lunes, 19 de julio de 2010
Aquí me quedo
Nada más y nada menos que uno de esos momentos en los que uno pone una marca en el camino o dobla la esquina de un libro, un aquí estuve, aquí me quedo, de la forma más frívola y gratuita posible: la mirada del miope adherida a los objetos más cercanos, limpia de cristales turbios, el verde hirsuto del césped convertido en un pequeño bosque por el que lanzar la mirada en pos de una liana con la que cortar este caldo que no viento de calendas y distraerse en las mil y una burbujas de la cerveza más fría del mundo, mientras ella habla de saltos y piruetas que no son nunca demasiado complicadas, de viejas historias en blanco y negro con un guión imposible de dictar, aquí se conocieron y el agua de la piscina a mis espaldas parece reposar la tarde, queriendo ser espejo o testimonio, o espalda varada sobre la cama, mientras deseo ser hervíboro, trasegar todo ese color verde por la garganta, quedar en paz con la tierra, husmear los caminos en busca del rastro del Gran Circo, y volver a trabajar como enano borracho para Lynch, en aquel gran espectáculo en el que no son necesarias las redes, donde todos los buenos trapecistas guardamos un vuelo bajo la manga.
viernes, 2 de julio de 2010
EL RASTRO DEL CARACOL
Escrito para el taller del Bremen, con el tema "un paseo".
Julián se considera una persona limpia y escrupulosa, menos los domingos. A sus setenta y tres años se las ve y se las desea para meterse en la bañera, una operación semanal que realiza con la cautela de un gato escaldado. Considera preferible asearse solo, asumir el riesgo de desnucarse contra el borde de la bañera y sufrir una muerte torpe y estúpida a soportar la humillación de de ver la cara de asco de su hija mientras le frota las carnes flácidas con guantes y esponja.
Y es que los domingos Julián no puede perderse su paseo por el Rastro, salvo diluvio, entierro o enfermedad. Nada más salir del portal, encopetado con el porte que le da su viejo sombrero de fieltro y el sempiterno traje de tantos domingos, fantasea con que alguien preste atención a las quejas que masculla nada más atravesar el viejo portal de la corrala donde ha pasado toda su vida, en plena Plaza de Cascorro.
- Esto no es lo que era.
La raya de planchado que surca las perneras de sus pantalones de pinza, trazada con minuciosa precisión por la joven asistenta que la familia le ha encasquetado para la limpieza y cuidado de la casa, se transforma en la picuda proa de cada uno de sus pasos, pausados pero fieles a una trayectoria de caracol que lleva repitiendo desde hace décadas.
Su paseo dominical por el Rastro tiene un orden invariable. Deja para el final la parte más populosa, la que más detesta, el marasmo de Ribera de Curtidores, el paraíso de las bragas de gitana, como le gusta llamarlo. Así que empieza por aquellos establecimientos umbríos y cargados del polvo plomizo de las lustros, en los que tiene la seguridad de que será reconocido y escuchado. Las librerías de viejo del ala derecha del rastro, un galimatías que da fe de la excesiva producción editorial del siglo XX, en las que uno puede encontrar desde un ejemplar ilustrado de El Quijote, a un manual de cocina de la Sección Femenina , con ilustraciones de jovencitas tan sumisas y afanosas como sonrientes, o si uno sabe buscar bien, alguna que otra novela picante con sus páginas arrugadas.
Julián nunca compra un libro, pero manosea todos los que puede, sin tener el más mínimo reparo en doblarlos, sopesarlos y despreciarlos tanto física como literariamente. Todos sus juicios son peyorativos, con la finalidad no sólo de sacar de quicio a los libreros que le tienen más que calado, sino de justificarse como alguien cuyas lecturas le han enseñado que libros buenos hay dos o tres, sin mencionar cuáles.
Abandonado el caos de las letras, se sumerge en la certeza de la religión. Tallas, rosarios, iconos, biblias y cuadros oscurecidos por el paso del tiempo, falsos Caravaggios ahumados por centenares de cirios votivos. Como antiguo maestro salesiano, no puede evitar estremecerse ante la visión de tantos mártires en pleno sufrimiento, vírgenes que nunca dan el pecho o cruces que hace mucho que han sido descolgadas. En ese tipo de tiendas, Julián no hace comentario alguno, se muestra contrito, reflexionando para sus adentros sobre la proximidad de su muerte y las expectativas de acceso a una vida eterna entre laúdes angelicales.
Cuando llega a su tienda de antigüedades preferida, en la calle Carlos Arniches, Julián empieza a mostrar ciertos síntomas de premura: allí la cita es obligada. Todas las semanas entra en el establecimiento para comprobar que nadie ha comprado una antigua caja de galletas que el vendió allí hace un par de años, temeroso de que sus hijos la descubrieran a su muerte, donde el adolescente que fue guardaba estampillas eróticas. Estuvo a punto de tirar el viejo recipiente metálico a la basura, pero no pudo desprenderse del todo de ellas. Así que se dedicaba a comprobar que nadie había adquirido la caja para usarla como decoración. Incluso en alguna de sus visitas, Julián se había atrevido a esconderla un poco entre tanto cachivache, para asegurarse de que a la semana siguiente la volvería a encontrar. Notaba una sensación de alivio, una leve tibieza en el pecho cada vez que sus dedos artríticos y arrugados recorrían las curvas bidimensionales de aquellas ilustraciones picantonas, que tantas alegrías le habían proporcionado, y que ahora no harían sonrojar ni a un niño de nueve años. La enfermera, la secretaria, la torera, incluso una monja pechugona, formaban una baraja concupiscente, dispuestas para jugar la mejor de las manos.
Animado por el recuerdo de tiempos mejores, el viejo maestro se veía con fuerzas y ganas de remontar la cuesta de Ribera de Curtidores, atestada de turistas acalorados, la mayoría de los cuales ni siquiera se detenía en ninguno de los numerosos puestos de venta, sino que se dedicaban a avanzar con ritmo procesional a base de leves empellones. Julián sabía que iba a tardar más de media hora en recorrer los quinientos empinados metros que distaban desde la Ronda de Embajadores a su casa, pero no le importaba en absoluto. Como si hubieran cobrado vida en virtud de su reavivada fantasía, numerosas jovencitas con más carne al aire que ropa sobre ella le rodeaban sin apenas reparar en su presencia. Al fin y al cabo, no era más que un simple viejo que lucía un sombrero extravagante, tal vez un poco torpe, que las empujaba para abrirse paso, que empezaba a oler a sudado, y que hasta el próximo domingo no iba a ducharse, olvidando a conciencia la ropa interior perfectamente doblada en el cajón de la mesita.
Robert Llopis, 30/06/10
jueves, 17 de junio de 2010
MADRID, AÑO CERO.
Relato para el taller del Bremen de ayer, con el tema "La primera vez".
Llegué a Madrid por primera vez a los tres años de vivir en la ciudad.
Un año cero se lo inventa uno más cuando quiere que cuando puede, así que tras marcarme las consignas adecuadas, harto del tiempo perdido en una rutina demasiado acomodaticia, elegí una entrada en escena casual, un momento para el recuerdo construido con plena conciencia de estar troquelando una foto que nacía vieja. A la salida del taller de relatos en el que trataba desde hacía meses de congraciarme con la literatura y con mis ganas de todo, Jota el Escribiente me ofreció volver a casa en su moto.
Rehusé la propuesta en un inicio, aunque la idea me parecía tentadora. No sólo por ahorrarme el consabido viaje en metro desde Tribunal, con la segura compañía de una recua de adolescentes cargados de hormonas y alcohol, que ignorarían sin ninguna duda la portada del libro que iba a esgrimirles a modo de inútil escudo y carta de presentación, sino porque la última vez que había subido a una moto, había sido en la Puch Cóndor de mi padre, cuando yo tenía doce años. Y me acojonaba la idea.
Habría aquí que detenerse un instante y montar caballete y lienzo para hacer un rápido esbozo de Jota. Cordobés de pura cepa, empapado en barrio, espigado en nervio y verbo, tenía el don de convertir todos los caminos en atajos y todas las dudas en palabras marcadas por las precisas dentelladas de platino de quien sabe de qué va la vida. Como poco.
Y allí estaba yo, la Hormiga Atómica a punto de derribar la moto con la torpeza de su peso analfabeto en elasticidad al tratar de encaramarse al sillín, con su cabeza ensanchando las paredes del casco hasta dejarlo inservible, y el temor ahogado de quien simula crecerse.
No fue sólo la renovada experiencia de viajar en moto, los recuerdos que se entremezclaban con aquella nueva perspectiva de la ciudad, sobre la calzada, sino más bien las palabras de Jota sobre su experiencia en la capital, en su barrio, con su gente, las que me transportaron a un nivel de consciencia en el que me reconocí resucitado. Lázaro, levántate y anda, pero haz algo más: escribe, bebe, disfruta, ama. Menos fotosíntesis y más polinizar.
Mientras hablaba a gritos con Jota, aleccionado por su discurso entusiasta y vitalista, y por la seguridad que ya a esas alturas del viaje me imponía su zigzaguear de abejorro avezado, me pude relajar, dedicándome a captar con la mirada escenas de la noche de Madrid. Nada de alardes o euforias: necesitaba cierto distanciamiento para disfrutar al completo de aquel viaje iniciático.
Una marica esquelética le enseñaba una cicatriz justo al lado del ombligo a su anabolizada Ana Bolena en un banco de la plaza de Chueca, un grupo de adolescentes con sus cencerros, las inconfundibles bolsas color verde chino cargadas de botellas, atravesaban un paso de cebra con arrogante parsimonia, un perro de marca cagaba en la acera mientras su dueña parloteaba por el móvil, tratando de hacerse la despistada, y de frente, el arco voltaico en el que se reflejaban todas las luces de la ciudad, la superficie del casco de Jota, atravesaba la calle Alcalá, las candilejas corredizas de la ciudad que nos abocaban en brazos de la noche, o de algún escote.
Cuando llegamos a La Latina, hogar y guarida de mi barbudo camarada, Jota me reconvino por mi obstinada reticencia a abandonar la maraña de Lavapiés, su mezcla de cruda realidad y escondite para artistas por descubrir y olvidar, el lugar donde la basura desparramada sobre la acera de un cubo de basura se transformaba al instante en una performance, para adictos a la sopa boba. Consciente del abismo tan estrecho como profundo que nos separaba, di un salto y me puse de su lado a la tercera caña, casi convencido de acabar cambiando de barrio, y pasar a mejor vida.
Un simple viaje en moto me había puesto sobre el circuito adecuado, presto a dar vueltas de nuevo, pero con un estilo mejorado, o al menos distinto.
Cuando llegué a casa, sentía la imperiosa necesidad de escribir la experiencia arrebatadora que había tenido, ese éxtasis kármico que me iba a llevar a mejores puertos, a desarrollar de una vez por todas mi innegable potencial como escritor y, mejor aún, como persona. Sí, todo iba a cambiar, notaba la inminencia del destino.
Al mes de aquel chispazo de euforia, escribí la primera frase de este relato y la metí en un cajón de mi habitación sin ventanas. La tortuga empezaba a moverse.
Llegué a Madrid por primera vez a los tres años de vivir en la ciudad.
Un año cero se lo inventa uno más cuando quiere que cuando puede, así que tras marcarme las consignas adecuadas, harto del tiempo perdido en una rutina demasiado acomodaticia, elegí una entrada en escena casual, un momento para el recuerdo construido con plena conciencia de estar troquelando una foto que nacía vieja. A la salida del taller de relatos en el que trataba desde hacía meses de congraciarme con la literatura y con mis ganas de todo, Jota el Escribiente me ofreció volver a casa en su moto.
Rehusé la propuesta en un inicio, aunque la idea me parecía tentadora. No sólo por ahorrarme el consabido viaje en metro desde Tribunal, con la segura compañía de una recua de adolescentes cargados de hormonas y alcohol, que ignorarían sin ninguna duda la portada del libro que iba a esgrimirles a modo de inútil escudo y carta de presentación, sino porque la última vez que había subido a una moto, había sido en la Puch Cóndor de mi padre, cuando yo tenía doce años. Y me acojonaba la idea.
Habría aquí que detenerse un instante y montar caballete y lienzo para hacer un rápido esbozo de Jota. Cordobés de pura cepa, empapado en barrio, espigado en nervio y verbo, tenía el don de convertir todos los caminos en atajos y todas las dudas en palabras marcadas por las precisas dentelladas de platino de quien sabe de qué va la vida. Como poco.
Y allí estaba yo, la Hormiga Atómica a punto de derribar la moto con la torpeza de su peso analfabeto en elasticidad al tratar de encaramarse al sillín, con su cabeza ensanchando las paredes del casco hasta dejarlo inservible, y el temor ahogado de quien simula crecerse.
No fue sólo la renovada experiencia de viajar en moto, los recuerdos que se entremezclaban con aquella nueva perspectiva de la ciudad, sobre la calzada, sino más bien las palabras de Jota sobre su experiencia en la capital, en su barrio, con su gente, las que me transportaron a un nivel de consciencia en el que me reconocí resucitado. Lázaro, levántate y anda, pero haz algo más: escribe, bebe, disfruta, ama. Menos fotosíntesis y más polinizar.
Mientras hablaba a gritos con Jota, aleccionado por su discurso entusiasta y vitalista, y por la seguridad que ya a esas alturas del viaje me imponía su zigzaguear de abejorro avezado, me pude relajar, dedicándome a captar con la mirada escenas de la noche de Madrid. Nada de alardes o euforias: necesitaba cierto distanciamiento para disfrutar al completo de aquel viaje iniciático.
Una marica esquelética le enseñaba una cicatriz justo al lado del ombligo a su anabolizada Ana Bolena en un banco de la plaza de Chueca, un grupo de adolescentes con sus cencerros, las inconfundibles bolsas color verde chino cargadas de botellas, atravesaban un paso de cebra con arrogante parsimonia, un perro de marca cagaba en la acera mientras su dueña parloteaba por el móvil, tratando de hacerse la despistada, y de frente, el arco voltaico en el que se reflejaban todas las luces de la ciudad, la superficie del casco de Jota, atravesaba la calle Alcalá, las candilejas corredizas de la ciudad que nos abocaban en brazos de la noche, o de algún escote.
Cuando llegamos a La Latina, hogar y guarida de mi barbudo camarada, Jota me reconvino por mi obstinada reticencia a abandonar la maraña de Lavapiés, su mezcla de cruda realidad y escondite para artistas por descubrir y olvidar, el lugar donde la basura desparramada sobre la acera de un cubo de basura se transformaba al instante en una performance, para adictos a la sopa boba. Consciente del abismo tan estrecho como profundo que nos separaba, di un salto y me puse de su lado a la tercera caña, casi convencido de acabar cambiando de barrio, y pasar a mejor vida.
Un simple viaje en moto me había puesto sobre el circuito adecuado, presto a dar vueltas de nuevo, pero con un estilo mejorado, o al menos distinto.
Cuando llegué a casa, sentía la imperiosa necesidad de escribir la experiencia arrebatadora que había tenido, ese éxtasis kármico que me iba a llevar a mejores puertos, a desarrollar de una vez por todas mi innegable potencial como escritor y, mejor aún, como persona. Sí, todo iba a cambiar, notaba la inminencia del destino.
Al mes de aquel chispazo de euforia, escribí la primera frase de este relato y la metí en un cajón de mi habitación sin ventanas. La tortuga empezaba a moverse.
viernes, 21 de mayo de 2010
ONLY THE LONELY
(potadita bremenauta)
Han cerrado las fronteras. El rastro de pelos rasurados sobre la pila del baño confirma este extremo. Los contemplo distraído, jugando a adivinar alguna forma, mientras trato de restar importancia a la abundancia de canas y pienso en el absorbente abismo de los andenes, en la absurda épica del abandono.
El mapa plegado de un país que nunca visitaré atraviesa mi estómago, absorbe un grito mal digerido. De norte a sur, la cordillera de los cobardes sueña con incendios redentores, y las paredes de mi habitación se pliegan hasta conformar montes que devoran el horizonte, que planean sepultarme mientras cuchichean a mis espaldas.
La certeza que me acechaba desde hace tiempo sopla sobre mi nuca, y no me queda sino reconocer que renunciar para siempre al viaje tal vez sea la mejor de las soluciones. No más vida especular. Giro la llave del agua con un gesto mecánico y el agua arrastra los restos de jabón y suciedad hacia la oscuridad.
Han cerrado las fronteras. El rastro de pelos rasurados sobre la pila del baño confirma este extremo. Los contemplo distraído, jugando a adivinar alguna forma, mientras trato de restar importancia a la abundancia de canas y pienso en el absorbente abismo de los andenes, en la absurda épica del abandono.
El mapa plegado de un país que nunca visitaré atraviesa mi estómago, absorbe un grito mal digerido. De norte a sur, la cordillera de los cobardes sueña con incendios redentores, y las paredes de mi habitación se pliegan hasta conformar montes que devoran el horizonte, que planean sepultarme mientras cuchichean a mis espaldas.
La certeza que me acechaba desde hace tiempo sopla sobre mi nuca, y no me queda sino reconocer que renunciar para siempre al viaje tal vez sea la mejor de las soluciones. No más vida especular. Giro la llave del agua con un gesto mecánico y el agua arrastra los restos de jabón y suciedad hacia la oscuridad.
sábado, 8 de mayo de 2010
CRIMEN Y CASTIGO (relato bremenauta)
...un hombre sólo muere cuando ha hecho lo que debe o cuando es absolutamente imposible que lo haga ya...y esa es la diferencia entre el cielo y el infierno...." Gaón de Vilna
La bicicleta plegable de Belo, que tanto le gusta lucir en las terrazas de Lavapiés, baja a una velocidad endiablada trazando una trayectoria no contaminante por la cuesta de la calle Calvario, y tan afecto a la nostalgia televisiva como es, se cree por un instante el Indurain del 92, oliendo el culo a Claudio Chiapucci en el descenso de un puerto de montaña, rumbo a Sestrières. Satisfecho por la precisión visual de este recuerdo, pero tardo al freno, su estúpida sonrisa y los mil euros de fibra de vidrio por los que ha renunciado a tantas cosas atraviesan, cual caballo azuzado con guindilla, el cristal del escaparate de la frutería pakistaní de la esquina, y entran de forma sorprendente por la puerta entreabierta de la trastienda, hasta colisionar contra unas cajas repletas de cartones de tabaco de marcas variadas.
Un fuerte olor le despierta, y siente el escozor del humo de un cigarro al abrir los ojos. y el frío de las baldosas bajo su espalda. Un hombre alto y delgado, con una barba cuidada y tupida, a ambos lados de la cual se despliegan dos grandes orejas, le observa mientras fuma, con una expresión marcada por la sorprendente separación entre sus dos ojos. Al principio, Belo cree reconocer en él al dueño del establecimiento, hombre barbudo y cetrino al que tantas veces ha recurrido en sus largas noches de insomnio creativo para abastecerse de víveres, pero su salvador tiene la piel blanca y sus gestos son precisos y delicados, así como sus palabras, que suenan con un acento que resulta a la vez argentino y afrancesado.
– Y ahora vos me dirás qué carajo hacés en mi departamento, boludo.
El hombre le tiende la mano, presto a ayudarle a levantarse, pero Belo prefiere permanecer tendido en el suelo, observando a su alrededor, receloso por las palabras del extraño, y reclamando con su mirada una ayuda más cualificada y comprensiva que sepa valorar el alcance de sus más que probables lesiones cerebrales. Y es que no se encuentra en la trastienda del economato pakistaní, sino en lo que parece ser una buhardilla decorada de forma austera, repleta de libros y legajos, y con un único ventanuco al fondo, a través del cual se filtra la luz amarillenta de las farolas. Esté donde esté, es de noche. Con toda seguridad, debe haberse desmayado a consecuencia del golpe y alguien ha aprovechado su desgraciado accidente para secuestrarlo, conocedor de su valía como...
El desconocido le atiza en la frente con un pesado libro que ocultaba tras la espalda. No le da tiempo a fijarse en el título. El golpe resuena en su cabeza con un bloom.
… como futura promesa de las letras, y ahora que navega entre las vibraciones de su propia cabeza, que el libro con el que le ha golpeado aquel extraño barbudo parece haber sacudido con un toque preciso el cóctel, lo ve todo claro, las palabras cobran un nuevo sentido, se diluyen unas en otras como bronce fundido sobre el molde de todo aquello que tiene ganas de gritar al mundo: su talento será reconocido, llegará el día en el que alguien advierta su valía, su básica valía, su bahía evadida, su bacía vacía, vanidad balida…
– ¡Beeeee!
Una oveja mordisquea las nutritivas rastas de Belo, desparramadas sobre su rostro. Su nariz aguileña corre el riesgo de ser seccionada y aparta con un gesto brusco al lanudo rumiante. La luz del sol le ciega y no distingue a su alrededor más que una casa de adobe, auténtica en su pobreza y austeridad, la misma en la que se alojó en su viaje iniciático y auténtico de quince días por el norte de África. Sólo que esta vez no se encuentra en ella el amable anciano que le ofreció un té auténtico con una sonrisa falsa, y cuyo nombre olvidó al quemarse la lengua con el primer sorbo.
El hombre que le contempla de cuclillas bajo la sombra del toldo de la entrada, le ofrece un gesto conmiserativo, pero no hace el mínimo ademán para ayudarle a levantarse. Está concentrado dibujando una figura con tiza sobre el suelo de la calle. Belo se incorpora con dificultad y cubre sus ojos con la mano, a modo de visera, para protegerse de la intensa luz, mientras se acerca al hombre, que ha retomado su actividad, ignorándole por completo.
La sombra de la joven promesa de la literatura underground se proyecta sobre la espalda del dibujante, que le dirige una mirada iracunda y abandona su tarea. Se incorpora con agilidad, y Belo puede por fin contemplar la obra pictórica: una extraña cruz compuesta de cuadriláteros. En el extremo superior del brazo vertical del símbolo de tiza, dos únicas letras: JC. El hombre que ha dibujado la cruz retira la capucha que cubre su rostro, y Belo reconoce facciones al instante. Es el mismo que le ha golpeado con el libro. La barba, la extraviada expresión de aquellos ojos de camaleón son inconfundibles, pero esta vez no tiene dudas sobre su identidad.
– ¿Je… Jesús?
– ¡Julio, boludo, Julio! – grita el enfurecido berebere, al mismo tiempo que le arroja un puñado de tierra a los ojos.
Belo, cegado por completo, recuerda las dos clases de Aikido a las que ha asistido hace un mes, y pone en práctica las técnicas aprendidas en ellas, tratando de golpear al así llamado Julio a base de agitar los brazos con la mayor velocidad y menor de las precisiones, con el fin de impactar por pura suerte a su agresor o al menos arrancarle las barbas. No obtiene sino un severo encontronazo contra el muro de adobe, que resquebraja en parte con su testuz, antes de caer de nuevo desmayado.
Cuando recobra el conocimiento, lo primero que ve es una cajetilla de Marlboro sin sello, desparramada ante sus narices. Aunque hace dos años que ha dejado de fumar, coge un cigarro, se lo planta en la oreja, se incorpora con calma, y sale de la tienda haciendo caso omiso a los gritos enfurecidos del dueño de la frutería. Entra sin decir una sola palabra en el pub de la esquina de enfrente, uno de los centros neurálgicos de la intelectualidad lavapiesina, pide un tercio bien frío de cerveza, y confiesa a la camarera que nunca ha leído Rayuela.
Robert Llopis 05/05/2010
martes, 27 de abril de 2010
Crimen y Castigo
Decir que esta tarde me he estremecido al acabar de leer Crimen y castigo en el tren, tras salir del trabajo, es poco. He tenido que disimular las lágrimas, extrañamente emocionado por el epílogo. O es la primavera, o estoy acabado. La sensación de satisfacción, de reencuentro con la literatura, ha sido inmediata. No recuerdo cuándo lo leí por primera vez, pero calculo que hará unos veinte años, así que al pasar la última página había dado por finalizada una de esas relecturas que uno encara con el miedo a la decepción, bien sea por los cambios que uno mismo ha sufrido, o por la perspectiva más amplia que le da a uno ir hurgando en la literatura, hasta darse cuenta de que no puede con ella.
Recuerdo que mi primera lectura de la novela de Dostoyevski fue en una vieja edición de mi abuelo, uno de esos libros que me rodeaban en mi habitación a modo de iconos, dejados allí quién sabe si por falta de espacio en la casa, o como un cebo puesto por mi padre para encauzar mis lecturas hacia autores de más allá de los Urales. Fuera como fuera, al cabo de los años el genial escritor ruso es el autor que más he leido, aunque no sea con el que más he disfrutado. Porque tenía que solventar el encontronazo con unas traducciones farragosas y decimonónicas, en las que uno tenía que destilar el temperamento de los personajes, la fuerza de las pasiones, que parecían semienterradas entre tanta parafernalia retórica.
Aun y así, guardaba un grato recuerdo, sobre todo de Crimen y castigo, El jugador y Los hermanos Karamazov o Humillados y ofendidos, un recuerdo que se ha visto reconfortado con la lectura que acabo de finalizar de la primera de las novelas. Las tribulaciones del atormentado Raskolnikov, la miseria confrontada a la vileza, el tratamiento de temas que resultarían más que escabrosos en su momento (prostitución, asesinato, corrupción, ateísmo, o incluso pederastia), hacen de esta novela un clásico que considero aún contemporáneo. Un personaje como el decadente Svidrigailov, tal vez un alter ego del propio escritor, por poner un ejemplo, es impagable.
Hay libros con los que es mejor quedarse con el recuerdo de la ilusión de la primera lecura. Seguramente, si releyera (por décima vez) la saga de Tolkien, me echaría las manos a la cabeza o me aburriría soberanamente. Pero Dostoyevski ha ganado muchos enteros con el paso de los años, o tal vez yo he perdido demasiado...
Recuerdo que mi primera lectura de la novela de Dostoyevski fue en una vieja edición de mi abuelo, uno de esos libros que me rodeaban en mi habitación a modo de iconos, dejados allí quién sabe si por falta de espacio en la casa, o como un cebo puesto por mi padre para encauzar mis lecturas hacia autores de más allá de los Urales. Fuera como fuera, al cabo de los años el genial escritor ruso es el autor que más he leido, aunque no sea con el que más he disfrutado. Porque tenía que solventar el encontronazo con unas traducciones farragosas y decimonónicas, en las que uno tenía que destilar el temperamento de los personajes, la fuerza de las pasiones, que parecían semienterradas entre tanta parafernalia retórica.
Aun y así, guardaba un grato recuerdo, sobre todo de Crimen y castigo, El jugador y Los hermanos Karamazov o Humillados y ofendidos, un recuerdo que se ha visto reconfortado con la lectura que acabo de finalizar de la primera de las novelas. Las tribulaciones del atormentado Raskolnikov, la miseria confrontada a la vileza, el tratamiento de temas que resultarían más que escabrosos en su momento (prostitución, asesinato, corrupción, ateísmo, o incluso pederastia), hacen de esta novela un clásico que considero aún contemporáneo. Un personaje como el decadente Svidrigailov, tal vez un alter ego del propio escritor, por poner un ejemplo, es impagable.
Hay libros con los que es mejor quedarse con el recuerdo de la ilusión de la primera lecura. Seguramente, si releyera (por décima vez) la saga de Tolkien, me echaría las manos a la cabeza o me aburriría soberanamente. Pero Dostoyevski ha ganado muchos enteros con el paso de los años, o tal vez yo he perdido demasiado...
viernes, 2 de abril de 2010
Been caught stealing
Ayer asistí a una lucha territorial sin parangón, justo en el culo del caballo de Felipe III, en la Plaza Mayor de Madrid, lugar acostumbrado de citas. La plaza estaba abarrotada de señoras, como cabía esperar de un Jueves Santo. Como todo el mundo sabe, las procesiones de Semana Santa desembocan en dicha plaza. Siguiendo la costumbre, los Cristos madrileños descienden de los pasos y piden una ración de gambas en cualquier terraza, para ser crucificados en público. Turistas arracimados, aferrados al poraquiismo y al estoesismo, siguen la tradición cristiana, y muchos de ellos lucen la consabida banderilla que acompaña a los calamares congelados de la plaza. Pero divago.
Estábamos a bunch of buddies y yo esperando bajo la amenazante cola enhiesta del caballo, cuando se produjo una pelea inesperada entre una Minnie Mouse, de las que se dedican a chantajear emocionalmente a los padres, dando a sus hijos florecitas y monos hechos con globos anudados, y una aficionada al arte de la globiflexia, vestida de paisana y acusada de carterista por la Minnie.
No me atreví a grabar la escena, ni siquiera a hacer fotos, como la mayoría de turistas congregados alrededor de la improvisada lucha ratonera. Era todo tan bajo y sucio, que sentí una gran congoja, por la que he sido convenientemente reconvenido a posteriori, por una polvorilla condenada al purgatorio, que me ha recomendado la canción que arriba podéis escuchar, como banda sonora de la entrada.
Recuerdo haber visto a la misma Minnie, paseando por Sol con mi querida coautora, y ya nos llamó la atención su notable parecido con Wendy Sulca. Verla en el suelo, estrangulada por una carterista peruana, fue demasiado para mi nivel de frikismo. Raudo y caballeroso, Mickey Mouse, un señor con cara de sufrimiento, salió a separarlas, consciente de la gravedad de la situación. Más de un niño observaba la escena, ojiplático, convertido en una pequeña esponja de traumas que le costarán un riñón en psicoanálisis futuros.
Por un lado, me sorprende mi recato a la hora de grabar la escena. Por otro, estoy que me muerdo los codos por no haberlo hecho.
Mickey, desconsolado por la tragedia
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