No era necesaria la opinión de un otorrino o un especialista en conductismo para determinar la causa de la obsesión por todos conocida de Federico Arranz. Fue un grito al límite de la capacidad humana proferido por un hincha del Atleti a escasos quince centímetros de su pabellón auricular izquierdo.
El orondo bramador, sentado a sus espaldas, había luchado a todo pulmón contra la imposibilidad de que su extraordinario vozarrón llegara a ser percibido de forma inteligible por el árbitro que acababa de omitir la existencia de un penalti a favor del equipo local. Entre insultos e improperios tan poco originales como recurrentes en un campo de fútbol, una frase se incrustó en el mortificado subconsciente de Federico, que ignorando el desarrollo del juego, se entretenía retirando con los dientes la tripa del chorizo que acompañaba a bocados alternos con un tarugo de pan.
- ¡ES UNA VERGÜENZA!
Federico, criado en un ambiente familiar frío y distante y con una esposa que hacía mucho que se había convertido en un carámbano que pendía sobre su cabeza como único vínculo emocional, salió del estadio con el eco mortecino de aquellas palabras resonando en su cavidad craneal.
Es una vergüenza, es una vergüenza, es una vergüenza…
Sintió que aquella frase encerraba la respuesta que tantas veces había reprimido, que se enlazaba con otros ecos del pasado, conformando un todo que daba luz a su existencia. Luz ante la injusticia de las palizas recibidas en su niñez, ante el procaz desfile de amantes de su madre, que conformaron el vodevil erótico de su infancia y cuya presencia tanto daño había hecho en su posterior desarrollo sexual y afectivo: penes oscilantes avanzando por el pasillo del hogar, vello púbico en el cepillo de dientes, un ambiente depravado que no era sino tinta sobre la moral que le dictaban en la escuela.
Sin saber cómo, aquella frase gritada entre la multitud, supuso una obsesiva revelación. Empezó a soñar que aullaba por las calles, señalando con el dedo a los pecadores, a los que se agazapaban en una mediocridad disfrazada de éxito, a todos aquellos que se atrevían a proclamar medias verdades. Se imaginaba vestido de profeta, con largas barbas, ladrando como un perro pastor al asustado trasero de la masa en estampida.
Pero aquellas palabras no sólo le perseguían durante el sueño. Empezó a pronunciarlas en voz baja, acompañando cada uno de sus actos cotidianos. Cuando encontraba un pliegue molesto en las sábanas de la cama que acababa de hacer su mujer, cuando el ascensor tardaba en subir hasta su piso, o el hombre del tiempo anunciaba nubes y claros en la provincia de Soria. Empezó a quejarse de todo, sin atender a causas o razones. Y es que no había hecho, por insignificante que fuera, que se ajustara a su gusto.
Se volvió adicto a las manifestaciones. No importaba la ideología, el número de asistentes o la ciudad en la que se celebraba. Siempre acudía a todas las que podía y se abría paso a empellones, hasta alcanzar las primeras filas. Se le podía ver enarbolando un cartel sostenido por un largo palo en el que rezaba la frase iniciática.
¡ES UNA VERGÜENZA!
Marchas contra la explotación de las chinchillas, a favor de una segunda expulsión de los moriscos, por la denominación de origen de un molusco gaditano, por la aplicación de la pena de muerte para las abortistas... No importaba la causa ni la ideología. La base es que todo, TODO, era una vergüenza. Y uno no podía determinar con certeza si Federico iba a la manifestación para adherirse a los manifestantes o para protestar contra el mismo desarrollo de la misma. Su queja era genérica, categórica, universal.
Así que cuando empezó a ser un lugar común en todos los actos de esa índole, cuando un periodista se fijó en aquella figura enjuta y desgarbada que sostenía siempre un cartel que empezaba a resultar demasiado familiar y le señaló con el dedo, se convirtió en un personaje público. Empezó a asistir a tertulias televisivas, mítines y asambleas como invitado especial. Se quejaba de todo, sin necesidad de argumentar, pero con tal vehemencia que su opinión era tenida siempre en consideración. Con el paso de los años, los grupos de la oposición al gobierno, independientemente de cuál fuera el partido en el poder, reclamaban sus servicios, exprimían sus quejas y se frotaban las manos con el descubrimiento de aquella arma letal e implacable, capaz de recriminar la sonrisa de un recién nacido.
Cuando Federico Arranz fue invitado a asistir al palco de honor de la Final de la Copa de su Majestad el Rey, disputada entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, se creó más expectación por su presencia, que por la del monarca. Federico regresaba al lugar en el que empezó su nueva vida. Justo en el minuto ochenta y ocho, en el preciso instante en el que Leo Messi marcaba el noveno gol de la noche a favor de su equipo, empujando el balón al fondo de las redes con la ayuda de su nalga izquierda, el insigne quejica se levantó de repente, hizo el amago de gritar algo, y se desplomó hacia delante cayendo sobre las gradas situadas seis metros abajo. Al día siguiente, en todos los periódicos deportivos rezaba el mismo titular: INCONTESTABLE VICTORIA DEL BARÇA. Bajo el titular, una fotografía del fatal desenlace de Federico, con la cabeza enterrada entre dos sillas, convertido en un macabro avestruz asustado por aquella muerte tan ridícula como vergonzosa.
Robert Llopis, 2010
Relato escrito para el taller del Bremen, con el tema "vergüenza".
jueves, 18 de noviembre de 2010
miércoles, 27 de octubre de 2010
Shola jo bhadke
No, no es que me haya pasado con los vodkatonics. Aún no bebo entre semana. Es el título del tema que comparto a continuación, cortesía de un buen amigo, que me ha pasado el enlace, y que voy a dejar en el anonimato, a no ser que quiera desvelar su culpabilidad.
Antes de darle al críptico enlace de Youtube, esa caja de Pandora cotidiana, pensaba que podía tratarse del vídeo de Wendy Sulca cantando Like a virgin, de Madonna, ya que este amigo conoce mis enfermizas aficiones (no me he atrevido nunca con la Wendy adolescente, pura degeneración mediática). Pero no, se trata de un tema musical de una película bollywoodiense.
Los tambores iniciales me recordaron en un inicio la película Yo anduve con un zombie, pero nada más alejado del espíritu de la inquietante película de Tourneur. Se trata de una danza alegre, vital, campestre, sexual. Más de siete novias hawaianas para siete hermanos con camisas y sombreros de paja, con una sensualidad naïf, casi infantil. Claro que todos sospechamos el valor simbólico esas palmas que dan.
Buen rollo.
Antes de darle al críptico enlace de Youtube, esa caja de Pandora cotidiana, pensaba que podía tratarse del vídeo de Wendy Sulca cantando Like a virgin, de Madonna, ya que este amigo conoce mis enfermizas aficiones (no me he atrevido nunca con la Wendy adolescente, pura degeneración mediática). Pero no, se trata de un tema musical de una película bollywoodiense.
Los tambores iniciales me recordaron en un inicio la película Yo anduve con un zombie, pero nada más alejado del espíritu de la inquietante película de Tourneur. Se trata de una danza alegre, vital, campestre, sexual. Más de siete novias hawaianas para siete hermanos con camisas y sombreros de paja, con una sensualidad naïf, casi infantil. Claro que todos sospechamos el valor simbólico esas palmas que dan.
Buen rollo.
viernes, 22 de octubre de 2010
jueves, 21 de octubre de 2010
El 121
Las dos mujeres están sentadas cara a cara, en el interior del autobús. No se conocen, son dos extrañas en un medio de transporte público. Pura normalidad. Evitan cruzar la mirada, establecer cualquier vínculo personal que pueda resultar incómodo, pero se observan con disimulo.
Una de ellas, sentada en sentido opuesto al de la marcha del vehículo, tiene cuarenta y tantos años. Aparenta muchos más. No está maquillada y lleva el pelo mal recogido en un moño descuidado, propio de una anciana. Se encuentra ligeramente mareada, pero no se atreve a pedirle a la otra que le cambie el asiento. El autobús está repleto de gente, pero a todos los efectos, sólo nos interesan ellas dos.
La otra mujer es una chica de unos quince años. También aparenta más edad, pero no por las mismas razones. Está muy maquillada, y a todas luces intenta camuflar una cara que aún es de niña. Va vestida con ropa deportiva, masca chicle de forma nerviosa, y un chasquido rítmico se escapa de los auriculares con los que escucha música.
La mujer mayor tiene la sensación de ser escupida por la ciudad. Siente que nada contracorriente. Los edificios se alejan de ella, la apartan del barrio en el que ha pasado toda su vida.
La chica joven tiene prisa por llegar a su destino. En su mente, divide el trayecto, que ya conoce de memoria, por edificios y tiendas que reconoce. Ya queda menos. Pasan por una de esas fronteras invisibles que cuartean las ciudades.
La mujer no tiene ganas de llegar. Cualquier distracción le sirve. Se fija en la medalla dorada que luce la chica, cuyo brillo aletea sobre su cuello, impulsado por el traqueteo del autobús. Su hija tiene una muy parecida. De hecho, aquella chica se le parece bastante. Un poco más joven, quizás, pero similar en los gestos nerviosos: un bicho travieso, un culo inquieto. Las miradas de ambas se cruzan por un instante. Las dos tienen los ojos enrojecidos.
La chica oculta la medalla, con un rápido gesto, bajo la camiseta interior. No le gusta la forma en la que la está mirando aquella vieja. Sólo tiene ganas bajar del autobús, de ver a su chico, de seguir fumando. De lo que caiga.
La mujer mayor, incómoda por haber sido sorprendida espiando, vuelve a fijar la atención en la calle. Han parado en un semáforo, ante una farmacia. Odia el olor de las farmacias, de los hospitales, de todo aquello. No quiere llegar, tener que forzar la sonrisa al ver de nuevo a su hija, comprobar cómo se degrada día a día, o alegrarse por los espejismos de cura de esos días en los que la encuentra con mejor aspecto.
La chica no puede aguantar la risa. Le duele el estómago por haber reprimido tanto la carcajada que se le acaba de escapar. Ahora está hablando por el móvil, y eso le ayuda a disimular. Cuando pueda contárselo a Josito, se van a reír de lo lindo. Aquella vieja que no deja de mirarla, que seguramente la critica en silencio por la ropa que lleva, tiene un moco, un moco asqueroso y reseco colgando de la nariz. Qué asco. Su pequeña venganza va a ser no decirle nada, dejar que vaya por la calle con aquello pegado.
La mujer se estremece al oír la risa de la joven. Le recuerda otra que hace meses que no escucha. El mismo tono, la misma alegría. Una risa que ahora mismo no tiene precio.
Ambas bajan en la misma parada, Doce de Octubre. Se dirigen al hospital, algo habitual en usuarios de una línea como aquella. En la entrada principal, un joven recibe a la adolescente, la besa en los labios. Va vestido de celador.
La mujer pasa al lado de ambos y echa una última mirada a la chica. Ve cómo su novio desliza una caja en el bolso de ella. Se extraña un poco, pero prosigue su camino. Cuando atraviesa las puertas automáticas, el sonido de las carcajadas de ambos le llega con claridad. Su corazón se estremece al pulsar el número siete del ascensor.
jueves, 14 de octubre de 2010
¡BANKSY!
Tienes el blog medio muerto, y últimamente aprovechas las chorradas que ves por las calles de Madrid para ir acumulando paja con entradas facilonas. Claro, tienes la excusa de la novela, que te quita tiempo.Y entonces es cuando ves una enorme pintada por la calle, que te omnibula y alitera. Sobre todo te alitera. Bansky, Bansky, Bansky. Tienes claro que se escribe Bansky. Y enseñas la foto a tus amigos, te partes la caja porque crees estar en la onda. Y ellos se ríen de forma extraña, nadie te dice nada. Eres la leche, a pesar de no leer los suplementos culturales de los periódicos mayoritarios. Pero leíste algo sobre Bansky en un Qué!, o vete a saber dónde mierdas. Ahora has hecho el ridículo, deberías cerrar el blog, o fingir que ha sido una especie de juego surrealista. Menudo desprestigio, las gafas de pasta dan vueltas en la taza del WC, perdiéndose para siempre. Ya no piensas entrar por primera vez en la Filmoteca, o el Caixa Fórum. No se ha hecho la miel para la boca del asno. Se te ha prohibido el cielo, banned sky, nada de bansky. No vales para moderno, naciste el año del golpe de Pinochet.
¡¡¡BANKSY!!!!
¡¡¡BANKSY!!!!
¿BANSKY?
Claro, uno tiene el concepto claro: hacer una pintada de la hostia, en pleno centro de Madrid, en la pared de un cine muy conocido, hacerse pasar por Bansky, el graffitero más famoso y a la vez anónimo del planeta, el Robin Hood del aerosol. La noticia está asegurada. Y ya puestos, que la mamarrachada sea enorme, que las letras se vean a kilómetros. Pero te has documentado mal, o te han traicionado los nervios. Y escribes mal Bansky. Joder, menuda cagada. Y Robert pasa y hace la foto de rigor.
jueves, 7 de octubre de 2010
NO PODRÉIS CONMIGO
Relato escrito para el taller del Bremen, con el tema "conspiración".
Ya va siendo hora de decir basta. Porque aunque la prudencia y los consejos de mis amigos más allegados dictan que debo ignorar las continuas provocaciones que de un tiempo a esta parte he soportado con estoicismo por parte de mis perseguidoras, hay circunstancias en las que un inesperado orgullo impele a los pusilánimes a tomar las riendas de su propio destino.
Y yo, en cuestiones de pusilanimidad, he de reconocer que soy prócer y bastante. Siempre he rehusado el conflicto en todas sus manifestaciones. Así que, de la misma manera que nunca me he quejado por la temperatura de una sopa o por la dureza o extremada elasticidad de un mendrugo, tampoco he sabido poner freno al acoso despiadado que sufro. Todas mis desdichas (disfrazadas de efímeros placeres), son una mácula imperecedera que condenará sin remisión a las mujeres que he conocido y que desde mi más tierna infancia han perseverado en su empeño por alejarme del recto camino de la castidad.
Desde siempre he sabido que bajo su aparente desprecio se esconde el deseo. Que la torva mirada de la mujer esconde un guiño, y su saliva escupida no es sino la promesa proyectada de un beso, una burda invitación a la carne. Bofetadas, insultos, desprecio, carcajadas castradoras ante la visión de mi sexo, no son sino ridículos recursos, rodeos parabólicos para convertir en meta el punto de partida.
Cada uno de mis poemas que acaba hecho trizas, cada carta de amor que es reciclada junto a la publicidad de un supermercado, cada relato abucheado en los talleres literarios a los que asisto, no son sino manifestaciones de su miedo, agazapadas ante la presencia de un macho al que no pueden evitar adular con su danza de cortejo cargada de gritos, insultos y aspavientos.
Mis amigos ignoran que todas sus novias lo son por mera estrategia, que su voluntad es única y férrea: acercarse a mí, estudiar mis gustos para poder complacerme. Me observan por encima del hombro de sus amantes cuando estos les besan, imaginando que es mi lengua la que se entrelaza con la suya, que son mis brazos los que rodean su cintura. Se lamentan por mi frío desprecio. Memorizan mis gestos, y sueñan con soñarme mientras esperan el momento para emboscarme.
La bestia con mil rostros no tiene ni nombre ni edad. Todas las mujeres son una, la misma que me sigue a todas partes, que se sienta cerca de mí en el cine, reconociendo mi buen gusto, tocándose bajo la luz del proyector que recorta mi silueta.
Empieza a costarme ignorarlas, recurrir al mito de las sirenas y taponar mis oídos con el queso del desprecio. Ni siquiera la literatura me sirve de cobijo, esa fiel compañera de viaje, que tantas veces me ha consolado en mi travesía. Desde Sade a Henry Miller, largas y satisfactorias han sido las lecturas, un báculo en el que apoyar mi mano temblorosa y cansada. Pero ya ni eso me queda. Triste consolación beber en fantasías ajenas, cuando están secas las propias.
Tal vez llegó el momento de ser devorado, de reconocer que no hay escapatoria. Pero quiero dejar constancia escrita antes de desaparecer en brazos de la lujuria. Estos días han llegado al extremo. Recurren a las más hábiles estrategias, se disfrazan de carteras y llaman a mi puerta, me roban una caricia al devolverme el cambio en una tienda, me aporrean excitadas cuando salgo desnudo a la calle para retar su osadía. Y, alcanzado el más retorcido grado de perversión, simulan prestar atención a los relatos que escribo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

