domingo, 10 de febrero de 2013

Puente

Escrito para el taller Bremen, con la premisa de escribir un relato sólo con diálogos y sin acotaciones.


―Otro cinco. Puente.
―¡Pues ya me estoy empezando a hartar de los puentecitos de los cojones!
―¿Y qué quieres que haga? Si saco un cinco, no puedo hacer otra cosa.
―¿Pero tú crees que tu madre se va a enterar de lo que has sacado? Ya no es que esté sorda, es que le tengo que mover yo las fichas, porque no ve ni los puntitos del dado.
―Tú a la tuya, a meterte con mi madre, que no tienes otra cosa mejor que hacer.
―Pues se me ocurren varias mejores que pasar la tarde del domingo jugando al parchís con una suegra medio muerta y con el pichafloja de mi marido.
―Paqui, no empecemos a faltar al respeto. Las reglas son las reglas y estoy obligado a sacar ficha de casa. A ver si ahora voy a tener yo la culpa de que sólo tengas una ficha en el tablero y que ahora te cierre yo el paso.
―La boca te voy a cerrar yo el día que me largue de casa, a ver si te vas a pensar yo que no tengo pretendientes, que aún me conservo bien, para mi edad.
―Claro que sí, te conservas mejor que el lomo de orza, perdona… que el lomo de lorza. Segurao que más de uno te iba a comer mojando pan.
―Mira, no digas más tonterías y dale el dado a tu madre. Pero por Dios, si se ha vuelto a dormir. ¡Maruja, despierte, que le toca!
―¡Ay, hija, estaba soñando con un novio que se me murió en la Batalla del Ebro!
―Usted ha tenido muchos novios y un hijo tonto. No se puede tener suerte en todo. Ea, tenga.
―Pero mamá, ¿qué haces? ¡Que no es un terrón de azúcar!
―Déjala, a ver si se atraganta y nos deja descansar en paz.
―Paqui, haz el favor de no faltarle al respeto a mi madre. Mamá, sácate el dado de la boca, déjame ver, abre. ¡Pero bueno!, ¿pues no se lo ha tragado?
―Capaz será, pero no te preocupes, que mientras no saque un cinco en el buche, no le hará tapón.
―Muy graciosa, pero ahora díme qué hacemos.
―Era un chico muy guapo, me dijeron que había muerto en el frente, pero luego me enteré de que le había caído un saco de arena en el cogote mientras montaban una trinchera y que se desnucó como si fuera un conejo. Con lo que me gustaba a mí el arroz caldoso con conejo y ahora no tengo buenos dientes para repelar la cabeza.
―¿Se puede?
―Mujer, Zuleida, ¡qué susto me has dado! Entra, entra, que a mi suegra se le ha ido la cabeza y es mejor que ver la novela de la tele.
―Ya será menos, si está fresca como una rosa… precisamente le traía a doña Maruja un encargo que me pidió.
―Muchas gracias, Zuleida, no sé que haríamos con mi madre si no fuera por ti. Si te apetece jugar un rato, a medio euro la partida.
―Gracias, Antonio, pero tengo el cocido en el fuego y me da miedo descuidarlo.
―Haces bien, el otro día salió en la tele que a una gitana le explotó la olla exprés y la encontraron con la cabeza abierta y llena de garbanzos. Y supongo que en el Caribe no estaréis acostumbrados a esos avances
―Pero qué bruta eres, cariño. ¿A qué viene asustar con esas historias a la pobre Zuleida? Quédate aunque sea un rato, que estas ollas modernas.
―¡Zule! No te había visto. Me has traído lo que te pedí?
―Sí, señora Maruja, no se preocupe que luego se lo doy.
―Anda, mira cómo resucita cuando le interesa. ¿Y a qué viene tanto misterio? Suegra, ¿se puede saber qué le has pedido que compre?
―Una cosa sin importancia, como un relicario. ¿Podemos seguir jugando, ¿hijo?
―Bueno, con el permiso de ustedes, yo me retiro. Aquí le dejo esto, doña Maruja…
―Gracias, cariño, le daré buen uso. ¿Está dentro de la cajita, verdad?
―Sí, tal y como me pidió. Que pasen una buena tarde, mañana vengo a repasar los baños.
***
―Oye, ¿seguro que a tu madre le has puesto descafeinado? Parece otra, mira cómo saca la lengua mientras mueve la ficha
―Mira que te tengo dicho que no me gusta que hables de ella como si no estuviera delante. Déjala jugar en paz.
―Y con este cuatro, te como la tercera ficha, y me cuento veinte, nuera. Yo de ti iría con cuidado, porque estoy en racha.
―Si es que parece otra. Ayer pensaba que íbamos a tener que sacar el testamento. Y hoy, ya ves. A mí me escama esa mucama, no me extrañaría que el diera buchitos de ron a escondidas, o vete a saber qué hierbas exóticas.
―Claro que sí, Paqui. Ahora resulta que Zuleida será una narcotraficante.
―Una bruja es lo que es, que me ha dicho la portera que todos los días preguntan por ella gente de su país, que se llena el portal de negritos y que un día uno de ellos llevaba hasta un gallo metido en un cesto.
―Serán familiares, mujer, a ver si no va a tener derecho a que la visiten. Bastante favor nos hace cobrándonos cuatro duros por limpiar la casa y entretener a mamá. ¿Verdad, que sí?
―A mi Zuleida no me la toquéis, que sabe lo que sufro en esta casa.
― Claro que sufre usted, porque ya no sabe cómo hacernos la vida imposible ¿Pero se puede saber qué tiene metido en el bolsillo de la bata que no saca la mano de dentro? Antonio, que yo creo que esta mujer nos toma el pelo.
―Mamá, venga, que te vuelve a tocar.
―¿Y ahora qué murmura? No entiendo lo que dice. Ya está, la embolia, le ha dado una embolia.
Muñumuñumuñumuñu... Un tres. Si saco un tres te como la última ficha…Todas las fichas reunidas en la casa de los muertos. ¡Tres!
― ¡No es justo, esta mujer va en mi contra, mírala como se ríe, será posi…
Muñumuñumuñumuñu.
― Paqui, ¿te ocurre algo? Estás blanca como la pared. ¡Paqui, que te caes!
― ¡Mamá, por favor, deja de reírte así, que me estás asustando! ¡Y deja ya de darle al cubilete!
― Que le dé recuerdos al soldadito desnucado, hijo. Yo cuento veinte y sigo jugando.

lunes, 17 de diciembre de 2012

La eternidad dura tres cuartos de hora


Estoy convencida de que, entre zarpazo y zarpazo, he descartado a trescientos amores eternos por un balbuceo a destiempo, o un mal juego de palabras.



Ni soy exigente, ni presumida, ni aspiro a la perfección. Pero si no siento con un hombre la misma reverberación que me recorre la piel cuando pinto, esa sensación de estar jugueteando con la pajita rellena de azúcar que puede ser la vida si una se lo propone, no hay amor alguno que rascar.



A veces, hay que reconocerlo, el azar te roza la mejilla y te despierta y es por eso que siempre estoy atenta a un buen cambio de viento. Con Alfred todo empezó rodado. No me engañó su pose de bohemio de siete vidas, ni el pelo lacio y entrecano de cuarentón avanzado, canalla de mil portales y enemigo de puertos seguros. Supe en cuanto le vi, que estaba ante un niño grande en busca de afecto.



Nos conocimos en una de mis exposiciones. No era uno de los habituales y nadie de mi círculo le conocía. Me hizo gracia verle con esas trazas de poeta despistado, deambulando entre mis pesadillas enmarcadas, aquellas estampas de dolor azul mentolado colgadas de las paredes. Inspeccionaba la sala con mirada atenta, como si pudiera reconocer mis carencias, el porqué de los gritos atrapados tras los trazos. Cuando se acercó, di un simbólico paso atrás, marcando las distancias, tal vez porque aún me escocía la cicatriz de la huída de Marco a Catania con mi colección de flores secas.



Siempre he sido muy analítica con las primeras impresiones, casi rozando la superstición. En cualquier gesto soy capaz de ver la sombra deformada de un futuro defecto, o la promesa inefable de un placer que arrebatar a mordiscos. Había desestimado a demasiados hombres, al subirme a un podio que sólo yo sabía que era frágil, un parapeto de fingida altivez desde el que la artista concedía o no sus favores. Mi defecto siempre ha sido ser demasiado radical, o demasiado consciente para ser feliz.



Pero el día que me encontré con Alfred estaba en una de esas fases sensibles que luego detesto, pero de las que no puedo desligarme. Cuatro paradas de metro antes de bajarme en Tribunal, se había sentado delante de mí una pareja de viejecitos entrañables. En otras circunstancias, no hubiera visto en el rostro arrugado de la mujer nada más que sometimiento y resignación, una vida sexual limitada a la procreación y al silencio, a años luz de mi universo de rasgadora de esternones y creadora de ficciones esquinadas.



Alfred pisó fuerte desde el inicio, desde la humildad, desde el silencio con el que atendía a mis explicaciones.



―Creo que eres de los pocos que te has dado cuenta de que toda esta serie azul de galgos ahorcados no es una simple denuncia de las atrocidades que cometen los cazadores. Casi me da algo cuando has dicho que este de aquí tenía mi misma mirada. Y no porque piense que me has llamado perra, sino porque sólo un espíritu sensible es capaz de reconocer el sufrimiento ajeno y no girar la cabeza para mirar a otro lado.  



 Me contó que él escribía como colaborador en una revista de tirada nacional y tuve que disimular que ni siquiera me sonaba su nombre y que  apenas leía nada más que los poemas que escribían mis amigas, las mismas a las que en ese momento ignorábamos a hurtadillas mientras recitaban versos inspirados en mi obra pictórica. Ajenos a todo, entre susurros, nos entregamos a una complicidad sencilla, pausada.



―La verdad es que Carlota tiene una voz preciosa para recitar, a pesar de lo que fuma. Un poco a lo Chavela, pero creo que ninguna de sus composiciones ha logrado captar el mensaje de mis cuadros. La poesía es falsa por naturaleza. En cambio, la pintura permanece, es tal como la ves, expuesta, ardiente, desnuda.



Él empezó a decir algo demasiado aburrido sobre la relación entre la muerte y la pintura, pero supe enseguida que era la timidez la que le obligaba a escudarse detrás de aquel continuo enfrentamiento con todo lo que yo le decía. En realidad, no me importaba alargar aquel juego. Yo tenía la mente puesta en aquella pareja de ancianos del metro, que ahora se me antojaba la viva estampa del amor eterno. Cerré los ojos y me imaginé acompañada por Alfred en un medio de transporte futurista, viajando en una cápsula que viajaba a gran velocidad, como la sangre por mis venas, por un sistema de tubos comunicantes que conformaban el corazón de una ciudad sin cloacas, en las que no había cicatrices que trazaran la vía férrea de mis recuerdos



 Y aunque mi precoz carrera como pintora se caracterizaba por un obstinado solipsismo, que yo misma guardaba con celo, me lancé por la cuesta de la ilusión sin temer la caída. Empecé a desvelarle el significado de todos y cada uno de mis cuadros, los matices que diferenciaban unos de otros. Si bien todos ellos representaban galgos ahorcados, en realidad simbolizaban diferentes etapas de mi vida.



―Éste, por ejemplo, si te fijas, tiene un charco de sangre azul en el suelo. En realidad es la muerte de mi infancia, la primera sangre, la pérdida de la inocencia.



 Así, poco a poco, a lo largo de aquellas horas, le fui mostrando mi visión del mundo, el ángulo desde el que, con mi obra, deformaba una realidad que me era extraña, a la que temía pese a mi aparente seguridad.



Él callaba y asentía en silencio, paladeaba mis palabras al mismo tiempo que apuraba las copas que se iba tomando. Hice una broma acerca de la inconveniencia de abusar del alcohol a ciertas edades y me sonrió de forma enigmática  Calculé que me doblaría en la edad, pero no me importaba un detalle tan terrenal. Tenía ante mí a un auténtico padre redentor, alguien que me entregaría su corazón, que me mostraría el envés del mundo, la cara oculta de todas las lunas que los poetas han imaginado.



Le quería así, sencillo, atento a mi verdadera esencia, como aquel anciano del metro que amaba en silencio, ahora lo sabía, a su esposa.  No quise darle importancia a todo lo que empezó a decirme sobre su obra, a la relación que encontraba entre algunos de sus textos y mis pinturas. No era necesario que me demostrara nada, no teníamos por qué complicar lo que era un dejarse llevar, un entendernos a la primera.



Nunca he creído en los flechazos, pero me supe ensartada por su atractivo. No me hacía falta prestar atención a sus palabras para sentirme plena y, por qué no decirlo, enamorada. Por eso no entendí sus carcajadas cuando, al llevarme a su casa, lancé un grito de horror al descubrir aquellas horribles cabezas de animales colgadas por las paredes, como si fueran grotescas réplicas a mis cuadros. Me hirieron sus burlas, las bromas sobre lo que él llamaba pusilanimidad de capital. Me dolió que, como tantas otras veces, la eternidad hubiera sido ultrajada, que otro amor para siempre quedara en decepción de una noche y,  sobre todo, que tuviera los estantes llenos de libros de Delibes, tan rancio y poco moderno.










jueves, 11 de octubre de 2012

Tal y como no fue



Quedaba sólo media hora para llegar y empezaste a sentir un ahogo en la garganta, la sequedad de quien se traga los nervios y las palabras. Los molinos de viento que espinaban la sierra buscaban engancharse a las nubes. Escoge tú mismo, es tu paisaje, tu telón de fondo.

No, yo me aburría viendo imágenes sin sonido.  Adivinando la estupidez de lla trama de una de esas películas para todos los públicos que proyectaban en el tren, una de esas en las que debería salir siempre Meg Ryan. Los molinos de viento no se veían apenas entre la niebla. Eran las nubes las que los ahogaban, no al revés. Me entretenía creando diálogos imposibles para aquella comedia romántica. Me reía para mis adentros. No estaba nervioso.

Te mentías a ti mismo. Fue cuando entraste al aseo del tren y te pusiste a hacer carantoñas delante del espejo. Te atusaste el pelo, coqueto, preguntándote si me gustarías. Sentías la inminencia del encuentro, la velocidad acortando el tiempo, el tren como una flecha que nadie podía desviar. Yo, mientras tanto, esperaba en aquel andén casi desierto para rubricar las rutas que habíamos pactado sobre un mapa y un territorio por explorar .

Sí, me metí en el aseo, pero porque tenía que disimular los estragos de la noche anterior. No podía aparecer con aquella expresión descolgada, así que decidí animarme un poco. Cayó un poco de polvo al suelo por culpa del balanceo de las ruedas del tren, no deberían llamarlas ruedas, sino cuchillas, de mi cerebro. Pensé en la niñita que había visto dirigirse antes hacia el aseo con su madre, un ser inocente en el mismo espacio en el que yo, ahora... En el que yo. Me la estaba jugando cada vez más. Y lo que más me fastidiaba era no saber que quería encontrar al llegar a la estación.

Seguro que trataste de adivinar, desde la ventanilla de la puerta de salida, si te estaba esperando ya, vislumbrar mi figura mientras el tren se detenía. Sí, me  viste diluida, difuminada contra el cemento. Un brochazo irreconocible de color negro, ese abrigo largo que te dije que llevaría puesto. Me viste lo suficiente como para saber que no te había fallado, que estaba allí. Respiraste hondo y pensaste en todas las palabras que habíamos intercambiado, en el valor de unas promesas que aún eran piel sin carne.

Deja de fantasear. Tienes esa absurda manía de convertir las palabras en párrafos que se diluyen. No me conviertas en literatura. Quiero ser algo más.  Yo sólo buscaba entretenerme, ahogar un deseo sordo entre tus piernas. Lo tenía claro hasta que te vi. De pie sobre tus largas piernas, pálida y sonriente. Con aquel abrigo negro que te sentaba tan bien. Cuando me abrazaste, empecé a desprenderme.  Yo sólo buscaba perderme.

Me encontraste y encerramos en un abrazo ese instante de reconocimiento. Cuando te envolví sentí el temblor de tus huesos encogiéndose. Tus ojos vibraban como si unas manos invisibles tensaran el reflejo del mundo.  De nuestro mundo. Supiste qué era la certeza.

Yo sólo buscaba perderme, no encontrarte. Tan solo quería un amor de cuatro días y un billete de vuelta escondido en la cartera. Pero te supe al instante. Recompuse las palabras que había hecho trizas, noté la burla de todas mis imposturas, transformadas en reales. Quise decir los nombres del amor, maldecir el silencio mientras devorabas mi piel, mientras lamías la sangre que brotaba de lo que fui. Los dos solos, en aquel andén convertido en un planeta para dos.

Ahora eres tú el que hace literatura, ¿lo ves? No somos tan distintos. Me pareciste atractivo y te besé con ganas, sin entender por qué parecías desorientado, tan indefenso entre mis brazos. Cuando entramos a la habitación del hotel, improvisaste unos versos torpes e inocentes, mientras yo esperaba en la cama a que te decidieras a desnudarme.

No. No fue así. Nunca has querido mostrarte desnuda. No del todo. Te gusta jugar demasiado conmigo. Recuerdo el tren, los ojos abiertos de aquella niña pequeña, su pequeño rostro contemplándome desde arriba, los gritos de su madre, todo aquel alboroto. Yo tendido en el suelo.  Todo es un poco confuso¿Pero poemas? Nunca he escrito poemas. Tú quieres que baje de nuevo a ese andén, que nos encontremos para arrancarme la piel, para convertirme en lo que no soy.  Yo que no soy, que no tengo alma, que apenas soy una imagen proyectada en los sueños de una chica vestida de negro.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Pasado el archipiélago





Kolia Vasilievich salió en silencio del enorme edificio de ladrillos amarillos y dirigió una mirada desorientada a la plaza de la Lubianka. El rostro era inexpresivo, de facciones demacradas, pero sus ojos brillaban mientras echaba mano al bolsillo remendado de los  pantalones, en busca de un pellizco de tabaco.

A pesar de conocerla desde que era un niño, la plaza le parecía extraña e infinita. Acostumbrado al hacinamiento y a la oscuridad, se sentía desprotegido bajo el cielo vítreo del invierno moscovita.  Era ya mediodía y todo el mundo pasaba presuroso ante él, como si el vaho que salía de sus bocas fuera un anzuelo que los arrastrara a sus quehaceres. Kolia observaba a los transeúntes como si asistiera a una función que le era ajena. Tal vez se acercaba la hora de la comida para aquellos más afortunados y querían llegar cuanto antes a sus hogares. O quizás trataban de eludir la sombra del edificio, pasar deprisa y corriendo, sin atreverse a levantar la mirada.

Era más probable lo segundo. En aquellos tiempos, no era aconsejable prestar atención a los desconocidos. Mucho menos, dado el aspecto andrajoso de Kolia, apenas un armazón de huesos al que habían colgado unos harapos. Hasta el más idiota o borracho hubiera reconocido que aquel desecho humano acababa de ser escupido por los engranajes del GULAG.

Una veintena por ser un héroe de guerra, sin posibilidad de esgrimir condecoraciones o vítores al poder de los soviets. La única ventaja de haber sido un combatiente veterano era que ya se había curtido en el campo de concentración alemán. Se estremecía con sólo evocar las largas noches de estrellas enjauladas. A pocos metros, los prisioneros ingleses y americanos recibían la ayuda de La Cruz Roja y eran tratados con el respeto que merecía su rango.

A él, sin embargo, de nada le valieron los galones de capitán. Era otro animal abandonado a su suerte, indigno de recibir ayuda de su gobierno, por el hecho ignominioso de haberse rendido al enemigo. El Ejército Rojo nunca se doblegaba y cualquier prisionero de guerra era sospechoso de traición a la patria.

Cuando la guerra acabó, Kolia regresó a su Moscú natal con ganas de olvidar todo el horror que se le había calado en los huesos. Podría conocer por fin a su hijo, que tendría ya dos años, y trataría de recuperar la paz en brazos de su Natasha. La capital bullía enfervorizada por la victoria y todo el mundo se preguntaba qué iba a pasar a partir de ese momento. La guerra llevaba años siendo la única realidad de los ciudadanos, así que se rellenó el silencio de las bombas con la férrea consolidación del modelo que les había llevado a todos hasta la victoria. No era un buen momento para incertidumbres o disidencias, sino la hora de ensalzar al Gran Padre.

Al llegar al barrio, Kolia encontró el vacío de una casa abandonada y noticias imprecisas sobre el paradero de su mujer. Una de las vecinas se limitó a decirle, antes de cerrar la puerta, que se olvidara de todo, que por lo que ella sabía, llevaban ella y el niño meses bajo tierra. El militar no quiso resignarse a la soledad, necesitaba pruebas más sólidas que las palabras de una vieja loca sobre la suerte que habían corrido los suyos.

Le costó varias semanas encontrar a Natasha. No le extrañó que le hubiera dado por muerto, que estuviera casada con otro hombre, ni siquiera le afectó la noticia de la muerte del  pequeño Nikolai. Al fin y al cabo, ella merecía vivir y él tenía la sensación de haberse ahogado en el barro mezclado con heces del campo de concentración de Polonia, por mucho que después hubiera sido liberado, que hubiera estado de nuevo bajo el pabellón de las tropas victoriosas, persiguiendo como perros a los que habían sido sus captores. Durante su cautiverio le habían arrebatado la dignidad, el orgullo, la palabra.

Regresó a su casa y esperó. No ofreció resistencia alguna cuando fue detenido. Sabía que muchos de sus compañeros de armas habían desaparecido y que cualquier día podía tocarle a él. La detención podía suceder en cualquier momento y no valían de nada las justificaciones ni los porqués. Ni siquiera era necesario demostrar culpabilidad alguna: el tiempo y los métodos adecuados harían el papel de juez y verdugo. Unos días sin dormir, o alojado en una celda tan estrecha en la que ni siquiera podía uno sentarse, obraban milagros. No fue tan estúpido como para confesar lo que querían oír a las primeras de cambio. Sabía que eso no agradaba a los jueces de instrucción. Fingió cierta resistencia, para luego acatar con indiferencia los veinte años en un campo de trabajo siberiano.

Un carraspeo a sus espaldas le sacó de sus divagaciones. Lárgate, más vale que no te veamos de nuevo por aquí, le dijeron, obligándole a alejarse. Con las rodillas temblando, empezó a cruzar la plaza, sin saber a dónde encaminar sus pasos. El mismo oficial que había entrado en Berlín subido a lo alto de un tanque, se veía ahora incapaz de inventar una nueva vida que no había pedido a nadie.

domingo, 23 de septiembre de 2012

YOUFEST, LA TIGRESA, WENDY SULCA Y LA MADRE QUE LOS TRUJO

Vuelvo a escribir una entrada al viejo estilo, como cuando mis sueños se veían perturbados por la presencia de seres entonces desconocidos para el gran público:  Wendy Sulca, Delfín Quispe o La Tigresa del Oriente.

Como muchos sabéis, dentro de poco se celebra en Madrid el YouFest, un encuentro demencial que va a mezclar a los antes mencionados con Rick Astley o Chimo Bayo, por citar dos ingredientes de esta macedonia delirante. Aquí, más información del cónclave satánico: Youfest

Y no, por mucho que hayan insistido mis amistades, no voy a asistir a ese festival. Reconozco que les dediqué varias entradas en su momento y estuve tan enfermo que llegué a analizar los vídeos de Wendy Sulca o Delfín Quispe. Pero aunque podría llegar a  ser divertido, no me hace gracia la crueldad subyacente del concierto, el lanzamiento de tomates cínicos desde nuestra supuesta superioridad cultural.

 No sé hasta qué punto La Tigresa o Wendy Sulca saben que merecen ser lapidadas y ascender a los altares del evangelismo andino. Tienen cierto aire de candor, una inocencia que me provoca  ternura, aunque sean unas sionistas maquiavélicas que nos están lavando nuestros cerebros europeos de neurona plana.

Que no, que no voy a ir al Youfest. Paso de ver a un rebaño de hipsters  (esa taxonomía de nuevo cuño que es menos definitoria que la de gafapasta malasañalavapiesinus) burlándose, de forma más o menos velada, de la parada de monstruos que se ha orquestado.

Espero haber resultado convincente, porque la razón real por la que no voy a ir es que mis neuronas tienen un límite y la sinapsis de horrores que se establece cuando uno empieza a picotear en Youtube me ha llevado hasta este horror sin nombre:


El mensaje del vídeo en cuestión me ha llegado hasta el tuétano: TRABAJA, FLOJO, TRABAJA. Dedícate a cosas más serias. No entres a describir el paso de baile del señor con un tocado de plumas que evoluciona frente a los aldeanos, en los colores que adornan el arco que enarbola la Tigresa, en la cara de acojone de ese cerdo salvaje acorralado que aparece al inicio de la canción, en la falta de correspondencia entre la letra y los movimientos de los labios (¡oh, los labios!) de la cantante simpar. O, sobre todo, ese momento en el que el revolucionado editor del videoclip, recorta la cara de la Tigresa en forma de corazón y la va moviendo por la pantalla, para volvernos turulatos del todo. No, no voy a perder el tiempo en eso, porque uno se hace mayor y tiene que asumir otras responsabilidades, hablar de cosas serias, joder.

P.S.: al finalizar esta entrada, me percato de que el vídeo oficial de la canción, mucho más coherente, es este, con la aparición de un señor muy flojo, recriminado por la Tigresa. Dejo ya a al buen juicio del lector valorar la calidad de uno y otro:



lunes, 23 de julio de 2012

ENTRADA AUTOMÁTICA: OUT OF BLOG

Esta es una entrada automática, generada por Blogger, debido los meses de inactividad del perpetrador del blog Desde Cicely con ardor. Mediante la misma, pedimos una disculpa genérica por su vagueza y bajeza a la hora de abandonar el blog a su suerte, sin esgrimir explicación alguna al respecto.

Ahórrese el lector tener que tragar con las consabidas excusas de cualquier bloguero, que detallamos a modo de advertencia para navegantes con su correspondiente traducción, en caso de que el autor tuviera la osadía de esgrimirlas:


- Estoy enfrascado en un proyecto más ambicioso (estoy por encima de vosotros y ando escribiendo la novela del s.XXII, aunque no creo que llegue con vida a acabarla).

- El amor ha llamado por fin a mi puerta. (por fin reuní el dinero suficiente para dar un buen uso a esa web de casaderas rusas por encargo).

- El formato blog está obsoleto, he de evolucionar (estoy enganchado en un puto nivel del Angry Birds).

- Necesito un escenario más estimulante (estoy cansado de que no me conteste ni El Tato. Voy a  soltar cualquier perogrullada demagógica en mayúsculas en Facebook para saciarme de feedback).

A la espera de más noticias del autor, disculpen el desorden del páramo.

domingo, 6 de mayo de 2012

CAMAS SEPARADAS


Se ha dormido antes que yo, como todas las noches. Me quedo solo, con mis cavilaciones, con ese deseo de soñar su piel, tan cercana pero a la vez tan negada. Nos separa más que una mesita de noche. Nos separa el desafecto, la falta de entendimiento. Siempre hemos sido de carácter muy distinto. Pero al principio de nuestra relación ¡parecíamos tan complementarios!

La luz de la luna entra por la pequeña ventana de la habitación, como curioseando extrañada por mis lamentos. No me atrevo a despertarle. ¡Es tan huraño! Hace tiempo que dormimos en camas separadas. Fue una decisión suya, claro. Nunca me convencieron las razones que esgrimió: comodidad, nuestros distintos horarios... En el fondo no había más que una razón, la falta de afecto, la frialdad que se había alojado de repente en su mirada. No se daba cuenta de que yo aún le amaba apasionadamente, que necesitaba sentir el calor de su cuerpo a mi lado, que me moría por abrazar su vientre liso, por peinar con los dedos sus gruesas cejas antes de besarle en la frente. Y ahora dos metros son todo un abismo. Un mar de dudas que no me atrevo aún a romper con mi voz. Escucho, en mi insomnio, su leve ronquido. Nunca me ha molestado. Me parece casi paternal. Él siempre ha sido quien ha puesto algo de cordura a nuestra relación, quien me ha dicho qué era lo conveniente cuando estaba equivocado. Su mundo es el mundo de las cosas que tienen nombre y lugar, donde no caben los sueños. ¡Es tan racional! Tal vez por eso prefiere la discreción, por miedo a perder nuestro trabajo. Teme que la gente del barrio chismorree sobre nuestra relación. ¡Qué más da que seamos del mismo sexo! Lo importante es el amor...

El amor, ese amor que parece que se nos está escapando. Sigue de cara a la pared, dándome la espalda. Le observo en silencio, como esperando que note mi mirada como una mano en su hombro. No puedo más. Su cuerpo esbelto es demasiada tentación, vence mi prudencia. Aunque sé lo que pasará, aunque preveo su enfado, sus palabras gruñonas, no puedo evitar decirle algo, alguna tontería que reclame su atención. Temo su reacción, pero me pueden las ganas de oír su voz, de recibir el improbable regalo de un “ven a la cama”. Tímidamente, casi susurrando, me dirijo a él desde la oscuridad.

- Blas, Blas...

- ¿Qué quieres, Epi?