miércoles, 10 de febrero de 2016

Arroz pasado



―Pon la Tres, anda.

―Espera, que quiero ver si gana el bote.

―Pero si el programa está grabado. Es como la otra vez, si gana el bote lo anuncian hasta en el telediario, para que la gente lo vea y suba la audiencia.

―Me da igual, a ver si me sé las preguntas.

―Pues preséntate, al menos te serviría de algo saberlas.

―Como si fuera tan fácil. Hacen una preselección y estoy seguro de que si ven que tienes demasiado nivel, no te cogen.

―Entonces, no deberías tener problema.

―Tú siempre tan graciosa.

―Va, pon la Tres, que quiero ver a la Infanta yendo a declarar.

―Mira, esa la sabía, hay que ser burro. Los poemas de Petrarca estaban dedicados a Laura.

―Y los tuyos a mí, cuando me querías.

―Lo dices como si ya no te quisiera.

―Lo digo como si no fueras la misma persona.

―Eso no es verdad, lo que pasa es que sabes que el trabajo me absorbe y…

―Claro, y a mí no, por eso he sacado tiempo para hacerte tu arroz favorito.

―Porque has querido, ya te he dicho si te apetecía ir al chino.

―Tú lo has dicho, porque he querido.

―No sé qué tiene que ver el arroz con los poemas. Mira, me da igual, tú ganas, las noticias.

―Nada tiene que ver con nada si uno no le pone ganas.

―Y ahora por qué apagas la tele. ¿La vamos a tener?

―Dime por qué has dejado de escribir poemas.

―¿Podemos acabar de comer en paz? El arroz está muy rico y se va a enfriar.

―Tarde. Dime por qué.

―Qué quieres que te diga, uno no escribe poesía como quien fríe un huevo. Tiene que surgir. No pasa como con los relatos, con la prosa piensa uno en un tema y se pone.

―Claro, los poemas no tienen tema, los cagan las musas sobre el papel, sin más.

―No estoy diciendo eso. Sólo que uno tiene que tener determinado estado de ánimo para escribirlos.

―Sabes que la estás fastidiando cada vez más a medida que hablas, ¿verdad?

―Entonces, mejor me callo.

―Tú mismo te delatas. Me estás diciendo que ya no me escribes poemas, porque ya no me quieres.

―Pero vamos a ver, ¿qué tienen que ver los poemas con el amor? Creo que a estas alturas no tengo que demostrarte que te quiero. Las palabras son eso, palabras. Están muy bien en un momento dado, pero lo que importa…

―Lo que importa es el tema, tener algo que decir. Y me da que te has quedado sin tema.

Él enciende la televisión de nuevo, con un gesto contrariado, dando por finalizada la conversación. Ella recoge los platos, medio llenos, y sale de la habitación en dirección a la cocina. En el cubo de basura, los restos del arroz cubren una bola de papel arrugada. En ella, con mala letra, como furtiva, unas líneas que no llegaron a ser poema por miedo a afrontar la realidad.

domingo, 31 de enero de 2016

ÓCULOS


No quiero alargarme en demasía, porque mis allegados conocen de sobra mi condición y no creo que este escrito llegue a manos de ningún extraño. Empezaré con una declaración: desde lo que el todo el mundo viene a denominar tierna infancia, conservo claros recuerdos de tener cuatro ojos. No en el sentido anatómico, ni en el figurado. Mi madre me abandonó nada más nacer en un convento,  así que, de haber sido un monstruo deforme, me hubiera arrojado con toda la seguridad a la basura o me hubiera vendido a un circo.

Tampoco uso lentes correctivas. Tengo un par de globos oculares de lo más corrientes, ensombrecidos por la notable presencia de una nariz que emerge de mi rostro como la aleta de un tiburón varado, pero sin tara alguna. Castaños, pequeños y brillantes, tuve la temprana desgracia de ser bautizado como El Rata por algún niño cruel del orfanato a quien no puedo guardar rencor por no acordarme de él y porque no hizo nada más que seguir el natural y profiláctico impulso de discriminar al raro o al débil. Obviemos la anécdota, mi aspecto físico no importa.

No, yo lo que tengo son dos ojos de poeta y dos ojos de prosista. Ambos en sentido plenamente figurado, porque ni me dedico a la escritura, ni mucho menos tengo aspiraciones artísticas. Esta afirmación, que parece contradecirse con el estilo algo ampuloso del presente escrito, quiero que le quede bien clara al lector. Aprendí a escribir leyendo a hurtadillas novelas románticas que a su vez escondían las monjas de la furia inquisitiva de la Madre Superiora y no puedo desprenderme cuando redacto del lenguaje decimonónico, empalagoso y sin fuste de aquellos librillos calientabeatas.

No hablo, pues, de dos facetas literarias, sino de dos formas de ver la realidad coincidentes en el tiempo, pero totalmente divergentes, que me han llevado a las puertas de la locura y que me suponen una desazón constante. Por evitar enojosas reiteraciones en el texto, distinguiré entre óculos (poéticos) y ojos (prosaicos).
A modo de ejemplo, imaginemos una escena de lo más sencilla. Yo, sentado a la mesa, me dispongo a comer una manzana. Lo que para cualquier persona sería un acto rutinario, se convierte en una auténtica tortura.

Con mis óculos veo un corazón expectante que espera el mordisco certero, la más primitiva de las religiones iniciando una y otra vez el rito de la destrucción, un símbolo del amor que siento por una mujer que evoco, que ni siquiera conozco, que me ofrenda la pura imagen de una fruta en la que aún resuena el gemido que nació bajo la sierpe, el placer primigenio de Eva.

Con mis ojos, sin embargo, veo la piel arrugada de la manzana, sopeso los días que quedan para acabar el mes, paso lista a los alimentos que me quedan en la nevera y puedo sentir el escaso vacío que llenará la fruta en mi estómago, que apenas engañará el hambre que siento.

Valga esta simple escena para que el lector pueda hacerse una idea de la constante tortura que supone cualquier actividad rutinaria que trate de llevar a cabo. El más simple acto se convierte en sublime por culpa de mis oculos y es por ello que he sido denostado por mis semejantes, al estar dotado de un carácter extravagante, pero de posibles o de la influencia necesaria para conseguir aprobación. Puede que, de haber nacido en una familia de alta alcurnia y despreocupado, por tanto, de cuestiones pecuniarias, mi naturaleza me hubiera llevado, en una grácil pirueta, de la carne mortal al arte inmarcesible. Hubiera llegado a ser, sin duda alguna, un Lord Byron redivivo, capaz de convertir mi propia vida en una constante lucha por la poesía en todas sus formas.

Pero como ya he dicho, me arrojaron al fango de la pobreza desde el momento de nacer, un lastre del que nunca he sido capaz de desprenderme. Acaso debería haberme arrancado los ojos hace tiempo, como un Edipo desconcertado que descubre que es el hijo bastardo de unos padres que le dan la espalda. Verso y Prosa, imaginación y realidad, óculos espirales y ojos poliédricos. Entiéndase la manida referencia clásica, pues mi único amigo es ciego, cree entender mi auténtica naturaleza y se preocupa por las consecuencias derivadas de ella.

Conocí a Germán en un recital de poesía, uno de tantos que se celebraban por aquel entonces en… Pero no, he dicho ya que no quiero hacer perder el tiempo al lector. De nada vale ahora describir el cuándo y el dónde, simples coordenadas del encuentro de dos personas que descubrieron necesitarse. Valga decir que yo asistía a aquellas sesiones porque me producía un vago placer enfrentarme a los versos ajenos con mis ojos, despellejarlos y mostrar su hueca estructura. Al contrario de lo que cabía esperar, mis óculos  parecían oscurecerse ante versos y estrofas, tal vez por un innato mecanismo de defensa, por protección ante lo que no era sino un remedo de la auténtica poesía, aquella que sólo yo conozco. No veía más que toscos brochazos, palabras encadenadas a un sentido deslavazado, meros gimoteos en torno a los temas de siempre. Divago.

A Germán le gusta decirme que soy tan ciego como él, que daría el brazo que sujeta su bastón por poder tener mis ojos, que no tengo más que dos y un corazón demasiado grande como para no ver más allá de la realidad. Sé que sus palabras son bienintencionadas, pero sospecho que en el fondo me envidia, porque escribe unos versos que, aunque se aproximan bastante, no llegan a atisbar el escenario que contemplan mis oculos. Al final, acabamos riendo y haciendo elementales paralelismos entre nuestra amistad y el libro aquel del portugués, obvio decir cuál.

A estas alturas, el improbable lector de estas palabras puede que haya enarcado una ceja de forma cómica, no tenga claro en qué época vive este narrador tetraoculado. La referencia al abandono en un convento, tan de novela decimonúnica (nun  es monja en inglés, tomémoslo como apunte para una gracia de salón de té), parece contrastar con la referencia a Saramago.  Edipo, Saramago: presupongo cierto nivel cultural, de juego de mesa y disfraz de sabio. Tampoco creo que haya pasado inadvertida la torpe patraña de introducir a un ciego a modo de simbólico partenaire. Símbolos, óculos, bazofia.

La falacia de escribir al principio que no creo que esto lo lea nadie. Necesito que alguien lo lea, que me entienda.

 Soy incapaz de escribir nada auténtico. Tengo hambre, me siento solo. 

Apenas dos frases como un enorme S.O.S al final de mi relato y me veo al instante impelido al adorno, a encadenar mi desesperación, mi realidad, con ocurrencias, sugerencias, florescencias, excrecencias.

Ni una palabra más.








sábado, 16 de enero de 2016

YOKO (diario de un escritor)

LUNES

Novela de terror ambientada en Liverpool, con el auge de los Beatles de fondo. Años 60.

Mirar en Wikipedia discografía, nombres de calles y de garitos.

Protagonista un joven músico que odia la música rock. Vive en una buhardilla, rollo Raskolnikov, pero ambiente muy british, niebla, Jack el Destripador.

¿Hay niebla en Liverpool? Si no, usar la contaminación, metáfora de la corrupción del mundo moderno. Él es violinista y envuelto por la modernidad. Smog (posible título).

YOKO ONO ES UNA PUTA VAMPIRA Y EL LO DESCUBRE (¿vampiresa?)

Mirar leyendas urbanas sobre la portada de Abbey Road y de ahí enlazar con el tema del vampirismo, posible segunda novela con el glam pop como fondo, Bowie, etc.


MARTES

Estilo epistolar rollo BramStoker. Releer Drácula y darle un toque gótico. Biblioteca o pedir prestada a Toño.


MIÉRCOLES

Poner enlaces de Youtube a pie de página para la edición digital. O de Spotify, ahora que ya están los Beatles, novela multiplataforma.

Vampira no existe. En todo caso, mujer vampiro. Vampiresa es mujer fatal, aunque está claro que Yoko Ono podría haber sido las dos cosas. Sigo sin tener claro si vampira existe.

Cine de terror japonés, pelo largo y lacio, palidez. Encaja 100%. Si en The Ring era una cinta de VHS, un vinilo de los Beatles. ¿En alguna portada sale Yoko Ono? Seguro que en algún álbum de John Lennon. Todo relacionado con su muerte, Holden Caulfield, Salinger.

Cartas entre Chapman, el asesino de Lennon, y Salinger. De ahí arranca la novela.
Contárselo a Toño y pedirle Drácula, tengo libros de la biblioteca que no devolví el año pasado, mal rollo.


JUEVES

Esta noche con Toño en su casa, trazar el esqueleto de la novela, para que tenga un toque canalla y hípster, como los comics que escribe.

Puta pereza releer El guardián entre el centeno.


VIERNES





SÁBADO

No sé qué día es. Hasta las mil con Toño arreglando el mundo.

Conclusiones:

1 La novela es un pastiche infumable, hacerle caso.
2 Esperar a la década de los 20 para retomar con los Beatles (no recuerdo por qué).
3 Yoko Ono es gafe.

Puta resaca.


DOMINGO

No más ideas estúpidas.

Retomar la novela aparcada.

Joven escritor recién llegado a la capital, el mundo que le rodea,  la eterna lucha entre el arte y la vida, las tentaciones de la vida moderna.

Quedar con Toño.











viernes, 11 de diciembre de 2015

CACAHUETES

Me gustan estos cacahuetes. Esperaba algo salado cuando la niña  sentada junto a mí me los ofreció y temía que luego me diera sed, que beber agua me hiciera tener de nuevo ganas de orinar, que el hombre que conduce se enfadara otra vez conmigo cuando vuelva a subir al coche. Creo que no me gusta viajar, en realidad estoy seguro de que no, me marea la serpentina borrosa de árboles, de postes, de casas, ese pasar pueblos en los que mejor no saber qué vida llevarán, el olor a vómito perfumado del ambientador con forma de abeto que cuelga del retrovisor.

 No quiero molestar a estas personas amables, que piensen que soy descuidado y sucio, así que me sacudo el azúcar pegado a los dedos contra la pernera del pantalón, pliego con cuidado la bolsita y la guardo en un bolsillo. Hace mucho calor y doy las gracias al joven que me está abanicando con una revista de motos. Me pregunto dónde estará ahora la moto con la que iba a recoger todas las tardes a Encarnita, allá en el pueblo. Seguramente será chatarra, o estará arrinconada en un garaje, a la espera de que alguien repare en ella. Pero yo iba de viaje, hemos parado porque necesitaba ir al baño, así que tengo que continuar, aunque no tenga muy claro si me llevan a la playa o a dónde. Quiero que sea a la playa, me viene de repente un recuerdo claro, todo el día jugando en la arena, ennegrecido por el sol, los amigos del verano. Se llamaban Lorena y Miguel. Me entra la risa triste, porque recuerdo esto y no acabo de tener claro cómo se llaman el hombre que conduce y la mujer que no me habla y que se enfadan conmigo cada dos por tres.


Me asusto un poco cuando llega la policía. Han pasado muchos años, pero recuerdo como si aún me dolieran los golpes en las plantas de los pies, la humillación de la luz proyectada sobre los moratones de mi cuerpo desnudo.  Recelo de ellos y me extraña que uno de los policías, ahora lo veo claro, sea una chica guapa, con el pelo castaño recogido en una coleta. Me sonríe y se pone de cuclillas ante mí, me pide permiso para revisar mis bolsillos, pero no llevo la documentación encima, sólo el envoltorio de los cacahuetes y un pañuelo de papel arrugado, me da vergüenza que todos me miren con expresión lastimera porque ni siquiera sé mi nombre, ni con quien viajaba, no sabría decirles, aunque volvieran a golpearme por qué me han dejado en esta área de descanso junto a la carretera, ni tampoco me arrancarán cómo se llama el hombre que conducía, ni la mujer que no me hablaba, porque ahora sí, de repente se me ha hecho la luz, y no voy a decir a unos desconocidos nada contra mi familia, porque mi hijo Fernando sería incapaz de dejar tirado como un perro a su padre y además seguro que no se enfada cuando vuelva a por mí y vea que esta vez sí me acuerdo de quién es. 

sábado, 24 de octubre de 2015

APPLE

Son las diez de la mañana de un sábado de Octubre. En una librería del centro de Madrid, sentado en una mesa diminuta junto al escaparate, un joven de barba negra y espesa hojea un libro de poesía. Lleva casi una hora allí y no ha abandonado en ningún momento su intermitente lectura. Cuando alguien entra en la tienda abre el libro, frunce el ceño y se inclina hacia adelante, concentrado. Al poco, cierra de nuevo las tapas sin haber pasado una sola página y desvía su atención a los transeúntes que desfilan al otro lado del cristal.

En la acera de enfrente, el dependiente chino de una tienda de alimentación forcejea un rato con la cerradura y sube la persiana del local, produciendo un estruendo metálico que es respondido por los ladridos de un bulldog francés que tomaba el sol hasta ese momento en el balcón del piso superior. El chino hace un gesto de desprecio y golpea con la mano abierta la persiana, provocando al animal, que gimotea asustado y se retira jadeando y echando espumarajos hacia el interior de la vivienda.

El joven observa la escena, sonríe y retoma su intermitente lectura, justo en el momento en el que una chica pelirroja entra en la librería. Se queda un momento parada, observa a su alrededor, y se sienta en una mesa aledaña a la del chico, la única que queda libre. Abre un diminuto bolso con la imagen serigrafiada de Audrey Hepburn y saca de él un Iphone y un ejemplar de La Catedral del Mar. Pide un té y se pone a manipular el móvil manteniéndolo muy pegado a su rostro, en perpendicular a su busto.

El lector de poesía mira de reojo a la chica y cierra el libro, mientras recita en voz baja un verso que compara la piel de una condesa medieval con una manzana inmarcesible. Repite en voz alta: manzana inmarcesible, pero pronuncia manzana inmarcecible una tercera vez y una cuarta. Manzana inmarcecible, balbucea con la cara colorada. La chica emite una risita que se entremezcla con el sonido del tintineo de la cucharilla con la que remueve su bebida. En el exterior, el perro ha regresado al balcón y orina sobre la maceta de un bonsái, un manzano en miniatura. Algunas gotas caen a la calle y salpican al chino, que estaba sacando a la acera unas cajas de fruta. Éste maldice en su lengua. La chica de la librería, que se disponía a hacer una foto con su móvil al aedo balbuceante, enfoca al chino, que se ha agachado para coger una manzana.

En tres segundos y catorce centésimas sucede lo siguiente: al girar el dispositivo móvil, la luz del sol se refleja en el emblema plateado de la tapa posterior, deslumbrando al lector; la manzana arrojada por el comerciante meado no alcanza su objetivo y rebota contra la pared; el perro se esconde de nuevo en el interior de la casa, mostrando sus posaderas, en las que justo a la izquierda del ano, tiene una mancha negra en el pelaje con forma de manzana; un artista callejero vestido de Jesucristo pasa por el centro de la calle, coge al vuelo la manzana, sonríe y le da un mordisco sin detenerse, con la mayor naturalidad, sin prestar atención a nada.






sábado, 11 de abril de 2015

Y NOS DIERON LAS TRECE


 ― No me vengas ahora con remilgos. ¿Quieres volver a vivir de alquiler en un piso de mierda, o pagar en dos años el dúplex que te has comprado en Tirso?

― Quiero ser yo mismo.

― Perdona, pero mi obligación como tu representante es recordarte que la única circunstancia bajo la que se te permite ser tú mismo es cuando te sientas en la taza del váter por las mañanas.

― Muy gracioso, pero me prometiste que si Adoquines lacerados llegaba a ser disco de platino, podríamos reconsiderar dar un giro a mi carrera.

― Y lo vamos a dar, del disco de platino, al tabique de platino. Mira, nos vamos a hacer de oro si me haces caso y seguimos en esta línea. Estoy harto de tratar con cantantes con aspiraciones artísticas y nulo olfato comercial. Para eso estoy yo y aunque reconozco que las baladas de amor tienen su público, las canciones que compone Sebas para nosotros son rompedoras.

―Sí, pero no pegan nada con lo que quiero expresar.

―Hipoteca amortizada. Trata de expresar eso. Hipoteca amortizada.

―No puedo contigo… ¿y el tema del acento?

― ¿Qué problema hay con el acento?

― Pues que ya pasé por el cambio de nombre, es algo normal en el gremio. Pero de nacionalidad…

― Me vas a decir que un burgalés tiene más garra que un porteño. Si quieres, hacemos una rueda de prensa para comunicar que Matías Sanguinetti pasa a llamarse José Antonio Pérez. Verás como más de una se sube las bragas.

―  Es que estoy harto de impostar el acento, siempre me han caído mal los argentinos, me parecen malabaristas, poco fiables.

― Pero eso es sólo porque se acostaban con tu mujer. Es broma, es broma, no me pongas esa cara. Por cierto, hablando de tu mujer… ¿has pensado en separarte de ella? Tengo a un par de modelos dispuestas a aparecer en las revistas del corazón enrollándose contigo en la playa. A una de ellas la encontraron el mes pasado dormida en su camerino con una jeringuilla colgando, es perfecta.

― Nacho, te recuerdo que Ambrosia y yo llevamos felizmente casados desde hace veinte años.

― Sí, casi desde vuestra primera paja. No veas tú la mala imagen que da eso, puede valer para acabar convertido en muñeco de cera o en Ana Belén y Víctor Manuel, pero el 80% de las personas que compran tus discos son mujeres. El otro 20%, calzonazos que se lo compran a sus novias. Y no hay ninguna de ellas, o incluso de ellos,  que no deje de fantasear con que te la lleves al catre y le arrees una buena tunda.

― Todo esto me lo dices porque eres un desgraciado que no cree en el amor.

―  Y tú eres la reencarnación de Perales, pero Dios te dio el don de tener cara de hijo de puta, aunque seas un blando. Y los hijos de puta capaces de enlazar dos rimas y subirse a un escenario, triunfan. Hijos de puta que no tienen mujer, que se acuestan con cualquiera y se ponen hasta las trancas. Hijos de puta con barba de tres días y sábanas sucias, con cara de comer todos los días carne de perro, hijos de puta de sombrero ladeado y sonrisa torcida. Mira, toma.

― ¿Y esto?

―No entres en pánico. Son unos polvos de talco aromatizados.

― ¿Quieres que me los ponga para oler mejor? Si me dijiste que era bueno estar desaliñado y oler a sudor y tabaco.

―No, quiero que te pongas un poco por encima de la pechera y aquí en el borde de la nariz. Aquí y aquí. Perfecto, y ahora a la rueda de prensa.

―Pero van a pensar que es…

―Van a pensar que el rey de los canallas cabalga de nuevo. Y recuerda: hipoteca amortizada. Si es que si no fuera por mí…



domingo, 22 de marzo de 2015

PARACITY


Empecé a expoliar viajes al poco de llegar a Madrid. Era el boom de los vuelos lowcost y, para pasmo de mi naturaleza sedentaria, no había conversación en la que alguien dejara de relucir que había estado en tal o cual destino de un exotismo que ya empezaba a ser dudoso.  Aquel 2007, por ejemplo, fue el de Tailandia y el de la bipolaridad. Un país y un concepto tan manoseados, que se convirtieron, en mi particular imaginario de bicho raro, en unos claros referentes de la estupidez.

Fiel a mi naturaleza callada, me dedicaba a escuchar y a trasegar alcohol con la parsimonia de un hipopótamo, a la espera de que alguien cambiara de tema.  El problema era que la gente no tenía nada interesante que decir y los viajes ofrecían la oportunidad de hacer una puesta en común sobre experiencias ligeramente discordantes en las que cada gurú de La Experiencia Única ponía su particular guinda sobre el pastel o pastiche elaboraban sobre un país que había n visitado como turistas y del que se atrevían a pontificar. Consejos, tips, dónde se comía mejor, qué rutas eran las menos transitadas por los turistas (categoría de la que se autoexcluían con total desfachatez), o cómo regatear con nativos que no tenían dinero ni para calzarse.

Pasado el tiempo, tal vez por mero aburrimiento o por simple dejadez, empecé a integrarme, sobre todo cuando me presentaban a alguien. Tenía material de sobra y la dosis necesaria de prudencia para resultar medianamente convincente, sin que se descubriera mi impostura. Bastaba con realizar comentarios vagos y generales, con los que todo el mundo parecía estar de acuerdo, sobre esas ciudades en las que nunca había estado, ni pensaba visitar.

Por regla general, la gente es demasiado cobarde o educada, según se mire, como para empezar a contradecir los argumentos de alguien a quien se acaba de conocer. Y en caso de encontrarme con alguna de esas personas que se empeñan en refutar cualquier opinión ajena, me limitaba a darles la razón y a tomar nota mental de las tonterías que pudieran decir, en caso de que fueran provechosas para mis futuros fingimientos.

Así, era fácil afirmar que Berlín era la capital europea más vanguardista, que en Budapest uno podía sentirse embriagado por una gris melancolía, que Nueva York te transporta a una película de Woody Allen o de Scorsese, según gustos y ganas de hacerse el duro de postal, o que la monumentalidad de París ridiculizaba al resto de capitales europeas.

 Eran generalidades de manual que cumplían la misma función que hablar del tiempo en un ascensor, así que empecé a perfeccionar la técnica recabando información en Internet y rebuscando en las páginas especializadas en viajes las opiniones más peregrinas, que enriquecía caprichosamente. Así, me sorprendía a mí mismo hablando de aquel diminuto restaurante del Trastevere que sólo está abierto a determinadas horas de los días en los que le apetece abrir a Massimo, el cocinero gordinflón que es un fanático empedernido de la Lazio, una persona a la que en mi vida conoceré, pero a la que soy capaz de poner por las nubes y, ya puestos, inventar que tiene un bigote inverosímil con pelos enormes como  tagliatelle.

Poco a poco, mi popularidad fue creciendo de la mano de la desfachatez con la que inventaba anécdotas viajeras imposibles de verificar, pero adornadas con la suficiente dosis de verismo que las convertía en irrefutables. Una de las historias que captaba más atención era la de mi viaje a París la semana pasada, siempre era la semana pasada para dármelas de cosmopolita, en la que había entablado amistad con uno de los encargados de la gestión de la Torre Eiffel, que me había invitado a comer en su casa tras resolver unos asuntos de trabajo que no venían al caso, y que me había asegurado en la sobremesa que la famosa construcción había empezado a inclinarse ligeramente y que pronto habría que limitar el número de turistas que la visitaban a diario. Estaba previsto que en unos años la torre tuviera el suficiente grado de inclinación para empezar a competir con la de Pisa que, por otro lado, estaba destinada acabar revestida de un enorme corsé metálico que evitara su derrumbe. La rivalidad entre italianos y franceses en materia turística dependía en gran medida de esa puja entre las dos construcciones.

Aunque no era raro encontrar a algún aguafiestas que tratara de desdecirme, asegurando que era imposible que la torre francesa se inclinara debido a su sus sólidos cimientos y a su particular estructura, me las arreglaba para mencionar estudios geológicos inexistentes que habían estado en manos de mi amigo francés y que aseguraban que, aunque aún de forma imperceptible, la famosa antena iba a acabar torciéndose de forma inexorable. Aprovechaba estas invectivas para atacar la cerrazón del carácter español, tendente al escepticismo como argumento de inicio y acababa colapsando a mi oponente con un discurso tan vacío como profuso. Estuve tentado de hacer carrera política, pero de buen seguro que me hubieran hecho viajar y pudo más la pereza.

He de reconocer que la vida me ha ido tratando bien y a mis casi setenta y cinco años puedo enorgullecerme de no haber salido del suelo patrio, sin que nadie se haya percatado de mi impostura. A mi juicio, esta proeza dice mucho de las falsas atribuciones que se le conceden al hecho de viajar, ya que se me considera una persona tolerante, de mente abierta y capaz de adaptarme a cualquier situación, enfoque cultural o punto de vista. Y todo esto, por haber conocido mundo. Soltero empedernido, disfruté de la compañía de mujeres que cayeron fascinadas por las historias que les contaba un auténtico hombre de mundo y por suerte tuve familia que me empujara a viajar tras mi jubilación. No puedo evitar fantasear con hacer un primer viaje, tal vez el último, a París, resignarme a hacer una larga cola, como el ganado esperando turno en el matadero, y tocar con mis propias manos el inclinado cuerpo de metal al que mi torcida imaginación pareció condenar.