Claro, uno tiene el concepto claro: hacer una pintada de la hostia, en pleno centro de Madrid, en la pared de un cine muy conocido, hacerse pasar por Bansky, el graffitero más famoso y a la vez anónimo del planeta, el Robin Hood del aerosol. La noticia está asegurada. Y ya puestos, que la mamarrachada sea enorme, que las letras se vean a kilómetros. Pero te has documentado mal, o te han traicionado los nervios. Y escribes mal Bansky. Joder, menuda cagada. Y Robert pasa y hace la foto de rigor.
jueves, 14 de octubre de 2010
jueves, 7 de octubre de 2010
NO PODRÉIS CONMIGO
Relato escrito para el taller del Bremen, con el tema "conspiración".
Ya va siendo hora de decir basta. Porque aunque la prudencia y los consejos de mis amigos más allegados dictan que debo ignorar las continuas provocaciones que de un tiempo a esta parte he soportado con estoicismo por parte de mis perseguidoras, hay circunstancias en las que un inesperado orgullo impele a los pusilánimes a tomar las riendas de su propio destino.
Y yo, en cuestiones de pusilanimidad, he de reconocer que soy prócer y bastante. Siempre he rehusado el conflicto en todas sus manifestaciones. Así que, de la misma manera que nunca me he quejado por la temperatura de una sopa o por la dureza o extremada elasticidad de un mendrugo, tampoco he sabido poner freno al acoso despiadado que sufro. Todas mis desdichas (disfrazadas de efímeros placeres), son una mácula imperecedera que condenará sin remisión a las mujeres que he conocido y que desde mi más tierna infancia han perseverado en su empeño por alejarme del recto camino de la castidad.
Desde siempre he sabido que bajo su aparente desprecio se esconde el deseo. Que la torva mirada de la mujer esconde un guiño, y su saliva escupida no es sino la promesa proyectada de un beso, una burda invitación a la carne. Bofetadas, insultos, desprecio, carcajadas castradoras ante la visión de mi sexo, no son sino ridículos recursos, rodeos parabólicos para convertir en meta el punto de partida.
Cada uno de mis poemas que acaba hecho trizas, cada carta de amor que es reciclada junto a la publicidad de un supermercado, cada relato abucheado en los talleres literarios a los que asisto, no son sino manifestaciones de su miedo, agazapadas ante la presencia de un macho al que no pueden evitar adular con su danza de cortejo cargada de gritos, insultos y aspavientos.
Mis amigos ignoran que todas sus novias lo son por mera estrategia, que su voluntad es única y férrea: acercarse a mí, estudiar mis gustos para poder complacerme. Me observan por encima del hombro de sus amantes cuando estos les besan, imaginando que es mi lengua la que se entrelaza con la suya, que son mis brazos los que rodean su cintura. Se lamentan por mi frío desprecio. Memorizan mis gestos, y sueñan con soñarme mientras esperan el momento para emboscarme.
La bestia con mil rostros no tiene ni nombre ni edad. Todas las mujeres son una, la misma que me sigue a todas partes, que se sienta cerca de mí en el cine, reconociendo mi buen gusto, tocándose bajo la luz del proyector que recorta mi silueta.
Empieza a costarme ignorarlas, recurrir al mito de las sirenas y taponar mis oídos con el queso del desprecio. Ni siquiera la literatura me sirve de cobijo, esa fiel compañera de viaje, que tantas veces me ha consolado en mi travesía. Desde Sade a Henry Miller, largas y satisfactorias han sido las lecturas, un báculo en el que apoyar mi mano temblorosa y cansada. Pero ya ni eso me queda. Triste consolación beber en fantasías ajenas, cuando están secas las propias.
Tal vez llegó el momento de ser devorado, de reconocer que no hay escapatoria. Pero quiero dejar constancia escrita antes de desaparecer en brazos de la lujuria. Estos días han llegado al extremo. Recurren a las más hábiles estrategias, se disfrazan de carteras y llaman a mi puerta, me roban una caricia al devolverme el cambio en una tienda, me aporrean excitadas cuando salgo desnudo a la calle para retar su osadía. Y, alcanzado el más retorcido grado de perversión, simulan prestar atención a los relatos que escribo.
viernes, 24 de septiembre de 2010
COQUETA
Os juro que la foto es mía, y que no es un montaje. A pesar de que no era de mi departamento, le eché morro y le hice una foto al puesto de trabajo de la chica más coqueta de la empresa, que se mira y retoca el maquillaje mientras trabaja. También útil para ver si algún jefe viene por detrás. O no.
jueves, 16 de septiembre de 2010
TÁPER
A mí lo que me sabe mal es no haberme dado cuenta de las señales que me enviaba a cada momento. Porque que mi Julián sea un cortado no ha sido nunca un problema en nuestro matrimonio. Y si lo conocí en aquel guateque fue gracias a los empujones que le dieron sus amigos para que se acercara a bailar conmigo, pero a mí no me importaba, porque era el más fino y elegante. Es algo que no me ha costado aceptar durante estos quince años de matrimonio, pero una cosa es tragarse los antojos y caprichos y otra que la persona con la que vives no ni siquiera capaz de pedir que le acerque el salero. Y en ese sentido me reconozco un poco torpe, porque debí enseñarle a ser egoísta, a pedir o incluso a exigir. En la cama, por ejemplo, cuando le entraba el gustirrinín parecía que se lo tragaba todo para dentro, como gargajo en catedral. Y yo, que nunca acababa de relajarme del todo, gritaba como intuía que a él le gustaba, eso cuando no teníamos hijos, claro, y digo yo que esas cosas son artes de mujer, que no hace falta ahora entrar en demasiados detalles, aunque usted debe de estar acostumbrado a ver de todo. Yo le ofrecía las tetas y los morros, intentaba moverme todo lo rápido que podía y ser sexy sólo para él. Lencería, la más cara, una ruina en picardías que yo esperaba que desgarrara, pero que acababa arrojando a la basura, de pura rabia. Pero nada, no había manera, se encogía como un bicho bola y se iba en silencio al baño. Y aunque parezca imposible, se las componía para fingir que se había…porque nunca lo hacía encima de mí, ni se sacaba el preservativo, con perdón, en el último momento. Menos cuando lo de mi Antonio y mi Laura, claro. Que ahora que son mayores y ya no viven en casa. Por eso pensaba yo que nos había llegado lo mejor de la vida, como no paraban de decirme mis amigas. Y el día que hicimos todas aquello del tapersex pensaba que me iba a morir de la risa con aquellas pililas, con perdón, de plástico, y las bolitas y todo aquello que no paraba de vibrar, que todas nos lo poníamos en la palma de la mano, pero sabíamos para qué coño servía. ¿Ve? Si es que soy una bruta, he hecho un chiste sin querer. Disculpe usted, son los nervios, que me hacen decir barbaridades, pero usted es joven y debe estar curado de espanto. La gente mayor como yo hemos tenido que aprender todo de nuevo. En los tiempos del Generalísimo todo eran tapujos y misterios bajo las faldas de las mujeres y de los curas. Lo del tapersex. Pues entre todas me convencieron de que comprara aquella cosa tan grande y negra, Mandingo, Mandingo, compra el Mandingo. Y ahora veo claro que lo decían con malicia, las muy brujas, que no querían sino burlarse de una servidora, que es un alma de cántaro en ciertas cuestiones. No, pero no se vaya, creo que aún estará dormido, no soy impaciente, tantos años esperando me han hecho casi de piedra. Pero aquella noche que me atreví a sacar el Mandingo de la caja pensaba que me moriría de vergüenza, porque no sabía si se iba a enfadar mi Julián, él que la tiene tan chiquirrina, aunque nunca me he quejado, pero es que era comparar aquella cosa que parecía de gorila con el altramuz, como yo le llamo, y era cosa de cabreo o de risa. Y él no supo ni qué cara poner, rojo de vergüenza y de rabia pensaba yo, y salió de la habitación dando un portazo, sin una palabra. Pensé que habría hecho alguna barbaridad, hasta que oí los ronquidos que llegaban desde el sofá del comedor. Así que la mañana siguiente, al levantarme y ver que había salido ya a jugar la partida en el bar, salí corriendo al mercado, para comprar carrillada de ternera, su plato favorito, que un mal trago con un buen bocado se remedia. Pero para mal trago el que me llevé al volver a casa y escuchar esos gritos de agonía que salían de nuestro cuarto. Y todo ayes, y disculpas, y vergüenza de la de verdad, corriendo a Urgencias y porque usted es un médico joven, que si lo llega a ver así el doctor Millán, que fue el que me llevó los partos, el disgusto hubiera sido mayor. Que no debí hacer caso a las amigas. Y dígame usted qué hago ahora yo con el Mandingo cuando se lo saquen.
miércoles, 18 de agosto de 2010
DOCTOR EN ALASKA / HOLLING VANCOEUR
Ya era hora de que pusiera una entrada dedicada a mi serie favorita. Tanto desde Cicely con Ardor, pero hasta que no he visto el parecido razonable de esta señora, en una terraza de Madrid, con el bueno de Holling, el dueño de The Brick, no me he atrevido a cortar la tarta.
martes, 10 de agosto de 2010
jueves, 5 de agosto de 2010
LA TERRAZA AJUSTICIADA
Esto, esto es lo que se merecen las terrazas veraniegas, muchas de ellas simples bares venidos a más, que aprovechan para duplicar el precio del poso del café y la altanería y capacidad de aislamiento acústico de algunos camareros.
La némesis de la estocada en plena cuenta es el uso y disfrute casi perenne de la mesa. Hasta que el culo aguante. El documento, captado en una terraza de Tirso de Molina, muestra a dos jovencitas capaces de ocupar toda una tarde la mesa de turno, haciendo caso omiso de la gente que espera a que terminen su consumición, a la mirada inquisitiva de la gente que espera sentarse, desdichados que ignoran que una de ellas esconde en el bolso una enorme bolsa de patatas que comen a escondidas, una a una, con calma, deshaciéndolas antes un poco con la saliva, antes de masticar la tarde con sus dentaduras postizas, de seguir hablando con total parsimonia, dueñas de la terraza, del tiempo, del verano. ¡Ay, pillinas!
La némesis de la estocada en plena cuenta es el uso y disfrute casi perenne de la mesa. Hasta que el culo aguante. El documento, captado en una terraza de Tirso de Molina, muestra a dos jovencitas capaces de ocupar toda una tarde la mesa de turno, haciendo caso omiso de la gente que espera a que terminen su consumición, a la mirada inquisitiva de la gente que espera sentarse, desdichados que ignoran que una de ellas esconde en el bolso una enorme bolsa de patatas que comen a escondidas, una a una, con calma, deshaciéndolas antes un poco con la saliva, antes de masticar la tarde con sus dentaduras postizas, de seguir hablando con total parsimonia, dueñas de la terraza, del tiempo, del verano. ¡Ay, pillinas!
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