Isabel llevaba toda la mañana dando vueltas por la casa, afanada en limpiar los rincones que por lo general la pereza le hacía olvidar, ordenando los cajones, murmurando en voz baja, resoplando de cansancio a modo de queja y evitando cruzarse ante un espejo. No quería verse como se adivinaba: pálida, con el labio inferior que se le torcía ligeramente cuando estaba nerviosa y con la mirada huidiza. Se conocía lo suficiente como para saber que toda aquella hiperactividad era una forma de postergar el momento en el que acabaría decidiendo abrir el paquete que había recibido el día anterior por la tarde. Del tamaño de una caja de zapatos, envuelto en papel de estraza, con un sobre pegado en uno de los laterales y tan imprevisto como poco deseado. Por supuesto, el primer impulso había sido tirarlo a la basura sin más, pero un hilo de culpa que ella misma reconocía como paradójico le había impedido hacerlo. Y de nuevo el quizás, el igual ahora, los tal vez, y el nunca se sabe si revolotearon a su alrededor y la convencieron de abrir la caja tras leer la nota en las que ignoró que nuevas palabras venían a decir lo mismo de siempre. En el interior, fotografías de cuando tenían veinte años, la pulsera con las iniciales de los dos grabadas que ella le había arrojado a la cara la última vez, viejas cartas de amor ordenadas por fecha, como un viejo acordeón que periódicamente parecía inflarse de nuevo. Restos de un naufragio. Al mediodía, el timbre la cogió desprevenida y con el ánimo agitado por los recuerdos de tiempos mejores. Abrió la puerta de forma instintiva, quien sabe si esperanzada, y supo que había cometido un error fatal cuando él metió el pie en el quicio de la puerta con la misma rapidez con la que Isabel reconoció la oscuridad embrutecida en la mirada del otro.
martes, 21 de julio de 2020
lunes, 29 de junio de 2020
Cárcel de amor
Aunque
me falta sufrimiento para callar, no me fallece conocimiento para ver cuánto me
estaría mejor preciarme de lo que callase que arrepentirme de lo que
dijese.
DIEGO
DE SAN PEDRO, Cárcel de amor, 1492
CÁRCEL
DE AMOR
Presten atención a mis humildes palabras, torpemente
expresadas en vulgo romance, todos aquellos que quieran conocer acerca de los
vericuetos del amor y permítanme la licencia de fingir antigüedad, tanto en el
burdo estilo que en vano trata de adornar los hechos, como en las expresiones y
vocablos que utilizaré a modo de marionetas para narrar la historia de mi
desdicha. Ruego a la paciente audiencia que tenga presente la posibilidad de
reclamar el auxilio de algún galeno que pueda asistirme en caso de ahogo debido
a la lectura en voz alta de un texto como este sustentado por medio de largos
periodos sintácticos sin comas que actúen a modo de remanso dialéctico y
respiratorio. Perdónenme los doctos en letras y en Gramática histórica las
incorrecciones y el castellano antiguo impostado, que en realidad no he llegado
a utilizar com procede, porque no me he leído ni El Quijote y que seguramente
abandonaré en breve por mero desconocimiento del mismo.
Hete aquí que me veo impelido por las
sempiternas musas a…
— Es que
no sé por qué te has empeñado en escribir así, no va a entender nada.
LAS SEMPITERNAS MUSAS, he dicho, me impelen a
narrar la historia de mis desdichas en materia del corazón, de cómo fui hecho
prisionero en cruel prisión por causa del desdén de aquella a la que más amé.
Valga el viejo recurso a la alegoría carcelaria para plasmar las peripecias
sentimentales que me amarraron sin remedio al corazón de mi amada desde la
primera vez que vi su angelical rostro en la discoteca Makumba. Al igual que en
la fecha de publicación de la obra que inspira estas palabras se descubrieron
las Américas, di yo en hincar las rodillas y encomendarme a todos los santos
cuando vi a Josselyn bailar con ritmo desaforado al ritmo de Daddy Yankee.
—Parece
que ya empiezas a aterrizar. Al grano. Vaya, que volviste loco al ver cómo
movía el culo.
Ceje su empeño en trasmudar mis palabras el
ser diabólico que susurra a mi oído izquierdo. La narración debe proseguir por
los floridos vericuetos del amor cortés. Hallábame pues, como venía diciendo,
contemplando extasiado la exótica figura de Josselyn rindiendo justo homenaje a
toda la sensualidad que doncella alguna hubiera atesorado.
—¿Doncella?
¿DONCELLA? Mejor no digo nada.
Doncella era a mis ojos embelesados, me cago
en la hostia puta. Acabarás haciéndome perder la compostura y el discurso
caballeresco.
— Disculpe
usted, Don Florián del florido floripondio, San Floreal de los juegos florales.
Loor eterno merecen sus palabras y buenas intenciones. ¿O debería decir
cobardes? Si piensa que no puedo emular su estilo, anda desencaminado. Entiendo
que sus intenciones sean castas y puras, pero no sus deseos. Las alimañas que
reptan por la torre en la que vuecencia se halla prisionero traen la lujuria en
la punta de sus lenguas.
¿Me quieres dejar en paz de una puñetera vez?
Por no decir otra cosa. ¿Tanto te costaba dejarme fantasear con una realidad
cortesana en la que pudiera hablar como en las novelas de caballerías? Ni
siquiera sé quién eres, a quién corresponde tu voz llena de inquina.
—Contemple
el improbable lector de estas palabras cómo las tornas se han girado y el román
paladino se trueca en tosco farfullar. Yo, que era personaje secundario, amiga
consejera, voz de la conciencia o cualquier malabarismo posible, convengo ahora
en utilizar el castellano antiguo, falso e impostado. Nos hallamos inmersos en
otro manido juego metaliterario, mera ficción narrativa, un torpe regate que es
a la vez zancadilla a uno mismo.
Sí, vale, me pongo zancadillas, porque no
tengo cojones de decirle a Josselyn lo mucho que me gusta, que me gustaría agarrarme
a su grupa y cabalgar hasta el amanecer. Me vuelve loco la hija de puta.
—Cabalgar
hasta el amanecer o, ya puestos, hasta
que la aurora de rosados dedos o el canto de las alondras despierte a los
amantes, avergonzados no tanto por su desnudez, como por estar conformando un
cuadro amoroso de lo más tópico. ¿Podemos hablar ya como las personas normales?
¿Sabes quién soy?
La vergüenza, la cobardía, el miedo, los
complejos, la culpa. Mi diablo particular.
—No y
cinco veces no. Esos son monstruos a los que ya deberías haber derrotado en esa
aventura mental que te empeñas en recrear hasta la torre de la amada. Soy la
lucidez de Don Quijote en el lecho de muerte. Abandona las palabras y afronta
los hechos. Hay más sabiduría en un beso dado a tiempo, que en cien sonetos.
Entonces, ¿Josselyn es una sombra platónica,
no es más que el fantasma de Dulcinea? ¿Seguirá atrapada para siempre en mi
atormentada cabeza?
—No, y no
empieces con requiebros, ahora que empezábamos a hablar como las personas.
Josselyn es real, tan real como el mamporro que te atizó su novio cuando te
acercaste borracho a ella. Ya te dijeron tus amigos que no era buena idea
acabar la noche en el Makumba, porque los dominicanos llevan bastante mal que
un estudiante de filología de menos de 70 kilos trate de bailar la conga con su
novia. Te hubieras evitado acabar con la cabeza tronchada y hablando con
alguien que ni existe dentro de la ambulancia, que mira qué cara pone la
enfermera, que de esta acabas de verdad escribiendo novelas de caballerías en
un jardincito soleado. Anda, desmáyate de una vez ya.
miércoles, 3 de junio de 2020
miércoles, 13 de mayo de 2020
Ritmo de la noche
Tú es que eres muy joven para entender lo que
es el ritmo. El ritmo, no esta bazofia atronadora. Chunda, chunda, que no sé ni
qué hago aquí metido. Lo que te decía. Mi primera exposición se llamó Swing,
ahí es nada. ¿Cómo? Vale, vale, no me pego tanto. Pero es que si no no me oyes, nena. No te
preocupes, que no muerdo. Cuando yo tenía tu edad sonaba Benny Goodman en la
radio y bailábamos caminando, como si el cuerpo silbara a cada paso. La calle
era nuestra y todas las palabras eran esdrújulas, elásticas, rítmicas. Ahora os
pasáis los días pegados al móvil, como estatuas de sal. Condenadas por haber
girado el rostro para ver la mierda de vida que dejan atrás. Lot, mujer de Lot,
flor de loto. ¿Te has fumado alguna vez tus miedos, te has atrevido a saltar de
verdad al vacío? No pongas esa cara, es toda una experiencia. ¿Quieres otro
cubata? Toda mujer tiene un trazo particular, por eso me gusta pintaros. No, no
soy famoso. Yo era muy outsider, pero pintaba a auténticas bellezas. Hubo una
actriz de cine francesa, que… En fin, es de mal gusto hablar de esas cosas. Lo
que te decía. El ritmo es lo más importante, mi auténtica obsesión. La pintura
es música y viceversa. No hace falta chascar
los dedos para tener ritmo, ni subirse al podio a bailar como tu amiga. Menuda
loca, se le ve todo. Una mujer recostada como una pantera puede tener más ritmo
que un negro aullando a la luna. Ritmo, ritmo, ritmo. Me repito, lo sé. Todas querían
que las pintara porque a ninguna le gustaba morirse poco a poco y arrugarse
como una promesa olvidada. Mis cuadros acababan siendo inútiles. Es imposible
atrapar belleza. Tú, ahora mismo, mirándome con esos ojos como platos, eres
única. Todas las mujeres que he pintado se sentían dignas del arte, merecedoras
del baile de mis pinceles. Todas como cabras, con sangre de pelirroja ¿Otra?
Menudo saque tienes, pero es lo menos que puedo hacer por la turra que te estoy
dando. Tienes unos ojos preciosos, me recuerdas aquella noche en la que mire a
Medusa cara a cara. El ácido tiene esas cosas. Sí, ácido. ¿Ahora no te parezco
un viejales, verdad? A ver si te das cuenta de que voy de buen rollo. Tom Wolfe
tiene un libro cojonudo sobre… vale, lo he pillado, no es el momento de hablar
de libros. Lo que menos quiero es aburrirte. Tú no te das cuenta, pero llevamos
un buen rato bailando. No, no voy de listillo. Que sí, joder, que tomábamos
ácido de verdad. L.S.D. Menudos viajes, algunos de mis mejores cuadros los pinté
flotando a un palmo del suelo. No te oigo. ¿Cómo? Ah, sí, tengo guardado algo
en casa para las ocasiones. Ojito, hay que tener cuidado con los malos viajes y
nunca lo tomo solo. Para pintar es mucho mejor fumarse un buen canuto de
hierba. Anda la pillina, mira como ahora sí me haces caso. No tienes un pelo de tonta, mi querida Lolita.
Ya, ya sé que no te llamas Lolita, déjalo estar. ¿Cómo? Claro que podemos ir a
mi casa. Si te lo curras, puedo hasta hacerte un cuadro. No te rías, ya verás
como al final te va a acabar gustando el swing.
martes, 21 de abril de 2020
Circo Surrender
El Maestro de Ceremonias se balancea como un punto rojo y sudado en medio de la pista central. Se pasa la mano por el rostro, como si buscara restos de tiempos mejores en los que lucía un bigote de rizo imposible y no desmochado como el que luce, da dos pasos torpes de pingüino hacia la luz de un foco que no se ha molestado en buscarle y se dirige a las gradas con voz engolada.
— ¡Damas y caballeros! Gracias por venir al Circo Surrender, donde podrán contemplar cuadros de extraordinario interés, escenas sin parangón en el arte de la derrota. Porque el entretenimiento no está reñido con la didáctica. Pasen y aprendan que el equilibrio es imposible y que las palabras son arañazos sobre el mármol.
Silencio entre el público, si es que hay alguien sentado en la oscuridad absoluta que reina más allá de los tres escenarios circenses.
El Maestro se retira y el haz de luz se dirige a la pista a su izquierda, más pequeña, en la que un joven de unos veinte años con gafas torcidas y greñas descuidadas garabatea un papel con el ceño fruncido.
Suena una voz más aguda que surge de la oscuridad. Es evidente que se trata del mismo Maestro de Ceremonias, único responsable de aquel lugar maldito, tratando de fingir que se trata de otra persona.
—Observen la completa dedicación del joven poeta a lo que él considera su necesidad más perentoria, cómo trata de radiografiar sonidos y palabras, cómo se le escapa de entre los dedos la palmaria evidencia de que el esfuerzo es inútil, cómo se mira al espejo y conforma una poética mil veces reinventada. Pero atención a sus pies desnudos, al suelo enfangado de la escena. Es el miedo, la inseguridad de no pisar sobre tierra firme. Trata de construir un bastión sobre unos cimientos fallidos. Escribe porque quiere ser amado, pero no sabe ni robar un beso. Escribirá 42 poemas a su particular musa y, de tanto idealizarla, no será capaz de pellizcarle las nalgas.
La escena queda en penumbra y se hace la luz en la pista central. La voz del Maestro de Ceremonias, esta vez grave y cavernosa, se dirige al supuesto público.
—Del pasado pasamos al presente, permítame nuestra querida audiencia el tosco juego de palabras. Vean, de nuevo inclinado ante un escritorio, a nuestro otrora poeta, con menos pelo y más panza, esforzarse ante la rima imposible de una hoja de cálculo. Disfruten de cómo achina sus ojos cansados entre ingresos y costes, cómo asume sin rechistar decisiones injustas, cómo se enseñorea con sus subalternos y se humilla ante sus superiores. Ya no escribe, ya no lee, solo consume y apenas patalea consumada la derrota. El vate abatido que ni siquiera se queja de su cautiverio, atrapado sin remedio en las celdas de un Excel. No perdamos más tiempo regodeándonos en la carroña al borde del camino, pues no somos Baudelaire, si me disculpan añadir una pedante referencia que no viene al caso. Pasemos a la última pista, la del futuro.
La luz de la pista central se apaga y la sala queda en tinieblas. El Maestro de Ceremonias guarda silencio. Solo se escucha el sonido de alguien que reniega por lo bajo y trata de manipular el foco para arreglarlo. Sigue reinando la oscuridad, pero la última pista queda oculta a los ojos del público. Solo se oye alguna que otra tos inquieta, única señal hasta ahora de la existencia de un público impaciente. Toses y más toses a la espera de un desenlace que en realidad ya se ha producido, pues no hay nada más que ver.
sábado, 8 de febrero de 2020
Pica
Recuerdo, muchos años después, la respiración agitada, la frente sudorosa y las mejillas ardiendo. La sangre era casi lo de menos. Primaba la excitación que producía haberme portado mal, haber trascendido el papel que me asignaban los demás.
Dale más fuerte, no tengas miedo.
A Angelito, el niño que fui y al que ahora observo desde lejos, no le había quedado otra que ser el flojeras, el gordito bonachón de ciudad que pasaba el verano con sus padres en el pueblo, el bicho raro que leía a la hora de la siesta y que no pasaba de la categoría de acoplado. Por eso mismo, la herida que tenía abierta en la frente podía considerarse la mejor de las condecoraciones.
Mientras se dirigía con paso lento a la finca donde veraneaban, el remordimiento empezó a aparecer, arrastrándole de nuevo a su condición de niño apocado y timorato. Aún no tenía claro cómo se había dejado convencer para unirse a la batalla contra la panda del pueblo de al lado, desestimando la prudencia que le caracterizaba y que era el marchamo inconfundible de una crianza pegado a las faldas de su madre. En realidad, no habían pesado tanto los ruegos de sus amigos veraniegos, como su naturaleza fantasiosa, un soberano aburrimiento y la lectura reciente de Las aventuras de Huckleberry Finn.
Al menos habían ganado la batalla y, lo mejor de todo, apenas había gritado cuando la piedra, furioso y certero proyectil rival, le alcanzó justo encima de la ceja derecha. Angelito el blandengue había peleado como el que más, compensando su falta de puntería con un arrojo imprudente que le había llevado a ser blanco fácil, a convertirle en mártir y héroe a la vez. El golpe había sido seco y duro y, como impulsados por un resorte que les devolvía a la realidad, todos los niños pararon la contienda, conscientes de que la pantomima bélica había ido demasiado lejos. La sangre tardó un poco en manar de su frente, como si no se atreviera a transformar el juego en tragedia. Todos callaron y, paradójicamente, los rivales huyeron despavoridos cuando Angelito, en vez de quejarse, cogió un palo del suelo y se abalanzó contra ellos, con el rostro manchado de sangre, gritando como una bestia acorralada por una jauría.
Te he dicho que no tengas miedo. Hemos venido aquí para esto. Átame bien fuerte y haz conmigo lo que quieras. No te preocupes, tenemos la palabra clave. Si no puedo más la usaré, pero quiero olvidarme de ella ahora, quiero sentirme totalmente a tu merced. Necesito que hagas de mí lo que quieras. Soy un trapo sucio al que no le importa que lo refriegues sobre la mierda.
Nunca había visto a mi madre así. Como si hubiera visto a un muerto andante. Su Angelito con la camiseta empapada de sangre, su hijo, su hijo, pero quién le había hecho eso. Seguramente lo que más la asustó fue que me se encogiera de hombros, que guardara silencio con una media sonrisa en la boca. Aquel no parecía su hijo, parecía un demonio, que ya decía ella que nunca le había gustado aquel pueblo perdido de la mano de Dios, que iba a ser la última vez que venían, que qué panda de animales y se le escapó que no le extrañaba que papá hubiera salido de allí. Y a saber dónde estaba ahora, bebiendo y jugando a las cartas con sus amigachos en el bar. Dónde iba a ser.
No quiero tópicos, cera derretida con banda sonora de los ochenta o referencias eruditas a Sade. Aquí no somos el matrimonio de profesores universitarios que ha decidido pasar una noche picante en un hotel para parejas, habitación 50 sombras. Hemos estudiado el tema, hemos hablado de los límites, pero también de la necesidad. Somos Castigo y Dolor. Tú una fusta y yo un trozo de carne que necesita ser expiado. Nada de operetas, hasta que salga la sangre.
Furiosa, pienso ahora que asustada por verme en aquel estado, pero también llena de odio por aquel pueblo embrutecido, tan ajeno a ella. Su hijo, al que le había inculcado la pasión por la lectura, convertido en salvaje herido. Me metió en la bañera, me quitó la ropa y empezó a limpiarme, pese a mis quejas de preadolescente. El agua caliente pareció despertar el dolor de la herida, pero reprimí el quejido, quise mantenerme adulto en aquella situación vergonzante. Ella maldiciendo mientras me frotaba con fuerza, como si quisiera arrancarme las malas ideas de la piel.
Así, no pares, no interpretes mi silencio como que no estoy disfrutando. Eres buena, los dos sabemos que aprovechas para desahogarte, para decirme a base de golpes todo aquello que callas. Las noches en las que llego tarde con excusas rocambolescas, los desprecios, los comentarios fuera de tono sobre tu trabajo, sobre lo poco que te cuidas, toda la basura que arrojo a tus pies y de la que me arrepiento. La espalda me arde, puedo sentir la orografía del dolor, pero quiero más, solo un punto más.
No dejó ni que me secara yo solo. Frotaba y frotaba como si formara parte de un ritual. Más tranquila al ver que no brotaba más sangre de la herida, se centró en la reprimenda, en los porqués, en la salmodia de quejas y lamentos que cabía esperar. Cuando quise salir para vestirme, me cogió por la muñeca. Que a dónde iba, que eso se podía infectar, que ven aquí que te eche un poco de alcohol. Y eso sí que no, ahí ya no pude aguantar y me vino encima todo el dolor, toda la culpa por lo que había hecho. Que si no había agua oxigenada y ella que no, que el alcohol curaba más y que parecía mentira que no hubiera dicho ni mu hasta ahora y que si por un poco de alcohol, que no iba a ser para tanto. Y me puse a llorar todo lo que había reprimido hasta ese momento, me cayó la culpa como un fardo sobre el pecho, pero no sirvió de nada que le suplicara, que me pusiera a gritar que picaba.
Ahora, justo ahora que estoy a punto, ha llegado el momento. Coge la botellita de alcohol y refriégame la espalda bien fuerte, como si me dieras un masaje, como si frotaras una toalla contra las heridas. No temas hacerme daño, para eso hemos venido. Solo quiero pediros perdón.
sábado, 9 de noviembre de 2019
Tarifa Plana
—Me gusta apostar por la sinceridad. Podríamos seguir hablando toda la tarde y que fueran cayendo las cañas hasta que nos cayéramos bien, forzar el conocimiento apresurado que implica este tipo de citas. Prefiero evitar las preguntas habituales, la gente las usa como si verse cara a cara no fuera más que una extensión de la aplicación y siguiéramos escaneando el atractivo del otro. Ya sabes, hemos hecho match, chateamos un par de días y quedamos. Pero quedar en persona siempre es violento, a no ser que se tengan las cosas muy claras. Estoy hablando demasiado, lo sé.
Ella ha perdido hace rato el hilo de la disertación de él. No está acostumbrada a la cerveza y el calor y los nervios han hecho que se la tomara demasiado rápido. Algo mareada, se recrea en un lunar que tiene el chico justo en el codo derecho, un pequeño pero visible refugio de la imperfección. Porque, por mucho que pensara que las fotos del perfil de él estuvieran retocadas, incluso que pudieran ser falsas, la realidad es mucho mejor de lo que se esperaba. Es perfecto, es perfecto, se imagina que corean sus amigas, las mismas que la empujaron a usar la aplicación en una tarde de aburrimiento y confesiones. Ella divaga, ella es una romántica empedernida fuera de lugar que tiene ante si a un chico más joven que ella, alto, atlético, con una sonrisa encantadora que va a juego con unos ojos verdes y traviesos, un rostro de rasgos felinos y una piel bronceada.
— ¿Cómo? No, no te preocupes. Tienes una voz muy agradable y me gusta escuchar.
Después de haberse convencido de tener una aventura frívola con la que oxigenarse y olvidar los problemas con su ex, ella se ha encontrado con la agradable sorpresa de un encuentro con alguien que no solo es muy atractivo, sino que es capaz de desarrollar un discurso irónico sobre la situación.
—No quiero sonar presuntuoso, pero lo que para otros es un reto en este tipo de citas, para mí es algo rutinario. No necesito usar aplicaciones para acostarme con alguien. No me malinterpretes, eres una chica muy atractiva y no soy tonto. Lo que quiero decir es que el sexo casual no es difícil de encontrar, si uno se lo propone.
Claro, será en tu caso, que eres un cerebrito parlanchín con cuerpo de gimnasta. Yo siempre he sido una mojigata que idealizaba a la persona equivocada.
Piensa ella, pero dice:
—Claro, llega a cansar.
—Exacto, para mí es más excitante tratar de encontrar a gente que valga la pena en este tipo de citas. Supone todo un desafío revertir la situación y pasar de la frivolidad a un conocimiento más profundo. Es como encontrar la famosa aguja en el pajar.
Me la quiere dar con queso, se le ha visto el plumero al utilizar el topicazo de la aguja. Trata de ponerme delante un espejo con letras de neón en el marco: ERES EXCEPCIONAL. Voy a soltarle una.
—Bueno, las agujas suelen pincharte cuando se encuentran si rebuscas entre la paja.
Él esboza una sonrisa perfecta y a ella le tiemblan las rodillas. Es invencible.
—Obviaré el chiste fácil y grosero. No quería caer en los tópicos, acabamos de conocernos y parece que esté desplegando sobre la mesa un plano con mi particular cartografía sentimental. Hay picos y valles, pero lo importante es conocer el territorio.
Qué cabrón, qué bien habla. O tiene el guión muy bien aprendido, o es una joyita. Que no se te escape, no seas boba y pide otras dos cervezas, que vea que tienes interés.
—¿Otra ronda? Ya la hora que es, podríamos pedir un par de raciones para medio cenar.
Por supuesto, él acepta y parece relajarse. Durante los próximos minutos, deja que ella maneje la conversación y le hable de su trabajo, de los viajes que ha hecho, las series que ve y todo el habitual repertorio de la insustancialidad. Pasan al vino y rematan el postre con un licor de hierbas barato, que les rasca las gargantas y les afloja la lengua ya del todo.
—Pues yo no he viajado fuera de España —afirma él.
—¿Y eso? Mira que al final sí que voy a pensar que eres un bicho raro. Si hoy en día viajar es lo más sencillo del mundo. Y por favor, no me sueltes el tópico rancio de que con la de cosas que hay que ver en España, no hace falta ir al extranjero.
—Te voy pillando el punto cañero, me gustas. No, no se trata de eso. Vivimos en la era de los vuelos baratos y no acaba de gustarme la idea.
¿Ecologista? ¿Miedo a volar? ¿Simplemente paleto? No puedo evitar seguir tirando del hilo. Lo importante, ha dicho “me gustas”. Se le ha escapado. Joder, creo que me estoy enamorando. ¿Ya estamos? Que no se te note.
—Bueno, la verdad es que tanto turisteo da asco y no, no voy a ser ahora yo la rancia que diga aquello tan manido de que yo no hago turismo, sino que viajo. Oye, cada cual tiene sus manías, si no te gusta volar…
—No es eso, es que los aviones precisamente son una de las pruebas de que nos engañan.
—¿Nos engañan?
—Sí, claro. Lo que te voy a decir te sorprenderá, pero no creo que vayas a salir disparada con lo que te voy a decir. Como te dije antes, prefiero ser sincero y creo que vales la pena.
Las mariposas, las jodidas mariposas en el estómago. Pero qué misterioso, a ver por dónde sale. Con lo seguro y un poco pedante que parecía al principio y ahora parece desarmado. Me gusta verle así. Le besaría ahora mismo. Espera, cuando salgamos a la calle, que siga hablando. Un sorbito a la copa para que se anime él a seguir, que vea que estás relajada.
—Gracias, tú también. Si no quieres, no hay necesidad de que me lo cuentes.
—Bueno, es que es una teoría que no es muy popular, la gente suele burlarse y somos pocos los que la defendemos, pero es una muestra más de lo gregaria que es la gente. Confío en que no saldrás corriendo, no eres una más.
Que lo suelte ya. Lo tengo en el bote, menudo pedazo de tío. Y ahora se muestra vulnerable, es ideal. Contigo hasta el fin del mundo, chato.
—Seguro que no huyo despavorida, no te preocupes. Venga, no será para tanto.
—Bueno, el caso es que, si lo piensas bien. ¿No te llama la atención que, teniendo en cuenta el movimiento de rotación de la Tierra, si un avión se quedara parado en el aire, llegaría a su destino sin necesidad de moverse?
No digas nada, sigue sonriendo, las cejas quietas, muérdete la lengua si es necesario, no la cagues ahora.
—Pues la verdad, no me lo había planteado nunca.
—Es de cajón, ¿verdad? Pues es una de las pruebas más claras de que el planeta no es redondo. Y hay muchas más.
Excúsate si es necesario, ve al baño si no vas a aguantar la risa, pero mantén la calma. Terraplanista, el tío es terraplanista. Si ya lo decía yo, que no podía ser perfecto. Deja que hable. Así, muy bien, asiente de vez en cuando, sonríe. Mantén la función fática. Terraplanista. Qué cojones. Pero este no se me escapa, a la mierda las mariposas. Que siga hablando, da igual. Necesito un vodka, eso sí. O dos. Y dale con la matraca. Descartado por completo. Lleva ya media hora. Pero este no se me escapa vivo, aunque sea por cobrarme haber aguantado la mierda del terraplanismo.
—Ostras, pues sí que tienes argumentos, me estás haciendo dudar un poco. Oye, pero una cosa tengo clara, se ha hecho muy tarde y…
—Vaya, lo sabía, te he aburrido con el tema. Lo siento de veras.
—No, para nada. Mira, aunque seguro que vamos a quedar más veces, voy a ser directa. Me pide el cuerpo que te vengas a mi casa. Está aquí al lado, ¿te apetece?
—Claro, sería imbécil si te dijera que no.
Descuida, que imbécil eres un rato. Anda, te dejo pagar la cuenta para que te sientas todo un machote. Toma ya esos morrazos que tienes, ya tardabas en comerme la boca. Vámonos, alma de cántaro, si al final mis amigas tenían razón. Un polvo o dos en tarifa plana, mira que soy graciosa, y ya puedes irte solito hasta el fin del mundo, cuidado no te caigas al llegar.
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