La profesora patizamba de latín, con aquellas gafas ahumadas que ocultaban gran parte de su rostro abotargado, las patillas torcidas, camufladas entre la pelambre de las de ella. La volcánica precisión con la que proyectaba bombas de saliva al declinar en la pizarra. Aquellas pantorrillas como columnas dóricas, homogéneas desde el tobillo hasta la rodilla. Su sola presencia, balanceándose sobre la tarima, era capaz de petrificar las hormonas de cualquier adolescente. Mercedes la Medusa, mostrando el latifundio de sus posaderas cuando se inclinaba para encender la estufa de butano con la que teníamos que apañarnos durante el invierno. Pero no, mejor no recrearse en esa imagen.
Será más eficaz pensar en algo más desagradable: el profesor de gimnasia, cuarto de EGB, sus ojos brillantes de roedor, la inocencia con la que nos acercábamos a él para que tonteara con nuestras colitas. No, por aquel entonces aquello no era pederastia. Esa palabra, por muy culta que fuera, no existía en un colegio salesiano. Eran pequeñas bromas, pellizquitos amistosos, cosas de poca importancia. Pienso en aquel cabrón risueño masturbándose luego en su casa, tal vez vestido con unos ligueros, a mano un consolador sucio. Demasiado desagradable, puedo pecar por exceso y echarlo todo a perder. Además, tampoco es necesario retroceder tanto en el tiempo, yo que siempre denosto la fijación que tiene la gente con la nostalgia, esa moda estúpida de intercambiar recuerdos de consumo común.
Echo un vistazo al reloj de pulsera que he dejado sobre la mesita. Apenas han pasado cinco minutos y empiezo a sentirme inquieto. Detesto darle vueltas a la cabeza en la cama, preferiría relajarme sin más, pero en muchas ocasiones mi imaginación proyecta, de forma no del todo involuntaria, un carrusel de imágenes que tratan de ahuyentar a mis fantasmas. Algunas son recurrentes, otras caprichosas. Por mucho que trate de forzar su aparición, siempre son ellas las que se enlazan con naturalidad, como si esperaran en bambalinas pisar el escenario, tras el gesto oportuno de un director de escena demente. El peligro es que, por muy lejanos que sean estos recuerdos y estampas, por mucho que trate de aprovecharme de ellos para evadirme, siempre tratan de aferrarse al presente, adherirse de alguna forma al aquí y ahora, recuerdos que ansían volver a sentir cómo el tiempo se desgrana.
No, las divagaciones existenciales de todo a cien tampoco me van a ayudar. Corro el peligro de saltar al otro lado de la orilla y hundirme en la blandura del fango. Se trata de fluir, de dejar que la corriente me lleve de forma plácida hasta la meta, sin prisas. El rugido de las cataratas está aún lejos, debe estarlo.
Siete minutos. Siete míseros minutos y no hago otra cosa que utilizar metáforas manidas, palabrería para huir del fracaso. Hablando de fracaso, hoy ha sido otro día de mierda en la oficina, más presión por el mismo sueldo y mi jefa cada vez más estúpida. Sólo me faltaría ponerme a pensar ahora en el trabajo, como si no soñara con él todas las noches, como si no tuviera mi dosis nocturna de estrés diluido en unos sueños en los que he de realizar tareas absurdas. Mi jefa, mi jefa se parece, ahora caigo, a la profesora de latín. Podría ser su hija, la imagino crecer amamantada por las ubres de los clásicos, la típica hija de maestra: relamida, sabelotodo, pacata. Todo para más tarde repudiar las letras y meterse a estudiar Empresariales y con un poco de suerte y alguna visita furtiva al despacho del decano, sacarse la carrera. Todo esto es muy sucio y machista, no voy a negarlo, pero no puedo evitar fantasear humillándola. Alicia Villalta, responsable del departamento financiero, de rodillas ante mí suplicando perdón porque he descubierto su gran secreto: que no es licenciada, que ya no se sabe la primera declinación, que su mamá le daba el pecho hasta los cuatro años, que ella también tocaba las colitas de los nenes, que ahora no sabe cómo putearme más, que hará lo que yo le pida y yo entonces es cuando la cojo de la cabeza y a la mierda el fluir, la corriente, los consejos de mi terapeuta, la cara de resignación de mi mujer y lo poco que he tardado de nuevo en correrme.
jueves, 8 de mayo de 2014
sábado, 12 de abril de 2014
GALLINAS Y CARAMELOS
Giovanni Sorensen sabía que no
tenía que meter las narices en los asuntos de los payasos del circo. El
director del circo se lo había dejado bien claro el día que lo contrató.
— Son gente extraña. De tanto reír se les ha secado el alma. Mejor no te
acerques a ellos.
La especialidad de Gigi eran los juegos malabares, aunque trabajaba
limpiando las jaulas y dando de comer a los leones a la espera de una
oportunidad para debutar. Practicaba una especialidad muy poco conocida, pero
que había tenido su aceptación en los años de la posguerra europea.
Su padre, un malabarista y funambulista
danés casado con una contorsionista italiana, le había instruido en el difícil
arte de voltear gallinas en el aire. Nada de cajas, mazas, pelotas o aros: plumas,
picos y crestas. El espectáculo triunfaba entre el asombrado público, ya que
nadie se explicaba que las gallinas adoptaran una postura tan rígida, con las patas
y el cuello totalmente estirados. Si no fuera porque al finalizar el show daban
una vuelta de honor alrededor de la pista agitando la alita derecha a manera de
saludo aristocrático, cualquiera apostaría que se trataba de simples
gallináceas disecadas.
La forma de amaestrar a las gallinas había sido transmitida en secreto de Sorensen
a Sorensen, a pesar de no entrañar misterio alguno. El arte consistía
básicamente en emborrachar a las gallinas a base de cerveza y darles el
suficiente amor por las noches para que le obedecieran a uno con aviar
fidelidad. Aunque Gigi ya no era un niño y se veía capaz de enfrentarse ya al gran
público, el dueño del circo insistía en que tuviera tanta paciencia como esmero
en la limpieza de las deposiciones de las fieras.
— Tu debut llegará el día menos pensado, así que tienes estar listo y
entrenar fuerte. Ya encontraré un hueco para ti.
Gigi tenía un carácter nervioso e inquieto y la que consideraba caprichosa
voluntad del empresario le sacaba de quicio. Todas las mañanas, cuando despertaba
por los dulces picotazos en la entrepierna de su gallina favorita, se
preguntaba si sería el día de su estreno como malabarista.
Mientras tanto, deambulaba por aquel hogar ambulante en el que había
crecido, curioseando y molestando a todo el mundo, como un ratoncillo entre las piernas de los
elefantes. Una de las adivinas de la feria que solía acompañar a la compañía diagnosticó
a sus padres que el carácter inquieto del crío se debía a la postura
inverosímil que ambos mantuvieron en la cama la noche en la que fue concebido.
— Eso pasa por poner los pies donde deberían estar los brazos, y las
posaderas donde la cabeza. — les espetó — ¡Yaced al modo humano!
Entre el cambio de hábitos sexuales y el riesgo a tener más hijos
hiperactivos como Gigi, sus padres optaron por la vasectomía. No iban a
renunciar al placer de los saltos acrobáticos y a los nudos carnales de tan difícil
como grata ejecución en el lecho.
La atención que merecía como primogénito, hizo de Gigi un experto en los
malabares con gallinas. Tuvo al mejor maestro en su padre, que le enseñó todos
los trucos del oficio, como abrir una botella de cerveza con el pico de una
gallina y emborracharse con las aves para lograr un mayor nivel de empatía. Beber
con las gallinas pasó pronto de ser un oficio a un hábito, en el vano intento
de olvidar que su mujer le había abandonado por otra contorsionista. Contra otra
mujer, tan flexible como la voluntad de su esposa, no podía hacer nada.
Pasados meses y años entre gallinas y boñigas, llegó el momento del bautismo en la pista para
Gigi. Su padre había sufrido la semana anterior un grave accidente en los
ensayos sobre la cuerda floja. Inexplicablemente, ésta se había roto por la
mitad y el veterano equilibrista no había muerto de milagro. Así que tocaba
cubrir el hueco que la actuación de su padre cubría en el programa del circo. Acababa
de recibir un mensaje en el móvil del dueño del circo. A pesar de que los
lamentos alcoholizados que llegaban desde la caravana en la que vivían le
estremecían, Gigi estaba entusiasmado y parloteaba con las gallinas sobre el
éxito que iban a tener. Atrás quedaban las artísticas deposiciones fecales de
los hipopótamos, los tirones de pelo de los monos y algún que otro susto
amoroso provocado por Leoncio, el león mariquita del circo.
Gigi se encontraba en su camerino acicalándose para la ocasión. Lo tenía
todo calculado. Las gallinas reposaban adormecidas en sus jaulas, el chaleco de
lentejuelas que iba a ponerse relucía como el diente de oro de un zíngaro, las
cervezas estaban... ¿dónde estaban las cervezas? ¡Faltaba sólo un par de horas
para la actuación!
Tras registrar sin suerte el camerino, salió en dirección al almacén. A esa
hora estaba casi todo el mundo vistiéndose y preparándose para su número, así
que no se tropezó con nadie hasta llegar allí. Estaba oscuro. Cuando estaba a
punto de encender la luz, se detuvo al oír unas voces sospechosas en el
interior. Le pudo más la curiosidad que las prisas y se quedó pegado a la
pared, evitando hacer el menor ruido. Pudo reconocer el marcado acento
siciliano de Bambini, uno de los payasos del circo.
— ¿Están listos los caramelos?
— Tal y como acordamos— le respondió una voz desconocida en voz baja. A
duras penas podía escuchar lo que decían, pero adivinó algo relacionado con
unos jóvenes, los autos de choque y una cantidad de dinero que tenía que ser
entregada.
—Descuida que así lo haremos. ¿Y lo nuestro?— susurró el payaso — Perfecto.
Gigi oyó unos pasos que se acercaban a la puerta donde se encontraba
agazapado y se refugió tras unas cajas. Vio salir a Bambini acompañado de un
tipo de aspecto siniestro, bajito y cejijunto. Cuando se alejaron, entró en el
almacén en busca de alguna caja de cerveza, pero no encontró nada. En cambio,
observó que en el suelo, cerca de donde estaban los bártulos de los payasos,
había unos cuantos caramelos esparcidos por el suelo. Seguramente habían caído
al suelo inadvertidamente. Se metió unos cuantos en el bolsillo del pantalón y
salió escopetado.
Al final pudo conseguir un poco de alcohol que le prestó la mujer barbuda.
No tenía muy claro si se trataba de coñac o de una loción crecepelo, pero no tenía
tiempo para detenerse en esos detalles.
Moderó las dosis de bebida para no matar a las gallinas. El mejunje surtió
efecto. Pronunciadas las palabras rituales para hipnotizarlas, palabras inútiles,
pero estipuladas por la tradición de los Sorensen, cogió a todas y cada una de
ellas por las patas y el cuello y las estiró hasta que quedaron más rígidas que
un paraguas olvidado sobre el banco de una iglesia. Satisfecho, se metió en la
boca unos cuantos caramelos de forma distraída.
Ya entre bambalinas, todos los artistas se sorprendieron por su presencia y
los que apreciaban a su padre, o aquellos a los que no debía dinero, le dieron
la enhorabuena. Estaba atenazado por los nervios, por su estreno inminente y
porque el grupo de payasos no dejaba de mirarle con inquina. Notaba cómo el
pulso le iba a mil por hora y se encontraba acalorado y sediento. Momentos
antes de saltar a la pista, bebió un largo trago de agua fresca. Notaba un
regusto amargo en la garganta que se le hacía insoportable, pero al mismo
tiempo tenía más ganas de actuar que nunca, a pesar del temblor que notaba en
las manos. Se metió un par de caramelos más en la boca.
Fue su primera y última actuación como malabarista. Las asociaciones de
defensa de los animales no daban crédito a lo que les contaron los espectadores
que se dirigieron a ellos de forma indignada. Había saltado a la pista con la
camisa entreabierta, la mandíbula desencajada y zarandeando de forma brutal a
las gallinas mientras reía sin parar. Empezó a arrojar contra el público a las desdichadas
aves, cogiéndolas por las patas como si fueran dardos plumíferos. Le dio
tiempo, antes de desmayarse, a impactar tres gallinas contra varios
espectadores ante el espanto general y a dejar a su favorita colgada como un
jamón puesto a secar en la red los equilibristas, tal era la fuerza con la que
las proyectaba.
Cuando lo retiraron de la pista, notó cómo el doctor del circo le apuntaba
directamente a los ojos con una pequeña linterna mientras unos zapatones de
colores le rodeaban. Alguien le estaba registrando los bolsillos. Pudo escuchar
el ruido del envoltorio de los caramelos al ser encontrados y la voz de Bambini
susurrándole al oído.
— Ya sabes qué hacer si no quieres acabar como tu padre. Ni una palabra. Lo
que te ha pasado ha sido por culpa de los nervios, no de los caramelos. Capisci?
Luego, el desmayo, la oscuridad y un sudor frío que lo envolvió en un carrusel de pesadillas en las que las
gallinas hacían con él increíbles piruetas sobre el trapecio.
jueves, 13 de marzo de 2014
De tenebris
No sé a cuento de qué, pero a la mínima oportunidad me dio por meter con calzador en cualquier conversación la anécdota familiar, aquella historia sobre cómo se habían conocido mis padres. Daba igual que me encontrara en medio de un corrillo formado al finalizar el enésimo sarao literario al que asistía, trasegando cañas y tapas aceitosas en un bar de Lavapiés, o absorbido por la estridencia de algún garito nocturno en el que las sílabas se diluyeran en mi aliento casi tangible de alcohol barato.
Tal vez lo hacía, no me voy ahora a esconder, por invocar la faceta protectora de las mujeres, siguiendo una lógica retorcida que serpenteaba entre mi timidez y la inevitable tendencia del ser humano a aparentar que se es especial. El caso es que exponer de forma tan gratuita la intimidad familiar, aun estando fuera de lugar, obtenía una respuesta inmediata, un interés que si bien no iba más allá del morbo o de un romanticismo decimonónico mal entendido, me valía para embozarme en un misterio que no tenía nada particular.
- En el fondo, soy hijo de la muerte.
Me despachaba a gusto esconder aquella frase aparente, digna de ser garabateada en la carpeta de un adolescente granujiento. O de un gilipollas. Porque de la muerte no nace nada, es huera y casi siempre absurda. Tiene el tiempo justo que dedicarnos y no reconoce vínculo alguno con los humanos, por mucho que queramos personificarla.
Yo, como mi hermana, era hijo de dos personas que se quisieron y por mucho que a la gente le llamara la atención cómo llegaron a conocerse, ahora entiendo que de nada sirve presentarse como una caricatura.
Bien sabe quien me conoce que no respondo al perfil de torturado o melancólico. Y si caigo en esos estados, como todo hijo de vecino, respondo al humor como la llave que abre todas las cerraduras. Pero hay que reconocer que la historia surtía efecto y en numerosas ocasiones me decían que tenía que escribirla algún día: dos muertes prematuras y dos viudos jóvenes que se conocen en el cementerio del pueblo, arreglando las tumbas de las personas que han perdido, las segundas nupcias, las ganas de vivir de empezar de nuevo, una nueva familia, el descubrimiento infantil de los álbumes de fotografías en las que los padres aparecían casándose con unos desconocidos, aquella rosa dejándose secar entre las páginas entre las Rimas de Bécquer, la naturalidad con la que uno aceptaba haber llegado a tener ocho abuelos, finalmente aquellas visitas al cementerio, los rostros jóvenes de los consortes difuntos en las fotografías de las lápidas, que nos observaban a mi hermana y a mí añorando a los hijos que no llegaron a tener, aquellos hijos que no éramos nosotros, cuyo lugar en el mundo tal vez usurpamos.
Tal vez lo hacía, no me voy ahora a esconder, por invocar la faceta protectora de las mujeres, siguiendo una lógica retorcida que serpenteaba entre mi timidez y la inevitable tendencia del ser humano a aparentar que se es especial. El caso es que exponer de forma tan gratuita la intimidad familiar, aun estando fuera de lugar, obtenía una respuesta inmediata, un interés que si bien no iba más allá del morbo o de un romanticismo decimonónico mal entendido, me valía para embozarme en un misterio que no tenía nada particular.
- En el fondo, soy hijo de la muerte.
Me despachaba a gusto esconder aquella frase aparente, digna de ser garabateada en la carpeta de un adolescente granujiento. O de un gilipollas. Porque de la muerte no nace nada, es huera y casi siempre absurda. Tiene el tiempo justo que dedicarnos y no reconoce vínculo alguno con los humanos, por mucho que queramos personificarla.
Yo, como mi hermana, era hijo de dos personas que se quisieron y por mucho que a la gente le llamara la atención cómo llegaron a conocerse, ahora entiendo que de nada sirve presentarse como una caricatura.
Bien sabe quien me conoce que no respondo al perfil de torturado o melancólico. Y si caigo en esos estados, como todo hijo de vecino, respondo al humor como la llave que abre todas las cerraduras. Pero hay que reconocer que la historia surtía efecto y en numerosas ocasiones me decían que tenía que escribirla algún día: dos muertes prematuras y dos viudos jóvenes que se conocen en el cementerio del pueblo, arreglando las tumbas de las personas que han perdido, las segundas nupcias, las ganas de vivir de empezar de nuevo, una nueva familia, el descubrimiento infantil de los álbumes de fotografías en las que los padres aparecían casándose con unos desconocidos, aquella rosa dejándose secar entre las páginas entre las Rimas de Bécquer, la naturalidad con la que uno aceptaba haber llegado a tener ocho abuelos, finalmente aquellas visitas al cementerio, los rostros jóvenes de los consortes difuntos en las fotografías de las lápidas, que nos observaban a mi hermana y a mí añorando a los hijos que no llegaron a tener, aquellos hijos que no éramos nosotros, cuyo lugar en el mundo tal vez usurpamos.
sábado, 25 de enero de 2014
El tirón
Ella suele
empezar el día refunfuñando, porque él tiene la manía de tirar de las mantas
hasta adueñarse de ellas, dejándola destapada. Es un enfado rutinario que asume
como costumbre, pero esa mañana sigue durmiendo una hora más de lo normal,
plácidamente arropada.
Cuando despierta,
la claridad que entra por la ventana de la habitación le confirma que los dos
se han quedado dormidos. Se queda un instante embobada, recorriendo con la
mirada el dibujo pasado de moda del papel que cubre la pared que da a su lado
de la cama. Odia aquel papel barato y sucio, su entramado absurdo de formas sin
sentido esparciéndose como una plaga por toda la casa. Tal vez la semana que
viene tengan tiempo y ganas para empezar a arrancarlo, aunque él siempre posterga ese momento con la excusa de
sus achaques. Pensar en todo aquel fastidio ha acabado de despertarla, así que
se levanta con cuidado, tratando de no despertar a su marido.
No enciende la
luz de la mesita y se dirige al baño. Al salir, ya despejada del todo, decide cambiar
su rutina matinal y hacer café antes de entrar de nuevo a la habitación a
cambiarse, esperará en la cocina a que él se despierte. Tiene el sueño ligero y
seguro que empezará a gruñir en cuanto oiga el sonido metálico de la vieja
cafetera.
Cuando las tazas
dejan de humear, cuando el café se queda totalmente frío y Ana se cansa de hacer
muecas absurdas en el espejo del comedor, empieza a ser consciente de su propio
nerviosismo, de que lleva un buen rato moviendo el pie izquierdo de forma
compulsiva y aún se ve con ánimo para echarse a la cara el ser tan tonta y
asustadiza, para tratarse de convencer
de que es una mañana más entre tantas de las que han vivido durante treinta
años de matrimonio y que, simplemente, él se ha quedado dormido. No quiere recordar
el frío que ha sentido en la cama a pesar de las mantas, y vuelve a preguntarse
por qué aquella noche no la habrá despertado el tirón brusco de Jorge, ese
gesto que extraña, tanto como sus ronquidos. Y aún espera media hora más mirando
el maldito papel que lo cubre todo, hasta que el miedo puede con ella y vuelve
a la habitación para darle la cara al silencio.
domingo, 23 de junio de 2013
Canela
André Breton oye desde la butaca donde
está leyendo las Confesiones de San Agustín que alguien sube por las escaleras.
Vive en un ático y su único vecino es el del bajo, por lo que no hay
posibilidad de confusión. Los pasos se dirigen hacia su apartamento y son el
claro indicio de que sus invitados llegan fieles a la cita. Guarda el libro
religioso en la estantería que hace las veces de librería y armario de cocina,
con el lomo pegado contra la pared, asegurándose de que el título no está
visible, se ajusta las gafas, carraspea, arroja a la pileta el té, ya frío, que
había olvidado absorto en la lectura, y vuelca en la taza un buen chorro de
absenta, con el que aclara la garganta y sus ideas.
Detesta el fuerte sabor del licor que
le abrasa el paladar, tanto como que sus invitados hayan acudido a la hora
acordada. La impuntualidad debería ser dogma de fe en cualquier artista que se
precie y aquella lluviosa tarde de 1924 iba a pasar necesariamente a formar
parte de las páginas de la historia de la literatura, por un acto programático,
consciente, fundacional. A duras penas le da tiempo a colocar sobre la caja de
madera que hace las veces de mesa su manoseado ejemplar de Trabajos sobre
hipnosis y sugestión de Freud,
antes de abrir la puerta. Se asegura de que la portada quede bien a la vista.
Le incomoda sentirse
más nervioso de lo esperado, a pesar de que sus invitados le brindan desde hace
tiempo una inquebrantable fidelidad intelectual. Éluard, Aragon, Soupault,
todos grandes admiradores de Rimbaud, artistas con la clara intención de
transformar el mundo desde la destrucción de los mecanismos psíquicos heredados
por la tradición cultural. Antes de abrir la puerta, se da cuenta de que ha
cometido un error fatal. Olvidó comprar canela para las galletas.
Aquel
descuido fatal lo paraliza. Tenía perfectamente calculados los gestos, las
pausas, las palabras que iba a utilizar. Pero, sobre todo, tenía preparada la
mención de la canela en el momento adecuado.
No necesita
agasajar con dulces a sus camaradas para moldear sus pensamientos, pero la
canela iba a dar un toque original e irremplazable en su discurso. La idea era servir, para acompañar el café de
calcetín, las endurecidas galletas que su madre le había hacía ya un mes,
temerosa de que desfalleciera en su inapetente intelectualidad. En ese momento,
sacaría el sobrecito con la canela, que mejoraría sustancialmente no sólo el
sabor de aquellas pastas, sino el futuro de la insípida literatura vigente. Espolvorearía
las galletas con canela, mientras comparaba a todos ellos con el revulsivo que
necesitaba el mundo de las artes y las letras, un elemento transformador,
revulsivo, resumido en una frase definitiva:
NOUS SOMMES L’AVENIR DE CANNELLE!
Ya no verá
los rostros asombrados, las sonrisas cómplices de sus compañeros, el
reconocimiento del espíritu del porvenir. Sabe que está dándole demasiada importancia a
una estupidez, que dispone de suficientes recursos oratorios para apoyar su
discurso, pero le fastidia que un olvido tonto haya dado al traste con lo que
iba a ser el símil perfecto, con la imagen que haría las veces de proemio a la
redacción del Manifiesto surrealista. Aferrado al picaporte, su hasta ahora
firme convicción trastabilla. No puede quitarse la canela de la cabeza, pensar
que no va a disponer del condimento, del toque frívolo y exótico a la
solemnidad de las frases que componen el borrador que ha preparado. Sabe que no
goza de las dotes evocadoras de Élouard, pero la mención a la capacidad de
transformación que el polvo de Ceilán puede tener sobre una materia tan pétrea
e insípida como las galletas de su madre, se corresponde en su justa medida con
la revolución literaria que todos ellos van a emprender.
Sin la especia, sus intenciones se licuarán en
otra tarde anodina de conversación sobre la necesidad de romper con la herencia
del naturalismo, mientras las lenguas de
todos ellos tratarán en vano de resucitar algún vestigio de sabor de las
galletas de su madre, que mascarán como los terrones cuarteados de un yermo del
que nunca se atreverán a escapar, simples comedores de tierra soñando con
arcilla mojada.
Cuando abre
la puerta, sus amigos le sorprenden al borde de las lágrimas, pero logra
contenerse. Sabe que por mucho que lleguen a un acuerdo, a un momento de
comunión intelectual, la tarde, esa tarde que iba a ser, ha cambiado. Falta un
detalle en el orden previsto, la canela en las galletas que iba a completar su
discurso, el punto de inflexión por el que nunca podrán llegar a ser surrealistas
puros. Se deja vencer por su auténtica naturaleza y mientras todos teorizan
entusiasmados sobre el movimiento literario que va a romper con todo, ordena
con disimulo las cuartillas en las que van escribiendo, coloca por grosor los
cigarrillos liados de la pitillera de Soupault, se asegura de que todos los
vasos contienen la misma cantidad de bebida y se traga las palabras de un caos
que nunca será capaz de expulsar.
viernes, 10 de mayo de 2013
DOLL
A Jilll le gusta
imaginar que encoge hasta hacerse más pequeña de lo que ya es, para poder jugar
de tú a tú con las amigas que imagina, las pequeñas habitantes de la casa de
muñecas. Aunque nunca ha tomado té, conoce a la perfección el rito, las poses, las
palabras breves y amables que ha ido pudiendo rescatar las pocas ocasiones en
la que todo el mundo estaba en casa y aparentaban ser una familia.
Jill y su
hermana mayor Margaret viven con su abuela en Brixton, un barrio obrero de
Londres. Ella no entiende muy bien qué significa obrero, pero su padre siempre
está con la palabra en la boca. Al
menos, cuando aparece por casa. Porque papá, según dice la abuela, tiene que
trabajar para que ella crezca fuerte y sana y se convierta en toda una mujer. Por
eso tiene que viajar a países de nombres extraños y pasa muchos meses fuera. Jill
no quiere ser toda una mujer, quiere convertirse en muñeca y vivir en aquella
hermosa casa en miniatura que tiene en la habitación que comparte con Margaret.
Preferiría que papá dedicara menos tiempo al trabajo, que estuviera cerca y
pudiera arroparla entre sus brazos, fuerte, bien fuerte hasta convertirla en un
juguete de trapo. Margaret se ríe de sus ideas y le dice que eso no sucederá
nunca. Se ríe, pero Jill a veces escucha por las noches cómo su hermana llora
al poco de apagar la luz.
No siempre están
solas en casa. Mamá a veces tiene que hacer compañía a los amigos de papá, para
que no se enfaden con él por estar tan lejos. Jill no conoce el nombre de
ninguno de ellos, pero no le importa, porque se quedan poco tiempo, algunos
nada más que una noche. Margaret es maliciosa y no quiere a papá; le dijo una
vez que él no estaba de viaje, que estaba en la cárcel por robar y que nunca
más volvería a verle. Jill prefiere pensar que, si su padre ha robado algo, tal
vez fuera la fantástica casa de muñecas que le regaló para su cumpleaños. Por
eso parecía algo sucia y usada.
***
A Jill le gusta imaginar que encoge hasta
hacerse más pequeña de lo que ya es, para poder escurrirse como una salamandra,
con suerte hacerse invisible a los ojos inquietos que a duras penas adivina
bajo la luz de los focos. Algunas de sus compañeras se colocan con un a raya o
dos antes de empezar el show, pero ella prefiere imaginar que está actuando en
una película. Conoce las poses, las palabras suaves y amables de las comedias
románticas que alquilan ella y Annie, su compañera de piso. Son películas
pasadas de moda que las hacen llorar como tontas, no saben muy bien por qué.
Jill y Annie no
pueden permitise un piso en Brixton, porque, por increíble que parezca, aquel
barrio gris donde pasó su infancia se ha puesto de moda y los alquileres están
por las nubes. Gentrificación, lo llamaban en un suplemento dominical, según le
dice Jerome, su medio novio centroafricano que quiere siempre dárselas de listo
y saber las palabras más raras, olvidando las sencillas. Jerome es un poco
tonto, pero muy buena persona y la trata bien. Al menos siempre está en casa y
la cuida como nadie nunca ha hecho, balanceándola entre sus fuertes brazos,
como si no pesara nada, como si estuviera hecha de tela. No le importa que ella
trabaje en el club, ni que se desnude delante de desconocidos porque, según él,
el cuerpo no es más que la casa del alma y ella tiene alma de muñeca.
Jill sonríe
cuando Jerome le dice estas cosas, pero llora cuando él no la ve y le oculta
que hay meses que para pagar el alquiler tiene que irse a la cama con algún
cliente. Por mucho que necesite ese dinero, siente que se está regalando, se
siente sucia y usada, hueca y vacía como el recuerdo de aquella vieja casa de
muñecas que arrastra como única herencia.
lunes, 8 de abril de 2013
AQUELLA PLAYA
Volvíamos a la playa en la que pasé los mejores años de
la infancia, con miedo a encontrarnos con una decepción, asumiendo el riesgo de
que los recuerdos no encajaran con la realidad. Era improbable que el ya entonces
viejo chalet, construido en la misma playa, hubiera sobrevivido a leyes y
especulaciones. Quince escalones separaban la terraza, protegida por las
piteras, de la arena; quince escalones entre mi niñez y la felicidad.
Mi tío se empeñó en
conducir su viejo Seat ranchera color marrón y mi hermana y yo protestamos
cuando descubrió que el viejo radiocassette aún funcionaba. Desde siempre, la
cinta de éxitos de Julio Iglesias había sido la sintonía incontestable de los
viajes veraniegos, a pesar de las protestas de mi padre, aficionado a la música
clásica, pero sin carnet de conducir y, por tanto, sin derecho a protestar
demasiado. Observando con aire distraído el paisaje, empecé a recordar aquellos
viajes tortuosos. Por precaución, mi madre aguardaba al acecho, bolsa en ristre
y atenta a los mareos, porque estábamos
poco acostumbrados al coche y no aguantábamos las revueltas del Port de
Gallinera. El olor a vómito y a bolsa de plástico era el olor de la vergüenza.
Pero ahora este
retorno no admitía angustias o mareos. Me sentía exultante, bendecido por el
sol que se filtraba por la ventanilla entreabierta. Habíamos crecido y mi
hermana y yo habíamos alcanzado la edad que tenían nuestros padres en aquellos
primeros veranos en la playa. Pero no era momento de quejarse por el paso del tiempo:
la ilusión de encontrarnos todos juntos de nuevo podía más que la nostalgia. La
carretera no tenía nada que ver con aquella otra que ponía a prueba neumáticos
y amortiguación. Ahora tenía muchos túneles y menos curvas, estaba mejor
asfaltada, descendía de forma imperceptible, como una alfombra extendida desde
la sierra alicantina hasta la costa.
Llegamos a la playa
de Santa Anna sin tránsito perceptible, como si el coche buscara descansar para
siempre, blandamente varado en las dunas. Olía a mar, a ese mar al que siempre
he tenido tan cerca y al que luego di la espalda, tal vez por miedo a
enfrentarme a las palabras que se pueden escuchar cuando rompen las olas. Para
asombro de todos, la casita seguía en pie. No sólo eso, sino que la habían
reformado y mostraba mejor aspecto que hacía treinta años. Todos lucíamos la
misma sonrisa en los labios, paladeábamos los recuerdos a la caza de todo
aquello que hubiera sobrevivido al paso de los años, de cualquier detalle, de cualquier
rincón encadenado a viejas fotografías. Por ejemplo, aquella mesa plegable en la
que el abuelito me enseñó a jugar a las cartas, o el pequeño huerto que mi
hermana, con apenas tres años, regaba con
la manguera.
Me reconfortaba la
risa de mi madre, el humor ácido de mi tío que acabé heredando, mi padre
cargando la sombrilla, fumando su pipa con aire satisfecho, con aire de
marinero que acabó enredado en los telares de las fábricas, la sonrisa de mi
hermana, idéntica a aquella foto en la que parecía lanzarse al vacío desde la
pequeña motora de los vecinos. Yo observaba todo en silencio.
Tendimos las
toallas bajo la sombrilla y mi madre sacó las tarteras. Ojo, había que dejar
pasar dos horas antes de bañarse, como si fuéramos críos. El sabor dulce del
pimiento asado, enramado de aceite de oliva, con el contrapunto de bacalao, la
sempiterna tortilla, el sofrito de conejo con tomate. Yo protestando por la
estampa casi folklórica de la familia pasando el día en la playa, por el
inevitable grano de arena entre los dientes. Prefería ir al bar, pedir unas
tellinas, como las que cogíamos con el rastrillo en aquellos años, cuando
éramos pequeños expoliadores de las costas.
Hacía calor y al
rato todos decidieron meterse en el agua. Me quedé leyendo un rato, pero había
comido demasiado y no podía concentrarme. Eché un vistazo de nuevo a la casita,
que estaba a pocos metros a nuestra espalda y vi que había gente en la terraza.
La brisa me traía fragmentos de su conversación. Sonaba a francés. Nos miraban
con curiosidad, con una pose de distanciamiento estudiado. No pegaban para nada
en aquella playa olvidada por el turismo masivo, todos vestidos de negro, con
pantalones largos y gafas de diseño. Esbocé un gesto de saludo, pero no
debieron verme, o eran demasiado maleducados para devolvérmelo.
Al rato volvieron
mi hermana y mi padre, resoplando de satisfacción por el baño. Se tendieron a
mi lado y dirigí de nuevo la mirada al mar. Mi madre y mi tío seguían en el
agua. No nadaban, simplemente estaban de pie, observándonos. Empezó a
inquietarme que estuvieran tanto tiempo dentro del mar, pero mi padre y mi
hermana parecían tranquilos, me miraban queriendo darme a entender. La arena
sobre la que estaba tendido empezó a cobrar otra consistencia, la brisa era
ahora de tela, eran colchón, sábanas, ahogo en el pecho al sentir de nuevo el
punzante momento de lucidez, la consciencia que te arroja algas a los pies.
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