domingo, 3 de marzo de 2013

CLÁSICOS 2.0

Aquí os dejo la recopilación de los tuits que he ido pariendo sobre escritores clásicos en la era de las nuevas tecnologías. Más o menos afortunados, espero haber arrancado alguna sonrisa, que es de lo que se trata.

Mi cuenta en Twitter: @robertllopis



Jorge Manrique gestionando la enésima web de remember ochentero y nostalgia para cuarentones.

Salvador Espriu escrivint una versió zombi de Cementiri de Sinera.

Gil de Biedma escondiendo barriga para la foto de perfil de una página de contactos gáyers.

Rosalía de Castro buscando cobertura para su smartphone, lamentándose entre pazos, ribas y vacas.

Sartre haciéndose autofotos con el móvil hasta salir guapo, agotando la batería sin conseguirlo.

Herman Hesse con una cuenta de Twitter blindada, sin seguir a nadie, sin seguidores, esteparia.

Lord Byron buscando ofertas para un crucero de singles por las islas griegas.

Julio César entrando en Foursquare nada más cruzar el Rubicón.

Góngora troleando a Quevedo, diciendo que su perfil no cabe en una pantalla plana por culpa de la nariz.

Galdós publicando en un periódico digital sobre la crisis, limitándose a cambiar las fechas y los nombres.

Faulkner ganando un festival online de cine independiente, plagiando Amanece que no es poco.

El autor de El Lazarillo de Tormes blindando la configuración de privacidad de su cuenta de Facebook.

Josep Pla... bueno, Josep Pla pasando hasta el culo de Internet y comiéndose una sardina a pellizcos.

Pablo Neruda entrando en un chat de poesía y abriéndole privado a todos los nicks acabados en -a, tratando de pillar cacho.

Jane Austen enganchada a vertenelovelas.net, sin escribir una puñetera línea en su vida, pero suspirando mucho.

El Marqués de Sade pasado de rosca, harto de ver vídeos de bondage, bajándose series españolas.

Santa Teresa de Jesús muy puesta en foros de cultivo de setas.

Hemingway comprando Viagra por Internet.

Homero buscando ofertas baratas para un crucero por el Mediterráneo

Tolkien horrorizado por las imitaciones de su obra, por todos los foros y juegos con elfitos; volviendo al pasado y quemando sus novelas.

Borges obsesionado con fabricar un servidor que aloje todo el PORNO de Internet y llamarlo Megaleph.

Oscar Wilde enganchado a un juego de vestir a las Monster High.

Ruben Darío componiendo canciones para Wendy Sulca y La Tigresa del Oriente.

Jorge Manrique entrando a webs macabras: fotos de accidentes, autopsias, fotos de niños antiguos muertitos en sus camas.

Gómez de la Serna siendo el puto amo de Twitter, comentando programas basura de TV y con un podcast de greguerías.

Maquiavelo leyendo todos los días la edición digital del BOE, frotándose las manos con satisfacción.

Virgilio contratado como webmaster para una cadena de pizzerías, inventándose la historia del fundador, poniéndolo por las nubes.

Lope de Vega un poco pesadito, creando 1800 eventos en FB para el estreno de cada una de sus obras de teatro.

Lovecraft mirando fotos de sepias, pulpos y calamares en Google Images, mientras se toca.

Valle Inclán venciendo con el estilismo de su barba en el mundillo de los Flickr hipsters.

Dostoievsky jugando al poker online, al casino virtual, enganchado a Betfair, al parchís, a lo que haga falta.

Larra presentando la declaración de la Renta por Internet.

Bram Stoker intercambiando mails subiditos de tono con una gótica, asegurándole que es todo un empalador.

Bukowski tecleando "asdfgghijjk" en un chat, a las cinco de la madrugada.

Virginia Woolf con una foto de una modelo australiana en su perfil de Meetic, poniéndose las botas.

Miguel Hernández picando cebolla sobre la tablet de García Lorca.

Kafka escribiendo un blog sobre material de oficina que no lee ni su madre. Que si las mejores grapadoras, que si los peligros del tóner.

Henry Miller enganchado todo el día a Xvideos, tomando nota con una libreta y un rollo de papel higiénico al lado.

Asimov trolleando en foros de Star Trek, soltando que Spock es un robot amanerado, que sus cejas son de fibra de vidrio.

Pérez Reverte entrando en Twitter los domingos, para soltar una diatriba política. Ups, que ya lo hace.

Nabokov haciéndose pasar por una colegiala en un chat de sexo de IRC.

David Foster Wallace editando entradas y añadiendo pies de página en la Wikipedia, siendo muy puñetero.

Poe colgando fotos de cementerios y de gatos en Instagram.

Bécquer dándole al me gusta a todas las publicaciones de tías a las que quiere tirarse, enganchado a FB, poniendo morritos en las fotos

Quevedo siendo un tuitstar, dándole fuerte, siendo el Puto Amo sin escribir un soneto en su vida.


jueves, 21 de febrero de 2013

AL MEJOR POSTOR




Xuang está apostado en la puerta de la diminuta tienda de venta de ropa al por mayor. Ha salido a fumar su trigésimo cuarto cigarro del día, que ha apurado con desesperación, como si con las hebras de tabaco pudiera arder también el aburrimiento que le adormece. A sus espaldas, se amontonan los fardos de ropa que ha recibido esta mañana, comprados  al peso y alineadas a ambos lados de la tienda, como un ejército de espectros adormecidos, hileras de perchas de las que cuelga una muestra de la peor moda de importación. Envolviéndolo todo, el aroma punzante y sintético del textil barato. Frente a él, la estatua de Cascorro, el héroe metálico detenido en su gallardo avance. Entre sus dedos, atrapada en la pinza de sus largas uñas, una bolita de moco.

A esas alturas del día ya no espera cerrar grandes ventas, pero cualquier negocio necesita mantenerse abierto el tiempo que sea necesario, por pequeño que sea el margen de ganancias que se pueda obtener en lo que queda de tarde. Los carretilleros ya han cargado en las furgonetas que aparcan en la plaza los pedidos más importantes, así que sólo tiene que esperar, un día más, a que sea la hora de bajar la persiana. Queda, como mucho, la posibilidad de que algún curioso despistado se atreva a entrar preguntando si venden al detalle.

Aunque las ventas de piezas sueltas no representan ni el uno por ciento de las ganancias del negocio, todo dinero es bien recibido, por escaso que sea. Un cinturón, una falda, siempre se logra colocar algo más de lo que busca el cazador de chollos de turno.  Además, conviene granjearse la amistad del vecindario. Desde la Operación Dragón, todos los comerciantes chinos se han vuelto más cuidadosos y sólo venden al detalle a gente que saben que es del barrio, por miedo a caer en alguna inspección trampa.

Xuang sabe que las ventas no son tan buenas como antes de la crisis, pero prefiere mil veces dejar pasar las horas muertas encerrado en la tienda, a apostarse por las zonas de ocio vendiendo cervezas a un euro. Lo hizo durante sus primeros meses en Madrid, hasta que aprendió los rudimentos básicos del lenguaje para poder llevar a cabo una transacción comercial que fuera más allá de intercambiar una lata por una moneda.

Por lo general, el trabajo está medio hecho y los compradores habituales, propietarios de tiendas de barrio y de puestos de mercadillos, acaban cayendo en la misma trampa, aunque les guste revolotear entre los distintos mayoristas que salpican el barrio. A Xuang le cuesta reprimir una carcajada cuando alguien rechaza su oferta y se mete en el establecimiento de al lado, que es también propiedad de su tío, como otras cinco que tiene repartidos en menos de cien metros a la redonda. Al final, los beneficios van a parar al mismo bolsillo, ya que los vendedores como él no son más que simples asalariados, que sólo están interesados en cumplir sus obligaciones con eficiencia, para seguir ahorrando con tenacidad.

Sólo echa de menos el periodo transcurrido entre las latas de cerveza y el textil, cuando trabajó en una verdulería. Aquel trabajo le recordaba al menos los tiempos en los que se ganaba la vida en el campo, al aire libre y además la tienda se llenaba de jovencitas vegetarianas de buen ver que le alegraban el día.


Domingo y su señora esposa están a la caza de nuevo género para su negocio de venta de ropa ambulante. Después de años dando tumbos por todos los mercadillos de la comunidad de Madrid, han conseguido instalarse en el Rastro y mantener un puesto fijo en la Plaza Vara del Rey. El negocio es redondo, porque ahorran en gasolina y además se relacionan con lo más florido de la raza calé, al menos en materia de venta de bragas, calzoncillos y calcetines. Saray, su mujer, es una experta en vocear las excelencias del género que venden, con una mezcla de salero y habilidad fenicia para el comercio que la convierte en el mejor reclamo para las amas de casa ávidas de gangas.

La pareja de gitanos entra en la tienda de Xuang como Pedro por su casa, toqueteando todo el género sin decir ni buenas, con un gesto de desagrado y escepticismo bien estudiado, como marcan los cánones del buen negociador. Nada de mostrar interés por lo expuesto, por mucho que les agrade. Entre ellos, se hacen señas para ponerse de acuerdo sobre lo que les interesa, pero sólo él lleva la voz cantante.

- Hola, Juan ¿a cuánto están las sudaderas?

Xuang, que no repara en la españolización de su nombre, contesta como un autómata, con una sonrisa a media asta.

- Seiselos, mínimo dies unidades.

- Claro, hombre, y yo soy la Duquesa de Alba – resopla Saray, que deja caer al suelo la enorme bolsa blanca cargada de género que arrastra como si fuera un satélite girando alrededor de su enorme corpachón.

- Anda Juan, no me jodas, te doy 50 euros si me llevo 20, ¿a que sí, payo chino?

- Seiselos, mínimo dies unidades.

Domingo estudia el rostro impertérrito del chino, enfadado por no poder interpretar el más leve atisbo de duda.

- Vámonos Saray, que seguro que encontramos algo mejor en la tienda de al lado.

En ese momento, entra en el diminuto establecimiento, ya hacinado por la rotunda presencia de los dos gitanos un joven delgaducho, luciendo la barba de rigor entre el sector masculino de Lavapiés. Se quita los auriculares del Ipod en el que está escuchando el último álbum de un grupo de trip-hop noruego y hace la pregunta de rigor.

- ¿Vendéis al detalle? ¿Qué valen estas sudaderas’ – pregunta, señalando las mismas que hasta hace un instante eran objeto de deseo.

Xuang de inmediato desvía la atención de Domingo y su esposa, para evaluar las probabilidades de vender al detalle a aquel sujeto. Le suena haberlo visto tomar cañas en la terraza de los Caracoles, con la suficiente asiduidad para considerarlo vecino de confianza.

- Quinseulos unidad.

- Genial, me quedo esa verde con la letra china estampada. ¿Qué significa?

- Dlagón – miente Xuang, que siempre responde lo mismo.

Domingo y el comerciante cruzan una mirada cómplice y guardan silencio, hasta que el joven sale a la calle.

- Venga, va, dame veinte sudaderas, aquí tienes cien euros y no se hable más, que seguro que las puedo vender a pardillos como ese.

Xuang asiente con la cabeza y, tras contar los billetes arrugados que le entrega el gitano, mete el pedido en una gran bolsa blanca que prepara para la satisfecha pareja, que piensa que ha hecho un buen negocio al rascar un euro a un chino. Cuando se queda solo en la tienda, sonríe por primera vez con ganas, mientras anota en la hoja de cuentas “20 sudaderas, 100 euros”. Sin soltar el dinero de la mano, pasa al almacén de al lado para encargar un nuevo fardo de 50 kg de sudaderas.

domingo, 10 de febrero de 2013

Puente

Escrito para el taller Bremen, con la premisa de escribir un relato sólo con diálogos y sin acotaciones.


―Otro cinco. Puente.
―¡Pues ya me estoy empezando a hartar de los puentecitos de los cojones!
―¿Y qué quieres que haga? Si saco un cinco, no puedo hacer otra cosa.
―¿Pero tú crees que tu madre se va a enterar de lo que has sacado? Ya no es que esté sorda, es que le tengo que mover yo las fichas, porque no ve ni los puntitos del dado.
―Tú a la tuya, a meterte con mi madre, que no tienes otra cosa mejor que hacer.
―Pues se me ocurren varias mejores que pasar la tarde del domingo jugando al parchís con una suegra medio muerta y con el pichafloja de mi marido.
―Paqui, no empecemos a faltar al respeto. Las reglas son las reglas y estoy obligado a sacar ficha de casa. A ver si ahora voy a tener yo la culpa de que sólo tengas una ficha en el tablero y que ahora te cierre yo el paso.
―La boca te voy a cerrar yo el día que me largue de casa, a ver si te vas a pensar yo que no tengo pretendientes, que aún me conservo bien, para mi edad.
―Claro que sí, te conservas mejor que el lomo de orza, perdona… que el lomo de lorza. Segurao que más de uno te iba a comer mojando pan.
―Mira, no digas más tonterías y dale el dado a tu madre. Pero por Dios, si se ha vuelto a dormir. ¡Maruja, despierte, que le toca!
―¡Ay, hija, estaba soñando con un novio que se me murió en la Batalla del Ebro!
―Usted ha tenido muchos novios y un hijo tonto. No se puede tener suerte en todo. Ea, tenga.
―Pero mamá, ¿qué haces? ¡Que no es un terrón de azúcar!
―Déjala, a ver si se atraganta y nos deja descansar en paz.
―Paqui, haz el favor de no faltarle al respeto a mi madre. Mamá, sácate el dado de la boca, déjame ver, abre. ¡Pero bueno!, ¿pues no se lo ha tragado?
―Capaz será, pero no te preocupes, que mientras no saque un cinco en el buche, no le hará tapón.
―Muy graciosa, pero ahora díme qué hacemos.
―Era un chico muy guapo, me dijeron que había muerto en el frente, pero luego me enteré de que le había caído un saco de arena en el cogote mientras montaban una trinchera y que se desnucó como si fuera un conejo. Con lo que me gustaba a mí el arroz caldoso con conejo y ahora no tengo buenos dientes para repelar la cabeza.
―¿Se puede?
―Mujer, Zuleida, ¡qué susto me has dado! Entra, entra, que a mi suegra se le ha ido la cabeza y es mejor que ver la novela de la tele.
―Ya será menos, si está fresca como una rosa… precisamente le traía a doña Maruja un encargo que me pidió.
―Muchas gracias, Zuleida, no sé que haríamos con mi madre si no fuera por ti. Si te apetece jugar un rato, a medio euro la partida.
―Gracias, Antonio, pero tengo el cocido en el fuego y me da miedo descuidarlo.
―Haces bien, el otro día salió en la tele que a una gitana le explotó la olla exprés y la encontraron con la cabeza abierta y llena de garbanzos. Y supongo que en el Caribe no estaréis acostumbrados a esos avances
―Pero qué bruta eres, cariño. ¿A qué viene asustar con esas historias a la pobre Zuleida? Quédate aunque sea un rato, que estas ollas modernas.
―¡Zule! No te había visto. Me has traído lo que te pedí?
―Sí, señora Maruja, no se preocupe que luego se lo doy.
―Anda, mira cómo resucita cuando le interesa. ¿Y a qué viene tanto misterio? Suegra, ¿se puede saber qué le has pedido que compre?
―Una cosa sin importancia, como un relicario. ¿Podemos seguir jugando, ¿hijo?
―Bueno, con el permiso de ustedes, yo me retiro. Aquí le dejo esto, doña Maruja…
―Gracias, cariño, le daré buen uso. ¿Está dentro de la cajita, verdad?
―Sí, tal y como me pidió. Que pasen una buena tarde, mañana vengo a repasar los baños.
***
―Oye, ¿seguro que a tu madre le has puesto descafeinado? Parece otra, mira cómo saca la lengua mientras mueve la ficha
―Mira que te tengo dicho que no me gusta que hables de ella como si no estuviera delante. Déjala jugar en paz.
―Y con este cuatro, te como la tercera ficha, y me cuento veinte, nuera. Yo de ti iría con cuidado, porque estoy en racha.
―Si es que parece otra. Ayer pensaba que íbamos a tener que sacar el testamento. Y hoy, ya ves. A mí me escama esa mucama, no me extrañaría que el diera buchitos de ron a escondidas, o vete a saber qué hierbas exóticas.
―Claro que sí, Paqui. Ahora resulta que Zuleida será una narcotraficante.
―Una bruja es lo que es, que me ha dicho la portera que todos los días preguntan por ella gente de su país, que se llena el portal de negritos y que un día uno de ellos llevaba hasta un gallo metido en un cesto.
―Serán familiares, mujer, a ver si no va a tener derecho a que la visiten. Bastante favor nos hace cobrándonos cuatro duros por limpiar la casa y entretener a mamá. ¿Verdad, que sí?
―A mi Zuleida no me la toquéis, que sabe lo que sufro en esta casa.
― Claro que sufre usted, porque ya no sabe cómo hacernos la vida imposible ¿Pero se puede saber qué tiene metido en el bolsillo de la bata que no saca la mano de dentro? Antonio, que yo creo que esta mujer nos toma el pelo.
―Mamá, venga, que te vuelve a tocar.
―¿Y ahora qué murmura? No entiendo lo que dice. Ya está, la embolia, le ha dado una embolia.
Muñumuñumuñumuñu... Un tres. Si saco un tres te como la última ficha…Todas las fichas reunidas en la casa de los muertos. ¡Tres!
― ¡No es justo, esta mujer va en mi contra, mírala como se ríe, será posi…
Muñumuñumuñumuñu.
― Paqui, ¿te ocurre algo? Estás blanca como la pared. ¡Paqui, que te caes!
― ¡Mamá, por favor, deja de reírte así, que me estás asustando! ¡Y deja ya de darle al cubilete!
― Que le dé recuerdos al soldadito desnucado, hijo. Yo cuento veinte y sigo jugando.

lunes, 17 de diciembre de 2012

La eternidad dura tres cuartos de hora


Estoy convencida de que, entre zarpazo y zarpazo, he descartado a trescientos amores eternos por un balbuceo a destiempo, o un mal juego de palabras.



Ni soy exigente, ni presumida, ni aspiro a la perfección. Pero si no siento con un hombre la misma reverberación que me recorre la piel cuando pinto, esa sensación de estar jugueteando con la pajita rellena de azúcar que puede ser la vida si una se lo propone, no hay amor alguno que rascar.



A veces, hay que reconocerlo, el azar te roza la mejilla y te despierta y es por eso que siempre estoy atenta a un buen cambio de viento. Con Alfred todo empezó rodado. No me engañó su pose de bohemio de siete vidas, ni el pelo lacio y entrecano de cuarentón avanzado, canalla de mil portales y enemigo de puertos seguros. Supe en cuanto le vi, que estaba ante un niño grande en busca de afecto.



Nos conocimos en una de mis exposiciones. No era uno de los habituales y nadie de mi círculo le conocía. Me hizo gracia verle con esas trazas de poeta despistado, deambulando entre mis pesadillas enmarcadas, aquellas estampas de dolor azul mentolado colgadas de las paredes. Inspeccionaba la sala con mirada atenta, como si pudiera reconocer mis carencias, el porqué de los gritos atrapados tras los trazos. Cuando se acercó, di un simbólico paso atrás, marcando las distancias, tal vez porque aún me escocía la cicatriz de la huída de Marco a Catania con mi colección de flores secas.



Siempre he sido muy analítica con las primeras impresiones, casi rozando la superstición. En cualquier gesto soy capaz de ver la sombra deformada de un futuro defecto, o la promesa inefable de un placer que arrebatar a mordiscos. Había desestimado a demasiados hombres, al subirme a un podio que sólo yo sabía que era frágil, un parapeto de fingida altivez desde el que la artista concedía o no sus favores. Mi defecto siempre ha sido ser demasiado radical, o demasiado consciente para ser feliz.



Pero el día que me encontré con Alfred estaba en una de esas fases sensibles que luego detesto, pero de las que no puedo desligarme. Cuatro paradas de metro antes de bajarme en Tribunal, se había sentado delante de mí una pareja de viejecitos entrañables. En otras circunstancias, no hubiera visto en el rostro arrugado de la mujer nada más que sometimiento y resignación, una vida sexual limitada a la procreación y al silencio, a años luz de mi universo de rasgadora de esternones y creadora de ficciones esquinadas.



Alfred pisó fuerte desde el inicio, desde la humildad, desde el silencio con el que atendía a mis explicaciones.



―Creo que eres de los pocos que te has dado cuenta de que toda esta serie azul de galgos ahorcados no es una simple denuncia de las atrocidades que cometen los cazadores. Casi me da algo cuando has dicho que este de aquí tenía mi misma mirada. Y no porque piense que me has llamado perra, sino porque sólo un espíritu sensible es capaz de reconocer el sufrimiento ajeno y no girar la cabeza para mirar a otro lado.  



 Me contó que él escribía como colaborador en una revista de tirada nacional y tuve que disimular que ni siquiera me sonaba su nombre y que  apenas leía nada más que los poemas que escribían mis amigas, las mismas a las que en ese momento ignorábamos a hurtadillas mientras recitaban versos inspirados en mi obra pictórica. Ajenos a todo, entre susurros, nos entregamos a una complicidad sencilla, pausada.



―La verdad es que Carlota tiene una voz preciosa para recitar, a pesar de lo que fuma. Un poco a lo Chavela, pero creo que ninguna de sus composiciones ha logrado captar el mensaje de mis cuadros. La poesía es falsa por naturaleza. En cambio, la pintura permanece, es tal como la ves, expuesta, ardiente, desnuda.



Él empezó a decir algo demasiado aburrido sobre la relación entre la muerte y la pintura, pero supe enseguida que era la timidez la que le obligaba a escudarse detrás de aquel continuo enfrentamiento con todo lo que yo le decía. En realidad, no me importaba alargar aquel juego. Yo tenía la mente puesta en aquella pareja de ancianos del metro, que ahora se me antojaba la viva estampa del amor eterno. Cerré los ojos y me imaginé acompañada por Alfred en un medio de transporte futurista, viajando en una cápsula que viajaba a gran velocidad, como la sangre por mis venas, por un sistema de tubos comunicantes que conformaban el corazón de una ciudad sin cloacas, en las que no había cicatrices que trazaran la vía férrea de mis recuerdos



 Y aunque mi precoz carrera como pintora se caracterizaba por un obstinado solipsismo, que yo misma guardaba con celo, me lancé por la cuesta de la ilusión sin temer la caída. Empecé a desvelarle el significado de todos y cada uno de mis cuadros, los matices que diferenciaban unos de otros. Si bien todos ellos representaban galgos ahorcados, en realidad simbolizaban diferentes etapas de mi vida.



―Éste, por ejemplo, si te fijas, tiene un charco de sangre azul en el suelo. En realidad es la muerte de mi infancia, la primera sangre, la pérdida de la inocencia.



 Así, poco a poco, a lo largo de aquellas horas, le fui mostrando mi visión del mundo, el ángulo desde el que, con mi obra, deformaba una realidad que me era extraña, a la que temía pese a mi aparente seguridad.



Él callaba y asentía en silencio, paladeaba mis palabras al mismo tiempo que apuraba las copas que se iba tomando. Hice una broma acerca de la inconveniencia de abusar del alcohol a ciertas edades y me sonrió de forma enigmática  Calculé que me doblaría en la edad, pero no me importaba un detalle tan terrenal. Tenía ante mí a un auténtico padre redentor, alguien que me entregaría su corazón, que me mostraría el envés del mundo, la cara oculta de todas las lunas que los poetas han imaginado.



Le quería así, sencillo, atento a mi verdadera esencia, como aquel anciano del metro que amaba en silencio, ahora lo sabía, a su esposa.  No quise darle importancia a todo lo que empezó a decirme sobre su obra, a la relación que encontraba entre algunos de sus textos y mis pinturas. No era necesario que me demostrara nada, no teníamos por qué complicar lo que era un dejarse llevar, un entendernos a la primera.



Nunca he creído en los flechazos, pero me supe ensartada por su atractivo. No me hacía falta prestar atención a sus palabras para sentirme plena y, por qué no decirlo, enamorada. Por eso no entendí sus carcajadas cuando, al llevarme a su casa, lancé un grito de horror al descubrir aquellas horribles cabezas de animales colgadas por las paredes, como si fueran grotescas réplicas a mis cuadros. Me hirieron sus burlas, las bromas sobre lo que él llamaba pusilanimidad de capital. Me dolió que, como tantas otras veces, la eternidad hubiera sido ultrajada, que otro amor para siempre quedara en decepción de una noche y,  sobre todo, que tuviera los estantes llenos de libros de Delibes, tan rancio y poco moderno.










jueves, 11 de octubre de 2012

Tal y como no fue



Quedaba sólo media hora para llegar y empezaste a sentir un ahogo en la garganta, la sequedad de quien se traga los nervios y las palabras. Los molinos de viento que espinaban la sierra buscaban engancharse a las nubes. Escoge tú mismo, es tu paisaje, tu telón de fondo.

No, yo me aburría viendo imágenes sin sonido.  Adivinando la estupidez de lla trama de una de esas películas para todos los públicos que proyectaban en el tren, una de esas en las que debería salir siempre Meg Ryan. Los molinos de viento no se veían apenas entre la niebla. Eran las nubes las que los ahogaban, no al revés. Me entretenía creando diálogos imposibles para aquella comedia romántica. Me reía para mis adentros. No estaba nervioso.

Te mentías a ti mismo. Fue cuando entraste al aseo del tren y te pusiste a hacer carantoñas delante del espejo. Te atusaste el pelo, coqueto, preguntándote si me gustarías. Sentías la inminencia del encuentro, la velocidad acortando el tiempo, el tren como una flecha que nadie podía desviar. Yo, mientras tanto, esperaba en aquel andén casi desierto para rubricar las rutas que habíamos pactado sobre un mapa y un territorio por explorar .

Sí, me metí en el aseo, pero porque tenía que disimular los estragos de la noche anterior. No podía aparecer con aquella expresión descolgada, así que decidí animarme un poco. Cayó un poco de polvo al suelo por culpa del balanceo de las ruedas del tren, no deberían llamarlas ruedas, sino cuchillas, de mi cerebro. Pensé en la niñita que había visto dirigirse antes hacia el aseo con su madre, un ser inocente en el mismo espacio en el que yo, ahora... En el que yo. Me la estaba jugando cada vez más. Y lo que más me fastidiaba era no saber que quería encontrar al llegar a la estación.

Seguro que trataste de adivinar, desde la ventanilla de la puerta de salida, si te estaba esperando ya, vislumbrar mi figura mientras el tren se detenía. Sí, me  viste diluida, difuminada contra el cemento. Un brochazo irreconocible de color negro, ese abrigo largo que te dije que llevaría puesto. Me viste lo suficiente como para saber que no te había fallado, que estaba allí. Respiraste hondo y pensaste en todas las palabras que habíamos intercambiado, en el valor de unas promesas que aún eran piel sin carne.

Deja de fantasear. Tienes esa absurda manía de convertir las palabras en párrafos que se diluyen. No me conviertas en literatura. Quiero ser algo más.  Yo sólo buscaba entretenerme, ahogar un deseo sordo entre tus piernas. Lo tenía claro hasta que te vi. De pie sobre tus largas piernas, pálida y sonriente. Con aquel abrigo negro que te sentaba tan bien. Cuando me abrazaste, empecé a desprenderme.  Yo sólo buscaba perderme.

Me encontraste y encerramos en un abrazo ese instante de reconocimiento. Cuando te envolví sentí el temblor de tus huesos encogiéndose. Tus ojos vibraban como si unas manos invisibles tensaran el reflejo del mundo.  De nuestro mundo. Supiste qué era la certeza.

Yo sólo buscaba perderme, no encontrarte. Tan solo quería un amor de cuatro días y un billete de vuelta escondido en la cartera. Pero te supe al instante. Recompuse las palabras que había hecho trizas, noté la burla de todas mis imposturas, transformadas en reales. Quise decir los nombres del amor, maldecir el silencio mientras devorabas mi piel, mientras lamías la sangre que brotaba de lo que fui. Los dos solos, en aquel andén convertido en un planeta para dos.

Ahora eres tú el que hace literatura, ¿lo ves? No somos tan distintos. Me pareciste atractivo y te besé con ganas, sin entender por qué parecías desorientado, tan indefenso entre mis brazos. Cuando entramos a la habitación del hotel, improvisaste unos versos torpes e inocentes, mientras yo esperaba en la cama a que te decidieras a desnudarme.

No. No fue así. Nunca has querido mostrarte desnuda. No del todo. Te gusta jugar demasiado conmigo. Recuerdo el tren, los ojos abiertos de aquella niña pequeña, su pequeño rostro contemplándome desde arriba, los gritos de su madre, todo aquel alboroto. Yo tendido en el suelo.  Todo es un poco confuso¿Pero poemas? Nunca he escrito poemas. Tú quieres que baje de nuevo a ese andén, que nos encontremos para arrancarme la piel, para convertirme en lo que no soy.  Yo que no soy, que no tengo alma, que apenas soy una imagen proyectada en los sueños de una chica vestida de negro.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Pasado el archipiélago





Kolia Vasilievich salió en silencio del enorme edificio de ladrillos amarillos y dirigió una mirada desorientada a la plaza de la Lubianka. El rostro era inexpresivo, de facciones demacradas, pero sus ojos brillaban mientras echaba mano al bolsillo remendado de los  pantalones, en busca de un pellizco de tabaco.

A pesar de conocerla desde que era un niño, la plaza le parecía extraña e infinita. Acostumbrado al hacinamiento y a la oscuridad, se sentía desprotegido bajo el cielo vítreo del invierno moscovita.  Era ya mediodía y todo el mundo pasaba presuroso ante él, como si el vaho que salía de sus bocas fuera un anzuelo que los arrastrara a sus quehaceres. Kolia observaba a los transeúntes como si asistiera a una función que le era ajena. Tal vez se acercaba la hora de la comida para aquellos más afortunados y querían llegar cuanto antes a sus hogares. O quizás trataban de eludir la sombra del edificio, pasar deprisa y corriendo, sin atreverse a levantar la mirada.

Era más probable lo segundo. En aquellos tiempos, no era aconsejable prestar atención a los desconocidos. Mucho menos, dado el aspecto andrajoso de Kolia, apenas un armazón de huesos al que habían colgado unos harapos. Hasta el más idiota o borracho hubiera reconocido que aquel desecho humano acababa de ser escupido por los engranajes del GULAG.

Una veintena por ser un héroe de guerra, sin posibilidad de esgrimir condecoraciones o vítores al poder de los soviets. La única ventaja de haber sido un combatiente veterano era que ya se había curtido en el campo de concentración alemán. Se estremecía con sólo evocar las largas noches de estrellas enjauladas. A pocos metros, los prisioneros ingleses y americanos recibían la ayuda de La Cruz Roja y eran tratados con el respeto que merecía su rango.

A él, sin embargo, de nada le valieron los galones de capitán. Era otro animal abandonado a su suerte, indigno de recibir ayuda de su gobierno, por el hecho ignominioso de haberse rendido al enemigo. El Ejército Rojo nunca se doblegaba y cualquier prisionero de guerra era sospechoso de traición a la patria.

Cuando la guerra acabó, Kolia regresó a su Moscú natal con ganas de olvidar todo el horror que se le había calado en los huesos. Podría conocer por fin a su hijo, que tendría ya dos años, y trataría de recuperar la paz en brazos de su Natasha. La capital bullía enfervorizada por la victoria y todo el mundo se preguntaba qué iba a pasar a partir de ese momento. La guerra llevaba años siendo la única realidad de los ciudadanos, así que se rellenó el silencio de las bombas con la férrea consolidación del modelo que les había llevado a todos hasta la victoria. No era un buen momento para incertidumbres o disidencias, sino la hora de ensalzar al Gran Padre.

Al llegar al barrio, Kolia encontró el vacío de una casa abandonada y noticias imprecisas sobre el paradero de su mujer. Una de las vecinas se limitó a decirle, antes de cerrar la puerta, que se olvidara de todo, que por lo que ella sabía, llevaban ella y el niño meses bajo tierra. El militar no quiso resignarse a la soledad, necesitaba pruebas más sólidas que las palabras de una vieja loca sobre la suerte que habían corrido los suyos.

Le costó varias semanas encontrar a Natasha. No le extrañó que le hubiera dado por muerto, que estuviera casada con otro hombre, ni siquiera le afectó la noticia de la muerte del  pequeño Nikolai. Al fin y al cabo, ella merecía vivir y él tenía la sensación de haberse ahogado en el barro mezclado con heces del campo de concentración de Polonia, por mucho que después hubiera sido liberado, que hubiera estado de nuevo bajo el pabellón de las tropas victoriosas, persiguiendo como perros a los que habían sido sus captores. Durante su cautiverio le habían arrebatado la dignidad, el orgullo, la palabra.

Regresó a su casa y esperó. No ofreció resistencia alguna cuando fue detenido. Sabía que muchos de sus compañeros de armas habían desaparecido y que cualquier día podía tocarle a él. La detención podía suceder en cualquier momento y no valían de nada las justificaciones ni los porqués. Ni siquiera era necesario demostrar culpabilidad alguna: el tiempo y los métodos adecuados harían el papel de juez y verdugo. Unos días sin dormir, o alojado en una celda tan estrecha en la que ni siquiera podía uno sentarse, obraban milagros. No fue tan estúpido como para confesar lo que querían oír a las primeras de cambio. Sabía que eso no agradaba a los jueces de instrucción. Fingió cierta resistencia, para luego acatar con indiferencia los veinte años en un campo de trabajo siberiano.

Un carraspeo a sus espaldas le sacó de sus divagaciones. Lárgate, más vale que no te veamos de nuevo por aquí, le dijeron, obligándole a alejarse. Con las rodillas temblando, empezó a cruzar la plaza, sin saber a dónde encaminar sus pasos. El mismo oficial que había entrado en Berlín subido a lo alto de un tanque, se veía ahora incapaz de inventar una nueva vida que no había pedido a nadie.

domingo, 23 de septiembre de 2012

YOUFEST, LA TIGRESA, WENDY SULCA Y LA MADRE QUE LOS TRUJO

Vuelvo a escribir una entrada al viejo estilo, como cuando mis sueños se veían perturbados por la presencia de seres entonces desconocidos para el gran público:  Wendy Sulca, Delfín Quispe o La Tigresa del Oriente.

Como muchos sabéis, dentro de poco se celebra en Madrid el YouFest, un encuentro demencial que va a mezclar a los antes mencionados con Rick Astley o Chimo Bayo, por citar dos ingredientes de esta macedonia delirante. Aquí, más información del cónclave satánico: Youfest

Y no, por mucho que hayan insistido mis amistades, no voy a asistir a ese festival. Reconozco que les dediqué varias entradas en su momento y estuve tan enfermo que llegué a analizar los vídeos de Wendy Sulca o Delfín Quispe. Pero aunque podría llegar a  ser divertido, no me hace gracia la crueldad subyacente del concierto, el lanzamiento de tomates cínicos desde nuestra supuesta superioridad cultural.

 No sé hasta qué punto La Tigresa o Wendy Sulca saben que merecen ser lapidadas y ascender a los altares del evangelismo andino. Tienen cierto aire de candor, una inocencia que me provoca  ternura, aunque sean unas sionistas maquiavélicas que nos están lavando nuestros cerebros europeos de neurona plana.

Que no, que no voy a ir al Youfest. Paso de ver a un rebaño de hipsters  (esa taxonomía de nuevo cuño que es menos definitoria que la de gafapasta malasañalavapiesinus) burlándose, de forma más o menos velada, de la parada de monstruos que se ha orquestado.

Espero haber resultado convincente, porque la razón real por la que no voy a ir es que mis neuronas tienen un límite y la sinapsis de horrores que se establece cuando uno empieza a picotear en Youtube me ha llevado hasta este horror sin nombre:


El mensaje del vídeo en cuestión me ha llegado hasta el tuétano: TRABAJA, FLOJO, TRABAJA. Dedícate a cosas más serias. No entres a describir el paso de baile del señor con un tocado de plumas que evoluciona frente a los aldeanos, en los colores que adornan el arco que enarbola la Tigresa, en la cara de acojone de ese cerdo salvaje acorralado que aparece al inicio de la canción, en la falta de correspondencia entre la letra y los movimientos de los labios (¡oh, los labios!) de la cantante simpar. O, sobre todo, ese momento en el que el revolucionado editor del videoclip, recorta la cara de la Tigresa en forma de corazón y la va moviendo por la pantalla, para volvernos turulatos del todo. No, no voy a perder el tiempo en eso, porque uno se hace mayor y tiene que asumir otras responsabilidades, hablar de cosas serias, joder.

P.S.: al finalizar esta entrada, me percato de que el vídeo oficial de la canción, mucho más coherente, es este, con la aparición de un señor muy flojo, recriminado por la Tigresa. Dejo ya a al buen juicio del lector valorar la calidad de uno y otro: