jueves, 3 de febrero de 2011

A LA SOMBRA DEL SOL DE FRANCIA

Relato para el taller del Bremen, con el tema "el circo".


A LA SOMBRA DEL SOL DE FRANCIA


Cuando el concejal de cultura nos comunicó que aquel año no iban a contar con nosotros, Silvestre rugió en su jaula, anticipando el sonido de sus tripas ante las penurias que se avecinaban. Desde hacía veinte años, pasábamos el invierno afincados durante casi tres meses en el recinto ferial del pueblo, cabeza de partido lo suficientemente grande para atraer a público de los alrededores y con un alma lo bastante rural y cerril  para que a estas alturas del siglo nuestro circo les pareciera un espectáculo digno de ser contratado.

La arribada al pueblo suponía una auténtica puesta a punto. La gran carpa se convertía entre semana en un taller en el que se reparaban los materiales deteriorados y se ensayaban nuevos números ante la mirada impasible de los enanos, cuyo éxito estaba garantizado de nacimiento. Era aquel un periodo de tiempo lo suficientemente largo para que los niños de los artistas retomaran cierta normalidad escolar y algunos de los adultos gozaran de tiempo libre para ampliar su vida social.

Por mucho que trataran de disimularlo los payasos polacos, desde que el Circo Krosty empezó a frecuentar aquellas latitudes, el porcentaje de niños rubios nacidos en el pueblo había aumentado de forma sospechosa. Y es que bajo las bromas y el maquillaje, se escondía la atormentada condición de unos hombres condenados a vivir como nómadas de grandes zapatos, a estar en un eterno segundo plano, ya que las mujeres de la compañía sentían predilección por los forzudos y trapecistas.

Como recurso para aliviar su soledad y la ineludible tristeza del comediante, los payasos se encargaron de hacer correr por la población rumores acerca de la correspondencia entre la supuesta longitud de sus pies y la de partes muy específicas de su anatomía, de dimensiones no menos ficticias.

Hasta aquel invierno, la relación entre ambos mundos era cordial y discurría sin disputas. Los cetrinos hombres del pueblo acompañaban a sus sonrientes mujeres y rubicundos hijos a ver el mayor espectáculo del mundo y las gradas de la carpa se llenaban en cada función. En verdad, muchos de los asistentes repetían, porque era cosa inusual en aquellas latitudes encontrarse en presencia de artistas y las mujeres insistían en volver, para contemplar en emocionado silencio cómo sus hijos se reían de los payasos que los habían engendrado. Las oes que formaban los boquiabiertos espectadores eran sinceras, fruto de la fascinación que provocaban las piruetas de los acróbatas, gimnastas descartados en su juventud de los equipos olímpicos soviéticos; el sempiterno doble salto mortal del trapecista italiano que nunca se atrevía con un triple porque había visto a su padre morir en el intento; o las espantosas costillas del escuálido Silvestre, el león del circo con nombre de minino, convertido en un arpa de famélico rugido. No hubo problema alguno hasta la aparición de aquellos cursis franceses.

Pese a la aceptación que tenía nuestro espectáculo por aquellas tierras, la fama de la compañía francesa que había revolucionado el mundo del circo llegó a oídos de la corporación municipal, que ante la llegada de las elecciones, quiso gastar gran parte del presupuesto destinado a la reforma de la biblioteca en la contratación de un circo francés artístico, conceptual y de relumbrón.

Aquel iba a ser el acontecimiento cultural más relevante en la comarca desde la transformación de la piscina municipal en cine de verano. No importaba que la práctica totalidad de público fuera incapaz de asimilar el aparente mensaje simbólico de aquel carrusel de danzas y mallas resplandecientes, el cuidado detalle de ropajes y accesorios que pasaría desapercibido entre los ceños fruncidos de los lugareños. Ellos eran los galos, nosotros los malos.

El director de la compañía francesa se frotaba las manos. Lejos quedaba la noche en la que, tras haber visto la película Amelie y haber ingerido un kilo de scargots acompañados de un mal caldo provenzal, tuvo su particular epifanía al ver a su amante ruso evolucionar desnudo por la sala al compás de un viejo vinilo de Jean Michel Jarre. Fusionaría todas las artes y colores para dar al mundo el espectáculo que se merecía. Como polillas engañadas por una luz engañosa, público y crítica acordaron que aquello era arte, magia, belleza en movimiento.

La noche de la defenestración, nuestra compañía llevaba instalada casi una semana en el pueblo de al lado. Los nervios estaban a flor de piel y todos temíamos por nuestro destino, ya que los gastos de mantenimiento eran elevados y no podíamos desatender a Silvestre, que era el principal reclamo del espectáculo. A pesar de haber sido acogidos por la población rival como exiliados, a la hora de la verdad nuestra taquillera se pasaba las horas bostezando y no llenábamos siquiera la mitad del aforo.

Los enanos, de consabida naturaleza dictatorial, desempolvaron sus bigotes postizos y la casacas napoleónicas y fueron los primeros en quejarse por lo que consideraban una mala gestión de los recursos. Querían más protagonismo, así que entre el director y yo hicimos amago de aplacar el hambre del león con uno de ellos, un pequeño incidente que acabó con la dimisión de parte de la trouppe, escandalizada por nuestra política de control de costes.

Por suerte, la sangre no llegó al río, aunque sí el circo gabacho Los franceses no contaban con el insatisfecho furor de las féminas del pueblo, que rechinaban los dientes y cruzaban las piernas ante la ausencia de sus solícitos payasos. Justo en mitad de un número en el que un hombre disfrazado de luna plateada se contoneaba agitando su pelvis cornuda ante los espectadores, a la vez que un coro de sirenas cantaba con voz aflautada, una de las mujeres susurró al oído de su marido que aquella luna priápica le había guiñado el ojo. Fue más que suficiente.

Como encargado del cuidado de los animales,  o limpiador de la mierda de las jaulas, aquella noche me disponía a dar de beber al rucio pintado que utilizábamos como cebra africana, llevándolo hasta el río que pasaba junto a nuestras instalaciones. Entremezclado con el rumor de las aguas escuché unos sonidos guturales y afrancesados que no llegaban a grito, de tan delicados. Corrí hasta la orilla y contemplé cómo la corriente arrastraba los restos de lo que parecía una carpa destrozada. Un joven cubierto de purpurina trataba de evadirse de un saco en el que lo habían metido, agitando sus delgados brazos en busca de ayuda, mientras era arrastrado por la corriente. Fui listo en mi ignorancia y quise entender que aquello formaba parte de un espectáculo cuyo significado se me escapaba. Pura escenificación de las vicisitudes del artista en el transcurso de la vida. Nada al alcance de mi dura mollera. Así que sonreí para mis adentros y regresé para dar la buena nueva a los payasos, silbando La Marsellesa por el camino.

Robert Llopis +denuit revision

sábado, 29 de enero de 2011

TU CAJÓN DESASTRE

Esmarelda Villalobos, los ojos de la taxista requiriendo la muerte a lametones sobre la piel del boxeador. Me llevé esa imagen atrapada entre acordes de Depeche Mode, aquella noche de conciertos y desconciertos, o del sublime acierto de empezar a conocerte.  Y luego la música, siempre la música como banda sonora de una película que no acaba de proyectarse, o de aquella otra que, tantas veces expuesta, arde cansada de girar sobre el mismo eje.

Tom Waits puede lamentar no alcanzar el terreno más alto con su voz trepanada sólo porque existe como alegre contraste alguien que es tan solo una chica que quiere ser adorada por unas rosas de piedra. Y no hay espinas sin fragilidad en esta tierra de confusión.

Sabedora de que no hay recuerdo sin melodía, la nostalgia es una anciana de sonrisa engañosa que sabe abrir las cancelas adecuadas. Gracias a la música, los corazones de barro volverán a gestar la primera palabra, sus primeras ensoñaciones, aquellos anhelos balbuceantes, bajo una melodía que aún es capaz de desnudar la piel cuarteada que los recubre.

martes, 25 de enero de 2011

DICEN QUE ESTÁS MUERTA, de María Zaragoza



Por mucho que pretenda afirmar lo contrario, siempre me ha resultado difícil criticar con objetividad las creaciones de personas a las que, por suerte, conozco. O me puede la absoluta confianza y acabo cayendo en una frivolidad que puede resultar hiriente, o me invade un pudor ceremonial al descubrir en el texto los intrincados mecanismos que mueven sus resortes internos.

Desprender autor y obra, un ejercicio que suele ser tan sano como recomendable por regla general, se me antojaba harto difícil cuando encaré la lectura de la novela de María Zaragoza. He coincidido con ella  en demasiadas pocas ocasiones, pero siempre a resguardo de una simpatía mútua que nació bajo extrañas circunstancias. Y pese a conocer sólo de pasada sus andanzas, venturas y desventuras, no pude dejar de ligar la historia narrada con el particular universo de su autora.

Como ella mismo insiste en recordarnos, a poco que prestemos atención, estamos ante una falsa novela negra. La trama policial,  las circunstancias del crimen y su resolución, importan poco o nada a la autora, al menos en su armazón. La explicación del crimen puede o no resultar satisfactoria para el amante del género negro, pero lo que importa en esta obra es el mensaje que subyace: que todos y cada uno de nosotros escondemos una bestia (o habría que decir un tigre) en nuestro interior, una fiera que pasea a la sombra del fantasma del amor.

El carácter simbólico de algunos personajes, los juegos de réplica y duplicación, de espejos y moscas a uno y otro lado del cristal, nos hablan de los mecanismos básicos que rigen el amor y el odio,  la vida y la muerte. Unas reglas a los que todos estamos sujetos invariablemente. Y una de ellas es que para construir, suele ser necesario destruir, conformar una tábula rasa desde la que empezar alejando los fantasmas del pasado, asesinándolos si hace falta.

jueves, 20 de enero de 2011

POR FIN UNA IDEA PARA TENER SIEMPRE UN CONEJO A MANO

Si los hombres lucieran el mismo plumaje que un pavo real, no existiría el arte. Les bastaría con contonearse alrededor de la hembra pretendida y jugar a encontrar una combinación idónea de viento e iluminación para seducirla con su abanico festoneado.

Por arte o magia, el lector deberá entender cualquier manipulación creativa de la realidad con fines reproductivos. No pretendo teorizar al respecto. Es mi realidad y la asumo como tal.

Cómo traté de forma infructuosa de aprender a halagar a una mujer a través de la escritura, la pintura, el canto o la cocina y acabé mirando de nuevo a los ojos de la serpiente edénica, es una historia tan larga como aburrida, y que exige esforzarme en lograr cierta concisión, para no poner a prueba la paciencia del lector. Así que empezaré por el final.

Aunque ya hace tiempo que mi rostro y mi nombre han dejado de ser anunciados en los carteles de los principales circos de Europa, o en salas de nombre francés, aún hay quien recuerda la fama que llegué a alcanzar como mago.

Y he dicho mago, que no ilusionista. Después de recorrer el mundo aprendiendo los trucos de los mejores maestros en el arte de la prestidigitación, e incluso tras haber aprendido a pronunciar esta palabra sin rubor ni atropello ante las damas más exquisitas de la época, encontré que mi destino me llevaba, desgraciadamente, a conseguir aquello que había anhelado desde mi poco tierna pubertad.

Porque yo, habiendo dominado todas las artes, y llegando a la conclusión de que la única verdad es la que uno se crea a base de ficciones, consideré que la mejor forma de poseer el corazón de una mujer era a través de la magia. Ríase el lector, o juzgue demencial mi propósito, pero me enamoré sin remedio de una rubia beldad germana que por aquel entonces servía como modelo y de Venus mejorada a los más renombrados pintores.

Sabedor de la fría indisposición de la alemana con todos y cada uno de sus pretendientes, por muy ricos, bien dotados o poderosos en todos los sentidos que fueran, indagué en su círculo más cercano, hasta hallar la saeta que pudiera llegar a acertar, si no en su corazón, al menos en su delicado talón de Aquiles.  Y no fue esta sino la magia. Era una entusiasta seguidora de cualquier espectáculo que la retornara a su infancia, en la que había trabajado como ayudante de uno de los primeros ilusionistas que serraron a una mujer en dos. 

Tras un leve accidente, que acabó con el mentor de la rubia modelo en prisión por mutilación sin eximente de gangrena de una de sus colaboradoras, ésta acabó abandonando el mundo del espectáculo y entregando su cuerpo a la dura tarea de ser musa pictórica.  Un halo de nostalgia tiñó desde entonces su mirada, y sabedora de que el truco había sido descubierto, la magia desapareció de su vida.

Pero no de la mía. Aprovechando mi sólida formación en los arcanos de la magia, no fui tan insensato como para desperdiciar mis habilidades en otras carnes. Así que inicié sin dilación una cuidadosa selección de las que iban a ser mis ayudantes en el truco de la mujer viviseccionada. Desarrollaba mis actividades por aquel entonces en las inmediaciones de Londres, ganándome la vida con los trucos de carta y aprovechando mis conocimientos en medicina para obtener un suplemento como dentista. La ignorancia y mala dentadura de aquellos buenos ingleses hicieron que conociera a las suficientes mujeres como para hacer una primera prospección.

Acabé contratando a dos hermanas, que tenían la innegable ventaja de ser huérfanas.  Ninguna indignada familia me perseguiría, si es que se daba el improbable percance de que me temblara la mano con el serrucho.

Como hoy saben hasta los niños de teta, para realizar el truco de la mujer partida son necesarias dos colaboradoras con la suficiente elasticidad y delgadez para caber plegadas en un espacio pequeño. Cuando el asombrado público veía mover de forma independiente las extremidades de la mujer partida en dos, no veían sino dos brazos y dos piernas pertenecientes a mujeres distintas. En este caso hermanas: Virginia y Justina.

Aunque de físico y talante muy dispares, no puse reparo alguno en tratar de obtener los favores de ambas. Virginia gozaba de una inteligencia y un candor tan admirables como poco agraciado era su rostro. Su cuerpo y sus ademanes carecían de la delicadeza que lucía su corazón.  En cambio Justina era un animal hecho a la medida del deseo de cualquier hombre, siempre solícita a mis apetencias entre bambalinas.

Pero como quiera que el destino del ser humano es la contradicción, me hastié pronto de la lasciva solicitud de Justina, cuya verborrea no hacía sino camuflar su falta de inteligencia y sentido del humor y vine a enamorarme de la impoluta Virginia, con la cual empecé a preferir pasar las noches, discurriendo sobre lo más variados temas y riéndonos de nuestras respectivas ocurrencias.

Empecé a huir de los continuos requerimientos carnales de Justina, por pasar más tiempo con Virginia, de quien ya no dudaba estar perdidamente enamorado. Tal era así, que sus rasgos abruptos y pilosos empezaban a matizarse, hasta alcanzar un grado de aceptabilidad que podía rayar la condición de belleza en condiciones de penumbra.  Un solo obstáculo me impedía alcanzar la felicidad suprema: la natural inclinación de Virginia a cerrar en banda sus piernas cuando me acercaba a ella con fines amatorios, justo al contrario que su hermana. Y por mucho que yo estuviera enamorado sin reservas de su mente, necesitaba a la vez sosegar mi carne. Lo que no hallaba en una, buscaba en la otra, y viceversa, por lo que antes de caer en brazos de la locura, imploré a oscuras divinidades para encontrar solución y consuelo. Mientras tanto, aliviaba el infierno bígamo en el que vivía gracias a la mentira, y aseguraba a ambas que las amaba por partes iguales, mientras trataba de averiguar cómo no renunciar a lo mejor de cada una de ellas.

Recuerdo que aquella noche actuamos en una taberna de mala muerte en la que se realizaban de vez en cuando espectáculos musicales y teatrales para entretener a la parroquia. Tras una parte introductoria con los trucos habituales, (pañuelos, conejos y monedas aparecidas tras las orejas de los asombrados espectadores), llegó el momento de serrar a mi ayudante, que por supuesto, de cara al público, era la bella Justina. Virginia esperaba replegada en su fealdad dentro de la caja, para sacar los pies en el momento justo y simular aquel sacrificio incruento.

Todo salió a la perfección, y nadie se percató de que yo variaba ligeramente el número, musitando unas palabras ininteligibles mientras daba vueltas alrededor de aquella especie de ataúd con ruedas partido en dos. Al abrir de nuevo el receptáculo, el público aplaudió a rabiar. Justina saludaba al respetable,  un tanto desorientada, pero íntegra y escultural.

Nadie reparó en la desaparición de la casta Virginia, el mejor número que he realizado jamás y el de más lamentables consecuencias. Al finalizar la velada, me dirigí a mi ayudante, ansioso de comprobar si el conjuro realizado había surtido efecto: unir cuerpo y alma de ambas hermanas en una sola persona, con la belleza de una y la inteligencia de otra.

Pero Justina no parecía haber asimilado la inteligencia de su hermana desaparecida. Seguía con la misma conversación estúpida y ni siquiera tenía la mínima sensibilidad para preguntar por el paradero de Virginia. Se mostraba satisfecha por volver a ser el objeto de mis atenciones y no cesaba de parlotear sobre la necesidad de poner unas cortinas en mi camerino.

Cuando harto de tanta cháchara la tendí sobre la cama y me abalancé sobre ella, chocó las rodillas con un gesto instintivo e inusual en ella, cerrándose en banda a cualquier envite y abriendo los ojos con perplejidad. Ambos entendimos al instante dónde había acabado su hermana, o al menos la mitad de ella.

Robert Llopis 19 de enero de 2011

viernes, 7 de enero de 2011

Y se hizo la luz

Escribo con el reconfortante sonido de la lavadora, ya no irritante, dando merecida cuenta de la suciedad de mi ropa, que amenazaba con obligarme a tener una primera vez en una lavandería. Una de esas que salen en las películas, en las que la gente traba amistad dependiendo de la afinidad cromática de su ropa interior. Igual, entre aquellas grandes lavadoras, me esperaba un guiño inesperado y una boda fulminante, pero ha vuelto la luz a mi casa.

Gracias, Unión Fenosa, por hacerme valorar la importancia de Edison, por aumentar mi aureola de falso bohemio, por perfilar mi figura contra la pared, recortada por la luz de las velas.

Gracias, Policía Local de Madrid, por hacerme vivir una escena digna de una película de Berlanga. El portero negándose a abrir el cuarto de los contadores, huyendo luego despavorido a encerrarse en la mercería del portal vecino, llamando a la autoridad, acojonado por la ira del sardo más amable e iracundo que existe bajo la luz (del sol). Su mujer llorando, yo en pijama en la calle, los chinos mayoristas dándonos la razón.

Y gracias, porque ya puedo seguir poniendo tonterías en el blog y, como quien no quiere la cosa, empezar a revisar el borrador de la novela que acabo de terminar.

2011 promete.

martes, 21 de diciembre de 2010

UN CALL CENTER EN BELÉN


― Buenos días, le atiende Pastora Real, del Servicio de Empadronamiento de la ciudad de Belén.

― Buenos días, señorita. Ya era hora de que me cogieran el teléfono, he estado esperando casi cinco minutos. Y esta llamada seguro que me sale por un ojo de la cara.

― El coste de la llamada corresponde a una tarifa de llamada local interpesebres, a cargo del Palacio de Herodes y de usted.

― Bueno, si es así…pero aligere, que tengo que hacer una cuna.

― ¿Cuál es el motivo de su llamada?

― Pues declarar un nacimiento, no va a ser anunciar el Apocalipsis.

― Apocalipsis es opción tres.

― Nacimiento, nacimiento.

― Muy bien, ¿me indica su nombre y apellidos?

― José, San.

― ¿El nombre de la madre?

― María, Virgen.

― Lo siento, pero el sistema no me deja introducir el término virgen en la base de datos de madres. Deben estar realizando alguna mejora en el sistema.

― Pues pruebe con María a secas.

(la operadora pone el mute)

― Un poco seca será si es que es virgen… Disculpe la espera. ¿El nombre y apellidos del recién nacido?

­­― ¿Hola?

― ¿Disculpe? ¿Con quién hablo?

― Soy la Virgen María. Es que mi esposo se pone nervioso al aparato, no sabe manejarlo bien. La falta de experiencia, ya se sabe.

― La entiendo, suele suceder con los aparatos.

― El nombre de mi hijo es Jesús Palomo, pero póngale Jesús de Nazareth, que luego todo se sabe.

― ¿Palomo, o Nazareth?

(la virgen cuchichea)

― Verá usted. Palomo es el apellido del padre real, pero no quiero que José se lleve un disgusto. El pobre ahora mismo se está afilando los cuernos rozándose con una pared.

― Le recuerdo, señora, que la conversación está siendo grabada por los cuatro evangelistas.

― Cucurrucucú.

― ¿Disculpe?

― Cucurrucucú, cucurru… Ay, disculpe, soy José San de nuevo, no sé por qué mi esposa ha dejado que se ponga al aparato esa extraña paloma con pene que nos persigue todo el día. ¿Pues no se ha cagado en el auricular?

(la operadora vuelve a poner el mute, sin avisar y se dirige a su jefe)

― Herodes, llevo diez minutos con una panda de tarados y aún no me he cogido la pausa para mear.

― Hay que ver qué fina eres, hija. Con decir una pausa sobra. Anda, si es que no sabéis cómo resolver situaciones conflictivas. Deja que me ponga yo y vete a la acequia.

(Herodes retoma la llamada)

― Buenos días, le atiende el responsable del censo de Belén, Herodes Cordi.

― Buenos días, empiezo a pensar que me están tomando el pelo. Yo sólo quiero declarar el nacimiento de mi hijo Jesús. Aquí hay unos señores vestidos con capa y corona que se niegan a entregarnos unos regalos la mar de majos hasta que el niño no esté censado. Dicen que si no, la donación no les desgrava de cara a la hacienda foral de Judea.

― Tenga usted cuidado, que luego lo que regalan es cobre pintado y especias de perroflauta.

― Oiga, ese es mi problema. ¿Me censan al niño, o no? Hay una estrella encima del pesebre que está poniendo nerviosos a los animales. El buey ya me mira con cara rara.

(se escucha de fondo la risa de la Virgen María)

― ¡Eso es porque te encuentra atractivo con esos cuernos!

― ¡Cucurrucucujajajajá!

― Mire usted, como me falten al debido respeto voy a tener que tomar medidas drásticas. Aquí no nos andamos con chiquitas, que no se ha inventado aún la calidad, ni las fórmulas de cortesía. A tomar por culo.

(Herodes cuelga. Pastora vuelve de la acequia, con cara de alivio).

― Pastora, oye, pásame luego los datos de todos estos chiflados. Me habían avisado desde el Sanedrín que había que acabar con el niño, si aparecía un caso similar.

― Pues no me ha dado tiempo a preguntarle los datos de su tableta censal.

― ¿Cómo que no? Lo que pasa es que os pasáis el tiempo parloteando entre vosotras y comiendo choripán, y al final las tablillas de cera quedan sin escribir. Ahora voy a tener que tomar una solución drástica.

― A mí plim, este mes no llego a incentivos de todas formas.

― Bueno, pues ahora me abres una tablilla de incidencias, que voy a mandar ejecutar a todos los primogénitos nacidos estos días.

― Yo hago lo que me mandes, pero me parece exagerado. Sois capaces de todo, con tal de que no llegue una reclamación. En fin, menos mal que hay un enlace sindical en todos los pesebres, para controlar estos casos.

― ¿Un enlace sindical en los pesebres?

― Escucha activa, Cordi. ¿O es que no ha oído rebuznar de fondo?

FIN

jueves, 2 de diciembre de 2010

PÓLVORA ERES...





Contra la noche y la oscuridad, el arañazo de luz de las palmeras. El estallido de la pólvora marca mucho más que la solemne estupidez de la fallera que llora. Los fuegos artificiales nos devuelven la inocencia del asombro infantil y la picaresca de la mano bajo la falda. La pólvora proyectada por un científico en busca y captura nos permite volver a soñar. Nacer en Valencia te condenó a bailar entre el ridículo y la lucidez, y tu obra me condenó al humor. Hasta siempre, Luís García Berlanga



La alcaldesa, primera capitana mora en la historia de las fiestas de moros y cristianos de Alcoi, observó con avidez el micrófono de la televisión autonómica que le habían plantado ante los morros, y se sacudió con parsimonia los restos de confeti adheridos a su espectacular casco.

Éste era en realidad un trabajo de ingeniería peluquera, para cuya elaboración había sido necesario emplear doce botes de laca Nelly y un complejo sistema de andamiaje interno, similar al de las varillas de un abanico. Tras la capitana, su asesor de imagen y concejal de cultura, un antiguo seminarista que había descubierto durante sus estudios que su vocación era tan confusa como su orientación sexual, no dejaba de manipular el espectacular peinado.

La becaria esperaba con paciencia. Era su primer empleo como periodista y no iba a permitirse el más leve mohín, por miedo a que el productor y a la vez cámara de la unidad móvil desplazada hasta la sierra alicantina pensara que estaba perdiendo el control en una entrevista tan estúpida. Para asegurarse de que había sido oída, reformuló la pregunta.

― Alcaldesa…

― Capitana. A todos los efectos y durante los tres días de la trilogía festera.

― Por eso mismo quería preguntarle. ¿Qué se siente al ser la primera mujer que ocupa el cargo más importante en el bando moro de unas fiestas tan tradicionales como las de Alcoi?

― Pues está bien.

La becaria escuchó por el pinganillo las instrucciones que con el habitual retraso le enviaban desde los estudios centrales. Tienes cinco minutos de gloria, Marta. Y nos vamos a publicidad. Marta, que reconocía a la perfección la voz de jefe ligeramente distorsionada que martillea su oído derecho y su posible continuidad en el ente público, se apresuró a tratar de extraer algo en claro de la mirada turbia de la alcaldesa capitana, cuyo aliento apestaba a café licor.

― ¿Podría contar a la audiencia cuánto tiempo y dinero ha llevado la elaboración de su peinado?

― Yo es que desde pequeña siempre he querido tener un trabuco.

― ¿Disculpe?

― Cuando era pequeña, una semana antes de que empezaran las fiestas, mi padre bajaba de la buhardilla el viejo trabuco heredado de mi abuelo. Se sentaba en la mesa y empezaba a sacarle lustre a las partes de metal.

Marta fue consciente en ese momento de que la embriaguez de la entrevistada iba a dar al traste con su debut televisivo.

― Me daba miedo verle hacer aquello. Pensaba que iba a matarnos a mi madre y a mí con ese enorme… trabuco. Mi psicóloga y dama de honor siempre me ha dicho que he de desprenderme de un simbolismo tan nocivo disparando yo misma. Por eso me apunté a la filà.

― Recordemos a los televidentes que la filada es…

― La filà, xe. La filà és… pues una filà.

Un hombre entrado en años, algo encorvado y vestido de falso sacerdote había irrumpido de repente en la conversación. Marta aprovechó la circunstancia para tratar de reconducir la entrevista.

― Vaya, aquí tenemos a la persona encargada de representar a Mosén Torregrossa, un personaje muy peculiar de las fiestas.

― ¿Peculiar? ¿Me está usted tomando el pelo? Mire que yo soy uno de los elementos más documentados de la base histórica de la fiesta. Hago del cura matamoros.


― Bueno, estoy seguro de que quería emplear otro término. En realidad, las fiestas recrean el periodo histórico de conflictos entre los cabecillas musulmanes y las recién conquistadas por la Corona de Aragón.

Marta, que además de becaria había estudiado Historia, se sentía capacitada para retomar las riendas de la conversación dejando en ridículo a aquel personajillo.

― ¡Los cojones! ― el cura de pega gritaba con el rostro enrojecido ― ¡Conquista los cojones! Fue uno de los episodios más gloriosos de la Reconquista. Por culpa de gente como vosotros, ignorantes, hemos tenido que ocultar con flores a los moros muertos a los pies del caballo de San Jorge, cuando sacamos la figura del santo en procesión.

Y empezó a golpear con una biblia que guardaba en el bolsillo de la sotana el micrófono.

En ese momento, la alcaldesa capitana aprovechó la confusión para desentenderse del todo de la entrevista y asomarse al balcón del consistorio. Abajo, el desfile había terminado y la calle estaba repleta de gente con ganas de empezar la parte más informal de las fiestas. Caía la noche y era ella la encargada de dar orden a los pirotécnicos para que iniciaran el castillo de fuegos artificiales. Saltándose una tradición más, dio la señal con un disparo de su trabuco, lanzando una salva al aire. Tuvo que escuchar antes los abucheos de los festeros más tradicionalistas, contrarios a la participación de la mujer en la fiesta y al uso indiscriminado de sus trabucos. Todos ellos vieron aplicado un justo castigo cuando en pleno concierto de pólvora, la fastuosa palmera destinada al estallido final entró desviada por la ventana del ayuntamiento, dejando a todos los presentes sordos, y con el culo chamuscado. La última imagen que vio Marta antes de desmayarse fue a la alcaldesa sonriendo en el suelo, abrazada a su enorme trabuco, ensordecida en su soberbia. Nadie reparó en los dos pirotécnicos de tez moruna, que se escabulleron entre el público aprovechando la confusión. Aquel año ganaban ellos.


Robert Llopis