los muebles, pegaba la oreja a la pared, se tendía en el suelo como un cadáver rodeado por una tiza, creía reconocer ecos del placer, una tos lejana, palabras provenientes de otras habitaciones que luego él repetía como la salmodia de un culto gris.
Cuando dejaba el hotel, salía a la calle con el ánimo encogido, abrumado por la desnudez de todo aquello que le rodeaba y volvía a caminar sobre el círculo de siempre con la esperanza de que alguien encontrara señales de su vida y le dejara una respuesta, algún mensaje en una habitación anónima que le confirmara que seguía estando vivo.
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