jueves, 30 de octubre de 2014

El séptimo beso

Hasta que no pasaron unos cuantos años, no supimos apreciar la vis cómica de la película, no podría decirse hasta qué punto buscada por el Gran Director Sueco. El humor estaba reñido con la trascendencia y por aquel entonces nos gustaba lucir una pose intelectual que ahora considero tierna y candorosa, como la creencia del niño que piensa que no hay persona más sabia que su maestro de escuela. Éramos culturetas de pueblo y ahora hay que reconocer que no estábamos formados lo suficiente como para distanciarnos de la obra y apreciarla en un contexto que ni siquiera conocíamos. Además, nos contagiábamos unos a otros, retroalimentando nuestras opiniones casi siempre concordantes de críticos aficionados y gregarios. Nos obstinábamos en interpretar la película como lo que no era, un monolito plantado como un dedo enorme que acusaba a Dios de su abandono, un homenaje a la Muerte y a la inefable obsolescencia del ser humano: palabras grandilocuentes con las que nos cargábamos de razón y nos sentíamos reguardados tras la pedantería engolada de nuestros jerséis de cuello de cisne. Hablábamos, hablábamos sin cesar y  nos sentíamos imbuidos por un Pentecostés pagano, por aquella Europa que nos había sido negada, todos fantaseando con ser un poco Sartres o Simones de Beauvouirs, obviando el olor a refrito y carajillo del bar en el  que celebrábamos nuestras tertulias. 

El Séptimo Sello era nuestra obra maestra de referencia. En parte, por devoción, en parte porque en el cine del pueblo había una copia cuyo origen desconocíamos, aunque sospechábamos que había sido abandonada allí por un distribuidor enfadado por el escaso éxito comercial del film.  Al menos una vez al año, la película se exhibía para nuestro deleite, pese a ser considerada un mal endémico por  los parroquianos. Un caballero jugando al ajedrez con la Muerte en una playa, la exquisita distinción de La Parca con la nobleza, hablando de tú a tú con el guerrero, mientras los cadáveres de los aldeanos muertos por la epidemia de peste eran apilados como fardos en una carreta, camino de la hoguera, despojados de cualquier dignidad, sin lágrimas que pudieran nacer de aquel miedo descarnado a la ira de Dios. Marga, que escondía el carnet del PCE en la misma caja de zapatos donde guardaba las cartas subidas de tono que le enviaba el cura del pueblo, se atrevió a postular que la película era un alegato encubierto contra la tiranía y que la Peste Negra era un símbolo de la revolución, que igualaba todos los estamentos con su juicio inapelable. La dictadura nos había ensombrecido el carácter y  habíamos olvidado la importancia de la comedia, aquejados de una artrosis del buen humor que nos enquistaba, varados en un discurso en el que nos sentíamos cómodos, repantigados en una disidencia de bar y consignas que no llevaban a ningún sitio. 

Fue Andrés el primero en sugerir que la clave de la película estaba en los siervos, en los comediantes,  en la gente sencilla, aferrada a los placeres más básicos. Más allá del discurso intelectual,   lo que a Bergman le volvían loco eran las mujeres, sólo había que ver el elenco de rubias del que se rodeaba. Marga, por supuesto, tildó la idea de machista y protestó contra lo que consideraba una concepción falocéntrica del arte, que estaba muy superada en los países nórdicos. Ella, que no había estado más al norte de Segovia. 

―Ahora me dirás que la espada del caballero es un cipote.
―Tú búrlate, pero este mundo se ha construido bajo la opresión machista. Sois tan cerriles que juzgáis mis ideas con condescendencia, por el mero hecho de ser mujer.
―Marga ―intervine―creo que en todo momento te hemos tratado como una igual. De hecho, creo que hoy te toca pagar los cafés.
Marga me lanzó una mirada que me hubiera partido en dos, en caso de tener el mismo poder que el afilado borde de una espada fálica, pero aceptó la broma y rebuscó el enorme bolso de punto que llevaba siempre a cuestas, hasta sacar el monedero.
―Los cafés y las copas, que siempre que me toca a mí parece que os entran ganas de calentar el gaznate como si se acabara el mundo.
―El fin del mundo siempre acecha, hay que estar preparado para reírnos de las barbas de Dios―murmuró Andrés, parodiando un sonsonete sacerdotal.
Andrés y yo, sabedores de la historia que se traía entre manos Marga con el cura, nos miramos con malicia, disfrutando del rubor que arrebolaba las mejillas de nuestra camarada.
― ¿Sabéis que os digo? Que no tenéis ni idea de lo que estáis hablando. Bergman es mucho más que unas rubias y unas tetas, para entenderlo hay que conocer a fondo el luteranismo y la obra de Ibsen.
―Esa frase habría que enmarcarla. Podríamos escribir un tratado que se llamara Bergman no son tetas. Seguro que acabábamos dando conferencias en la Filmoteca de París. 

Andrés estaba exultante, pidió otra ronda más pero yo me excusé, porque empezaba a dolerme la cabeza con tanta palabrería barata y yo tenía que madrugar a la mañana siguiente para dar clases en el instituto. Cuando salí del bar, los dejé enzarzados aún con el tema, con una botella de pacharán de por medio. 

No me extrañó verles el fin de semana siguiente cogidos de la mano por la calle.  Se detuvieron un momento y se besaron a plena luz del día. Me dio un poco de apuro haberles sorprendido y me metí de refilón en un portal, hasta que pasaron calle abajo. Desde la oscuridad, sonreí para mis adentros. Lo del cura y la comunista era una historia de sainete y tuvo el final esperado. El sacerdote acabó siendo trasladado a Barcelona, tras la delación al señor obispo por parte de alguna beata de sus relaciones demasiado amistosas con una comunista. Semanas después, Franco perdió su particular partida de ajedrez con la Muerte, sin la dignidad del caballero, convertido en un amasijo de carne que se aferraba a la última pieza de una partida demasiado larga que acabó demostrando, como empezamos a sospechar aquella noche de tertulia, que también la Parca podía hacernos felices.

sábado, 18 de octubre de 2014

Postureo

La librería, situada en una esquina estratégica del barrio de Malasaña, está flanqueada por una tienda de ropa para niños forzosamente alternativos y un hipermercado chino que abastece de algas y litronas al vecindario. Está recién reformada, impoluta, y tan sólo la diminuta mancha que ha dejado una nariz curiosa en el cristal desluce el espectacular escaparate desde el que los viandantes pueden observar el interior, en un ejercicio de vouyerismo que viene dado por el afán exhibicionista de los ocupantes del establecimiento. 

En posición privilegiada, orgullosas y luciendo portada, las novedades editoriales recomendadas por la revista virtual más puntera, aquella cuyo criterio nadie se atreve a rebatir, bien por desconocimiento, bien por simple comodidad. La tipografía de estos ejemplares es menos chillona y burda que la de sus hermanos bastardos, los best-sellers de supermercado y se contenta con mantener un tono más apagado y discreto, que compensa con una elevada carga conceptual en las ilustraciones o fotografías que la acompañan. 

Más allá de la almena de libros del mostrador, unas mesitas redondas, blancas, de madera lacada, sirven de proscenio desenfadado o dentadura dispersa al banquete literario que se celebra a diario en el recinto. Dispuestas de forma caprichosa, esparcidas al servicio de los acólitos como diminutos hongos iniciáticos, se encuentran casi todas ellas ocupadas por los habituales del lugar que, fieles a unas reglas territoriales innatas, se reparten el espacio entre miradas recelosas. 

En el rincón más cercano a la barra mostrador en la que el librero oficia el evangelio del descorche y las recomendaciones, dos jóvenes se estudian con disimulo desde la invisible frontera de timidez que separa sus dos mesitas contiguas. 

Ella viste por completo de negro, un riguroso luto intelectual que contrasta con la palidez de su piel, el rojo furibundo del carmín de sus labios y el negro azabache de su melenita a lo garçon. Un ligero temblor de la cucharilla con la que remueve el té ya frío, que reposa hace media hora junto al libro que ha comprado, denota que no se encuentra del todo a gusto. Balancea de forma nerviosa el pie derecho, convertido en un metrónomo de su desazón. Apenas se le ha visto pasar dos páginas en todo el tiempo que lleva sentada en la librería, más atenta a su móvil y a fantasear con miradas furtivas que pueda lanzarle el librero, que a la lectura. Podría decirse que es hermosa en su hieratismo y compensa la falta de curvas en los lugares estratégicos con una expresión entre lunática y desvergonzada que es anzuelo infalible para cautivar a los cazadores de musas.

Él lleva tiempo tratando de adivinar lo que está leyendo ella pero, por increíble que parezca en un lugar como aquel, la chica mantiene el libro en un ángulo tan obtuso que resulta imposible leer el título. Cada poco, se pasa la palma sudorosa de las manos por las perneras de los vaqueros, asustado por la cercanía de la chica, pero adoptando una pose firme y de un estudiado desinterés, tal y como le han inculcado las innumerables amigas sin derecho a roce que orbitan alrededor de su errática vida sexual. 

Cualquier observador externo consideraría, siendo benevolente, que la situación es ridícula. La aparente frialdad de ella, concentrada en un libro al que no hace caso y la torpeza destilada en sudor de él, contrastan con la desenvoltura casi profesional del resto de clientes, que parecen protagonistas de un anuncio de Fanta. Todo vira en inesperada tragedia cuando el librero anuncia que en unos minutos dará comienzo la presentación del libro, cuyo autor es amigo de la mitad de los presentes, y que pueden acceder ya al sótano. Las prisas por ocupar una silla en primera fila en la que dejarse ver, motiva un pequeño tropel. El chico, casi por inercia, se levanta sin despegar la mirada de la chica y al recoger el libro que tenía sobre la mesa, deja caer inadvertidamente un papelito que ella, agradecida por desentumecer los músculos tras mantener la misma pose de forma prolongada, recoge en un santiamén. 

Ambos enrojecen. Él murmura un agradecimiento ininteligible, antes de salir de forma apresurada de la librería sin recoger la hojita que servía de marcador y ella vuelve a leer lo que hay escrito en ella, un anuncio en el que con grandes letras y una fotografía que parece rescatada de los años ochenta, una señorita de nombre ruso ofrece servicios a domicilio.  


jueves, 18 de septiembre de 2014

LENGUA Y TORTILLA





― Inyéctale un pincho de tortilla y quédate fuera.

El compañero obedeció y salió a vigilar que nadie se acercara a la puerta que daba acceso al pasillo, no sin antes dirigir una mirada de desprecio al prisionero. Mientras mascaba nicotina sintetizada, Tarik Romero fantaseó con las medallas que se colgaría cuando el guiñapo que tenía ante sí confesara el sacrilegio. Los miembros del Comité estaban extremadamente nerviosos desde el  robo de la partitura del Himno Nacional, una grave ofesnsa que había desencadenado la revuelta. Habían logrado contratar a la mejor de las medusas canoras del planeta Murango para el acto refundacional de la nación, así que causó una  grave conmoción la desaparición de la partitura con la letra y los acordes que tenían que aunar a todo un pueblo.

Tarik, hijo de colombiano y senegalesa, tenía bien claro el concepto de patria. Consistía en una forma particular de cocinar, de hablar y de repartir hostias. Los casticistas como él se habían volcado con fanática dedicación a la ardua tarea de recuperar el español sin tener noción alguna de  de Etimología, Gramática Histórica e incluso caligrafía. Partían de una base fidedigna y cuya autenticidad había sido contrastada, eso sí. Los viejos manuales y diccionarios se habían perdido para siempre tras las leyes monolingües continentales, pero contaban con unos valiosos tesoros lingüísticos, rescatados de la basura acumulada en el sótano en el que ahora mismo se encontraban: la carta de un viejo restaurante de Carabanchel especializado en tapas, un catálogo del Corte Inglés y una copia holográfica de un partido de la Selección Española en el mundial de fútbol de Corea y Japón, que fascinaba a todos por la virilidad de Camacho, el entrenador. Durante meses, los insurgentes neoespañolistas habían registrado cada una de las palabras que encontraron en estos documentos, con una meticulosidad casi religiosa, propia de un lexicógrafo profesional.

Pero las palabras aprendidas se utilizaban caprichosamente. Se tenía más en cuenta su eufonía que razones estrictamente lingüísticas. Había sido una ardua tarea, secreta, silenciosa. Forjaron una nueva normativa desde la clandestinidad y la ignorancia. Los referentes que habían surgido desde la desaparición del español eran bautizados  por un comité de ociosos. Así, un convector de energía negra era un regate  o el material sintético con el que se elaboraban las sensuales cabinas sexuales era llamado callo con chorizo. Lo importante era recuperar una lengua genuina, aunque fuera deficitaria, porque detestaban el suomisajón, el idioma con el  que habían sido juzgados. No iban ahora a detenerse en nimiedades. Y si a una inyección había que llamarle pincho de tortilla, se hacía uso del término sin remilgos.

Rescatada la lengua y reinventada la bandera con una sábana bajera, todo parecía dispuesto para llevar a cabo la reinvención de la patria. Tras una dura y breve lucha contra el opresor, los insurgentes habían conseguido hacerse con el poder, gracias a un derramamiento de sangre provechoso y a la crueldad de rigor con el vencido. El siguiente paso era imponer una lengua, una bandera y un himno. Tarik  se veía ya con el rojo de la selección cubriendo su negra piel, como un togado senatorial de la antigua Roma. El Comité había decidido que los componentes del gobierno irían vestidos como los chicos de Camacho: furia, raza, entrega. A partir de esas tres ideas habían redactado entre todos el himno que ahora había desaparecido. Bajó de las nubes y se concentró de nuevo en el pelele que temblaba a su lado, víctima de la ira neoespañolista que buscaba merecido desahogo en las carnes del principal sospechoso.

El prisionero no hablaba  neoespañol, así que el interrogatorio se había limitado al monólogo de violencia propio de estas situaciones. Tenía el rostro hecho un mapa, después de tanto tortazo a  mano abierta y tantos chicles de nicotina aplastados sobre su piel. Estos no quemaban como los cigarrillos, pero tenían un efecto humillante. En el interrogatorio habían participado entusiastas rebeldes dispuestos a palpar la cara al cautivo, pero el que llevaba la voz cantante era el negro Romero. El pobre desdichado suplicaba  más que respondía en suomisajón. No entendía qué era aquello del pincho de tortilla, ni de qué himno le estaban hablando. Llevaba horas atado en un pequeño habitáculo de la base de operaciones de los conspiradores, el sótano de un viejo edificio en el centro de Madrid. Cuando Tarik consideró que el suero que le habían inyectado debería haber hecho su efecto, reanudó el interrogatorio. Lo que sigue, es una interpretación aproximada al nivel comprensivo del lector.

Sabemos que has robado la partitura del himno. Eso es un hecho. Otro es que vas a sufrir como no nos digas dónde está. Te sacaremos los callos y el chorizo.
No sé qué dice, por favor, desáteme. ¡No he hecho nada!
Quizás pensabas que podías huir en tu plato combinado o hacernos falta por la espalda con ese pincho moruno que escondías en tu Semana Fantástica. Pero de eso nada.
― ¿Eh?
¡Mierda de suero! Debería haberte hecho efecto ya. ¡Con dos cojones, con dos cojones! ¿Pero tú sabes lo que cuesta entrar en la selección, desgraciao? – le espetó mientras volvía a abofetearle.

En realidad, el supuesto suero de la verdad no era más que un laxante. No era de extrañar que la inyección no le hubiera soltado la lengua del interrogado, sino que relajara otras partes de su anatomía.

¡Yo sólo me ocupo de limpiar las habitaciones, déjeme en paz! gimoteó el prisionero antes de ponerse a llorar definitivamente.

Tarik salió de la habitación disgustado. Empezaba a oler mal allí. El resto del edificio mostraba las secuelas de la batalla que había tenido lugar horas antes. Restos de mobiliario destrozado, medicamentos esparcidos por el suelo, cristales rotos y sangre por doquier. Sus compañeros de rebelión le respetaban, pero en sus rostros se reflejaba el miedo que provoca adivinar la duda en la mirada del líder. Uno de ellos sostenía algo en las manos.

Tarik, no creo que cante.

La medusa canora, una sepia que habían encontrado en el congelador de la cocina, parecía poco dispuesta a esperar el hallazgo de la partitura para emitir su bello canto.  Sus tentáculos colgaban lacios de la mano del camarada. Tarik la cogió con aire circunspecto y se dirigió a sus compañeros.

Camaradas, sin himno ni diva no hay nada que hacer. No hay enemigo pequeño ni rebaja moral más sorprendente que esta. Pero será mejor que nos vayamos a dormir. Ya vendrá una nueva Primavera al Corte Inglés.

Cuando llegó la policía, no encontró resistencia alguna. Los alborotadores dormían relajados en sus habitaciones. El encargado de la limpieza fue hallado en la enfermería atado de pies y manos sobre un charco de heces y orina. No se supo nada del himno, ya que la partitura había sido arrojada a la basura como un papelucho más la semana anterior al limpiar las celdas.

Los encargados del hospital psiquiátrico nunca hubieran podido prever las consecuencias del hallazgo de material en español por parte de un interno con esquizofrenia paranoide. No se llegó a saber cómo un residente podía haber accedido al sótano, como nunca se alcanzaron a conocer los trapicheos entre Tarik y uno de los guardas a cambio de nicotina sintetizada. Por suerte, el adalid mestizo no se había agenciado el material más peligroso, una pila de revistas del corazón que llevaban años apiladas en uno de los rincones del subterráneo.

Las consecuencias podrían haber sido mucho peores.





jueves, 26 de junio de 2014

EN SU PUNTO



Todavía se siente como el niño que incordiaba a su madre mientras cocinaba, preguntando por cada uno de los pasos de la alquimia alimenticia, que para entonces era una amalgama de desconocimiento, curiosidad y atracción pirómana por usar los fogones.  Prueba el caldo con la cuchara de madera y corrige con un pellizco de sal, el justo exceso para que el arroz lo absorba. La presencia del conejo en el sofrito da el toque de dureza necesaria, que compensa con la dulzura del garrofó y el fondo horizontal pero necesario del pollo en el paladar. Ahora que todos los ingredientes se hermanan en la paella, en ese pequeño infierno dantesco de hervores y penitencia compartida, es el fuego el que cobrará protagonismo, regulador de la justa proporción entre caldo y cocción.

Recuerda sus primeros arroces de adolescente,  quemados y a la vez pasados, regados con alcohol en las acampadas con los amigos,  el momento en el que sus padres lo consideraron lo suficientemente mayor como para dejarle solo en casa, en su enfurruñamiento de falso misántropo, sin necesidad de dejarle la comida preparada y, mucho más reciente, cuando cogió el relevo al mando de la cocina, porque no había más remedio. Hace mucho que no se le pasa el arroz, o que el socarrat se convierte por descuido en el amargo desastre del quemado, pero en justa correspondencia a sus habilidades, se ha vuelto el más exigente de sus críticos. Por mucho que los amigos alaben el sabor y textura de sus arroces, sabe que aún están lejos de alcanzar el punto exacto.

Por eso mismo, cuando después de los aperitivos y la tertulia insustancial y necesaria, un ingrediente más para dejar reposar el arroz, prueba con gesto escéptico la primera cucharada, una amargura le rompe desde muy adentro. Esta vez no hay dudas: está mejor que nunca. Su satisfacción se enlaza de inmediato con la tristeza y reconoce en el brillo de satisfacción de la mirada de los suyos, en el escueto elogio de su padre, en el silencio de todos mientras rascan el fondo del paellón que comparten, que su madre se aleja ya para siempre, que ese arroz es digno de ella, que con cada cucharada su recuerdo da un paso atrás, con una sonrisa en los labios.

jueves, 8 de mayo de 2014

Fluyendo

La profesora patizamba de latín, con aquellas gafas ahumadas que ocultaban gran parte de su rostro abotargado, las patillas torcidas, camufladas entre la pelambre de las de ella. La volcánica precisión con la que proyectaba bombas de saliva al declinar en la pizarra. Aquellas pantorrillas como columnas dóricas, homogéneas desde el tobillo hasta la rodilla. Su sola presencia, balanceándose sobre la tarima,  era capaz de petrificar las hormonas de cualquier adolescente. Mercedes la Medusa, mostrando el latifundio de sus posaderas cuando se inclinaba para encender la estufa de butano con la que teníamos que apañarnos durante el invierno. Pero no, mejor no recrearse en esa imagen.

Será más eficaz pensar en algo más desagradable: el profesor de gimnasia, cuarto de EGB, sus ojos brillantes de roedor, la inocencia con la que nos acercábamos a él para que tonteara con nuestras colitas.  No, por aquel entonces aquello no era pederastia. Esa palabra, por muy culta que fuera, no existía en un colegio salesiano. Eran pequeñas bromas, pellizquitos amistosos, cosas de poca importancia. Pienso en aquel cabrón risueño masturbándose luego en su casa, tal vez vestido con unos ligueros, a mano un consolador sucio. Demasiado desagradable, puedo pecar por exceso y echarlo todo a perder. Además, tampoco es necesario retroceder tanto en el tiempo, yo que siempre denosto la fijación que tiene la gente con la nostalgia, esa moda estúpida de intercambiar recuerdos de consumo común.

Echo un vistazo al reloj de pulsera que he dejado sobre la mesita. Apenas han pasado cinco minutos y empiezo a sentirme inquieto. Detesto darle vueltas a la cabeza en la cama, preferiría relajarme sin más, pero en muchas ocasiones mi imaginación proyecta, de forma no del todo involuntaria, un carrusel de imágenes que tratan de ahuyentar a mis fantasmas. Algunas son recurrentes, otras caprichosas. Por mucho que trate de forzar su aparición, siempre son ellas las que se enlazan con naturalidad, como si esperaran en bambalinas pisar el escenario, tras el gesto oportuno de un director de escena demente. El peligro es que, por muy lejanos que sean estos recuerdos y estampas, por mucho que trate de aprovecharme de ellos para evadirme, siempre tratan de aferrarse al presente, adherirse de alguna forma al aquí y ahora, recuerdos que ansían volver a sentir cómo el tiempo se desgrana.
No, las divagaciones existenciales de todo a cien tampoco me van a ayudar. Corro el peligro de saltar al otro lado de la orilla y hundirme en la blandura del fango. Se trata de fluir, de dejar que la corriente me lleve de forma plácida hasta la meta, sin prisas. El rugido de las cataratas está aún lejos, debe estarlo.

Siete minutos. Siete míseros minutos y no hago otra cosa que utilizar metáforas manidas, palabrería para huir del fracaso. Hablando de fracaso, hoy ha sido otro día de mierda en la oficina, más presión por el mismo sueldo y mi jefa cada vez más estúpida. Sólo me faltaría ponerme a pensar ahora en el trabajo, como si no soñara con él todas las noches, como si no tuviera mi dosis nocturna de estrés diluido en unos sueños en los que he de realizar tareas absurdas.  Mi jefa, mi jefa se parece, ahora caigo, a la profesora de latín. Podría ser su hija, la imagino crecer amamantada por las ubres de los clásicos, la típica hija de maestra: relamida, sabelotodo, pacata. Todo para  más tarde repudiar las letras y meterse a estudiar Empresariales y con un poco de suerte y alguna visita furtiva al despacho del decano, sacarse la carrera. Todo esto es muy sucio y machista, no voy a negarlo, pero no puedo evitar fantasear humillándola. Alicia Villalta, responsable del departamento financiero, de rodillas ante mí suplicando perdón porque he descubierto su gran secreto: que no es licenciada, que ya no se sabe la primera declinación, que su mamá le daba el pecho hasta los cuatro años, que ella también tocaba las colitas de los nenes, que ahora no sabe cómo putearme más, que hará lo que yo le pida y yo entonces es cuando la cojo de la cabeza y a la mierda el fluir, la corriente, los consejos de mi terapeuta, la cara de resignación de mi mujer y lo poco que he tardado de nuevo en correrme.

sábado, 12 de abril de 2014

GALLINAS Y CARAMELOS




Giovanni Sorensen sabía que no tenía que meter las narices en los asuntos de los payasos del circo. El director del circo se lo había dejado bien claro el día que lo contrató.

— Son gente extraña. De tanto reír se les ha secado el alma. Mejor no te acerques a ellos.

La especialidad de Gigi eran los juegos malabares, aunque trabajaba limpiando las jaulas y dando de comer a los leones a la espera de una oportunidad para debutar. Practicaba una especialidad muy poco conocida, pero que había tenido su aceptación en los años de la posguerra europea.

 Su padre, un malabarista y funambulista danés casado con una contorsionista italiana, le había instruido en el difícil arte de voltear gallinas en el aire. Nada de cajas, mazas, pelotas o aros: plumas, picos y crestas. El espectáculo triunfaba entre el asombrado público, ya que nadie se explicaba que las gallinas adoptaran una postura tan rígida, con las patas y el cuello totalmente estirados. Si no fuera porque al finalizar el show daban una vuelta de honor alrededor de la pista agitando la alita derecha a manera de saludo aristocrático, cualquiera apostaría que se trataba de simples gallináceas disecadas.

La forma de amaestrar a las gallinas había sido transmitida en secreto de Sorensen a Sorensen, a pesar de no entrañar misterio alguno. El arte consistía básicamente en emborrachar a las gallinas a base de cerveza y darles el suficiente amor por las noches para que le obedecieran a uno con aviar fidelidad. Aunque Gigi ya no era un niño y se veía capaz de enfrentarse ya al gran público, el dueño del circo insistía en que tuviera tanta paciencia como esmero en la limpieza de las deposiciones de las fieras.

— Tu debut llegará el día menos pensado, así que tienes estar listo y entrenar fuerte. Ya encontraré un hueco para ti.

Gigi tenía un carácter nervioso e inquieto y la que consideraba caprichosa voluntad del empresario le sacaba de quicio. Todas las mañanas, cuando despertaba por los dulces picotazos en la entrepierna de su gallina favorita, se preguntaba si sería el día de su estreno como malabarista.

Mientras tanto, deambulaba por aquel hogar ambulante en el que había crecido, curioseando y molestando a todo el mundo,  como un ratoncillo entre las piernas de los elefantes. Una de las adivinas de la feria que solía acompañar a la compañía diagnosticó a sus padres que el carácter inquieto del crío se debía a la postura inverosímil que ambos mantuvieron en la cama la noche en la que fue concebido.

— Eso pasa por poner los pies donde deberían estar los brazos, y las posaderas donde la cabeza. — les espetó — ¡Yaced al modo humano!

Entre el cambio de hábitos sexuales y el riesgo a tener más hijos hiperactivos como Gigi, sus padres optaron por la vasectomía. No iban a renunciar al placer de los saltos acrobáticos y a los nudos carnales de tan difícil como grata ejecución en el lecho.

La atención que merecía como primogénito, hizo de Gigi un experto en los malabares con gallinas. Tuvo al mejor maestro en su padre, que le enseñó todos los trucos del oficio, como abrir una botella de cerveza con el pico de una gallina y emborracharse con las aves para lograr un mayor nivel de empatía. Beber con las gallinas pasó pronto de ser un oficio a un hábito, en el vano intento de olvidar que su mujer le había abandonado por otra contorsionista. Contra otra mujer, tan flexible como la voluntad de su esposa, no podía hacer nada.

Pasados meses y años entre gallinas y boñigas,  llegó el momento del bautismo en la pista para Gigi. Su padre había sufrido la semana anterior un grave accidente en los ensayos sobre la cuerda floja. Inexplicablemente, ésta se había roto por la mitad y el veterano equilibrista no había muerto de milagro. Así que tocaba cubrir el hueco que la actuación de su padre cubría en el programa del circo. Acababa de recibir un mensaje en el móvil del dueño del circo. A pesar de que los lamentos alcoholizados que llegaban desde la caravana en la que vivían le estremecían, Gigi estaba entusiasmado y parloteaba con las gallinas sobre el éxito que iban a tener. Atrás quedaban las artísticas deposiciones fecales de los hipopótamos, los tirones de pelo de los monos y algún que otro susto amoroso provocado por Leoncio, el león mariquita del circo.

Gigi se encontraba en su camerino acicalándose para la ocasión. Lo tenía todo calculado. Las gallinas reposaban adormecidas en sus jaulas, el chaleco de lentejuelas que iba a ponerse relucía como el diente de oro de un zíngaro, las cervezas estaban... ¿dónde estaban las cervezas? ¡Faltaba sólo un par de horas para la actuación!

Tras registrar sin suerte el camerino, salió en dirección al almacén. A esa hora estaba casi todo el mundo vistiéndose y preparándose para su número, así que no se tropezó con nadie hasta llegar allí. Estaba oscuro. Cuando estaba a punto de encender la luz, se detuvo al oír unas voces sospechosas en el interior. Le pudo más la curiosidad que las prisas y se quedó pegado a la pared, evitando hacer el menor ruido. Pudo reconocer el marcado acento siciliano de Bambini, uno de los payasos del circo.

— ¿Están listos los caramelos?

— Tal y como acordamos— le respondió una voz desconocida en voz baja. A duras penas podía escuchar lo que decían, pero adivinó algo relacionado con unos jóvenes, los autos de choque y una cantidad de dinero que tenía que ser entregada.

—Descuida que así lo haremos. ¿Y lo nuestro?— susurró el payaso — Perfecto.

Gigi oyó unos pasos que se acercaban a la puerta donde se encontraba agazapado y se refugió tras unas cajas. Vio salir a Bambini acompañado de un tipo de aspecto siniestro, bajito y cejijunto. Cuando se alejaron, entró en el almacén en busca de alguna caja de cerveza, pero no encontró nada. En cambio, observó que en el suelo, cerca de donde estaban los bártulos de los payasos, había unos cuantos caramelos esparcidos por el suelo. Seguramente habían caído al suelo inadvertidamente. Se metió unos cuantos en el bolsillo del pantalón y salió escopetado.

Al final pudo conseguir un poco de alcohol que le prestó la mujer barbuda. No tenía muy claro si se trataba de coñac o de una loción crecepelo, pero no tenía  tiempo para detenerse en esos detalles. Moderó las dosis de bebida para no matar a las gallinas. El mejunje surtió efecto. Pronunciadas las palabras rituales para hipnotizarlas, palabras inútiles, pero estipuladas por la tradición de los Sorensen, cogió a todas y cada una de ellas por las patas y el cuello y las estiró hasta que quedaron más rígidas que un paraguas olvidado sobre el banco de una iglesia. Satisfecho, se metió en la boca unos cuantos caramelos de forma distraída.

Ya entre bambalinas, todos los artistas se sorprendieron por su presencia y los que apreciaban a su padre, o aquellos a los que no debía dinero, le dieron la enhorabuena. Estaba atenazado por los nervios, por su estreno inminente y porque el grupo de payasos no dejaba de mirarle con inquina. Notaba cómo el pulso le iba a mil por hora y se encontraba acalorado y sediento. Momentos antes de saltar a la pista, bebió un largo trago de agua fresca. Notaba un regusto amargo en la garganta que se le hacía insoportable, pero al mismo tiempo tenía más ganas de actuar que nunca, a pesar del temblor que notaba en las manos. Se metió un par de caramelos más en la boca.

Fue su primera y última actuación como malabarista. Las asociaciones de defensa de los animales no daban crédito a lo que les contaron los espectadores que se dirigieron a ellos de forma indignada. Había saltado a la pista con la camisa entreabierta, la mandíbula desencajada y zarandeando de forma brutal a las gallinas mientras reía sin parar. Empezó a arrojar contra el público a las desdichadas aves, cogiéndolas por las patas como si fueran dardos plumíferos. Le dio tiempo, antes de desmayarse, a impactar tres gallinas contra varios espectadores ante el espanto general y a dejar a su favorita colgada como un jamón puesto a secar en la red los equilibristas, tal era la fuerza con la que las proyectaba.

Cuando lo retiraron de la pista, notó cómo el doctor del circo le apuntaba directamente a los ojos con una pequeña linterna mientras unos zapatones de colores le rodeaban. Alguien le estaba registrando los bolsillos. Pudo escuchar el ruido del envoltorio de los caramelos al ser encontrados y la voz de Bambini susurrándole al oído.

— Ya sabes qué hacer si no quieres acabar como tu padre. Ni una palabra. Lo que te ha pasado ha sido por culpa de los nervios, no de los caramelos. Capisci?

Luego, el desmayo, la oscuridad y un sudor frío que lo envolvió en  un carrusel de pesadillas en las que las gallinas hacían con él increíbles piruetas sobre el trapecio.