martes, 17 de noviembre de 2009

WALKING ON THEIR SHOES

A veces vale la pena esperar, ridiculizar el carpe diem, aguardar agazapado tras un aire de fingida indiferencia y coger por el pescuezo al recuerdo distraido, convertirlo en experiencia, cabalgar sobre él azotándole el trasero mientras uno se burla del paso del tiempo.

El Robert que ayer disfrutó del concierto tenía quince años menos, y había estado siempre allí, conocía la pertinente sincronía de los rostros y las ilusiones, había visto la mirada del cuervo deslizarse sobre los acordes de un viejo anhelo, llevaba años estremeciéndose con Walking on my shoes, esperando el momento en el que la trayectoria del círculo volviera a deslizarse bajo las suelas de sus zapatos.



EL ROSTRO DEL MAL

 Conocerás el rostro de Leviatán,
justo cuando la máscara de los asesinos
quede fijada para siempre 
en la tierra empapada en sangre.

 (Manuscrito apócrifo de San Anacleto)

Ya lo anunció San Anacleto, patrón de todos aquellos que luchan contra el crimen, en sus famosas Diatribas contra los agarenos . Llegará un momento en el que la expresión del Mal cobre forma, plasmando su esencia en un único rostro. Será un largo proceso de destilación, de exudación de cualquier atisbo de bondad, hasta el nacimiento del Hombre Malvado, nacido a partir de todas las leyendas contadas para asustar a los niños, surgido de la tela del saco raptor, guía de la Santa Compaña, controlador aéreo de todas las brujas que en el mundo han sido. Un sólo hombre, pura esencia del mal, con una mirada capaz de minar la disposición de ánimo de los espíritus más nobles, con un atractivo animal puro, irresistible, que despierta un furor irrefrenable a la más leve insinuación.

Y ese rostro nos ha sido desvelado gracias a la televisión Boliviana. Los depurados trazos del dibujante del cuerpo de Policía, esbozados de forma apresurada sobre una hoja de papel cuadriculado arrancada del cuaderno de un niño, dan fe de la simbólica maldad del personaje que representa. Se trata de un ser enclaustrado entre rejas y normas, que no ha dudado en matar para obtener aquello que anhelaba: con tres séises y un cuatro, del diablo hago un retrato.



lunes, 16 de noviembre de 2009

RECICLAJE, HAY QUE COLABORAR

 Para Marga



La lata de salesa traza dos vueltas sobre su eje, antes de impactar contra el suelo soltando un chorro espumoso por su pequeño ano, confirmando que la cagada ecológica y social no tiene marcha atrás. El homínido, enfundado en un chaquetón negro de pana, es consciente de que no va a superar la prueba de acceso y siente como el escándalo metálico del impacto de la lata se le clava en el pecho como un dedo acusador. No hay marcha atrás: la lata ha saltado como un insecto, impulsada por su propia inconsciencia, girando como un hueso odisaico de Kubrick que le llevará en este caso a una involución social.

En el breve lapso de tiempo transcurrido desde que ha dejado caer el recipiente al suelo, ha visto un powerpoint de su vida repleto de fotos en color sepia. Y el pobre desdichado se ve con siete años, en una época en la que sólo había un canal  de televisión y una bolsa de basura. Sin contenedores de colores, una época gris, con basureros displicentes con una colilla colgando de la comisura de sus bocas torcidas. Se ve de adolescente arrojando un chicle Cosmos al suelo, sin considerar que acaba de disponer una trampa mortal para las palomas urbanas. Se ve ya de adulto dudando una y otra vez en la cocina, con una huevera de cartón en la mano, mientras se pega la tortilla, mientras el cubo de los envases parece guiñar el ojo al del papel.

Y cuando vuelve en sí, no ve sino la mirada pétrea, el gesto despectivo del mismo encargado de seguridad que le había advertido sobre la prohibición de entrar bebidas al local, y que había dado por sentado que él iba a ser cívico y correcto, que iba a depositar aquella lata en el correspondiente contenedor amarillo Piolín, un contenedor que el puertas conoce desde su nacimiento, porque ha nacido con el oficio en la sangre, por de pequeño sus padres le enseñaron a reciclar, a separar lo útil de lo desechable, a clasificar, a escoger.

Tú sí, tú no...

domingo, 15 de noviembre de 2009

¿SALESA?





Una invasión sutil esparciéndose ¿salesa? por las calles de Madrid, cortos pasos, un sólo propósito, habilmente diseminados, con una estrategia impecable calculada por el mismo cerebro capaz de desentrañar los entresijos de las tragaperras, un ejército de zombies ¿salesa? chinos armados con bolsas de plástico cargadas de latas de ¿salesa? con la calculada amabilidad del oriental, con esa mirada persuasiva clavándose en mi retina ¿salesa? alcoholizada, hurgando en mis débiles defensas, en el fondo de mi bolsillo, justo allí entre un paquete de kleenex y una pelusa, donde aún queda un euro, y  ¿salesa? me digo que no pasa nada, y caigo en la tentación de refrescar el gaznate, de llevar a mis labios la fría superficie de la lata almacenada entre latas loedolas, y cuando uno ve salir el sol en una hamburguesería repleta de lo mejorcito de cada casa, mira con los ojos achinados el tercio de Mahou que se está bebiendo, y uno juraría que la etiqueta ha cambiado, que puede leerse Mao.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

AUTUMN IN NEW YORK


Por un momento, te sientes reconfortado. Al fin y al cabo, eres un gran aficionado al jazz de salón.  El ambiente acompaña y cada uno está en su sitio: la rubia amarrada a la barra, las marcas circulares de los vasos sobre la mesa formando una bandera olímpica desfigurada (has bebido más de la cuenta), y el tenaz carraspeo de tu garganta, poco acostumbrada a fumar.  Balanceas el pie de forma mecánica, y el tobillo chasquea siguiendo el ritmo del contrabajo, a la vez que sientes la presión del poliéster sobre tu dedo medio, anillado por el agujero en el calcetín de ejecutivo. Te sientes incómodo, pero libre. Ahora es importante transmitir buen rollo, captar la atención de la rubia de forma sibilina. No fuerces demasiado la sonrisa, balancea la cabeza tratando de  no sentirte como un gilipollas, finge que tienes sentido del ritmo, daba-daba-dá…. Te has puesto la camisa negra, mal planchada, que te da cierto aire de interesante descuido. Ojo, la ceniza, no has dado una sola calada al último cigarro. Lo apuras y tratas de ahogar la tos.  Habías oído hablar a tus amigos más canallas de este local de jazz, cercano a  Gran Vía: actuaciones en directo, bebidas poco cargadas de alcohol y mucho de precio, servidas por un camarero demasiado displicente para un supuesto garito underground, y las habituales lobas que suelen rondar por este tipo de locales. Una rapida mirada a tu alrededor desmiente este último extremo, salvo la lacada excepción: las dos japonesas de nuca impoluta y peinado a lo garçon beben sus respectivas colas light con pajita y no tienen nada de underground,  menos aún  de buscar lío. Al contrario, tienen todo los números para asignarles la etiqueta de turistas despistadas, con aspecto de haber salido de algún musical de moda y haber caído por error sobre sus sillas desde las alturas del Nirvana tecnológico del que proceden. Observan la actuación con una expresión tan vacua como risueña, aderezada por ocasionales comentarios en voz baja. Entomología humana.

Aguantas las ganas de mear todo lo posible, temeroso de zozobrar en exceso al levantarte. Los últimos vodkatonics entraban suaves, suaves, como si no llevaran ni una gota de alcohol. Es una bebida que sabes que sorprende cuando la pides, amarga, de tipo duro que debería llevar sombrero de ala ancha, como Bogart, o más bien como querría haber llevado Woody Allen en Sueños de un seductor. Tranquilo, encontrarás a otra que sepa valorar tu buen gusto, que reconozca que la has elegido justamente por ser un tipo especial. No aguantas más y arrastras la silla en exceso al incorporarte, ¡¡¡RAAAAAAK!!! La miradita de las japonesas en el cogote, y empiezas el slalom  entre las mesas, dando gracias por la escasa concurrencia. La rubia parece estudiarte cuando pasas por su lado con el andar vacilante, pero que se cree firme, del borracho que pretende disimular su estado, camino al servicio de caballeros. Cierras la puerta a tus espaldas y eliges uno de los urinarios de pared. El chorro parece interminable, y te recreas en tu capacidad mingitoria, aceptándola como una muestra de virilidad. Sacas del bolsillo de la americana la corbata, arrugada, que te has quitado antes de entrar al local, te limpias la punta con ella, y la arrojas en aquella enorme vagina de elefanta. Te ríes por la ocurrencia. Que se jodan.

A la vuelta, el ambiente ha cambiado. Un grupo de jovencitas ha entrado a la sala. Tienen el burdo aire alternativo que sólo pueden tener las paletas o las ignorantes. Peinados de colores, abalorios étnicos, una pátina de desenfado estético, ropas anchas para pocas carnes, y mucho merchandising de Tim Burton y tabaco de liar. Morralla de Lavapiés o Malasaña, falsa bohemia y artisteo de tres al cuarto. Pero a ti no te engañan, gato viejo, no a ti que viviste los mejores años del Penta y te pusiste tan hasta el culo de todo, que decidiste que la mejor forma de acabar con la bestia era mamar de su teta. Y bueno, qué más da, ese tipo de tontitas suele preferir a los maduros cascados por la vida, como tú. 

Te alegras por haber tirado la corbata en el baño. Tiene bordado el delator logo del banco, una prueba del delito que hubiera desenmascarado al personaje que te vas a currar. La cantante, no-me-jodas-que-es-negra-no-me-lo-puedo-creer, canta A fine romance, como si esperara que Louis Armstrong se desenterrara a golpe de trompeta para secundarla. Aplausos entusiastas, esta noche todo vale. Pides otra copa en la barra, ignorando a la rubia, que ha pasado a ser plan Z, y te acercas a la mesa de las alternativas.

- ¿Os importa?
Dos de ellas se miran sonriendo, y una tercera más lanzada te invita a sentarse con un gesto.
- Tranquilas, no os voy a preguntar si venís mucho por aquí, no soy tan cutre (ahí has estado bien, ironizando sobre los métodos de caza).

Presentaciones, puqui, Armando, puqui-puqui, una de ellas parece incómoda, la de las rastas es fea de cojones, pero la de tu izquierda… ¿cómo has dicho?, ah, Katia, con ka, encantado (y olvidas al instante el nombre de las otras dos).  Bla, bla, bla, miraditas, temas comunes, hazle preguntas, que se sienta el centro de interés, no le hables de ti, deja lo mejor para el final, que se note que te gusta, déjaselo bien claro, los consejos de siempre, aquellos que toda tu vida te han dado los grandes folladores y las amigas que jamás te tirarás, desfilando por tu mente como una ristra de procesionarias, esta ronda la pago yo, insisto.

La noche se anima y Katia con ka parece sentirse cómoda a tu lado, incluso apoya su cabecita hueca contra tu hombro cuando interpretan un (otro) standard, cuyo título e intérprete original compartes con el grupo (una vez más). El resto parece haber asumido tu presencia como parte de la noche, incluso te piden que les saques fotos con tu móvil de última generación. Pásame tu e-mail y te las envío, claro, nuevas argucias.

El show ha terminado y el distinguido público con cuello de cisne abandona el local poco a poco. La cantante negra se acerca a la rubia de la barra y se dan un largo y sonoro morreo, que en cierto modo te reconforta. Era terreno baldío. Risas callejeras, camiones de basura cruzando la noche furibundos y os metéis en un antro de Malasaña con la persiana cerrada, y Katia con ka y tú acabáis metiéndoos mano (al fin) en un rincón oscuro. Ella está muy borracha y acaba (joder, un clásico), hablándote de su novio, de lo mucho que le quiere y lo poco que el la cuida. Se pone a llorar y tú no puedes evitar fijarte en cómo se le mueven las tetas cuando hipa. A la mierda.

Decides que la noche ha llegado a una frontera que hay que cruzar, y que tu enésimo vodkatonic está más caliente y desaprovechado que tú, así que le sueltas una grosería a Katia con ka. En un momento, te ves envuelto por gritos  y miradas asesinas. Las zarpas de sus amigas amenazan con marcarte la cara, así que pides al pakistaní que custodia la entrada que te deje salir, antes de que esa manada de arpías te despelleje.

En el taxi de vuelta, asientes entre balbuceos a los clichés demagógicos del conductor, le dejas una propina impropia, y notas por primera vez, al bajar, que hace un frío de cojones y que has olvidado el abrigo que te regalaron en algún lado. Te maldices en voz baja mientras entras en el portal. No piensas sino en descalzarte, liberarte de una vez del maldito calcetín agujerado que ha acabado dándote la noche, y meterte en la cama. A la tercera, logras acertar con la llave de casa. Avanzas a tientas por el pasillo con los zapatos en la mano. No has comido nada en todo el día, y decides inspeccionar la nevera. En el tercer estante aún queda media tarta de ayer, con dos velas clavadas como dos banderillas en todo lo alto de tu perdida juventud.

Robert Llopis, Noviembre 2008

lunes, 9 de noviembre de 2009

La inteligencia de los delfines

Adentrémonos de nuevo en las procelosas aguas de los pop-hits andinos. Ya ha pasado el tiempo suficiente desde el 11-S como para poder encarar el tema con cierta perspectiva y humor. Pero pasarán eones antes de que podamos perdonar al personaje que hoy nos ocupa, por el simple hecho de registrar los sonidos que emite: Delfín Quishpe

Antes de profundizar en el tema, es conveniente cauterizar nuestros sentidos con el videoclip en cuestión.



Adentrémonos en un análisis de la grabación:

El protagonista es el propio cantante, que narra una supuesta experiencia personal con un nivel dramático, lírico y expresivo equiparables a cualquier tragedia de Esquilo. Se nos presenta leyendo una revista de divulgación científica, que pronto abandona en el sofá, un gesto evidentemente simbólico, pues estamos a punto de sufrir una experiencia que trasciende cualquier tipo de explicación.



La voz introductoria, mecánica, con el regusto a sílaba enlatada del Vocoder, anticipa la deshumanización, la tragedia más allá de los límites de la comprensión humana. Las últimas consecuencias de la postmodernidad suponen que la libertad de elección ha muerto con el fatal atentado y la función del mando a distancia pierde sentido, limitándose a proporcionar distintas perspectivas de un mismo hecho. 

La gestualidad es clave para transmitir el dolor que siente el artista. Tras soltar el mando a distancia, se lleva ambas manos a la nuca, teniendo cuidado de no despeinarse, en un gesto que aparentemente parece destinado a la siesta, pero que no debe engañarnos. El drama se masca y los dedos se entrelazan crispados.



El cantante no puede más, se levanta, proclama su queja al destino, con ese ¡No puede ser, noooooo! que se le clava a uno en el alma y en los higadillos.

Tras marcar en su teléfono de última generación



y no hallar respuesta alguna, el nivel de dramatismo es máximo, y se refleja en el cariacontecido rostro del pequeño oficinista.



Finalmente, se encomienda a la divinidad, santiguándose. Si nos fijamos, la mesa en la que se encuentra el televisor está dispuesta como un altar, con su sacra mantelería.


 Pero la vida debe continuar, y Delfín lo sabe. Es por eso que intercala publicidad por si alguna alma caritativa, emocionada por el homenaje musical del tenor ecuatoriano, desea contratar algún bolo. El dolor, eso sí, como fondo.






El propio Delfín, como el hábil lector habrá adivinado a estas alturas, se nos presenta como un taumaturgo de la tragedia, capaz de convocar a los aviones para que impacten sobre los rascacielos,


o de ofrecer sus manos redentoras para recoger a los desesperados suicidas.





Pero es el propio delfín, al fin y al cabo, quien se sacrifica por todos, como Jesucristo. Inicialmente sepultado por los cascotes mientras invoca a la divinidad,


Acaba siendo recompensado con el paraíso. Pastará por verdes praderas, no sin antes haber sido atravesado por un engendro mecánico (como las torres), en este caso un autobús.



Finalmente, el pueblo de Ecuador celebra la muerte de su más preciado poeta, que sacrificó su talento para lograr la redención eterna de las víctimas del 11-S.


LA LETRA

Premio a quien encuentre una rima. Los dos últimos versos son especialmente estremecedores.

(Hablado)
El Martes 11 de Septiembre del 2001
Siendo las 8 y 46 de la mañana
Estados Unidos sufrio la mayor ofensiva de su historia
que culmino con la destrucción de las Torres Gemelas
en Nueva York

(Delfín)
No puede ser
Noooo!!!

Todo el Planeta se convulsiono
Dios mio,
Ayudameee

Cuando te fui a buscar
no creí lo que estaba viendo

Las Torres en llamas
llenos de humo negro
y tu en ese lugar

Hay Dios mio
Hayayay

Desde Ecuador, Sud América
Te cant¨:
Deeelfín

(Cantado)
Cuando me fui
a Nueva York,
Pensé encontrarme
con mí amorcito

Ella vivía
en Nueva York,
y trabajaba
en Torres Gemelas

Una llamada
la recibí,
solo me dijo:
Adiós mi Amor

Un mal recuerdo
yo la viví,
los terroristas
lo exterminaron

(Hablado)
Quién sabe la verdad
Quién lo hizo?
Y por qué lo hizo?

No puede ser Dios mio
Ayudamee

(Cantado)
Ese momento
no le salvó,
ni el dinero,
ni la religión

Se que te quedas
ya sepultada,
en los escombros
de Torres Gemelas

Cuanto quería
estar contigo,
nunca pensaba
que vas a morír

Diosito lindo
no puede ser,
solo llorando
podré olvidar

(Hablado)
Rindo homenaje
a todos los compatriotas,
que perdieron sus vidas
el 11 de Septiembre del 2001

Por buscar un sueño Americano
Hayayay

Para todos los amigos en los Estados Unidos
escúchelo...
Con fuerza compadre

Desde Ecuador, con mucho amor

Delfín hasta el fin

Nos vemos
Chao!
 
 
 

domingo, 8 de noviembre de 2009

Pérsimon / Persimón


Más allá de la inumerable oferta  de marcas con hache inicial que uno puede encontrar en Mercadona (hace poco descubrí que unos chinos habían abierto en Torrejón de Ardoz un Mercachino, con la misma tipografía que el Mercadona original, pero ello merece artículo aparte), la sección de Frutas y Verduras me proporcionó un entrañable shock.

Descubrí el persimon, un caqui de pulpa dura, cuya mera eufonía desató en mi maltrecho intelecto un simpar despliegue de disquisiciones ociosas que terminaron por provocarme una media sonrisa preocupante para cualquier observador que hubiera reparado en ella.

Al ser palabra nueva, el término usado para designar a este caqui dulce turgente y erecto, de aspecto engañosamente verde y prometedor de asperezas, decidí arbitrariamente que la sílaba tónica debía ser la última, convirtiendo el persimon en persimón. La denominación resultaba así no sólo mucho más vigorosa, sino que cobraba tintes heróicos. En efecto, Persimón podía haber sido perfectamente uno de los argonautas de Jasón, que en busca del Vellocino de Oro, partieron hacia la Cólquida. Y seguramente fue la propia Medea la que desveló al joven Persimón el arte de obtener en las frutas y doncellas de Tesalia una textura recia que soportara el paso del tiempo, sin renunciar a su dulce sabor.

En la aclamada adaptación cinematográfica del mito de Jasón y los Argonautas fueron suprimidas las escenas en las que Jasón se defiende de los esqueletos con la ayuda de un caqui endurecido por Persimón. Claro que en el mito tampoco salían esqueletos articulados.




Si marcamos el acento en la antepenúltima sílaba, nos encontraremos ante la innegable existencia (basada en la mera resonencia fonética en mi maltrecho imaginario) de Sir Pérsimon, uno de los seguidores de los caballeros de la Mesa Redonda, sucesor en la búsqueda del Santo Grial. Su periplo le llevó hasta Persia, donde descubrió la dulce fruta, utilizada para aliviar las secuelas del exceso de alcohol. En su afán por salvaguardar su identidad, cubría su rostro con una máscara en forma del fruto al que daría nombre, aunque algunas fuentes afirman que se trataba del mismísimo Sir Láncelot, avergonzado tras el descubrimiento del tomate de su relación con la reina Ginebra.



Al margen de todas estas disquisiciones históricas, la palabra persimón o pérsimon (al gusto), tiene efectos balsámicos. Pronuncie el lector en voz alta tres veces el nombre de la fruta, y sentirá al instante cómo su humor mejora notablemente. Es un hecho contrastado que no quiero dejar de recomendar, pero que debe realizarse con total seriedad, tratando de visualizar la fruta, sostenida con firmeza en la mano, para ser mordida y disfrutada, como lo va a ser el día que uno tiene por delante.

PER - SI - MÓN (mordiendo)
PER - SI - MÓN (paladeando)
PER - SI- MÓN (deglutiendo)