sábado, 8 de mayo de 2010

CRIMEN Y CASTIGO (relato bremenauta)


...un hombre sólo muere cuando ha hecho lo que debe o cuando es absolutamente imposible que lo haga ya...y esa es la diferencia entre el cielo y el infierno...." Gaón de Vilna
 
La bicicleta plegable de Belo, que tanto le gusta lucir en las terrazas de Lavapiés,  baja a una velocidad endiablada trazando una trayectoria no contaminante por la cuesta de la calle Calvario, y tan afecto a la nostalgia televisiva como es, se cree por un instante el Indurain del 92, oliendo el culo a Claudio Chiapucci en el descenso de un puerto de montaña, rumbo a Sestrières. Satisfecho por la precisión visual de este recuerdo, pero tardo al freno, su estúpida sonrisa y los mil euros de fibra de vidrio por los que ha renunciado a tantas cosas atraviesan, cual caballo azuzado con guindilla, el cristal del escaparate de la frutería pakistaní de la esquina, y entran de forma sorprendente por la puerta entreabierta de la trastienda, hasta colisionar contra unas cajas repletas de cartones de tabaco de marcas variadas.
Un fuerte olor le despierta, y siente el escozor del humo de un cigarro al abrir los ojos. y el frío de las baldosas bajo su espalda. Un hombre alto y delgado, con una barba cuidada y tupida, a ambos lados de la cual se despliegan dos grandes orejas, le observa mientras fuma, con una expresión marcada por la sorprendente separación entre sus dos ojos. Al principio, Belo cree reconocer en él al dueño del establecimiento, hombre barbudo y cetrino al que tantas veces ha recurrido en sus largas noches de insomnio creativo para abastecerse de víveres, pero su salvador tiene la piel blanca y sus gestos son precisos y delicados, así como sus palabras, que suenan con un acento que resulta a la vez argentino y afrancesado.
–  Y ahora vos me dirás qué carajo hacés en mi departamento, boludo.
El hombre le tiende la mano, presto a ayudarle a levantarse, pero Belo prefiere permanecer tendido en el suelo, observando a su alrededor, receloso por las palabras del extraño, y reclamando con  su mirada una ayuda más cualificada y comprensiva que sepa valorar el alcance de sus más que probables lesiones cerebrales. Y es que no se encuentra en la trastienda del economato pakistaní, sino en lo que parece ser una buhardilla decorada de forma austera, repleta de libros y legajos, y con un único ventanuco al fondo, a través del cual se filtra la luz amarillenta de las farolas.  Esté donde esté, es de noche. Con toda seguridad, debe haberse desmayado a consecuencia del golpe y alguien ha aprovechado su desgraciado accidente para secuestrarlo, conocedor de su valía como...
El desconocido le atiza en la frente con un pesado libro que ocultaba tras la espalda. No le da tiempo a fijarse en el título. El golpe resuena en su cabeza con un bloom.
… como futura promesa de las letras, y ahora que navega entre las vibraciones de su propia cabeza, que el libro con el que le ha golpeado aquel extraño barbudo parece haber sacudido con un toque preciso el cóctel, lo ve todo claro, las palabras cobran un nuevo sentido, se diluyen unas en otras como bronce fundido sobre el molde de todo aquello que tiene ganas de gritar al mundo: su talento será reconocido, llegará el día en el que alguien advierta su valía, su básica valía, su bahía evadida, su bacía vacía, vanidad balida…
– ¡Beeeee!
Una oveja mordisquea las nutritivas rastas de Belo, desparramadas sobre su rostro. Su nariz aguileña corre el riesgo de ser seccionada y aparta con un gesto brusco al lanudo rumiante. La luz del sol le ciega y no distingue a su alrededor más que una casa de adobe, auténtica en su pobreza y austeridad, la misma en la que se alojó en su viaje iniciático y auténtico de quince días por el norte de África. Sólo que esta vez no se encuentra en ella el amable anciano que le ofreció un té auténtico con una sonrisa falsa, y cuyo nombre olvidó al quemarse la lengua con el primer sorbo. 
El hombre que le contempla de cuclillas bajo la sombra del toldo de la entrada, le ofrece un gesto conmiserativo, pero no hace el mínimo ademán para ayudarle a levantarse. Está concentrado dibujando una figura con tiza sobre el suelo de la calle. Belo se incorpora con dificultad y cubre sus ojos con la mano, a modo de visera, para protegerse de la intensa luz, mientras se acerca al hombre, que ha retomado su actividad, ignorándole por completo. 
La sombra de la joven promesa de la literatura underground se proyecta sobre la espalda del dibujante, que le dirige una mirada iracunda y abandona su tarea. Se incorpora con agilidad, y Belo puede por fin contemplar la obra pictórica: una extraña cruz compuesta de cuadriláteros. En el extremo superior del brazo vertical del símbolo de tiza, dos únicas letras: JC. El hombre que ha dibujado la cruz retira la capucha que cubre su rostro, y Belo reconoce facciones al instante. Es el mismo que le ha golpeado con el libro. La barba, la extraviada expresión de aquellos ojos de camaleón son inconfundibles, pero esta vez no tiene dudas sobre su identidad.
– ¿Je… Jesús?
¡Julio, boludo, Julio! – grita el enfurecido berebere, al mismo tiempo que le arroja un puñado de tierra a los ojos.
Belo, cegado por completo, recuerda las dos clases de Aikido a las que ha asistido hace un mes, y pone en práctica las técnicas aprendidas en ellas, tratando de golpear al así llamado Julio a base de agitar los brazos con la mayor velocidad y menor de las precisiones, con el fin de impactar por pura suerte a su agresor o al menos arrancarle las barbas. No obtiene sino un severo encontronazo contra el muro de adobe, que resquebraja en parte con su testuz, antes de caer de nuevo desmayado.
 Cuando recobra el conocimiento, lo primero que ve es una cajetilla de Marlboro sin sello, desparramada ante sus narices. Aunque hace dos años que ha dejado de fumar, coge un cigarro, se lo planta en la oreja, se incorpora con calma, y sale de la tienda haciendo caso omiso a los gritos enfurecidos del dueño de la frutería. Entra sin decir una sola palabra en el pub de la esquina de enfrente, uno de los centros neurálgicos de la intelectualidad lavapiesina, pide un tercio bien frío de cerveza, y confiesa a la camarera que nunca ha leído Rayuela.
 
Robert Llopis 05/05/2010


martes, 27 de abril de 2010

Crimen y Castigo

Decir que esta tarde me he estremecido al acabar de leer Crimen y castigo en el tren, tras salir del trabajo, es poco. He tenido que disimular las lágrimas, extrañamente emocionado por el epílogo. O es la primavera, o estoy acabado. La sensación de satisfacción, de reencuentro con la literatura, ha sido inmediata. No recuerdo cuándo lo leí por primera vez, pero calculo que hará unos veinte años, así que al pasar la última página había dado por finalizada una de esas relecturas que uno encara con el miedo a la decepción, bien sea por los cambios que uno mismo ha sufrido, o por la perspectiva más amplia que le da a uno ir hurgando en la literatura, hasta darse cuenta de que no puede con ella.



Recuerdo que mi primera lectura de la novela de Dostoyevski fue en una vieja edición de mi abuelo, uno de esos libros que me rodeaban en mi habitación a modo de iconos, dejados allí quién sabe si por falta de espacio en la casa, o como un cebo puesto por mi padre para encauzar mis lecturas hacia autores de más allá de los Urales. Fuera como fuera, al cabo de los años el genial escritor ruso es el autor que más he leido, aunque no sea con el que más he disfrutado. Porque tenía que solventar el encontronazo con unas traducciones farragosas y decimonónicas, en las que uno tenía que destilar el temperamento de los personajes, la fuerza de las pasiones, que parecían semienterradas entre tanta parafernalia retórica.

Aun y así, guardaba un grato recuerdo, sobre todo de Crimen y castigo, El jugador y Los hermanos Karamazov o Humillados y ofendidos, un recuerdo que se ha visto reconfortado con la lectura que acabo de finalizar de la primera de las novelas. Las tribulaciones del atormentado Raskolnikov, la miseria confrontada a la vileza, el tratamiento de temas que resultarían más que escabrosos en su momento (prostitución, asesinato, corrupción, ateísmo, o incluso pederastia), hacen de esta novela un clásico que considero aún contemporáneo. Un personaje como el decadente Svidrigailov, tal vez un alter ego del propio escritor, por poner un ejemplo, es impagable.

Hay libros con los que es mejor quedarse con el recuerdo de la ilusión de la primera lecura. Seguramente, si releyera (por décima vez) la saga de Tolkien, me echaría las manos a la cabeza o me aburriría soberanamente. Pero Dostoyevski ha ganado muchos enteros con el paso de los años, o  tal vez yo he perdido demasiado...

viernes, 2 de abril de 2010

Been caught stealing



Ayer asistí a una lucha territorial sin parangón, justo en el culo del caballo de Felipe III, en la Plaza Mayor de Madrid, lugar acostumbrado de citas. La plaza estaba abarrotada de señoras, como cabía esperar de un Jueves Santo. Como todo el mundo sabe, las procesiones de Semana Santa desembocan en dicha plaza. Siguiendo la costumbre, los Cristos madrileños descienden de los pasos y piden una ración de gambas en cualquier terraza, para ser crucificados en público. Turistas arracimados, aferrados al poraquiismo y al estoesismo, siguen la tradición cristiana, y muchos de ellos lucen la consabida banderilla que acompaña a los calamares congelados de la plaza. Pero divago.

Estábamos a bunch of buddies y yo esperando bajo la amenazante cola enhiesta del caballo, cuando se produjo una pelea inesperada entre una Minnie Mouse, de las que se dedican a chantajear emocionalmente a los padres, dando a sus hijos florecitas y monos hechos con globos anudados, y una aficionada al arte de la globiflexia, vestida de paisana y acusada de carterista por la Minnie.

No me atreví a grabar la escena, ni siquiera a hacer fotos, como la mayoría de turistas congregados alrededor de la improvisada lucha ratonera. Era todo tan bajo y sucio, que sentí una gran congoja, por la que he sido convenientemente reconvenido a posteriori, por una polvorilla condenada al purgatorio, que me ha recomendado la canción que arriba podéis escuchar, como banda sonora de la entrada.

Recuerdo haber visto a la misma Minnie, paseando por Sol con mi querida coautora, y ya nos llamó la atención su notable parecido con Wendy Sulca. Verla en el suelo, estrangulada por una carterista peruana, fue demasiado para mi nivel de frikismo. Raudo y caballeroso, Mickey Mouse, un señor con cara de sufrimiento, salió a separarlas, consciente de la gravedad de la situación. Más de un niño observaba la escena, ojiplático, convertido en una pequeña esponja de traumas que le costarán un riñón en psicoanálisis  futuros.

Por un lado, me sorprende mi recato a la hora de grabar la escena. Por otro, estoy que me muerdo los codos por no haberlo hecho.

Mickey, desconsolado por la tragedia

sábado, 20 de marzo de 2010

Mundo persimón

Ya sabía yo que no estaba solo, que mi entrada sobre el persimón/pérsimon no hacía sino rascar la punta del iceberg persimoniano.

Observen ustedes este video, que narra el ascenso al poder de un hombre nacido con la cabeza de persimón.

jueves, 18 de marzo de 2010

LA ESTRATEGIA DEL SALTAMONTES

Escrito para el TALLER DEL BREMEN

Desde los doce hasta los quince años, Fredo Cavalli aceptó con resignación ser el chico de los recados, consciente de que ni su escasa edad, ni su físico desgarbado, le permitían aspirar a más. Así que se centró en ser eficaz en sus discretas tareas, a base de memorizar cómo le gustaban los tragos a cada uno de los asistentes a las timbas de póker que organizaba Mateo en su apartamento, de fingir que le hacían gracia las bromas pesadas que hacían una noche tras otra a su costa, y de no quejarse de los insultos o los tirones de orejas que pudiera darle alguien que estuviera tan borracho como armado.

Fredo no era el más joven de la banda, porque otros dos chicos del barrio de su misma edad habían sido captados como él por los subalternos de Mateo. Sólo que por el mero hecho de ser dos brutos sin cerebro gozaban de otras atribuciones, e incluso tenían el privilegio de ser acompañantes de honor en los clubs de alterne a los que acudían los capitanes de la banda . Fredo envidiaba en silencio a Carlo y Toni, que por el mero hecho de haber nacido con un físico de orangután, iban a tener preferencia de paso. Se notaba a la legua que iban adaptarse a aquel mundo sin ninguna dificultad, pues se habían graduado en extorsión y amenazas en la escuela primaria, y al fin y al cabo, conocían la mecánica del proceder de un matón. Conscientes de su superioridad, y con la crueldad que sólo emplea el subordinado con sus iguales, deformaron su apellido y empezaron a llamarle Cavalletta, saltamontes. Le espetaban que era flaco y espigado como ese insecto, y es que en verdad se mostraba tan dispuesto en su trabajo, que parecía acudir de un salto cuando le pedían que se acercara para encargarle un recado.

Fredo no se quejaba nunca, y esperaba acceder con el tiempo al siguiente peldaño de la organización, ese que algún día le permitiría soñar con hacerse una carrera en el mundillo. Su estrategia, mientras tanto, se limitaba a ser aceptado, si no como uno más, sí al menos como alguien útil que no supusiera un estorbo.

Los tres años que transcurrieron hasta que Mateo logró ser mínimamente considerado, se dedicó a perfeccionar el arte de la discreción, se empapó de la dureza de aquel código común de gestos rudos y palabras malsonantes, del peculiar sentido del humor construido a base dobles sentidos cargados de crueldad, y de la jerga del ambiente en el que se había visto obligado a crecer, mientras apretaba los labios y limpiaba los ceniceros, las copas derramadas y ayudaba a llegar a casa a más de uno. Por las noches, leía novelas de gangsters, y se reía de sus errores, de lo impostadas que eran aquellas escenas, y aquellos diálogos tan elaborados. Era un mundo ficticio que nada tenía que ver con el que le rodeaba. En su realidad, todos los policías tenían un precio y en ningún supuesto justo dejaba pasar la oportunidad para sacar tajada. Los chicos de Mateo no vestían de forma elegante, ni se andaban con miramientos o florituras. Eran perros disciplinados que sólo lamían la mano a su jefe y a las putas a las que extorsionaban, animales que abandonaban la dialéctica a las primeras de cambio, en favor del viejo arte de partir cabezas.

Mateo no conocía a ningún héroe que hubiera llegado a viejo, y la gente del barrio demasiado había aprendido a cerrar la boca para salvar el pellejo y tratar de salir adelante como podía.

La primera vez que el jefe le pidió a Fredo, Carlo y Toni que acompañaran a dos de los capitanes para hacer una visita de cortesía, pensó que se trataba de una broma. No podía creer que le hubieran incluido en el grupo, al mismo nivel que los otros dos. Pero viendo lo empapados en alcohol que estaban los dos viejos matones con los que los tres jóvenes iban a compartir su bautismo, se dio cuenta de que su papel iba a limitarse a conducir y a quedarse en el coche haciendo de de niñera, mientras sus dos compañeros hacían el trabajo sucio. De todas formas, no dejaba de ser una oportunidad para Fredo, que se tomó aquella tarea rutinaria como una auténtica prueba de graduación.

Sentía la satisfacción de dejar atrás las tareas de poca monta a las que estaba habituado y que le estaban empezando a desesperar: para un chico de los recados, para un saltamontes limpia vómitos como él, aquello era un trabajo de verdad.

Las visitas de cortesía podían ser de varios tipos, dependiendo del grado de morosidad del propietario del negocio protegido y del tiempo transcurrido entre el último pago y el ineludible recordatorio. Aquella noche, iban a visitar a un chino, una rata miserable que se dedicaba a intoxicar a cualquier incauto que se atreviera a comer en su restaurante. Cuando llegaron al local, los dos capitanes dormían la mona en el asiento de atrás, y ninguno de los tres jóvenes se atrevió a despertarles. El restaurante acababa de cerrar, y sus chillonas luces de neón aún estaban encendidas. Debían de actuar antes de que aquel maldito chino echara la llave para dormir en el almacén, o donde quiera que se revolcara con toda su familia. Los tres sabían que despertar a cualquiera de los dos pesados fardos italianos que roncaban en el asiento de atrás era una temeridad, así que decidieron dejarlos aparcados y entrar por su cuenta, dejando el motor del coche encendido, por si tenían que salir a escape. Accedieron al local por la puerta de servicio, y salieron a los pocos segundos en estampida, perseguidos por el chino, que blandía un enorme cuchillo de cocina mientras gritaba en su idioma incomprensible.

Fredo se puso al volante y salieron a toda prisa del garaje, temiendo que el cocinero de ojos rasgados les alcanzara, pero éste se quedó parado como una estatua de Buda, al ver que habían subido a un coche que parecía conocer demasiado bien.

Cuando llegaron al apartamento de Mateo, despertaron a los viejos, que ni siquiera recordaban qué hacían metidos en aquel coche con aquellos niñatos. Cuando rindieron cuentas ante Mateo, alardearon sin pudor del escarmiento que le habían dado al chino. Fredo hablaba más que nadie, y se recreaba en la descripción de su supuesta hazaña, pavoneándose por la frialdad que habían demostrado al entrar por sorpresa en el restaurante, y les detalló a todos con pelos y señales cómo habían inmovilizado al chino sin decir ni una sola palabra, sin dejarle reaccionar, cómo el amarillo se había vuelto blanco al ver que iban a cumplir sus amenazas, al comprobar que no había lugar para ruegos ni prórrogas, cómo llenaron de aceite en una enorme sartén, a fuego vivo, y los gritos que dio el puerco al freírle la mano derecha, sin dejar que la apartara, hasta que empezó a oler a algo parecido a las hamburguesas de Joe, el de la esquina. Y los ojos de insecto de Fredo brillaron sanguinarios, como nunca, henchidos de euforia, endurecidos, mientras utilizaba el lenguaje de las novelas que tan bien conocía, y se gustaba recreando una escena tan irreal como todas aquellas de las que se había burlado. Mentía sin temor ni vergüenza, engrandecido, porque sabía que a nadie le importaba un trabajo de mierda como aquel, porque no había mejor premio que escuchar las carcajadas de todos los chicos, aquellas risotadas ahogadas con el humo de su grandes puros habanos, ni mejor recompensa que aquellas palmadas en la espalda. Y cuando el propio Mateo les invitó a un trago, Carlo y Toni bebieron en silencio. Acallaron como debían sus cabezas de chorlito, mientras dejaban parlotear a Fredo, aprovechando la inercia del salto del saltamontes.

martes, 9 de marzo de 2010

Escrivá de Belén

El buscador de Google es tóxico.


Escrivá de Balaguer inserto en un belén, disertando sobre los valores de la castidad a una pareja de jóvenes contemporáneos. Ella tiene las piernas cruzadas, por si se le escapa un suspiro, pero el santo fundador del OPUS mantiene  las piernas bien abiertas, es con toda claridad el macho alfa de la escena, con sus huevos colganderos. El joven es notoriamente bisoño, y oculta su masculinidad abrazando la rodilla para mantener el torso erguido y la pelvis encogida. Las piernas del cura están dispuestas en justa correspondencia simbólica con los cuernos arbóreos que emergen de su cabeza, que delatan su soterrada naturaleza diabólica. El viejo del bastón observa receloso la escena, desde su alopecia y escala desproporcionada, entre bambalinas. Se sabe distinto, y asume con rabia que no le invitarán a formar parte del grupo, que tal vez no sea sino el personaje de una parábola usada por Escrivá. Mientas tanto, espera en vano a que den inicio los tocamientos.

viernes, 5 de marzo de 2010

GRANDES HITOS DE LA HISTORIA DEL DEPORTE



Escrito para el Taller del Bremen 
I
Jacinto de Boecia piensa que Eolo se ha instalado en sus tripas, pero logra obtener la contención requerida  y se concentra en la inminente perpetuación de su gloria. Tras obtener la corona de laurel en los Juegos Píticos de Delfos por su asombrosa habilidad en el lanzamiento de disco, al desnucar a un esclavo situado a una distancia de medio estadio, ha merecido ser inmortalizado para la posteridad. Tras tres horas de inmóvil posado para que uno de los discípulos de Mirón esboce su atlética figura sobre un pergamino, siente un seco crujido y es incapaz de enderezar la espalda. El desdichado atleta clama a Júpiter tonante por su desventura, a la par que desahoga el bajo vientre entonando un do sostenido que causa general admiración.  La fama vuela y multitud de réplicas de la estatua son adquiridas por los ciudadanos más distinguidos para colocarlas en sus  hogares. Bajo las figuras de Jacinto se realizan pequeñas ofrendas tras los banquetes, para conjurar la dispepsia.

II
Heinrich Himmler ejerce de anfitrión furibundo e irrumpe sin permiso en los vestuarios del Estadio Olímpico de Berlín, abriendo de una patada la puerta de acceso a los vestuarios con sus pesadas botas del uniforme de las SS. Su aspecto endeble y bisoño es compensado con sus galones de Comandante en Jefe y una merecida fama que le franquea el paso.  La más alta instancia le ha ordenado que averigüe si el equipo norteamericano tiene alguna táctica secreta para mejorar su rendimiento, y él no es partidario de emplear procedimientos sutiles.  Cuando se dispone a persuadir al entrenador del equipo americano sobre la conveniencia de que asuman su inferioridad y ordene a sus pupilos que se dejen ganar con recato y disimulo, Jesse Owens sale de la ducha reclamando una toalla para secarse. Heinrich Himmler dirige una mirada cargada de desprecio al negro rostro del campeón olímpico,  baja la vista sin poder evitarlo, palidece, y abandona la sala en silencio, a la par que los prejuicios sobre la superioridad de la raza aria.

III
Un joven Anatoli Karpov gana el campeonato de la URSS de ajedrez en 1976, celebrado en Moscú. Por primera vez en la historia del deporte de las sesenta y cuatro casillas, una defensa se convierte en el mejor de los ataques. En virtud de una desacostumbrada ingesta de vodka proveniente de centeno no colectivizado, el genial ajedrecista llega tambaleante, justo a tiempo, a la final y en el preciso momento en el que su reina se encuentra en la difícil tesitura del jaque, su estómago no puede aguantar la tensión competitiva y proyecta sin advertencia alguna los restos de una sopa de remolacha mal digerida sobre el tablero.  El rojizo estarcido provoca la inmediata retirada de su adversario, primera víctima de la conocida con posterioridad como defensa del volcán, arma secreta utilizada en sucesivos certámenes internacionales por los ajedrecistas soviéticos.


IV
El público asistente a  la quincuagésima edición del campeonato de petanca de Cabezón de la Sal, observa estupefacto cómo la bola lanzada por Efrén García, vecino de la localidad y aventajado  y reconocido jugador de dicho deporte, permanece suspendida en el aire, justo a dos palmos de donde debería haber impactado. Los expertos, que son todos, coinciden en que el lanzamiento ha sido malo, desviado y con poca parábola, y que el extraño comportamiento de la esfera de metal no puede ser debido sino a las aviesas intenciones de Efrén, que consciente del carácter fallido de su lanzamiento, ha preferido dejar la bola y la partida en suspenso. Ante el enfado general y la paralización de los actos del programa de fiestas, a expensas de la entrega de trofeos, el jugador es consciente de que ninguna excusa le será reconocida y sale corriendo del polideportivo, perseguido con desgana por la entristecida muchachada, que ha visto desaparecer las posibilidades de arrimar entrepierna en la verbena popular. Cansados todos del extraño fenómeno, la bola es abandonada a su suerte, dándose por inconclusas, que no finalizadas, las festividades. Por suerte, no hay ningún escritor presente, así que dentro de la desgracia, nadie escribe un relato de realismo mágico sobre lo sucedido.