jueves, 26 de junio de 2014

EN SU PUNTO



Todavía se siente como el niño que incordiaba a su madre mientras cocinaba, preguntando por cada uno de los pasos de la alquimia alimenticia, que para entonces era una amalgama de desconocimiento, curiosidad y atracción pirómana por usar los fogones.  Prueba el caldo con la cuchara de madera y corrige con un pellizco de sal, el justo exceso para que el arroz lo absorba. La presencia del conejo en el sofrito da el toque de dureza necesaria, que compensa con la dulzura del garrofó y el fondo horizontal pero necesario del pollo en el paladar. Ahora que todos los ingredientes se hermanan en la paella, en ese pequeño infierno dantesco de hervores y penitencia compartida, es el fuego el que cobrará protagonismo, regulador de la justa proporción entre caldo y cocción.

Recuerda sus primeros arroces de adolescente,  quemados y a la vez pasados, regados con alcohol en las acampadas con los amigos,  el momento en el que sus padres lo consideraron lo suficientemente mayor como para dejarle solo en casa, en su enfurruñamiento de falso misántropo, sin necesidad de dejarle la comida preparada y, mucho más reciente, cuando cogió el relevo al mando de la cocina, porque no había más remedio. Hace mucho que no se le pasa el arroz, o que el socarrat se convierte por descuido en el amargo desastre del quemado, pero en justa correspondencia a sus habilidades, se ha vuelto el más exigente de sus críticos. Por mucho que los amigos alaben el sabor y textura de sus arroces, sabe que aún están lejos de alcanzar el punto exacto.

Por eso mismo, cuando después de los aperitivos y la tertulia insustancial y necesaria, un ingrediente más para dejar reposar el arroz, prueba con gesto escéptico la primera cucharada, una amargura le rompe desde muy adentro. Esta vez no hay dudas: está mejor que nunca. Su satisfacción se enlaza de inmediato con la tristeza y reconoce en el brillo de satisfacción de la mirada de los suyos, en el escueto elogio de su padre, en el silencio de todos mientras rascan el fondo del paellón que comparten, que su madre se aleja ya para siempre, que ese arroz es digno de ella, que con cada cucharada su recuerdo da un paso atrás, con una sonrisa en los labios.

jueves, 8 de mayo de 2014

Fluyendo

La profesora patizamba de latín, con aquellas gafas ahumadas que ocultaban gran parte de su rostro abotargado, las patillas torcidas, camufladas entre la pelambre de las de ella. La volcánica precisión con la que proyectaba bombas de saliva al declinar en la pizarra. Aquellas pantorrillas como columnas dóricas, homogéneas desde el tobillo hasta la rodilla. Su sola presencia, balanceándose sobre la tarima,  era capaz de petrificar las hormonas de cualquier adolescente. Mercedes la Medusa, mostrando el latifundio de sus posaderas cuando se inclinaba para encender la estufa de butano con la que teníamos que apañarnos durante el invierno. Pero no, mejor no recrearse en esa imagen.

Será más eficaz pensar en algo más desagradable: el profesor de gimnasia, cuarto de EGB, sus ojos brillantes de roedor, la inocencia con la que nos acercábamos a él para que tonteara con nuestras colitas.  No, por aquel entonces aquello no era pederastia. Esa palabra, por muy culta que fuera, no existía en un colegio salesiano. Eran pequeñas bromas, pellizquitos amistosos, cosas de poca importancia. Pienso en aquel cabrón risueño masturbándose luego en su casa, tal vez vestido con unos ligueros, a mano un consolador sucio. Demasiado desagradable, puedo pecar por exceso y echarlo todo a perder. Además, tampoco es necesario retroceder tanto en el tiempo, yo que siempre denosto la fijación que tiene la gente con la nostalgia, esa moda estúpida de intercambiar recuerdos de consumo común.

Echo un vistazo al reloj de pulsera que he dejado sobre la mesita. Apenas han pasado cinco minutos y empiezo a sentirme inquieto. Detesto darle vueltas a la cabeza en la cama, preferiría relajarme sin más, pero en muchas ocasiones mi imaginación proyecta, de forma no del todo involuntaria, un carrusel de imágenes que tratan de ahuyentar a mis fantasmas. Algunas son recurrentes, otras caprichosas. Por mucho que trate de forzar su aparición, siempre son ellas las que se enlazan con naturalidad, como si esperaran en bambalinas pisar el escenario, tras el gesto oportuno de un director de escena demente. El peligro es que, por muy lejanos que sean estos recuerdos y estampas, por mucho que trate de aprovecharme de ellos para evadirme, siempre tratan de aferrarse al presente, adherirse de alguna forma al aquí y ahora, recuerdos que ansían volver a sentir cómo el tiempo se desgrana.
No, las divagaciones existenciales de todo a cien tampoco me van a ayudar. Corro el peligro de saltar al otro lado de la orilla y hundirme en la blandura del fango. Se trata de fluir, de dejar que la corriente me lleve de forma plácida hasta la meta, sin prisas. El rugido de las cataratas está aún lejos, debe estarlo.

Siete minutos. Siete míseros minutos y no hago otra cosa que utilizar metáforas manidas, palabrería para huir del fracaso. Hablando de fracaso, hoy ha sido otro día de mierda en la oficina, más presión por el mismo sueldo y mi jefa cada vez más estúpida. Sólo me faltaría ponerme a pensar ahora en el trabajo, como si no soñara con él todas las noches, como si no tuviera mi dosis nocturna de estrés diluido en unos sueños en los que he de realizar tareas absurdas.  Mi jefa, mi jefa se parece, ahora caigo, a la profesora de latín. Podría ser su hija, la imagino crecer amamantada por las ubres de los clásicos, la típica hija de maestra: relamida, sabelotodo, pacata. Todo para  más tarde repudiar las letras y meterse a estudiar Empresariales y con un poco de suerte y alguna visita furtiva al despacho del decano, sacarse la carrera. Todo esto es muy sucio y machista, no voy a negarlo, pero no puedo evitar fantasear humillándola. Alicia Villalta, responsable del departamento financiero, de rodillas ante mí suplicando perdón porque he descubierto su gran secreto: que no es licenciada, que ya no se sabe la primera declinación, que su mamá le daba el pecho hasta los cuatro años, que ella también tocaba las colitas de los nenes, que ahora no sabe cómo putearme más, que hará lo que yo le pida y yo entonces es cuando la cojo de la cabeza y a la mierda el fluir, la corriente, los consejos de mi terapeuta, la cara de resignación de mi mujer y lo poco que he tardado de nuevo en correrme.

sábado, 12 de abril de 2014

GALLINAS Y CARAMELOS




Giovanni Sorensen sabía que no tenía que meter las narices en los asuntos de los payasos del circo. El director del circo se lo había dejado bien claro el día que lo contrató.

— Son gente extraña. De tanto reír se les ha secado el alma. Mejor no te acerques a ellos.

La especialidad de Gigi eran los juegos malabares, aunque trabajaba limpiando las jaulas y dando de comer a los leones a la espera de una oportunidad para debutar. Practicaba una especialidad muy poco conocida, pero que había tenido su aceptación en los años de la posguerra europea.

 Su padre, un malabarista y funambulista danés casado con una contorsionista italiana, le había instruido en el difícil arte de voltear gallinas en el aire. Nada de cajas, mazas, pelotas o aros: plumas, picos y crestas. El espectáculo triunfaba entre el asombrado público, ya que nadie se explicaba que las gallinas adoptaran una postura tan rígida, con las patas y el cuello totalmente estirados. Si no fuera porque al finalizar el show daban una vuelta de honor alrededor de la pista agitando la alita derecha a manera de saludo aristocrático, cualquiera apostaría que se trataba de simples gallináceas disecadas.

La forma de amaestrar a las gallinas había sido transmitida en secreto de Sorensen a Sorensen, a pesar de no entrañar misterio alguno. El arte consistía básicamente en emborrachar a las gallinas a base de cerveza y darles el suficiente amor por las noches para que le obedecieran a uno con aviar fidelidad. Aunque Gigi ya no era un niño y se veía capaz de enfrentarse ya al gran público, el dueño del circo insistía en que tuviera tanta paciencia como esmero en la limpieza de las deposiciones de las fieras.

— Tu debut llegará el día menos pensado, así que tienes estar listo y entrenar fuerte. Ya encontraré un hueco para ti.

Gigi tenía un carácter nervioso e inquieto y la que consideraba caprichosa voluntad del empresario le sacaba de quicio. Todas las mañanas, cuando despertaba por los dulces picotazos en la entrepierna de su gallina favorita, se preguntaba si sería el día de su estreno como malabarista.

Mientras tanto, deambulaba por aquel hogar ambulante en el que había crecido, curioseando y molestando a todo el mundo,  como un ratoncillo entre las piernas de los elefantes. Una de las adivinas de la feria que solía acompañar a la compañía diagnosticó a sus padres que el carácter inquieto del crío se debía a la postura inverosímil que ambos mantuvieron en la cama la noche en la que fue concebido.

— Eso pasa por poner los pies donde deberían estar los brazos, y las posaderas donde la cabeza. — les espetó — ¡Yaced al modo humano!

Entre el cambio de hábitos sexuales y el riesgo a tener más hijos hiperactivos como Gigi, sus padres optaron por la vasectomía. No iban a renunciar al placer de los saltos acrobáticos y a los nudos carnales de tan difícil como grata ejecución en el lecho.

La atención que merecía como primogénito, hizo de Gigi un experto en los malabares con gallinas. Tuvo al mejor maestro en su padre, que le enseñó todos los trucos del oficio, como abrir una botella de cerveza con el pico de una gallina y emborracharse con las aves para lograr un mayor nivel de empatía. Beber con las gallinas pasó pronto de ser un oficio a un hábito, en el vano intento de olvidar que su mujer le había abandonado por otra contorsionista. Contra otra mujer, tan flexible como la voluntad de su esposa, no podía hacer nada.

Pasados meses y años entre gallinas y boñigas,  llegó el momento del bautismo en la pista para Gigi. Su padre había sufrido la semana anterior un grave accidente en los ensayos sobre la cuerda floja. Inexplicablemente, ésta se había roto por la mitad y el veterano equilibrista no había muerto de milagro. Así que tocaba cubrir el hueco que la actuación de su padre cubría en el programa del circo. Acababa de recibir un mensaje en el móvil del dueño del circo. A pesar de que los lamentos alcoholizados que llegaban desde la caravana en la que vivían le estremecían, Gigi estaba entusiasmado y parloteaba con las gallinas sobre el éxito que iban a tener. Atrás quedaban las artísticas deposiciones fecales de los hipopótamos, los tirones de pelo de los monos y algún que otro susto amoroso provocado por Leoncio, el león mariquita del circo.

Gigi se encontraba en su camerino acicalándose para la ocasión. Lo tenía todo calculado. Las gallinas reposaban adormecidas en sus jaulas, el chaleco de lentejuelas que iba a ponerse relucía como el diente de oro de un zíngaro, las cervezas estaban... ¿dónde estaban las cervezas? ¡Faltaba sólo un par de horas para la actuación!

Tras registrar sin suerte el camerino, salió en dirección al almacén. A esa hora estaba casi todo el mundo vistiéndose y preparándose para su número, así que no se tropezó con nadie hasta llegar allí. Estaba oscuro. Cuando estaba a punto de encender la luz, se detuvo al oír unas voces sospechosas en el interior. Le pudo más la curiosidad que las prisas y se quedó pegado a la pared, evitando hacer el menor ruido. Pudo reconocer el marcado acento siciliano de Bambini, uno de los payasos del circo.

— ¿Están listos los caramelos?

— Tal y como acordamos— le respondió una voz desconocida en voz baja. A duras penas podía escuchar lo que decían, pero adivinó algo relacionado con unos jóvenes, los autos de choque y una cantidad de dinero que tenía que ser entregada.

—Descuida que así lo haremos. ¿Y lo nuestro?— susurró el payaso — Perfecto.

Gigi oyó unos pasos que se acercaban a la puerta donde se encontraba agazapado y se refugió tras unas cajas. Vio salir a Bambini acompañado de un tipo de aspecto siniestro, bajito y cejijunto. Cuando se alejaron, entró en el almacén en busca de alguna caja de cerveza, pero no encontró nada. En cambio, observó que en el suelo, cerca de donde estaban los bártulos de los payasos, había unos cuantos caramelos esparcidos por el suelo. Seguramente habían caído al suelo inadvertidamente. Se metió unos cuantos en el bolsillo del pantalón y salió escopetado.

Al final pudo conseguir un poco de alcohol que le prestó la mujer barbuda. No tenía muy claro si se trataba de coñac o de una loción crecepelo, pero no tenía  tiempo para detenerse en esos detalles. Moderó las dosis de bebida para no matar a las gallinas. El mejunje surtió efecto. Pronunciadas las palabras rituales para hipnotizarlas, palabras inútiles, pero estipuladas por la tradición de los Sorensen, cogió a todas y cada una de ellas por las patas y el cuello y las estiró hasta que quedaron más rígidas que un paraguas olvidado sobre el banco de una iglesia. Satisfecho, se metió en la boca unos cuantos caramelos de forma distraída.

Ya entre bambalinas, todos los artistas se sorprendieron por su presencia y los que apreciaban a su padre, o aquellos a los que no debía dinero, le dieron la enhorabuena. Estaba atenazado por los nervios, por su estreno inminente y porque el grupo de payasos no dejaba de mirarle con inquina. Notaba cómo el pulso le iba a mil por hora y se encontraba acalorado y sediento. Momentos antes de saltar a la pista, bebió un largo trago de agua fresca. Notaba un regusto amargo en la garganta que se le hacía insoportable, pero al mismo tiempo tenía más ganas de actuar que nunca, a pesar del temblor que notaba en las manos. Se metió un par de caramelos más en la boca.

Fue su primera y última actuación como malabarista. Las asociaciones de defensa de los animales no daban crédito a lo que les contaron los espectadores que se dirigieron a ellos de forma indignada. Había saltado a la pista con la camisa entreabierta, la mandíbula desencajada y zarandeando de forma brutal a las gallinas mientras reía sin parar. Empezó a arrojar contra el público a las desdichadas aves, cogiéndolas por las patas como si fueran dardos plumíferos. Le dio tiempo, antes de desmayarse, a impactar tres gallinas contra varios espectadores ante el espanto general y a dejar a su favorita colgada como un jamón puesto a secar en la red los equilibristas, tal era la fuerza con la que las proyectaba.

Cuando lo retiraron de la pista, notó cómo el doctor del circo le apuntaba directamente a los ojos con una pequeña linterna mientras unos zapatones de colores le rodeaban. Alguien le estaba registrando los bolsillos. Pudo escuchar el ruido del envoltorio de los caramelos al ser encontrados y la voz de Bambini susurrándole al oído.

— Ya sabes qué hacer si no quieres acabar como tu padre. Ni una palabra. Lo que te ha pasado ha sido por culpa de los nervios, no de los caramelos. Capisci?

Luego, el desmayo, la oscuridad y un sudor frío que lo envolvió en  un carrusel de pesadillas en las que las gallinas hacían con él increíbles piruetas sobre el trapecio.

jueves, 13 de marzo de 2014

De tenebris

No sé a cuento de qué, pero a la mínima oportunidad me dio por meter con calzador en cualquier conversación la anécdota familiar, aquella historia sobre  cómo se habían conocido mis padres. Daba igual que me encontrara en medio de un corrillo formado al finalizar el enésimo sarao literario al que asistía, trasegando cañas y tapas aceitosas en un bar de Lavapiés, o absorbido por la estridencia de algún garito nocturno en el que las sílabas se diluyeran en mi aliento casi tangible de alcohol barato.


Tal vez lo hacía, no me voy ahora a esconder,  por invocar la faceta protectora de las mujeres, siguiendo una lógica retorcida que serpenteaba entre mi timidez y la inevitable tendencia del ser humano a aparentar que se es especial. El caso es que exponer de forma tan gratuita la intimidad familiar, aun estando fuera de lugar, obtenía una respuesta inmediata, un interés que si bien no iba más allá del morbo o de un romanticismo decimonónico mal entendido, me valía para embozarme en un misterio que no tenía nada particular.

- En el fondo, soy hijo de la muerte.

Me despachaba a gusto esconder aquella frase aparente, digna de ser garabateada en la carpeta de un adolescente granujiento. O de un gilipollas. Porque de la muerte no nace nada, es huera y casi siempre absurda. Tiene el tiempo justo que dedicarnos y no reconoce vínculo alguno con los humanos, por mucho que queramos personificarla.


Yo, como mi hermana, era hijo de dos personas que se quisieron y por mucho que a la gente le llamara la atención cómo llegaron a conocerse, ahora entiendo que de nada sirve presentarse como una caricatura.

Bien sabe quien me conoce que no respondo al perfil de torturado o melancólico. Y si caigo en esos estados, como todo hijo de vecino, respondo al humor como la llave que abre todas las cerraduras. Pero hay que reconocer que la historia surtía efecto y en numerosas ocasiones me decían que tenía que escribirla algún día: dos muertes prematuras y dos viudos jóvenes que se conocen en el cementerio del pueblo, arreglando las tumbas de las personas que han perdido, las segundas nupcias, las ganas de vivir de empezar de nuevo, una nueva familia, el descubrimiento infantil de los álbumes de fotografías en las que los padres aparecían casándose con unos desconocidos, aquella rosa dejándose secar entre las páginas entre las Rimas de Bécquer, la naturalidad con la que uno aceptaba haber llegado a tener ocho abuelos, finalmente aquellas visitas al cementerio, los rostros jóvenes de los consortes difuntos en las fotografías de las lápidas, que nos observaban a mi hermana y a mí añorando a los hijos que no llegaron a tener, aquellos hijos que no éramos nosotros, cuyo lugar en el mundo tal vez usurpamos.


sábado, 25 de enero de 2014

El tirón



Ella suele empezar el día refunfuñando, porque él tiene la manía de tirar de las mantas hasta adueñarse de ellas, dejándola destapada. Es un enfado rutinario que asume como costumbre, pero esa mañana sigue durmiendo una hora más de lo normal, plácidamente arropada.

Cuando despierta, la claridad que entra por la ventana de la habitación le confirma que los dos se han quedado dormidos. Se queda un instante embobada, recorriendo con la mirada el dibujo pasado de moda del papel que cubre la pared que da a su lado de la cama. Odia aquel papel barato y sucio, su entramado absurdo de formas sin sentido esparciéndose como una plaga por toda la casa. Tal vez la semana que viene tengan tiempo y ganas para empezar a arrancarlo, aunque él  siempre posterga ese momento con la excusa de sus achaques. Pensar en todo aquel fastidio ha acabado de despertarla, así que se levanta con cuidado, tratando de no despertar a su marido.

No enciende la luz de la mesita y se dirige al baño. Al salir, ya despejada del todo, decide cambiar su rutina matinal y hacer café antes de entrar de nuevo a la habitación a cambiarse, esperará en la cocina a que él se despierte. Tiene el sueño ligero y seguro que empezará a gruñir en cuanto oiga el sonido metálico de la vieja cafetera.

Cuando las tazas dejan de humear, cuando el café se queda totalmente frío y Ana se cansa de hacer muecas absurdas en el espejo del comedor, empieza a ser consciente de su propio nerviosismo, de que lleva un buen rato moviendo el pie izquierdo de forma compulsiva y aún se ve con ánimo para echarse a la cara el ser tan tonta y asustadiza,  para tratarse de convencer de que es una mañana más entre tantas de las que han vivido durante treinta años de matrimonio y que, simplemente, él se ha quedado dormido. No quiere recordar el frío que ha sentido en la cama a pesar de las mantas, y vuelve a preguntarse por qué aquella noche no la habrá despertado el tirón brusco de Jorge, ese gesto que extraña, tanto como sus ronquidos. Y aún espera media hora más mirando el maldito papel que lo cubre todo, hasta que el miedo puede con ella y vuelve a la habitación para darle la cara al silencio.

domingo, 23 de junio de 2013

Canela



André Breton oye desde la butaca donde está leyendo las Confesiones de San Agustín que alguien sube por las escaleras. Vive en un ático y su único vecino es el del bajo, por lo que no hay posibilidad de confusión. Los pasos se dirigen hacia su apartamento y son el claro indicio de que sus invitados llegan fieles a la cita. Guarda el libro religioso en la estantería que hace las veces de librería y armario de cocina, con el lomo pegado contra la pared, asegurándose de que el título no está visible, se ajusta las gafas, carraspea, arroja a la pileta el té, ya frío, que había olvidado absorto en la lectura, y vuelca en la taza un buen chorro de absenta, con el que aclara la garganta y sus ideas.

Detesta el fuerte sabor del licor que le abrasa el paladar, tanto como que sus invitados hayan acudido a la hora acordada. La impuntualidad debería ser dogma de fe en cualquier artista que se precie y aquella lluviosa tarde de 1924 iba a pasar necesariamente a formar parte de las páginas de la historia de la literatura, por un acto programático, consciente, fundacional. A duras penas le da tiempo a colocar sobre la caja de madera que hace las veces de mesa su manoseado ejemplar de Trabajos sobre hipnosis y sugestión de Freud, antes de abrir la puerta. Se asegura de que la portada quede bien a la vista.

Le incomoda sentirse más nervioso de lo esperado, a pesar de que sus invitados le brindan desde hace tiempo una inquebrantable fidelidad intelectual. Éluard, Aragon, Soupault, todos grandes admiradores de Rimbaud, artistas con la clara intención de transformar el mundo desde la destrucción de los mecanismos psíquicos heredados por la tradición cultural. Antes de abrir la puerta, se da cuenta de que ha cometido un error fatal. Olvidó comprar canela para las galletas.

Aquel descuido fatal lo paraliza. Tenía perfectamente calculados los gestos, las pausas, las palabras que iba a utilizar. Pero, sobre todo, tenía preparada la mención de la canela en el momento adecuado.

No necesita agasajar con dulces a sus camaradas para moldear sus pensamientos, pero la canela iba a dar un toque original e irremplazable en su discurso.  La idea era servir, para acompañar el café de calcetín, las endurecidas galletas que su madre le había hacía ya un mes, temerosa de que desfalleciera en su inapetente intelectualidad. En ese momento, sacaría el sobrecito con la canela, que mejoraría sustancialmente no sólo el sabor de aquellas pastas, sino el futuro  de la insípida literatura vigente. Espolvorearía las galletas con canela, mientras comparaba a todos ellos con el revulsivo que necesitaba el mundo de las artes y las letras, un elemento transformador, revulsivo, resumido en una frase definitiva:

NOUS SOMMES L’AVENIR DE CANNELLE!

Ya no verá los rostros asombrados, las sonrisas cómplices de sus compañeros, el reconocimiento del espíritu del porvenir.  Sabe que está dándole demasiada importancia a una estupidez, que dispone de suficientes recursos oratorios para apoyar su discurso, pero le fastidia que un olvido tonto haya dado al traste con lo que iba a ser el símil perfecto, con la imagen que haría las veces de proemio a la redacción del Manifiesto surrealista. Aferrado al picaporte, su hasta ahora firme convicción trastabilla. No puede quitarse la canela de la cabeza, pensar que no va a disponer del condimento, del toque frívolo y exótico a la solemnidad de las frases que componen el borrador que ha preparado. Sabe que no goza de las dotes evocadoras de Élouard, pero la mención a la capacidad de transformación que el polvo de Ceilán puede tener sobre una materia tan pétrea e insípida como las galletas de su madre, se corresponde en su justa medida con la revolución literaria que todos ellos van a emprender.

 Sin la especia, sus intenciones se licuarán en otra tarde anodina de conversación sobre la necesidad de romper con la herencia del naturalismo,  mientras las lenguas de todos ellos tratarán en vano de resucitar algún vestigio de sabor de las galletas de su madre, que mascarán como los terrones cuarteados de un yermo del que nunca se atreverán a escapar, simples comedores de tierra soñando con arcilla mojada.

Cuando abre la puerta, sus amigos le sorprenden al borde de las lágrimas, pero logra contenerse. Sabe que por mucho que lleguen a un acuerdo, a un momento de comunión intelectual, la tarde, esa tarde que iba a ser, ha cambiado. Falta un detalle en el orden previsto, la canela en las galletas que iba a completar su discurso, el punto de inflexión por el que nunca podrán llegar a ser surrealistas puros. Se deja vencer por su auténtica naturaleza y mientras todos teorizan entusiasmados sobre el movimiento literario que va a romper con todo, ordena con disimulo las cuartillas en las que van escribiendo, coloca por grosor los cigarrillos liados de la pitillera de Soupault, se asegura de que todos los vasos contienen la misma cantidad de bebida y se traga las palabras de un caos que nunca será capaz de expulsar. 

viernes, 10 de mayo de 2013

DOLL



A Jilll le gusta imaginar que encoge hasta hacerse más pequeña de lo que ya es, para poder jugar de tú a tú con las amigas que imagina, las pequeñas habitantes de la casa de muñecas. Aunque nunca ha tomado té, conoce a la perfección el rito, las poses, las palabras breves y amables que ha ido pudiendo rescatar las pocas ocasiones en la que todo el mundo estaba en casa y aparentaban ser una familia.

Jill y su hermana mayor Margaret viven con su abuela en Brixton, un barrio obrero de Londres. Ella no entiende muy bien qué significa obrero, pero su padre siempre está con la palabra en la boca.  Al menos, cuando aparece por casa. Porque papá, según dice la abuela, tiene que trabajar para que ella crezca fuerte y sana y se convierta en toda una mujer. Por eso tiene que viajar a países de nombres extraños y pasa muchos meses fuera. Jill no quiere ser toda una mujer, quiere convertirse en muñeca y vivir en aquella hermosa casa en miniatura que tiene en la habitación que comparte con Margaret. Preferiría que papá dedicara menos tiempo al trabajo, que estuviera cerca y pudiera arroparla entre sus brazos, fuerte, bien fuerte hasta convertirla en un juguete de trapo. Margaret se ríe de sus ideas y le dice que eso no sucederá nunca. Se ríe, pero Jill a veces escucha por las noches cómo su hermana llora al poco de apagar la luz.

No siempre están solas en casa. Mamá a veces tiene que hacer compañía a los amigos de papá, para que no se enfaden con él por estar tan lejos. Jill no conoce el nombre de ninguno de ellos, pero no le importa, porque se quedan poco tiempo, algunos nada más que una noche. Margaret es maliciosa y no quiere a papá; le dijo una vez que él no estaba de viaje, que estaba en la cárcel por robar y que nunca más volvería a verle. Jill prefiere pensar que, si su padre ha robado algo, tal vez fuera la fantástica casa de muñecas que le regaló para su cumpleaños. Por eso parecía algo sucia y usada.


***

 A Jill le gusta imaginar que encoge hasta hacerse más pequeña de lo que ya es, para poder escurrirse como una salamandra, con suerte hacerse invisible a los ojos inquietos que a duras penas adivina bajo la luz de los focos. Algunas de sus compañeras se colocan con un a raya o dos antes de empezar el show, pero ella prefiere imaginar que está actuando en una película. Conoce las poses, las palabras suaves y amables de las comedias románticas que alquilan ella y Annie, su compañera de piso. Son películas pasadas de moda que las hacen llorar como tontas, no saben muy bien por qué.

Jill y Annie no pueden permitise un piso en Brixton, porque, por increíble que parezca, aquel barrio gris donde pasó su infancia se ha puesto de moda y los alquileres están por las nubes. Gentrificación, lo llamaban en un suplemento dominical, según le dice Jerome, su medio novio centroafricano que quiere siempre dárselas de listo y saber las palabras más raras, olvidando las sencillas. Jerome es un poco tonto, pero muy buena persona y la trata bien. Al menos siempre está en casa y la cuida como nadie nunca ha hecho, balanceándola entre sus fuertes brazos, como si no pesara nada, como si estuviera hecha de tela. No le importa que ella trabaje en el club, ni que se desnude delante de desconocidos porque, según él, el cuerpo no es más que la casa del alma y ella tiene alma de muñeca.

Jill sonríe cuando Jerome le dice estas cosas, pero llora cuando él no la ve y le oculta que hay meses que para pagar el alquiler tiene que irse a la cama con algún cliente. Por mucho que necesite ese dinero, siente que se está regalando, se siente sucia y usada, hueca y vacía como el recuerdo de aquella vieja casa de muñecas que arrastra como única herencia.